El Caso Padilla y el comienzo del Quinquenio Gris

El Caso Padilla y el comienzo del Quinquenio Gris

Por Leonardo Candiano. En esta nueva entrega respecto de los debates sobre el proceso cultural cubano en los inicios de la revolución, analizamos el período más polémico de su historia: el denominado “quinquenio gris”.

1968 no fue solamente el año del Congreso Cultural de La Habana. También fue el preámbulo de lo que a partir de 1971 se consideró un giro no sólo cultural sino también político-económico de la revolución cubana.

El poeta Heberto Padilla gana el Premio Nacional de Poesía establecido por Casa de las Américas con su libro Fuera de Juego, que contenía críticas hacia el proceso soviético y que algunos creyeron que estaban dirigidos hacia la propia realidad cubana. Este premio -típico dentro de la revolución en curso, marcado por las palabras de Fidel “Dentro de la revolución, todo”- fue puesto en discusión por los dirigentes de otra de las principales organizaciones culturales del país,la UNEAC, que a la publicación del poemario le anexó un prólogo en disidencia con el texto y con el galardón otorgado, donde rechaza el valor del libro por motivos ideológicos.

Aunque la UNEAC sostenga allí que con ese texto Padilla se “autoexcluye de la vida cubana”, un año después del inicio de esta polémica -desarrollada también en diversas revistas de la época y que superó ampliamente el caso puntual de Padilla para convertirse en un debate sobre la producción literaria en conjunto-, el propio Fidel Castro intercede para que le concedan un empleo en la Universidad, y desde 1970 la revolución pone a su disposición una habitación en el Hotel Habana Riviera para otorgarle las condiciones necesarias para la escritura de su futura novela.

Hasta allí podría haberse tratado de una polémica más de las tantas que marcaron la década del ´60 en Cuba. Por otro lado, en 1968 Antón Arrufat y Norberto Fuentes también habían sido premiados por Casa de las Américas en actitud polémica con la UNEAC y con Verde Olivo (revista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba -FAR-), lo que evidenciaba la existencia de diversas posturas artísticas y culturales funcionando legítimamente dentro de la revolución.

Sin embargo, la discusión permaneció latente y fue cobrando mayor ímpetu hasta que estalló en marzo de 1971, cuando Padilla fue encarcelado luego de una lectura de poemas en la UNEAC por “actividades subversivas”.

Este hecho generó un verdadero parteaguas en la intelectualidad latinoamericana en torno de la revolución. Padilla permaneció 38 días detenido en el marco de los cuales una serie de intelectuales, la mayoría de ellos latinoamericanos residentes en Europa (junto con algunos célebres escritores europeos como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir e Italo Calvino) que hasta ese momento habían apoyado a la revolución, enviaron una carta pública a Fidel pidiéndole “explicaciones” por la detención del poeta. Entre las firmas estaban las de Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Octavio Paz.

Poco después, Padilla fue liberado y realizó una sospechosa autocrítica en la sede de la UNEAC, donde además de aceptar todos los cargos en su contra -y sumarse varios más a su espalda para que quede claro su “arrepentimiento”-, delataba a otros compañeros de letras. La “Autocrítica” fue puesta en cuestión tanto por los detractores de Cuba como por gran parte de los que continuaban defendiendo enérgicamente a la revolución, que veían allí un posible caso de coerción hacia el poeta, y generó una rápida segunda epístola por parte de los intelectuales del otro lado del océano (esta vez sin la firma de Cortázar) que ya podía leerse como una ruptura de los firmantes con el gobierno cubano. Días después, a finales de abril, Fidel Castro les responderá agudamente en medio de su discurso durante el cierre del Congreso Nacional de Educación y Cultura.

Ante estos sucesos, el campo intelectual latinoamericano se dividió entre quienes renovaron su apoyo a la revolución–incluso más allá de discrepar con un accionar que consideraron “excesivo y policíaco” en el caso concreto de Padilla, o con los apelativos descalificativos que se suscitaron durante el debate-, y quienes aprovecharon la situación para distanciarse definitivamente de ella (la figura de Vargas Llosa y su itinerario posterior resulta clarificadora al respecto).

