Naranjas Amargas en el patio de Tandil

Por Leandro Frígoli

Reseña del libro compilado por Patricia Ratto que recopila ficciones ocurridas en esa localidad bonaerense.  

La obra, en efecto describe un territorio (Tandil), no solo desde una óptica ideal como puede ser su explotado perfil turístico sino que rescata las huellas que se vinculan con el plano cultural, político, social e histórico de la localidad. No obstante, resalta tanto la belleza como la fealdad de la ciudad, es decir, todo lo que remite a lo humano, lo bello, lo sublime pero también lo feo y miserable.

Un dato que resulta interesante, es que Naranjas Amargas, desbroza una serie de prácticas culturales con el objetivo de multiplicar las voces de los seres que habitan los relatos. Por lo tanto, es patente que esa multiplicidad de seres producen multiplicidad de voces que generan un discurso, un lenguaje o una trama social.

Una primera lectura, sobre el libro, es interpretar que el territorio produce sentido sobre los actores y objetos. Es decir, se compone de todo lo que habita y construye producciones de sentido que indagan e interpelan en cada historia. Además, tiene un rol clave en la construcción y producción del conocimiento sobre lo local.

Por consiguiente, el eje sustancial de los relatos se fundamentan en generar un conocimiento nuevo, de escasa visibilidad, en el mercado global en relación a la ciudad. Es decir, con los fragmentos locales que configura cada historia muestra al lector un Tandil diferente, lleno de matices, más realista, mundano y visceral.

En términos comunicacionales, el territorio constituye producciones de sentido que permiten una transformación sobre lo dado. Por ende, Nelly Richard, resalta que los estudios culturales como combinación operativa de saberes parciales negocian su reciclaje transdisciplinario mediante concordancia pragmática entre el localismo del fragmento y el pluralismo de lo híbrido. De modo que la reflexión anterior se evidencia en cada escenario, por ejemplo, una recorrida por un negocio, el Parque, la Movediza, el cementerio, los suburbios, el centro, las plazas, un colegio, un bar, una casa, entre otros.

Los personajes que caracterizan el tejido social son abundantes y diversos, como por ejemplo: un repositor de un restaurant preocupado por el pozo de las ánimas, una historia de una cafetera que tiene la nostalgia de encuentros con grandes personas, la infancia sin salida, sin comprensión, excluida y cerrada por la muerte, un viaje en micro de Río Paraná, una francesa que logra un extrañamiento sobre los desaparecidos de la última Dictadura Militar y sus personajes transitan las emociones sobre una placa conmemorativa, en particular, la conversación de dos hombres en un café sobre la placa le revela una práctica cultural muy característica de nuestro país.

“Creyó sentir la emoción en sus palabras. Uno dijo: “Fue una época muy jodida”. Y el otro contestó, dudando un poco: “Fue complicada, sí”. En ese momento, ella sintió que en esta sencilla diferencia de adjetivos yacía un abismo, una oposición ideológica.”

De manera que, logra un extrañamiento del lugar que permite sentir, experimentar, mezclarse y descubrir cualquier velo idealista del pueblo. Por consiguiente, muestra la miseria, la pobreza, el amor, la belleza, la confianza, la historia, la costumbre. Es decir, la belleza en la fealdad con el objetivo de encontrar matices que posibiliten una lectura más realista.

De este modo, resulta ser un acierto de los autores, la construcción colectiva de mirar bajo la lupa y encontrar la belleza desde la miseria humana y plantear un Tandil desconocido para el mundo. A pesar de que esta ciudad esconde secretos y marginalidades indecibles, el libro presenta un catálogo de matices, de grises, de miradas, de multiplicidad de voces, de objetos que describen historias.

En fin, un mirar hacia las profundidades del interior de una ciudad permite dos ejercicios, extrañarse sobre lo conocido y descubrir una belleza poética en lugares miserables, comunes, nostálgicos, históricos, sociales y rutinarios.

