Cinco años sin Daniel Solano

Por Nadia Fink

El 5 de noviembre de 2011 desaparecía Daniel Solano en Choele Choel. Una crónica a seis meses de su desaparición y las notas que fuimos realizando ante cada novedad. Nuestra manera de mantener presente esta historia y apoyar el reclamo de Gualberto, su padre, y sus familiares.

Con la reciente novedad en la causa de que la Dra. María Cecilia Constanzo “fue cesanteada por resolución en el sumario administrativo que se tramitaba en la junta disciplinaria y que se inició por una denuncia nuestra ante la Secretaría de Trabajo”, según palabras del abogado de la familia, Sergio Heredia; luego de que la causa fuera rechazada por la justicia Federal y volviera al fuero provincial y charláramos en Choele Choel con Gualberto Solano, después de que rechazaran el descenso al Jagüel (donde se afirma podría estar el cuerpo de Daniel) y en apoyo a la marcha y festival que se realizará hoy en Choele; desandamos el largo pedido de justicia por Daniel. La crónica realizada a los seis meses desde el lugar y todas las notas que fuimos sumando en estos años.

¿Dónde está?

Pareciera que la historia resulta circular, que se repite en tiempos y espacios similares. Y si es circular, si se permite volver a suceder, no es por un destino inexorable de círculos concéntricos, sino porque los perpetuadores del poder, las fuerzas de choque estatales aliadas con el empresariado y la explotación laboral siguen tan vigentes y tan impunes como hace siglos.

Por esas circularidades, esas perpetuaciones, Daniel Solano, un indígena perteneciente a la comunidad Misión Cherenta, de Tartagal, Salta, recorrió 2.300 kilómetros en plan de trabajo y fue secuestrado y desaparecido a manos de la fuerza represora del Estado, muy cerca del monumento a Roca que se erige entre las localidades de Choele Choel y Darwin, en la Patagonia argentina. Ahí, sí, en manos de las fuerzas herederas de los que llevaron adelante la “Campaña del Desierto”. Ahí, bajo la mirada del que todavía se venera en un monumento inmenso y en el billete de mayor valor de nuestra moneda.

Daniel Solano está desaparecido desde el 5 de noviembre de 2011, cuando fue sacado por la policía de Macuba, el boliche de Choele Choel, a las tres de la mañana. Entramados de complicidades entre las empresas frutícolas que explotan el trabajo golondrina, empresarios de la noche, fuerzas policiales de élite y jueces que hacen la vista gorda tiene la historia de Daniel. Y también, la de un pibe de 26 años que reclamó por un sueldo pagado a medias, que viajó en búsqueda de un trabajo digno y que intentó ser solidario hasta el final…

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La manzana prohibida

Era la tercera vez que Daniel se subía al colectivo para viajar hacia Río Negro a la temporada de raleo y cosecha de manzanas.

En Tartagal significaba un acontecimiento ir a despedir a los que partían por cuatro meses hacia la lejana Patagonia.

Había que completar el micro con sesenta trabajadores. El puntero de la zona (algo así como un caporal) fue el encargado de hacer el reclutamiento para Agrocosecha SRL (una empresa que falsamente se hace llamar “cooperativa”), que a su vez terceriza el servicio para la multinacional Univeg Expofrut SA, ubicada en Lamarque, hacia donde iban a llegar en unos días los salteños.

Además de la esperanza de un empleo estable por un tiempo, los trabajadores partieron cargando su colchón y sus sábanas: los esperan cuatro meses en unos galpones llamados “gamelas”, con capacidad para apiñar a 200 personas en camas cuchetas, pegadas unas a otras, con un pequeño lugar de duchas y tres inodoros. Allí llegan cada año 400 trabajadores golondrina de comunidades indígenas de Salta y de barrios humildes de Tucumán y de Santiago del Estero.

Firmaron el contrato durante el viaje por unos mil ochocientos pesos mensuales y con una cláusula para rescindir el contrato en caso de generar disturbios o de tener problemas con la policía. Ante cada frontera provincial, debieron simular ser turistas en vez de obreros frente a los controles. Llegaron, entonces, a la localidad de Lamarque, en el Valle Medio, después de días de viaje con su ropa, sus sábanas y su colchón, pero de dinero, nada. Lo que habían conseguido juntar laburando en changas en sus provincias se había quedado allá, para sus familias. Por eso los cincuenta pesos semanales que les da la patronal son una miseria. No alcanzan para nada y deben pedir fiado en las despensas “habilitadas”; incluso algunos trabajadores sobreviven pescando carpas (peces que son una plaga, duros y desagradables por alimentarse de cualquier cosa).

