Deuda externa: un mal que dure cien años Deuda externa: un mal que dure cien años
¿Quiénes ganan con este modelo de endeudamiento? Deuda externa: un mal que dure cien años

Por Iván Barrera

El gobierno nacional vuelve a los grandes titulares con un nuevo récord. Alabado por los medios y especialistas conservadores como un estratega, el ministro de finanzas, Luis Caputo, comenzó la semana emitiendo bonos de deuda a 100 años. ¿Qué significa esto? Que pasarán 25 presidentes antes de que se pague el total de la deuda contraída en unas pocas horas.

“Pegarle de rabona no es un recurso técnico, ni una demostración de habilidad. Es simplemente gritar que tu otra pierna no sirve para nada”, afirmaba el jugador de fútbol Claudio “Bichi” Borghi, experto en ese arte. Si extrapolamos esta afirmación al plano económico, podemos afirmar que “tomar deuda externa es gritar a los cuatro vientos que tu administración no sirve para nada”.

¿Por qué se emite deuda?

Mientras sigue en la dulce espera por la lluvia de inversiones, el gobierno nacional continúa con la interminable gesta de solventar gasto corriente con deuda externa. En 18 meses de gestión PRO en el gobierno nacional, la deuda externa ascendió en 192 mil millones; es decir, un 23%, para convertirse en el mayor emisor de deuda a nivel mundial. La pregunta recurrente suele ser: ¿Cuál es la razón para tal aumento?

A nivel económico, la flamante gestión se planteó dos objetivos clave: disminuir el déficit fiscal heredado de la gestión anterior y los niveles de la inflación. Por parte del déficit fiscal, hay que aclarar que, a excepción de los primeros tiempos de la gestión de Néstor Kirchner, en los últimos 50 años el Estado gastó un monto mayor que los ingresos que tuvo. La administración de Macri se propuso, entonces, disminuir esta brecha entre lo que se gasta y lo que ingresa, cuyo monto en 2015 fue de 5,4 puntos del PBI.

En cualquier economía, desde la de un gobierno nacional hasta la familiar, la forma de equilibrar un presupuesto es aumentar los ingresos, disminuir los gastos o ambas simultáneamente. El paquete de medidas que se tomó no parece tan congruente con esta idea porque donde más foco se puso fue en el esfuerzo por disminuir los gastos: despidos masivos en la administración pública, quita de subsidios y aumento de tarifas en servicios públicos, paritarias por debajo del nivel esperado de inflación, cierre de programas sociales, disminución en la oferta de planes sociales, subsidios, jubilaciones y pensiones, entre otras.

Lamentablemente, este “esfuerzo que realizamos entre todos” no estuvo acompañado por una política de financiar el Estado. Del otro lado de la balanza, la de los ingresos, tuvo un comportamiento opuesto: quita de retenciones a mineras y al agro, pago de deuda externa a fondos buitre (aun por encima de sus demandas) y condonaciones de deuda a empresas deudoras con el Estado (algunas de ellas del clan Macri), así como también a evasores fiscales que mantenían sus ‘ahorros’ en el exterior. A este movimiento hay que sumarle el estancamiento económico, con una economía que no parece arrancar en 18 meses de gestión y donde ni siquiera dos mini Davos pudieron atraer inversiones que generen empleo formal y una supuesta puesta en marcha.

El resultado fue predecible. Si en una situación desequilibrada disminuyen los gastos pero con ese mismo ritmo disminuyen los ingresos, el desequilibrio se mantiene. Para fines de 2016, el déficit fiscal contempló 4,6 puntos del PBI.

¿Qué hacemos con ese déficit?

Hay dos formas sencillas de solventar los gastos que se encuentren por encima de nuestro presupuesto: emitir monedas o emitir deuda. La primera propuesta escapa de las ambiciones del gobierno nacional, dado que según la escuela monetarista, la emisión monetaria se traduce en mayor inflación, siendo esta una opción incongruente con el objetivo inflacionario del gobierno –que, por cierto, en 2016 cerró con el mayor nivel inflacionario desde la crisis del 2001–. Por lo tanto, la salida que eligió el gobierno fue la emisión de deuda externa e interna.