Les recomiendo que devoren Naranjas amargas e intenten generar y descubrir esta mirada sobre lo real e imaginario que se produce en torno a una ciudad. Los invito a que transiten sin prejuicios y permitan que los seduzcan los encantos de la variedad poética y el ritmo de cada relato. Sin más, que se dejen desvelar por los secretos simbólicos y materiales que esconde Naranjas Amargas.

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Discos: ColorMadera

Discos: ColorMadera

Música 14 marzo, 2017 0

Por Angie Ferrero

Reseña de ColorMadera, del dúo platense compuesto por Natanael Ullón (guitarra) y Pablo Besser (flautas dulces, contralto y tenor). Un disco que mezcla disciplinas artísticas que dan origen a la música. 

 

La guitarra es una madera dulce, mansa, olorosa como el aire, viajera como la nube.

(Francisco Colombo “Libro de los Elogios”)

ColorMadera, es un dúo de la ciudad de La Plata formado en el año 2013 por Natanael Ullón (guitarra) y Pablo Besser (flautas dulces, contralto y tenor).

Inspirados en músicos latinoamericanos -entre ellos Hermeto Pascoal, Agustín Barrios Mangoré y Egberto Gismonti- componen versiones con arreglos propios y su propio repertorio original para flauta y guitarra.

El dúo se presenta en vivo en distintos restó, bares y casas culturales como Trío de Música Instrumental Visual. En tales ocasiones, combinan la calidez de su música instrumental con la pintura de la artista plástica Leonor Arnao. En cada show, ella toma las imágenes que despiertan en sus manos los sonidos de la guitarra y las flautas, y finalmente las plasma en un lienzo que se tiñe de color.

Con la promesa de estar preparando un nuevo trabajo, su disco ColorMadera, es una pequeña muestra de la combinación de sonido y colores que realizan estos artistas. El arte de tapa, claramente pertenece a Leonor Arnao. La música, cinco canciones que recorren lo cotidiano con la calidez del sol de la tarde, la dulzura de un buen vino, la nostalgia y la danza con raíces argentinas.

ColorMadera, es música para acompañar una buena lectura, dejar correr un domingo, cocinar una receta olvidada, pintar la madera en la que se cimienta cada día.

Enlaces: Disco: https://colormadera.bandcamp.com/releases

                          FaceBook:https://www.facebook.com/colormaderamusica/?fref=ts

 

Angie Ferrero

http://fugitivadelcoroneldesaforado.blogspot.com.ar/

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Olavarría: perfume al filo del dolor

Un recital que nos duele

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La escritura como ejercicio de la felicidad

Por Cezary Novek

Una lectura sobre el libro de cuentos “La cena de Electra”, de Nelson Specchia. 

Autor revelación a partir del premio que le otorgó la Fundación Max Aub en 2015 por el cuento que da título a esta colección publicada por Edhasa, Nelson Specchia es politólogo, editor, poeta, académico y figura ineludible de la cultura de Córdoba, ciudad en la que reside desde hace años.

No deja de sorprender que –en tiempos en que la novela parece estar más en boga que nunca– dos de los libros más comentados de entre todos los publicados en 2016 sean  volúmenes de cuentos (el otro es Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez). Escritos en diferentes registros que se alejan de las tendencias actuales en narrativa, las diez historias que componen La cena de Electra son de tema y estilo heterogéneo, donde se juega siempre con el exotismo resultante de tiempos remotos o lugares lejanos.

Hay relatos que acarician el terror al mejor estilo Quiroga (La rebelión de los insectos), otros que se refugian en un humor cálido y naif (Siete vidas) o se arriesgan con géneros específicos como el policial (La dulce mano de los ogros) o la épica de tierra adentro (La huida es un sueño verde). Hay homenajes apenas velados a las pasiones favoritas del autor, como la gastronomía (La cena de Electra) o la historia de España (El dedo de Teresa).

No obstante, lo que confirma la calidad de estos cuentos y la maestría de Specchia como narrador es la manera en que cambia de registro y argot según la historia que le toque contar. Es precisamente a través de su manejo virtuoso del lenguaje que el lector puede transportarse a las locaciones propuestas: desde el interior más recóndito de Santiago del Estero hasta la Barcelona actual, Brasil, el siglo XVI español o un café porteño.

