No es una, somos miles, somos todas

Por Mariela Velárdez

Busco una información mas certera, porque no lo puedo creer. En el buscador pongo “le otorgaron la prisión domiciliaria al asesino de Lucía Pérez” y me aparece un listado enorme de noticias que me informan pero algo no me huele bien. Entonces sigo buscando y me doy cuenta que use mal una palabra. Cambio “asesino” por “femicida” y la cosa se pone peor. “Una historia de dolor, amor y odio” Leo de primera. “presunto femicida” y “¿quién era Lucia Pérez?“. Entro a los portales amigos y tampoco encuentro.

Mientras tanto leo igual y veo que el tipo, que es uno de los detenidos por haberla drogado, empalado, torturado y violado hasta matarla, es un adicto y la justicia le otorga la domiciliaria para tratarse en una ONG de puertas abiertas. Que esta definición la tomaron el viernes previo a las elecciones.
Y se me viene Nadia Rojas a la cabeza, como un rayo. Recuerdo escuchar el audio de la conversación telefónica que mantuvo con su mamá en su primera desaparición. Me recordó las conversaciones de Elba con su hermana, cuando desapareció de la 1-11-14. Las mismas excusas, las mismas palabras. “Trabajando, estoy bien, no me busquen”.
A Elba la encontramos en Bolivia, tras una intensa búsqueda.  O eso es lo que nos dijeron en la fiscalía. Nos mostraron fotos de ella abrazando a su mamá.
Pero ¿y Nadia? A Nadia también la encontró la lucha, la rescató la organización de las mujeres. Y el estado la volvió a desaparecer. Estaba en una casa refugio a pocas horas de declarar cuando Nadia desaparece por segunda vez.
Entonces no puedo parar de pensar en las pibas que no aparecieron, a las que no logramos encontrar.El Estado no solo es responsable, es autor y sostenedor de la sistemática desaparición de las pibas en los barrios. La (in)justicia, las fuerzas de (in)seguridad y las demás instituciones al servicio del robo y explotación de nuestros cuerpos, vidas y esperanzas. Porque si desaparece una desaparece algo de todas. Y es todas las noches las que falta esa piba en su cama. Y es todas las mañanas que falta en la escuela.
Y con ellas, ¿las otras que nos arrebatan? ¿las violadas y asesinadas? Ellas son el final de la escalada de violencia y complicidad patriarcal. Ellas son las que se vuelven presente constante en el inconsciente colectivo de todas nosotras. Por ejemplo Melina. Las paredes de su barrio la traen a la memoria como una hermosa mariposa, revoloteando alegre a pesar de tanto dolor. Y tanta ausencia y tanta injusticia. Nadie esta pagando por su femicidio. Ni quienes asesinaron ni violaron, ni los medios y periodistas que la siguieron violando y torturando con sus notas juiciosas sobre su vida. Melina Romero baila por ahí, y lo seguirá haciendo.
Entonces vuelvo a pensar en Lucía. En Anahí. En Araceli. Y en Nadia. Y en Diana, en Maira. Pienso y se me escapan los nombres, son muchos nombres. Habría que tomarse el trabajo colectivo de recordarlas. Una por una. Sus caras, sus nombres. Todos los días, como un ritual. Porque cada una de ellas, cada desaparecida, cada víctima de femicidio, de travesticidio, son un crimen del estado. Son un femicidio del Estado con su falta de protección con su falta de políticas y su complicidad directa con el negocio de nuestros cuerpos.
Porque nos quieren hacer creer que estamos solas. Porque quieren que tengamos miedo. Porque nos quieren aleccionar por tanto andar por la vida con alegría. Porque nos logramos encontrar, en las calles y mas allá también.
Ya terminado de tragar la rabia, miro a mi pequeña hija dormir. Y reafirmo lo que entendí cuando la supe en mi vientre: esta lucha no tiene tregua.  Porque es en cada una de esas mujeres, de esas pibas desaparecidas que me miro y la miro. Porque no es una. Ni ella sola. Somos miles. Somos todas, para siempre.
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