Central y sus victorias: usted lo vio, usted lo vio

Por Santiago Ernesto Garat

El 19 de diciembre de 1971, Rosario Central, dirigido técnicamente por Angelito Labruna, venció a su clásico rival en las semifinales del Campeonato Nacional de aquel año, con la legendaria Palomita de Poy, y tres días mas tarde conquistó el primer título de su historia. Y otro 19 de diciembre, pero de 1995, escribió su página más gloriosa en el plano internacional.

Después de perder por un aplastante 4 a 0 la final de ida de la Copa Conmebol ante el Mineiro, en tierras brasileñas, la cosa se definía en el Gigante de Arroyito. En los días previos, ni el más optimista de los fanas Canayas vislumbraba un desenlace como el que iba a ocurrir en la noche de aquel miércoles mágico. Sin embargo, el orgullo hizo que el estadio luciera repleto como en sus mejores épocas. La celebración del vuelo inmortal de don Aldo Pedro, que andaba por la edición 24 (este año será la 47), se realizó excepcionalmente el martes 18, aunque la recreación del gol más festejado del mundo, y que abrió las puertas al primer campeonato de un equipo que no fuera de Buenos Aires, se llevó a cabo después de las 12 de la noche, para cumplir a rajatabla con el calendario conmemorativo.

Una vez finalizado el ritual, la mayoría de los presentes (y cientos de hinchas que se sumaron en el camino), enfiló para el hotel en el que estaba alojado el plantel del Mineiro, con el objetivo de no dejarlos descansar como debían. Se hicieron sonar las bocinas, y algunas bombas de estruendo, y pese al esfuerzo de las fuerzas de seguridad por impedirlo, la situación se repitió varias veces a lo largo de aquella madrugada.

Y llegó el miércoles. Con varios amigos, con los que compartíamos las idas a la cancha, decidimos hacer la previa en Funes, localidad situada a unos 20 kilómetros de Rosario, como para estar alejados del nerviosismo general que seguramente se iba a apropiar de toda la ciudad. Sí, de toda.

La cosa es que encaramos para Arroyito más cerca de la hora del inicio, aunque con un buen margen porque sabíamos que el ingreso iba a ser complicado. Apenas entramos a la popular local, no  pude aguantar las lagrimas: el Gigante hervía y no entraba un alfiler, pese a que faltaba más de una hora para que arranque la final y, sobre todo, a que habíamos perdido por goleada el primer chico y era casi una utopía que pudiéramos revertir la historia.

La salida del Nuestro fue atronadora y a los brazucas les debe haber temblado hasta la pera porque en el primer tiempo no existieron. A los 22 minutos el uruguayo Rubén Fernando Da Silva, uno de los mejores refuerzos que llegaron a Arroyito desde que tengo uso de razón, abrió el marcador. Cuando el reloj marcaba 37, el Petaco Horacio Carbonari le agujereó el arco a Tafarel, arquero de la visita y del seleccionado de su país, con una de sus especialidades: los tiros libres. Y antes de irse al descanso, el Chapulín Martín Cardetti metió el tercero. El Gigante era una fiesta y el pueblo auriazul se frotaba las manos en el entretiempo esperando una catarata similar de goles en la segunda mitad que le permitiera levantar el trofeo continental.

Pero, caprichos del fútbol, que por eso lo convierten en el deporte más lindo del planeta, el complemento fue trabado y los de camiseta negra y blanca salieron decididos a vender cara su derrota. Muy cara.

Cuando apenas quedaban 2 minutos de juego, y el corazón de los hinchas  pendía de un hilo, el eterno Negro Omar Arnaldo Palma le puso la pelota en la cabeza a Carbonari para que, con otra de sus especialidades, la pusiera lejos del esfuerzo del Uno rival y obligara a la definición desde los 12 pasos.

Si ya de por sí los penales son una lotería, con todo lo que había pasado y todo lo que había en juego, el estadio de Arroyito era una verdadera caldera. Y el desenlace no hizo más que confirmar que ese partido no era apto para cardíacos. Mineiro desperdició las dos primeras ejecuciones (Doriva la tiró a las nubes y Leandro la estrelló en un poste) y Central aprovechó las suyas (Palma la cruzó y el Flaco Mario Pobersnik, cuando todo el mundo esperaba que fusilara al arquero, la tocó suave y a un costado). La ilusión, entonces, se encendió y resplandeció más que el sol que a esa hora brillaba por su ausencia. Pero faltaba mucho. Convirtió Ronaldo (que no era ni el Gordo ni Cristiano ni Dinho). Convirtió Carbonari, que se dio el lujo de abrazar al arquero rival al que acababa de vencer por tercera vez en la noche. Y el propio Tafarel se tomó revancha haciendo estéril el vuelo de Roberto Tito Bonano. El sufrimiento volvió a apoderarse de los más de 40 mil hinchas rosarinos cuando Cristian Colusso, el Chiri (o Cachete, para quienes lo conocemos de pibito), remató débil y a las manos de Tafarel, y acto seguido Euller la mandó a la red.

Pero el pueblo canaya se merecía un final feliz. El Polillita Da Silva, entonces, tomó la pelota con las manos y, con toda su paciencia oriental, la acomodó en el punto penal y se alejó unos metros hacia atrás. Después emprendió una carrera que, luego de estampar el balón en la red y sellar la suerte, terminaría recién en lo más alto del alambrado donde un afortunado y pertinaz hincha, que lo había imitado trepando la valla pero del lado de afuera, se quedaría con el trofeo más preciado: la camiseta a rayas verticales con el 9 tatuado en la espalda.

Después de saltar al campo de juego del Gigante para dar la vuelta olímpica, de darnos un chapuzón en la pileta olímpica y de quedar afónicos de gritar “Dale campeón, dale campeón” en el túnel que da al Caribe Canaya, decidimos que había que ir al centro o al Monumento para seguir con los festejos. Cuando subíamos la escalera del playón de estacionamiento, justo venía bajando un viejito con cara de bueno y con una parsimonia envidiable. Era don Ángel Tulio Zof, el hombre que acababa de liderar aquella gesta. Le saltamos encima, lo abrazamos fuertemente y llorando. El viejo nos calmó, se dejó apretujar y hasta devolvió algunos mimos. Nos dijo que celebremos en paz y que lo disfrutemos. Le preguntamos adónde iba, solo, mientras la ciudad se prendía fuego. Ese hombre bonachón y rápidamente querible que nos hizo dar la vuelta en el 80, en el ex Chateau Carreras cordobés; con el que volvimos a ser campeones en Temperley, cuando apenas habíamos vuelto a Primera (algo que ningún club del mundo había podido realizar); y que nos estaba haciendo realidad el sueño que se había vuelto casi imposible tras la goleada sufrida en tierras brasileñas, nos miró tranquilamente y respondió: “Me voy a casa, me espera Norma con las milanesas”.