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¿Y dónde está Rafael Nahuel?

Por Luciana Mignoli

Hoy se cumple un mes del asesinato de Rafael Nahuel a manos de las fuerzas represivas del Estado, durante un nuevo episodio de represión en el Lof Lafken Winkul Mapu en Lago Mascardi, Bariloche. ¿Qué pasa con la agenda mediática y el caso del joven mapuche?

Sí, ya lo sé. Son casos distintos. Una desaparición forzada y un “muerto en un enfrentamiento”. Una persona que permanece desaparecida 78 días y otra que muere a los dos días. Santiago y Rafael. Maldonado y Nahuel. Dos víctimas de las fuerzas represivas del Estado. Dos personas que pusieron el cuerpo en la lucha por el territorio indígena. Y dos caras de un muy disímil efecto de empatía y movilización.

Viernes 1º de septiembre de 2017.

Al mes de la represión en el Lof en Resistencia Cushamen, en Chubut, no había cuerpo. La figura del “desaparecido” reactivó -con sobrados argumentos- uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de nuestro país. Y una multitud desbordó la Plaza de Mayo para preguntar “¿Dónde está Santiago Maldonado?”. Se calcula que sólo ahí asistieron más de 300 mil personas. Al finalizar, hubo una feroz represión y una veintena de detenidos y detenidas.

Localidades de todo el territorio nacional se unieron al reclamo. Hubo marchas y concentraciones en La Plata, Mar del Plata, Rosario, Santa Fe, Paraná, Gualeguaychú, Colón, Concordia, Córdoba, Posadas, Resistencia, Corrientes, San Miguel de Tucumán, Santiago del Estero, Mendoza, San Rafael, San Martín de los Andes, Viedma, El Bolsón, Bariloche, Río Turbio y Ushuaia, entre otros lugares. Y el pedido de justicia trascendió las fronteras y se hizo oír en otros países de Latinoamérica y Europa.

Las fotos y videos de esas movilizaciones se viralizaron en Facebook y Twitter. Sus profundos ojos celestes y su barba profusa se replicaron en una fértil y variada producción artística que acompañó su búsqueda: canciones, banderas, caricaturas, dibujos, pinturas, historietas, grafitis, etc.; que se sumaron a las formas creativas de reclamar por su vida.

Un amplio arco de organismos de derechos humanos y partidos políticos respaldó a esa familia que con claridad y entereza encabezó la búsqueda. Una familia que también supo dar cátedra de humanidad a una inconmensurable cantidad de medios de comunicación (tanto nacionales como internacionales) que insaciables de detalles transmitían sobre el tema en cadena nacional sin chequear, sin respetar la intimidad, sin un mínimo de ética y profesionalismo. Víctima de las fuerzas represivas y de innumerables discursos de odio.

Otro que desaparece

25 de diciembre de 2017. Lunes feriado por las fiestas cristianas de Navidad. La mayoría de la gente reunida con sus afectos, los negocios cerrados. Pan dulce, sidra y los odiosos petardos. En la televisión seguramente habrá alguna película yankee sobre las fiestas o algún compendio de “lo mejor del año”. Pocos canales transmitirán en vivo. Las redes sociales empalagan de fotos de encuentros, comidas y abrazos. Y también se cumple un mes de una muerte impune. ¿Y dónde está Rafael Nahuel?

El 25 de noviembre, en el contexto de una nueva represión en Lof Lafken Winkul Mapu en Lago Mascardi, Bariloche, una bala de plomo –de las mismas que usa el Grupo Albatros de Prefectura- le ingresó por el glúteo, se alojó en el tórax y le generó una gran hemorragia interna. Murió a los pocos minutos de recibir el balazo por detrás. Cuando llegaron sus peñi a la ruta, cargando su cuerpo desde la montaña, ya estaba muerto.

Un mes se cumple de su asesinato. Y “Rafita” desaparece de la agenda mediática, de la vida pública y de la empatía social, donde no sé si alguna vez realmente estuvo. Por supuesto lo recordará su familia, su comunidad, su compañeros y compañeras de Al Margen, personas que lo conocieron y muchas otras comprometidas con la lucha mapuche e indígena.