Más allá de esto, cabe destacar que el famoso “Caso Padilla” se desarrolló entre marzo y mayo de 1971, es decir, en los albores de lo que el escritor cubano Ambrosio Fornet denominó el “Quinquenio gris”, una etapa de regimentación político-cultural fomentada en parte por el mayor acercamiento de Cuba a la URSS, y que se relaciona en el ámbito específico al que nos referimos aquí también con el cierre de lo que fue una de las más logradas experiencias político-intelectuales de Cuba en esos tiempos: la del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y la revista a la que muchos de sus integrantes estaban ligados: Pensamiento Crítico, cuyas prácticas tan bien sintetizó Néstor Kohan.

Fernández Retamar señala la muerte del Che en octubre del 67 como el comienzo de la clausura de “esos intensos años 60”, es decir, de la amplitud y pluralismo en la discusión teórica que caracterizó los primeros años de la revolución y que tenía en la figura de Guevara a uno de sus principales exponentes. Kohan complementa aquellas palabras con la contextualización del período que se inicia en la década del 70 al señalar que “A inicios de los años 70 se producen dos fenómenos históricos (uno interno, otro externo) convergentes: por un lado la derrota de la revolución latinoamericana en Venezuela, en Brasil, en Bolivia, etc. Por el otro, fracasa la zafra de azúcar proyectada en diez millones de toneladas (…) Como consecuencia de su relativo aislamiento político y de su crisis económica, Cuba ingresa formalmente en el CAME [sistema económico de la URSS y sus países afines] (recién trece años después de haber triunfado la revolución…). Cuba se vio sometida a la necesidad de tener una relación diferente a la que había tenido con la URSS en los 60 (…) El debate político y las polémicas teóricas abiertas en los años 60 terminan de este modo resolviéndose con el predominio de una de las tendencias en juego (internamente la más cercana y proclive a la cultura política imperante en la URSS).”

Aunque podemos matizar el período de derrota de la revolución latinoamericana con el triunfo de Allende en Chile y con el acercamiento de la dictadura izquierdista peruana de Velasco Alvarado con la isla, es cierto que los procesos revolucionarios del continente, en particular aquellos que Cuba amparaba más fuertemente mediante instrucción político-militar y armamento, habían sido aniquilados, y la situación económica y geopolítica resultaba cada vez más apremiante. Si en términos económicos la aproximación a la URSS conllevaba a una “ortodoxia” mayor de la planificación socialista, y en términos políticos un alineamiento más estrecho con los partidos comunistas de Europa del Este, en lo que respecta a la cultura: “Estas distorsiones provocaron daños significativos a una parte de los escritores y artistas. Las consecuencias de tales normas y sus secuelas de parametración del teatro y de censura en la literatura, dejarían una huella duradera en la población”, tal como indica Fernando Rojas en la revista La Jiribilla.

Más allá del período estricto de lo que podemos llamar una hegemonía burocrática en la conducción cultural de la revolución (algunos intelectuales dentro de Cuba llaman a esta etapa en realidad “decenio Gris” y la extienden hasta inicios de los años 80, cuando Fidel Castro promueve el “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”); lo cierto es que esta situación le acarreó múltiples inconvenientes al proceso cubano en el desarrollo político y cultural que superan largamente el “caso” referido a un mediocre poeta como Padilla.

Por otra parte, resulta evidente el cambio en lo que concierne a la política cultural si lo comparamos con los planteos de 1961 de Fidel. Como señala Retamar, durante el Congreso Nacional de Educación y Cultura “emanaron algunos lineamientos que contradecían la política cultural cubana desarrollada hasta entonces”. Ahora la divisoria de aguas queda definida y prácticamente toda crítica puede ser leída como un acto “contra la revolución”. Allí entonces la dirección cultural cubana retoma la frase de Fidel “con la revolución, todo; contra la revolución, ningún derecho” y distorsiona su espíritu por completo. Parecía que se cumplía el veredicto de Rodolfo Walsh: “Cuando los más fuertes bloquean, aíslan, desembarcan, la revolución se vuelve fea, se vuelve sucia,  se vuelve desconfiada”.

Por eso en el “Proceso de rectificación…” de los 80 el propio Fidel señala a éstos como algunos -y no de los menores- errores cometidos en la década anterior y busca retomar el camino inicial. A partir de entonces Cuba intentará recuperar sus raíces americanas, populares y, sobre todo, marcadas por la frase de Simón Rodríguez “o inventamos o erramos”, que provocó una exultante creatividad dentro de una línea inexorablemente anticapitalista a la hora de abordar los problemas estratégicos y cotidianos en la isla, proceso que aún hoy continúa.