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Por Julieta Penagos* /Foto: Andando por las calles

Históricamente hablar de libertad, derechos e igualdad nos ha costado la vida. Por eso, ante la guerra machista es imprescindible que poblemos los espacios de nuestras voces a través de relatos subjetivos que nutren expresiones políticas colectivas. 

Yo, como la mayoría de las mujeres que conozco, fui criada de una forma que anulara mi carácter, mi risa, mi sentido crítico, mi agilidad corporal y todas aquellas características que me alejaran de lo femenino. Esos huecos fueron llenados entonces, y por mi propio bien, con timidez, silencios, prudencias y una alta dosis de paciencia y comprensión.

Una vez sola e independiente, lo que surgió fue una mujer que no aprendió nada en su niñez y que por el contrario, se volvió incómoda para su familia y su región. Sin embargo, aquellos años de educación hicieron estragos en mí dejando profundas huellas de inseguridades que tuve que empezar a trabajar si quería hacer posibles mis expectativas personales, espirituales y profesionales.

En todo ese camino, encontré siempre voces que querían recordarme que mis formas eran inadecuadas: reír a carcajadas, hablar en voz alta, ser impaciente, pedir con claridad lo que deseo o necesito, tener la iniciativa con un chico, participar en los debates, hacer reclamos sobre lo que consideraba injusto… Sólo con el tiempo y la experiencia entendí que esas características no hacían parte de la tradición femenina y que yo desafiaba una escala de valores asumidas y aceptadas socialmente. Como siempre, encontré también unos espejos y algunas pocas aliadas y aliados que sin duda, fueron fundamentales en mi proceso de formación.

Con seguridad esta historia es la de cientos, miles, millones de mujeres en Colombia y en contextos de violencias peores que el mío: Sé de muchas que fueron violadas por sus hermanos, padres, padrastros, tíos o vecinos; sé de otras que literalmente cuidaron y atendieron a sus hermanos varones mayores y menores mientras ellos veían televisión, jugaban por todo el barrio y se rascaban la panza; otras tantas fueron ridiculizadas por gordas, altas, pequeñas, feas, de senos grandes, de colas planas o piernas flacas; a las bonitas les toco ser acosadas y asediadas desde muy niñas; las inteligentes fueron el hazmerreír en el colegio y la universidad; a las que les gustaba el futbol les llamaban marimachos; y a casi la mayoría por cualquier razón las señalaron como putas. Yo pensaría que todas las mujeres del planeta hemos sido llamadas putas aunque sea una vez.

Desde la ética feminista, insistimos siempre en la importancia que tiene para las mujeres conquistar la seguridad y la autonomía para ejercer ciudadanías plenas y con derechos, para vivir en libertad. Sin embargo, las décadas de tradición en donde simplemente esto no ha sido posible y en donde además, hablar en voz alta de derechos e igualdad les ha costado incluso la vida a las mujeres, hacen que tomar el riesgo de vivir en libertad represente una desventaja social para nosotras.

En muchas ocasiones, he sido invitada a diversos auditorios para hablar especialmente de comunicación, cultura y género, y en esos espacios de manera obligada llega el tema de la obvia inseguridad de las mujeres y de la responsabilidad individual que tenemos para superar esa situación. A menudo, quienes aseguran que la inseguridad es un problema y obstáculo personal, son mujeres y hombres formados y privilegiados que sin embargo apelan a la naturalización que le han dado a su propia identidad de género y a la escala de valores que aprendieron en la escuela, la televisión y que se sigue reforzando con vehemencia.

El 2016 fue un año nefasto para el planeta y también para la vida e integridad de las mujeres. Según las últimas cifras dadas por la ONU, alrededor de 60.000 mujeres en Nuestra América son asesinadas al año por su condición de mujeres y el 98% de los casos queda en la impunidad. Esta cifra, claro está, hace referencia a los datos constatados, ya que muchas otras son víctimas que habitan en recónditos lugares de la región en donde ni siquiera ha llegado la señal del celular, quedando estos crímenes en el anonimato.

Los datos han hecho que como nunca mi seguridad se quiebre y piense en mi vida, la de mi hija y la de las mujeres que conozco y amo, y no es para menos, en los países cercanos, tuvimos noticias de los casos emblemáticos de feminicidios en donde las muertes de todas esas mujeres fueron atroces. El golpe ha sido tal, que a veces he hecho el ejercicio de imaginar que soy otra persona para verme caminar a mí misma y analizar mis características físicas: mi juventud, mi forma de vestir, mi figura delgada y la niña que me acompaña de la mano. Cuando racionalizo esa imagen, me veo como una mujer frágil, una presa fácil, una víctima en potencia.

Durante el último año, las reglas de la cotidianidad que había establecido con mi hija han cambiado, una vez le dije “no puedes alejarte de mí, siempre que juegues necesito verte, y si vamos caminando no puedes soltar mi mano”. Estas lógicas hacen que me cuestioné y que piense en el impacto que estas nuevas reglas pueden tener ella y su futuro, sin embargo, está claro que los riesgos son altísimos y no hay otra forma de garantizar la sobrevivencia.

Dado el contexto, queda claro que la seguridad que supuestamente no tenemos no es una opción y menos una decisión personal. No solamente fuimos formadas para ser seres inseguros y dependientes, sino que también habitamos un mundo que se empeña en odiarnos y en querer acabar con nuestras vidas. Las razones son históricas, profundas y estructurales y parece que conseguir cambios será mucho más difícil de lo que ha significado alcanzar el voto, conducir un auto o asistir a la universidad.

*realizadora audiovisual, columnista y periodista. Integrante de la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género.

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