Pero ya sabemos que la emblemática Plaza de Mayo no va a desbordar en su memoria ni tampoco habrá marchas en distintos puntos del país y del exterior. ¿Qué es lo que hace identificarnos socialmente con un dolor y no con otro? ¿Por qué algunas víctimas movilizan más que otras? ¿Cómo podemos rastrear históricamente la fundamentación de estas diferencias?

Repito: “Sí, ya sé. Son casos distintos”. Y las respuestas pueden provenir de distintas disciplinas y cruzar muchas variables de análisis. Pero tanto Santiago Maldonado como Rafael Nahuel murieron a manos de la misma violencia desenfrenada de las fuerzas represivas del aparato estatal. Ambos le pusieron el cuerpo a una recuperación territorial mapuche. Ambos, con recorridos bien distintos, se involucraron con la lucha de una comunidad. Y ambos pagaron con sus vidas.

¿Por qué no habrá tantas marchas por Nahuel? ¿Por qué no se viralizarán exponencialmente fotos, videos y posteos que recuerden su vida? ¿Qué es lo que hizo que se crearan muchas menos producciones artísticas sobre él?

Hay distintas herramientas que analizan la cantidad de menciones de un tema en redes sociales y páginas webs. Más allá de los niveles de imprecisión, todas las consultadas marcaron lo mismo: comparando la aparición de una y otra víctima durante el primer mes, las menciones de Santiago Maldonado superan en diez veces a las menciones de Rafael Nahuel. Aunque sean positivas, negativas, o pretendidamente “neutras”, hay temas que se instalan y otros que pasan más rápidamente al olvido.

Víctimas ideales

“Si Maldonado fuera indígena lo ignorarían”, sintetizó el referente qom Félix Díaz.

“¿Usted cree que si Maldonado no fuese blanco no se lo buscaría de esta manera?”, le preguntó la Revista Noticias en septiembre de este año y él respondió: “Exactamente. Porque todos hablan: en las escuelas, en las canchas, en los medios, en todas partes. Y eso nos ayuda a buscarlo, porque el impacto social es impresionante. Si fuera un indígena no pasaría: fíjese en mi nieto Marcelino Olaire, desapareció en noviembre del año pasado en Formosa”.

En nuestro país se comete en promedio un femicidio por día, a veces un poco más y a veces un poco menos. Pero esa es la constante. Las “víctimas ideales” para la prensa y para la sociedad tienen que ser buenas mujeres, blancas, de clase media o alta, con una familia “como Dios manda” y que estudien o trabajen, por favor. Por eso los casos que toman una enorme repercusión pública nunca suelen ser de mujeres, lesbianas, trans y travestis muy pobres, con familias vulneradas. Y mucho menos, indígenas.

De las cientos de detenciones que se sucedieron en la escalada represiva de diciembre de 2017 las cercanías del Congreso de la Nación, la de Damiana Negrín fue una de las más conocidas. Un video muestra claramente la arbitrariedad del operativo que llevaron a cabo las fuerzas de seguridad donde fue agredida, abusada y detenida.

Su caso acaparó rápidamente la atención de los medios. Cuando aún permanecía detenida, su padre, Hugo Negrín, le dijo a Telefé Noticias: “Lo que me pone mal es que me están haciendo la entrevista porque es una chica de blanco que se la llevaron. Cuando hay 14 detenidos más acá y hay cuarenta y pico detenidos másTambién vi que alguien dijo ‘voté a Macri pero qué horrible cómo se llevan a esa chica de blanco’. Es tremendo. No importa si está de blanco, si venía de trabajar. Podía estar manifestando, que tampoco está bien que se la lleven”.