A nivel estilístico, recuerda un poco al Mujica Lainez de Misteriosa Buenos Aires por la manera serena y armoniosa en la que desarrolla su prosa, así como también por la importancia que le da a los objetos y a su historia de vida. En los cuentos de Specchia, el amor, el sexo y la muerte se dan por sobreentendidos y lo que se celebra es todo el vaso universo de pequeñas cosas que componen la realidad, siempre con el trasfondo del lenguaje como fuerza primigenia. Una celebración de la existencia y los placeres mundanos a través de la palabra que sugiere algo más profundo: la escritura como manera de ejercer la felicidad.

 

Nelson Specchia

(Las Breñas, Chaco, 1964) Escritor, docente y ensayista. Profesor Titular de Política Internacional en la Universidad Católica de Córdoba; Catedrático Jean Monnet (ad personam) y Profesor Regular Ordinario de la Universidad Tecnológica Nacional. Es director de la revista Studia Politicæ y del diario Hoy Día Córdoba.

Publicó la novela Giuseppe (Galaxia Babel, Barcelona, 2001; El copista, Córdoba, 2003; Con Texto, Resistencia, 2015); los libros de poemas Poemas montunos (Galaxia Babel, Barcelona, 2001), Cuaderno de bitácora (El copista, 2004), Espejos nublados (Educc, 2006), Otras geografías (Alción, 2016) y el libro de cuentos La cena de Electra (Edhasa, 2016). El cuento que da título a este último ganó el Premio Internacional de Cuento de la Fundación Max Aub en 2015. El mismo año, la ciudad de Córdoba le otorgó la condecoración Jerónimo Luis de Cabrera por su trayectoria. Es autor de numerosos libros de ensayo y crónica. Participó de las antologías El primer siglo (Sonia Catela, Santa Fe, 1992, Pasado, presente y futuro en la Córdoba del nuevo milenio (Edit. de la Municipalidad, 2000), 25 ciudades. Las mejores lecturas de verano de La Voz del Interior (Ed. Emanuel Rodríguez, 2007), Thirteen stories by writers in Córdoba, Argentina (selección y prólogo de Carlos Schilling, 2010). Es miembro del misterioso Círculo de la Serpiente, logia literaria a la que pertenecen otros autores como Carlos Busqued, Sergio Mansur o Alejandro Jallaza.

 

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Plata Quemada

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CulturaGeneral 11 enero, 2017 0

Un poema para Ricardo Piglia

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Mugre para bestias lectoras

Por Mariano Pacheco/@PachecoenMarcha

Mugre, de Laura Ledesma, es un libro que invita a sus lectorxs a explorar el mundo de la poesía, ese mismo mundo que cada uno puede crear a partir de la comprensión e interpretación de ese arte que dispara a la imaginación. Según el prólogo, un libro para las “bestias lectoras”.

Treinta y siete poesías, un prólogo y un poema innecesario. Unos dibujos de Jorge Cuello, una fotografía en la tapa, otra en la contratapa y una foto-retrato en la solapa, en la que pueden leerse unas breves líneas que solo denotan humildad por parte de la autora del libro: “Laura Ledesma nace en Córdoba capital en agosto de 1981. Este es MUGRE un libro de poesía que seguirá ensuciando a pesar de todo”. No dice que Laura, además, es actriz, que actúa en una de las obras más importantes del prestigioso grupo Zéppelin Teatro, que dirige el reconocido dramaturgo Jorge Villegas, que toca el ukelele y compone canciones. De hecho, la presentación del texto, realizada a principios de diciembre, se llevó a cabo en un teatro, con intervenciones de varios de sus amigos, en la que incluso el “poema innecesario” que figura tras el índice del libro, fue cantado a dúo por la autora y otra actriz. El poema-canción da cuenta de cuántas cosas innecesarias nos rodean en nuestras vidas, casi sin que nos demos cuenta, como en una suerte de fenomenología del fetichismo de la mercancía que tan bien describió Karl Marx en su voluminoso libro El capital, pero hecho aquí poema-canción, en el que se mezclan humor y cierto sabor amargo.

