Catástrofe y poesía (o las muchas maneras de morir)

Por Martín Di Lisio

Sardegna nos fue acostumbrando a Japón: durante años susurró secretos de Mishima y Kawabata por los rincones de Buenos Aires. Un loco que hablaba de tierras lejanas, un antropólogo fuera de época que insistía con historias de emperadores, geishas y samurais. 

Sardegna nos fue acostumbrando a Japón: durante años susurró secretos de Mishima y Kawabata por los rincones de Buenos Aires. Un loco que hablaba de tierras lejanas, un antropólogo fuera de época que insistía con historias de emperadores, geishas y samurais. Mucho antes del boom actual, de este japonismo que está en boga en Argentina, hablaba de la muerte y los suicidas, del Monte Fuji y los monasterios, del honor japonés, la ausencia de culpa, del silencio de Hiroshima y la catástrofe de la Rendición. Cada susurro suyo se multiplicó, porque dicen que Sardegna al fin viajó dos veces a la tierra del Sol Naciente, a la isla, su isla. Y volvió renovado, lo que nos había estado contando de a poco se hizo carne: fabricó diez cuentos exquisitos.

Dicen que los relatos fueron apareciendo de a uno. Tomaron forma y con el tiempo se convirtieron en este corpus de 141 páginas con rasgos orientales que editó Conejos. El todo, Hojas que caen sobre otras hojas, es más que la suma de sus diez partes.

Terminar el libro nos deja sabores dispersos de lo japonés: recostados en el respaldo de la silla, con un escarbadientes asomando de nuestra boca, miramos los restos del banquete que acabamos de comer durante las últimas horas. Así como lo vemos, los restos de las comidas se mezclan sobre la mesa. ¿Cuál fue la entrada, el postre o el plato principal? En el estómago todo se combina en un desorden. Lo que comimos se vuelve homogéneo, una sola cosa, y nos llena por un largo rato: no nos hará falta comer lo mismo por un tiempo, Sardegna nos deja más que satisfechos con sus relatos de Japón.

¿Qué hay sobre esa mesa? ¿Qué cocinó Sardegna para semejante banquete?

Si arriesgo, el tema central de Hojas que caen sobre otras hojas es la muerte. Desde el cuento que abre el libro, Fría luz de luciérnagas, un relato sobre lo que la bomba de Hiroshimá dejó a treinta años de la Segunda Guerra, hasta la batalla final de Declinación y belleza, la muerte forma parte de la trama, se enreda en los recuerdos o incluso en el presente de los personajes. La muerte al alcance, en una ladera escarpada de montaña, la muerte de una adolescente en el bosque de los suicidas, la búsqueda de la muerte en la ceremonia del té, la muerte, un hermano muerto, que reaparece como una estatua bajo la nieve, la muerte bajo los escombros de uno o más terremotos.       Sardegna, a veces, gambetea con habilidad ese tema, el central, y nos distrae. Prueba con un maestro de Go imbatible, que se sienta a tomar el té en un barcito de Palermo, y después espera en silencio a sus rivales cada domingo, y los humilla frente al tablero. O se mete de lleno -no me digan que ese Miguel, no es el mismísimo Miguel- en las dos historias que se animan a colar un poco de humor entre tanta muerte. Cuando Sardegna, digo Miguel, el de los cuentos, aparece, su compañera de vida, Mariana, se obsesiona con el papel de origami, o un japonés con una cámara le saca fotos sin parar, lo sigue a todas partes. Es decir, cuando Miguel se vuelve personaje toma distancia, se occidentaliza a tal punto que de Japón emergen los diacríticos que nosotros, los que no sabemos nada de esa tierra, repetimos: hacen origamis y sacan fotos sin parar. Son respiros que el libro necesita.

La pregunta: ¿Habrá dejado algo de Japón sin mostrarnos? Yo creo que sí, me la juego: Sardegna guardó secretos japoneses, y sospecho que se los guardó para él.  Porque como dice Mizuki en el cuento que abre el libro: hay temas que no deben hablarse. Y Sardegna demostró que sabe bien de qué hablarnos, y de qué no, incluso lo aclara cuando se convierte en personaje: El Japón entero es peligroso.

Miguel nos cuida, desmenuza a Japón en pequeñas partes para aliviar la digestión, y nos lo sirve en un banquete bello e imperfecto. Imperfecto, aclaro, como un elogio, prolongando la vida de este puñado de relatos.

 

Hojas que caen sobre otras hojas,

Miguel Sardegna,

(Conejos, 2017)