Racismo originario

El 18 de septiembre pasado, más de 300 efectivos de distintas fuerzas ingresaron al Pu Lof en Resistencia a las 5 de la madrugada en un allanamiento ordenado por Guido Otranto -entonces juez interviniente en la causa- que no había sido debidamente informado a la familia de Santiago Maldonado. Sin causa clara, detuvieron algunas horas a una integrante de la comunidad, Elizabeth Loncopan, que luego fue liberada. Una de las imágenes que se difundieron de ese suceso, se puede ver que en la Comisaría Primera de Esquel se expone el cuadro de Juan Manuel Blanes conocido como “La Conquista del Desierto”.

¿Podríamos permitir que una dependencia pública expusiera cualquier imagen que rememorara la última dictadura cívico militar? ¿Por qué una escuela se puede llamar Roca, Rostagno o Victorica y no podría llamarse jamás Jorge Rafael Videla?

La comunidad de Esquel se movilizó varias veces para exigir que no se exhibiera allí esa obra pictórica que rememora la violenta anexión de territorios indígenas para conformar el entonces incipiente Estado Nación. Pero no tuvieron éxito. Esas imágenes que heredamos de las campañas cívico-militares pueden ser evocadas sin prurito alguno. Aquel genocidio originario no es tal. O, en el mejor de los casos, es un genocidio de segunda.

Durante todo este tiempo, los medios de comunicación dijeron tantas barbaridades del Pueblo Mapuche que es difícil sintetizar. Terroristas, chilenos, sionistas, etarras, marxistas… Relatos hegemónicos que demarcan al Pueblo Mapuche y al sujeto indígena como una amenaza al “orden social”. Una construcción de un “Otro” que generalmente responde a un estereotipo, es decir, a una representación del mundo que es fija e incuestionable. Es así como aún perduran en el imaginario social –reproducidas también por la prensa hegemónica- adjetivaciones y connotaciones extranjerizantes que fueron y son instaladas para fundamentar el genocidio.

Básicamente la función de la prensa fue regar los discursos de odio y fomentar el racismo. Si bien se trata de discursos sociales que se mantienen históricamente, en 2017 crecieron exponencialmente en cantidad y voracidad. El clima político otorga una supuesta “habilitación” a decir cosas que antes al menos eran “políticamente incorrectas”. Basta con leer los comentarios que dejan lectores y lectoras de grandes medios que bajo la sombra del anonimato sienten la soltura para desear la muerte y exigir “mano dura” a viva voz.

¿Racista yo?

Pero quizás, lo más peligroso de la hegemonía es que participamos de ella sin siquiera darnos cuenta. De una u otra manera, sostenemos dinámicas de circulación y de consolidación de estos discursos racistas. Decimos que un niño es un “indio” si juega de forma salvaje; o no reparamos que el único personaje indígena del exitoso programa infantil Zamba, del hoy casi desmantelado Canal Paka Paka, tiene todo el tiempo gesto adusto y se llama nada más y nada menos que “Malón”.

Un racismo sútil, imperceptible, que hace que no nos moleste obligar a chicos y chicas a disfrazarse de un estereotipo de “indiecito” con plumas y cara pintada -como mostraban las revistas Billiken de los años 70- en los actos escolares, desconociendo la treintena de etnias que habitan nuestro país y sin ningún atisbo de abordaje intercultural y respeto por la diversidad cultural. O mirando sin denunciar esos museos o libros de historia donde los pueblos originarios aparecen como exterminados, sólo al inicio de la línea histórica y se utilizan verbos en pasado para describir la vida de estos habitantes (“eran”, “vestían”, “recolectaban”, etc.).

Un racismo que en principio negamos tener, pero si nos interpelamos podemos reconocer que hay muertes que nos conmueven más que otras. Que hay dolores que nos quiebran el alma y otros que se van más rápidamente. Y que, muchas veces, esa identificación tendrá que ver con sentir profundamente que esa víctima se me parece. Su mirada, su color de piel, sus costumbres…

Santiago Maldonado y Rafael Nahuel son dos víctimas fatales de la lucha por el territorio indígena. Los medios y la sociedad toda prefirieron dedicarle más tiempo al no indígena que al joven que se reconocía mapuche. Y -aunque sea incómodo decirlo- también hubo menor movilización de organismos y militantes de derechos humanos en uno y otro caso. Sin embargo, ambos corren igual riesgo de quedar impunes.