Mugre. Poemario de una hija vecina cualquiera parece llevar al extremo aquella máxima poética escrita por Juan Gelman hace ya décadas: “se sienta a la mesa, y escribe”. No importa que el texto no sirva para nada, hay una pulsión que lleva a ser escrito. ¿Debería “servir” para algo un poema? “Un poema no es un tocadisco”, dijo alguna vez Susan Sontag. Y en su revés, el poeta-militante Roberto Santoro (detenido-desaparecido por el accionar terrorista del Estado Argentino): “si mi poesía no sirve para cambiar la sociedad no sirve para nada”.

Tal vez dando cuenta del paso de los años, Laura Ledesma parece quitarle carga moral a sus textos, sin por eso dejar de expresar en el fondo una suerte de realismo crudo. Quizá por eso en una de las nueve historias de “dos negros egoístas” (cuyos protagonistas son la voz poética en primera persona y Mandela (su perro), puede leerse:

Cuando Mandela (mi perro) y yo, jugamos con una botella de plástico, a las corriditas y luchitas varias… no estamos reciclando. Nos divertimos con algo que será basura indefectiblemente. Solo pasamos nuestros días. No queremos ser ejemplo de nada”.

Hay, por otra parte, algo etnográfico en este libro. Un errar por las calles de la capital provincial, por algunos de sus barrios más emblemáticos (con sus almacenes que aún tienen “permitido” el fiado, sus doñas que venden productos de avón; sus ferias para comprar frutas y verduras), y también, historias mínimas, íntimas, en las que pueden leerse sin jerarquías el vínculo con un perro, un amor o el deseo de encontrar un pedazo de tierra en medio de la jungla de cemento. Lo personal deviene colectivo y lo plural, singular. Y el género una cuestión política y no mera diferencia biológica:

Tan solita. Tan chiquita. Tan clandestinita. Tan poco santita.

Esa tarde de ese día.

¿Que si dolió?

Te meten una jeringa en el útero… ¡más vale que dolió!…

Hasta que pasa.

Yo la pasé.

Otras no.

Y más vale que vuelve a doler.

Porque las mujeres que abortan somos todas”.

Lo plural deviene singular, porque no se trata de intimismos, por más íntimos que puedan ser los temas abordados. El dolor propio, el dolor ajeno. ¿Hay diferencia?

¿Tai bien negro?

¿Tai bien negro de mierda?

Negro de mierda, ¿está o no está?”

Seguramente el mejor modo de entrarle al libro sea a través de las palabras del prologuista, también actor de Zéppelin Teatro, quien escribe, como él mismo declara, para que vos, “bestia lectora, que por primera vez ves Laura Ledesma, escuches el interior, de vos (de ella) (de mi) (de nuestro país)”.

Un prólogo-convite, escrito por Santiago San Paulo, en el que puede leerse:

Te invito a revolcarte, recontravolcarnos, en éstas cloacas escupiéndonos la calle. MUGRE, te recomiendo tener a mano te recontrarecomiendo/ un mate, un porro, un anotador, hacerlo en voz alta, haciendo resonar lo clandestino recontrasonándolo.

Vos, bestia lectora. Yo, el prólogo. Que no pudimos. Tampoco pudimos.

Ok. Entonces, Veámonos Adentro

Ahora somos tres”.

Tal vez no doce, como los apóstoles. Quizá no seamos muchos más que diez, como canta Bulldog –la banda de punk rock rosarina– pero seguro, tras la lectura de esta Mugre, ya seamos manada. Aunque estemos solos.

 

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Mónica

Por Andrés Alvarez

 

La miro de reojo

está mojada igual que yo

por esa lluvia que nos acompañó

durante la mañana.

Aunque hay varias personas

a nuestro alrededor

sólo me fijo en Mónica.

 

Quedamos a un costado

mientras ella escucha yo la observo

uno

dos

tres relatos.

Historias de pibes pibas con sus vidas

buscando un cauce y arrebatadas

en un suspiro.

 

Prende un cigarrillo

cierra los ojos

mientras el papel se va quemando

qué pensará.