El cobro del primer sueldo resulta el momento más crítico: los descuentos son excesivos y muchos no pueden girar el dinero a sus casas; el ciclo es inevitable: trabajan, no les pagan, son discriminados, son maltratados, muchos optan por el alcohol ante una situación sin salida. El grupo BORA (Brigada de Operaciones, Rescate y Antitumulto), entonces, tiene su accionar justificado. La tropa de élite es tristemente conocida en Río Negro por su intervención en las matanzas durante las represiones de Bariloche, que derivaron del asesinato de Diego Bonefoi en 2010. El grupo que, como detentan sus siglas, es entrenado para estar en eventos multitudinarios y en manifestaciones, se encarga de custodiar a los trabajadores de las gamelas. Habitantes de Valle Medio cuentan que para entrenarlos deben pasar por situaciones de tortura dispuestas para “endurecerlos”, que los forman en pozos con excrementos, en los que les tiran cosas. La custodia incluye amenazas, que ingresen a cualquier hora en las gamelas, que peguen, pateen y roben libremente. En esas mismas gamelas que están cerca, muy cerca, de la casa natal de Rodolfo Walsh.

Daniel ya había estado allí otras dos veces. Había terminado el secundario y en su ciudad le decían que por qué no se quedaba, que por qué no estudiaba, que por qué no aprovechaba esa posibilidad de haber terminado los estudios. Pero Daniel viajaba, le gustaba cosechar manzanas, conocer otros lugares, estar en contacto con la tierra, ganarse el mango dignamente.

Se subió al colectivo ese septiembre de 2011 y dejaba para su vuelta la titularidad en el arco del Club deportivo Guaraní con el que habían logrado entrar al Torneo del Interior 2012 (Argentino C) y que era el primer equipo indígena en jugar un torneo de la AFA.

Dejaba a su novia María Luisa con la promesa de comunicación constante, lo que confirman los casi 50 mensajitos que se mandaban por día. A sus amigos de toda la vida, Germán y Sara, que no habían podido llegar ese día a llevarle la bolsa de golosinas de su kiosquito; a su padre Guillermo, a su abuela y sus hermanas, sus tíos.

Dejaba sus discos de cuarteto y su comida preferida, las empanadas de su abuela, para su regreso.

Pero el 22 de enero de 2012, el Guaraní debutó ante Coronel Cornejo de Tartagal, en el Torneo del Interior, y Daniel no estuvo en el arco.

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Nueva noche fría

El viernes 4 de noviembre de 2011, Agrocosecha pagaba sus primeros sueldos de la temporada. La fila de trabajadores transmitía entusiasmo y expectativa. Pero a medida que regresaban con el dinero en la mano, las caras y los ánimos eran otros. 800 pesos eran lo que recibían en vez de los 1.800 acordados (una estafa redonda si se la piensa en grande: 1.000 pesos por trabajador en un total de 400 serían unos 400.000 de excedente para repartir en una estructura mafiosa).

La tristeza era también silencio, y era miedo. Pero Daniel no se calló. Se enojó, gritó, y amenazó con una huelga para el lunes siguiente. Los capos de la empresa Agrocosecha ya lo conocían: A Solano lo querían todos. Tenía capacidad para captar la atención de sus compañeros y una alegría contagiosa. Lo conocían, y por eso le habían propuesto ser puntero. Le sería fácil. Pero Daniel no había aceptado. No quería saber nada: “No, los vagos después te miran mal porque saben que estás por arriba de ellos. No quiero ser más que nadie”, decía. No. Nada de altos mandos, él quería trabajar nomás.

Sabían que el lunes la huelga se iba a realizar si el reclamo estaba por Daniel Solano. Y Solano sabía quién era su patronal. Y conocía a la custodia. Por eso se quedó el viernes adentro, por eso prefería no salir de las gamelas y exponerse. Pero no sólo el poder es el que traiciona. Algunos compañeros de Daniel lo convencieron de salir a bailar el sábado a la noche, entre ellos el puntero y otro al que varios testigos señalan como el “entregador”.

A veinte minutos de haber entrado, por micrófono lo nombran y lo señalan desde la cabina. Él es Daniel Solano, es ése. Las fuerzas policiales (sí, que también son custodia en el boliche Macuba) lo empujan hasta la vereda y lo llevan hacia la esquina. Daniel se defiende, retrocede, tira piñas al aire.

En el fondo de la calle lateral espera un patrullero. A Daniel lo meten ahí. Fin de la historia.

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El cuento de la buena pipa

Siempre las historias circulares. Los moldes en serie de la acción paramilitar: un indio que molesta, patotas armadas, desaparición misteriosa; ensuciar a la víctima.