Reconocerse tanto en los ojos de Santiago como en los de Nahuel es un acto reparatorio. Entender cómo nos cruza ese genocidio indígena que nunca fue reconocido por el Estado. Y exigir con la misma furiosa rebeldía memoria, verdad y justicia tanto para muertes no indígenas como indígenas.

¿Podremos alguna vez empatizar como sociedad con la muerte de Rafael? ¿Nos conmueve su tez trigueña y su búsqueda de identidad? ¿Desbordaremos la Plaza de Mayo para pedir justicia por él? Desbordar, honestamente, no creo.

Si el Estado y la sociedad no reconocen el genocidio indígena en el que se fundó esta Nación, si no podemos comprender por qué hay dolores y víctimas que nos afectan y comprometen más que otras, si no podemos mirar hacia atrás y hacia adentro para poder cambiar lo que sigue; no hay igualdad, diversidad, interculturalidad ni reparación histórica real posible.

*Periodista. Integrante de la Red de Investigadorxs en Genocidio y Política Indígena en Argentina.

Nota publicada originalmente en https://almargen.org.ar/2017/12/23/y-donde-esta-rafael-nahuel/

 

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No hay 18 sin 19 y 20 de diciembre: destellos de una historia que aún no es historia

Destellos del pueblo en la calle

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Narraciones

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Opinión Nacionales 19 diciembre, 2017 1

Darle la espalda al clamor popular, a la larga, tiene un alto costo, tal vez difícil de calcular en lo inmediato.

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Norita Cortiñas: “Frente a la provocación, hay resistencia”

Por Claudia Korol y Liliana Daunes (*) .  Entrevista a Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo – Línea Fundadora, frente a la reforma previsional y la represión del gobierno argentino.

En un momento de pausa en la tarde del 18 de diciembre, dialogamos con Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, sobre el momento que estamos viviendo por la agresión a los derechos de los jubilados y jubiladas, y la respuesta represiva del gobierno. Esto nos decía.

Cuando desde el gobierno nos dicen ¿qué propuesta alternativa tienen? Yo le digo a Macri que retire el proyecto del Congreso, que realice un diálogo auténtico con los jubilados y el pueblo, y que decida promover el 82% del salario mínimo, vital y móvil para los jubilados. Esto va a apagar esta violencia que hay, desatada sobre nuestro pueblo. Es hora de que haya un poco de cordura y de que este gobierno que se desgarró las vestiduras cuando era oposición, insistiendo en que se diera el 82%, que ahora reaccione. La manera de volver a una normalidad para el pueblo, para el país, es tomando la resolución del 82% , que es lo que dice la Constitución Nacional. De una vez por todas, ya que criticó el gobierno anterior porque no daban el 82%, que ahora lo ponga en práctica.

¿Cómo ves la represión que estamos sufriendo en estas horas?

Yo creo que es un disparate lo que está pasando. Es un abuso de poder. Está lleno de imágenes en el mundo como cualquier país violento. Este país no quiere guerra, este país no quiere represión. Este pueblo sufrió mucho, sufrimos mucho, muchos años. Tuvimos mucha represión, y ésta nos está rememorando ya no sólo los años de la dictadura cívico-militar, eclesiástica y económica, sino que estamos rememorando también el año 2001, estamos rememorando el 19 y 20 de diciembre, y ¡no queremos más eso! ¡No puede soportar este pueblo tanto avasallamiento de sus derechos! Necesitamos que el gobierno gobierne para el pueblo, para los más pobres. Este gobierno ganó con votos, pero sin embargo parece que ganó con botas. No queremos más botas. Entonces, yo lo llamo a una reflexión, si es que Macri en algún momento de su vida se sienta a reflexionar, le digo que lo haga ahora. Que lo haga ahora, que hay tiempo para evitar nuevas épocas de dolor para nuestro pueblo.

También es cierto que el pueblo está en las calles resistiendo.