Una pitada que parece eterna

y que posee el único destello naranja

entre los grises de este día de invierno.

 

Termina uno de los relatos

abre los ojos vidriosos

piensa en su negrito, que estuvo ausente

5 años y 8 meses.

Aplaude

arenga

tira el cigarrillo y va hacia el micrófono.

Ahora es su turno.

 

                                                             A Luciano Arruga

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Viaje a los confines de la locura

Por Cezary Novek

Reseña de la La isla, tercera novela de Augusto Porporato, donde se indaga sobre la desintegración de la conciencia y el lenguaje como herramienta de supervivencia. 

En La isla, el enigmático protagonista –a quien conocemos bajo la auto denominación de “El niño-dolor” – intenta prolongar su supervivencia a través de la palabra. Privado del sueño, que trae el olvido y por lo tanto la pérdida de la propia identidad, el personaje principal alterna la enunciación permanente de su propio pasado con la descripción de lo que hacen otros prisioneros (a quienes llama por un adjetivo numeral, según su orden de llegada). Oculto en una caverna situada en una falsa isla, El niño-dolor desgranará ante el lector retazos de un pasado oscuro que explicarán parcialmente el abandono en ese lugar de condena y soledad.

La novela tiene una fuerte atmósfera –que de alguna manera recuerda el ominoso islote de La piel fría, de Albert Sánchez Piñol–, sostenida en gran parte por la sintaxis retorcida y circular del narrador. La prosa de Porporato mantiene de principio a fin un ritmo agobiante, claustrofóbico, que se va desintegrando junto con narrador mientras este intenta mantener sus átomos unidos a través del relato. La voz es reiterativa, obsesiva y transmite un tono de profundo dolor mucho antes de que la historia revele cualquier detalle sobre el origen de la condena.

Los elementos de la trama son mínimos: un lugar, un narrador, dos o tres personajes. Las interacciones en la historia –a excepción de las que figuran en los flashbacks– son completamente inexistentes. El elemento ominoso, completamente invisible (y, tal vez por ello, aún más siniestro).

Augusto Porporato indaga en su tercera novela sobre la desintegración de la conciencia y la búsqueda de la supervivencia a través de la palabra. De lectura árida pero atrapante, La isla explora el flujo de conciencia puro a niveles patológicos. Tiene un mecanismo circular, que avanza a fuerza de trazar espirales. En términos musicales, es una melodía obsesiva, un ostinato de pesadilla que se desarrolla en un crescendo continuo hasta llegar al final, que de alguna manera también circular. Podría ser un cover del Bolero de Ravel arreglado por John Cage.

Escritor singular, Porporato despliega en su obra obsesión, precisión, música y complejidad. Sus novelas no son, a simple vista, de fácil lectura, pero después de algunas páginas el lector esmerado ve recompensados sus esfuerzos con la entrada a un mundo personal fascinante. Una pesadilla matemáticamente perfecta y mortífera.

Augusto Porporato nació en Córdoba, en 1973. Antes de ser escritor fue concertista de piano, actividad a la que se dedicó desde la temprana infancia. Cursó estudios de Traductorado de Alemán. Trabaja como corrector en el diario La Voz del Interior, donde también escribe la columna A vuelo de pájaro, en la que recomienda literatura clásica y contemporánea.

Publicó las novelas Punto de fuga (El Emporio Libros, 2008), que fue finalista del Premio Planeta 2005 y del premio Emecé 2007 y La crisálida (Viceversa, 2011). La primera trata sobre un niño cuya existencia transcurre bajo el mandato paterno de ser músico, pero también sobre el agotamiento, el hambre y sobre la vida de Paganini. La segunda, alterna dos situaciones que en apariencia no tienen relación –una tribu prehistórica y un neuropsiquiátrico en tiempos de la dictadura– para intercalar dieciséis historias que conforman una sinfonía monstruosa. Su última novela, La isla, fue publicada por editorial Alción en noviembre de 2016.

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Ricardo Piglia o el camino hacia una nueva literatura que se reinventa a sí misma

Murió el 6 de enero

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