“Yo me entero allá en Tartagal el lunes 7 a las 11 de la noche. Me avisó la mujer del puntero que Daniel no aparecía. Siempre hablábamos por teléfono, yo lo llamaba seguido. Ahí me fui para Choele a ver qué pasaba”. La peregrinación de Gualberto empezó desde su llagada: Agrocosecha lo recibió con los brazos abiertos para explicarle que Daniel era un “picaflor” y que, seguro, se había escapado por ahí con una noviecita. A Neuquén, se fue para allá, a divertirse. Lo vieron sacando pasaje en la terminal, decían; y subiéndose a un colectivo, completaban, que partía rumbo a Neuquén. En una provincia con los prostíbulos prohibidos, quienes declararon estas afirmaciones fueron proxenetas, prostitutas y familiares de policías.

En enero, Sara contactó en Tartagal al que sería el nuevo abogado de la familia, Sergio Heredia. El 18 de ese mes presentó una denuncia contra 34 personas, entre ellos policías, la jueza Marisa Bosco y el fiscal interviniente Miguel Ángel Flores, empresarios y compañeros de trabajo de Daniel Solano. Una denuncia que parecía sorpresiva para la pequeña ciudad de Choele Choel en enero, pero que fue dando cuenta de la asociación ilícita que hubo entre todos los sectores para llevar a cabo la desaparición de Daniel.

Para esa época, a Gualberto ya lo habían echado de la empresa petrolera de Tartagal en la que había trabajado por más de quince años. Familia y amigos llegaban para dar apoyo y contención, pero todo seguía pareciendo confuso y los organismos estatales mostraban total indiferencia para dar respuestas. Por eso, a tres meses de la desaparición de Daniel, su familia decidió armar un campamento en la plaza que está frente al Juzgado N° 30 de Choele Choel. “Yo quiero que me den una respuesta y me voy. Ya perdí a mi hijo, perdí mi trabajo…”, explicaba Gualberto. Así, la comunidad de Choele empezó a visibilizar la lentitud de la justicia, pero también a solidarizarse y acompañar de diversas maneras: se formó la Comisión de Solidaridad y Apoyo a la Familia Solano, y también empezaron a llegar vecinos a saludar, a preguntar cómo andaba Gualberto, a llevar calabazas recogidas de sus huertas o kilos de pan para sopar en el guiso.

El 5 de mayo se cumplieron seis meses. Gualberto decidió encadenarse a la fiscalía, junto con su hermano Pablo y Julieta, la madre de Atahualpa Martínez Vinaya (ver recuadro), e iniciar una huelga de hambre para solicitar el avance de la causa. También se planeó una jornada cultural en la que Chelo Candia pintó un mural frente a la comisaría, con la colaboración de los vecinos. “Los canas se toparán todos los días, y por mucho tiempo, con esta acusadora mirada de Daniel”, cuenta Chelo sobre el mural que da cuenta de los trabajadores golondrina y las condiciones de explotación, la complicidad policial con los empresarios, y la lucha por la búsqueda de Daniel de familiares y vecinos. Se realizó una marcha, siempre con la fila de niños adelante, de la que también participó Mónica Alegre, la mamá de Luciano Arruga, quien engripada y todo arengaba desde el megáfono un emocionado “presente” ante el nombre de Daniel o de Luciano.

El rostro de Daniel estaba en las pancartas, en el mural, en el rumor que corría en Choele tras el paso de los caminantes, y también en las voces de sus familiares y amigos que querían contar, que insistían: “Daniel era un buen chico, nacido y crecido en Cherenta”. Mayra es una de las ocho hermanas de Gualberto. Por su edad, es bastante cercana a Daniel, pero por su crianza, y por ser mujer, nunca compartió salidas con su sobrino: “A mi madre, sobre todo, no le gusta que salgamos. Y Gualberto tampoco salió. Siempre adentro nomás, sólo salir a hacer algún trámite”.

Sobre Daniel recuerda que “siempre pasaba a ver a su abuela. Cuando le hacíamos el cumpleaños él estaba presente, en mayo, que estaba de regreso. Este cumpleaños ya no va a ser lo mismo. Cuando estábamos en Tartagal, quedamos asombrados de lo que decían acá: que era un borracho, que le pegaba al padre, cosas que no eran así. Como vivimos cerca de él, lo hubiéramos sabido si era cierto”.

Sara se instaló en Choele desde enero. En Tartagal quedaron su hija de 14 años y su esposo. Cuenta que él la apoya completamente y que siempre fueron muy independientes, “de no cargosearse”. A Daniel lo conoce desde chico porque andaban todo el día con su hermano Germán jugando a la bolita y a la pelota. Su casa era el segundo hogar. Siempre estaba en las fiestas familiares e incluso había llegado la noche del cumpleaños de su hija, el mayo anterior, para cenar con ellos. “Mi hija también pasó a ser amiga de él porque Daniel seguía siendo un adolescente”. Y, claro, con Germán compartían también la barra de amigos que jugaba a la pelota: “Pililo, Pichín, José, Cuchi, el Pintudo (al que llamaban así irónicamente porque era el más feo del grupo)”. A Daniel le decían “el Nene”, aunque contaba con un apodo extraoficial: “Mal panza”, que nunca quisieron explicar pero sobre el que todos decían “porque todo lo que come le hace mal” mientras se reían con complicidad de amigos.