Justamente porque el pueblo no resiste más, hay resistencia. En realidad, frente a la provocación, hay resistencia. Frente a la indiferencia, hay resistencia. Estamos comprobando que este pueblo no es el mismo que hace cuarenta años. Este pueblo no quiere más avasallamiento de sus derechos, y sale a la calle. Y además, vemos familias enteras en la calle. Queremos una democracia real, sana, una democracia con justicia social como querían nuestros hijos y nuestras hijas. Luchaban por esta democracia con justicia social, y hoy este pueblo quiere que se realicen esos sueños, esas utopias, y que en la Argentina haya justicia social.

 (*) Para el Programa de radio Espejos Todavía que se emite los martes a las 17 por Fm La Tribu
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Resistir sí, pero también avanzar

Por Miguel Mazzeo / Foto: Tadeo Bourbon

En contra del clamor popular, ignorando las masivas movilizaciones, pasando por alto el abecé del pragmatismo político, la coalición de derecha que gobierna Argentina (incluida a una buena parte del Partido Justicialista), aprobó una ley que afecta directamente a los sectores más vulnerables de la sociedad. Todo indica que persistirá tozudamente en esa vía. Consumada la contra-reforma previsional, vendrá la contra-reforma tributaria y otras contra-reformas. La ley fue aprobada, además, en un contexto de represión, por momentos desquiciada. ¿Qué futuro puede tener un gobierno que sanciona leyes entre gallos y medianoche, en una atmósfera de gases lacrimógenos, entre balazos de goma y bastonazos, entre patrulleros y carros hidrantes?

Quedó en evidencia que el gobierno no tiene margen de maniobra. Sería excesivo decir que “representa” los intereses de los grupos económicos concentrados, de la burguesía terrateniente, del capital financiero. Hablar de representación sería introducir unas mediaciones inexistentes. El gobierno es la expresión más pura y genuina de esos intereses. Y está obligado a “obedecer mandando”, utilizando unos métodos de control social abierta y anacrónicamente disciplinarios.

El gobierno está atravesado da cabo a rabo por una matriz violenta basada en la irresponsabilidad social y en la falta de amor a la fragilidad. El gobierno carece de compasión y tiene la indiferencia típica de los verdugos. Aunque se trate de un sello originario, estos rasgos se vienen tornando más evidentes en los últimos meses: Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, el 14 y el 18 de diciembre. El gobierno se está expulsando de su propio (y falso) paraíso. Ha desatado la ley de reciprocidad que rige a la violencia. Aunque intente estigmatizar a las víctimas, y ahora más, dado que resisten la opresión; aunque construya un “enemigo violento”; el gobierno no podrá tapar el sol con la mano y ocultar la indignación y el hastío que rigen las parábolas de las piedras.

El gobierno no tendrá más remedio que buscar consensos en zonas cada vez oscuras de la sociedad. Pero esos reservorios de individualismo, violencia y amoralidad, parecen no ser tan generosos como el gobierno pensaba. Por el contrario, adquieren visibilidad los manantiales de la solidaridad, la ética plebeya y cierta inteligencia estratégica de los y las de abajo. La Patria deviene fermento para vestirse de posibilidad de otros ritos. Es probable que estemos asistiendo al ocaso de los gurúes expertos en la manipulación de masas.

Se inicia un tiempo de signo trágico, en el sentido de la tragedia griega: un tiempo de descomposición de la polis y de tensión entre opuestos sin posibilidad de síntesis.

La defensa de la República realizada en contra de la democracia siempre conduce al autoritarismo y a la dictadura de las clases dominantes. Asimismo alimenta una crisis de la política que viene desde atrás: ¿de que sirve elegir concejales, intendentes, diputados, senadores, presidentes, sino podemos elegir nuestras propias vidas?

Desde el campo popular debemos labrar una amplia unidad resistente pero, en forma paralela, debemos redoblar los esfuerzos en la transformación de las subjetividades signadas por la burocracia y el fatalismo, tenemos que hacer de cada lugar de trabajo y estudio, de cada barrio, una gran escuela de lucha. Se trata de consolidar espacios de auto-liberación política, económica, cultural de los y las de abajo para conjugar lucha política y lucha económica.

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