Sara se enoja cuando vuelve al presente: “Me da pena ver a Gualberto. Me da bronca porque todo el tiempo tenés que verles las caras a los mismos que lastimaron a Daniel”.

Gualberto también habla de Daniel: “El único hijo varón, de seis. Su mamá murió cuando él tenía 13 años y mi hija menor, 8 meses; así que siempre trabajó para ayudarnos. Era un muchacho feliz, que siempre tuvo los pies sobre la tierra”.

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¿Será justicia?

Con Gualberto encadenado, algunas respuestas fueron llegando: aparecieron las pruebas telefónicas que demostraban que los policías sospechados tuvieron el teléfono luego de su desaparición, se imputó a 22 policías –de los cuales sólo diez fueron separados de sus funciones (y seis están cobrando el 50 por ciento de sueldo) – y se le otorgó una secretaría al juez para que le pueda dar dedicación exclusiva al caso.

Actualmente, la causa cuenta con más de 150 declaraciones testimoniales que avalan la hipótesis de que los responsables directos de la desaparición de Daniel fueron efectivos policiales, pero los tres citados en el mes de junio (Pablo Andrés Albarrán, Diego Vicente Cuello y Pablo Roberto Quidel) no se presentaron a declarar con certificados médicos por problemas psicológicos.

Corren rumores en Choele Choel. El aire está espeso y lleno de presagios. Cerca de la terminal hay un camión estacionado. Alguien cierra la puerta y adentro se ven, claramente, personas sentadas a los costados. La caja se cierra. El camión arranca.

Choele es la localidad más antigua de la Patagonia. Una de las siete localidades que conforman el Valle Medio, resultó el lugar elegido para organizar estratégicamente la “Campaña del desierto”. Un poco más adelante, empezó a poblarse por ser un lugar clave para entrar a la Patagonia y llegar a la pampa húmeda. Cada pueblo del Valle Medio se fue conformando con características bien particulares: algunos centrados en el trabajo rural, pero Choele, como cabecera del Valle Medio, permitió que se asentara y conformara una burguesía comercial conservadora y con trabajos estables y en blanco. Por eso en Choele Choel se compra en cuotas y los empresarios son prósperos. Por eso la idea es que nada cambie, porque así está bien, porque así se benefician siempre los mismos.

Pedro y Mercedes son parte de la Comisión de apoyo. Cada día llegan a dar una mano, a colaborar con la cocinada, a ver cómo está la salud de Gualberto. Habitantes de Choele Choel, involucrados en la lucha cotidiana contra una sociedad conservadora que los señala, nos cuentan el porqué de un apriete contra Daniel: “Esa era una apretada para todos, porque la situación venía rara con la empresa. Con el tema de cobrar la antigüedad, había muchas estafas, y también existen trabajadoras en conflicto por el tema de la salud. Las mujeres que trabajan en la cinta tienen que separar las manzanas para exportación, para el mercado nacional y para descarte. Entonces lo hacen con los brazos sin apoyar y a un ritmo constante; y a los diez años tienen terrible tendinitis y apenas pueden levantar los brazos hasta cierta altura. De esas chicas, la gran mayoría perdió los juicios, una hasta se volvió loca, y es un tema, porque quedan incapacitadas a los 30 años”.

En Choele se levantan los rumores, como la tierra de la Patagonia cuando se arremolina, “que hay un video de la jueza fulana practicándole sexo oral al comisario”, “que ese mismo comisario es el que sacó a Solano del boliche”, “que era el mismísimo comisario que encargado de llevar adelante la investigación por la desaparición de Solano en un principio”.

No es realismo mágico. Ya nos acostumbramos a las verdades que superan cualquier relato ficcionalizado. Sucede en un pueblo de la Patagonia y las mentiras y los secretos intentan cubrirlo. Sucede que la historia se repite y todo vuelve a desfilar ante nuestros ojos. Pasa que nos quieren creer eso de la historia para que pensemos que “así son las cosas” y que, de vez en cuando, a algún indígena le toca morir en nombre del progreso. Del progreso para unos pocos, del progreso para los de siempre, bah. Pero la historia de los que ganan puede ser fracturada, la pintura de la realidad puede saltar como las capas que cubren los entramados siempre que haya un sueño inconcluso, una vida silenciada y personas que luchan para que nada quede como está.

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