Tomar deuda es una señal ineludible de que estás administrando los recursos tan mal (volviendo a citar a Borghi) que la única forma de solventar el Estado es aumentando los niveles de dependencia económica. Es hipotecar el futuro por la ineficiencia del presente. Es gritar a los cuatro vientos que todo esfuerzo para atraer inversiones reales, para generar empleo digno, para solventar el Estado, para controlar las cuentas nacionales, no fueron más que un rotundo fracaso. Fracaso que no es de sorprender para una gestión que viene de triplicar el monto de la deuda externa durante su gestión en la Ciudad de Buenos Aires, producto de un incesante incremento en el déficit fiscal presente en todos los años del gobierno macrista (a excepción de 2010), aun en épocas de bonanza tributaria y de crecimiento económico.

Sin embargo, a este análisis aún se le está escapando una parte importante. Sumada a la gran porción de deuda que se destina a gasto corriente del Estado, otra tajada es destinada a solventar un precio de dólar estable dentro de los parámetros del gobierno. La devaluación del peso no se condice con la inflación sufrida durante 2016, en especial para el primer semestre del mismo. Esto llevó a que mes a mes se dilapidaran tajadas de reservas y de deuda externa en mantener la oferta y la demanda del dólar estable, en un escenario que quiere pretender ser libre tanto para el mercado cambiario como para el mercado internacional.

Ahora, sin lugar a dudas la pregunta que menos medios hegemónicos e intelectuales se suelen hacer a la hora de alabar la política de endeudamiento del gobierno:

¿Quiénes son las y los ganadores de este modelo de endeudamiento?

Por un lado, se encuentran los mismos acreedores del Estado. El país se endeuda para pagar deuda. Y luego se endeudará en mayor medida para pagar la anterior. ¿Quiénes son estas y estos acreedores? En su gran mayoría, tenedores de bonos y letras del Estado, así como también los conocidos FMI, Banco Mundial y BID. Dentro de los primeros, se encuentran los tristemente famosos fondos buitre.

Pero por otro lado, se está tomando deuda para solventar las ganancias de los grandes latifundistas sojeros y las mineras multinacionales que ya no pagan retenciones, para bancar la apertura indiscriminada de importaciones que pone en jaque a los sectores nacientes de la industria nacional, para aumentar las arcas de los bancos tenedores de bonos y letras del Estado, para aumentar las ganancias de quienes juegan a la timba financiera. En especial, a los capitales extranjeros que vienen a beneficiarse de una tasa alta de interés, para solventar las deudas de aquellos empresarios amigos del actual gobierno que estafaron al Estado nacional (Edenor, Edesur y la Correo Argentino que no avanzó por clamor popular) y, entre otros, para solventar el ultraje fiscal de aquellos evasores del gobierno nacional que se sumaron al blanqueo del año pasado, en los que se incluyeron familiares de funcionarios públicos, hecho que le costó una causa judicial al propio Presidente, al entonces ministro de Economía y al jefe de Gabinete.

La flamante deuda a 100 años, a una tasa de interés del 7,90% anual –una tasa menor a los últimos para la Argentin,a pero aun así muy alta respecto de la internacional–, establece que quien invierta hoy, recuperará la inversión en 13 años sólo en intereses y tendrá 87 años de ganancia, por encima del capital invertido; obtendrá así una rentabilidad de 8 veces la inversión inicial. Ganancia que saldrá del bolsillo de las trabajadoras y los trabajadores, que con este ritmo seguirán sufriendo ajustes con el objetivo de pagar esta cosecha de fondos buitre.

El modelo de endeudamiento sistemático es una parte más del programa de transferencias desde los sectores bajos hacia los grandes empresarios. Cada dólar de endeudamiento es un dólar más en el que Argentina pierde autonomía y soberanía económica, doblegándose a destinar recursos que deberían ser invertidos en provecho de todos y todas –y en especial de los sectores más necesitados–, a engordar las arcas de grandes tenedores de deuda. Y cuando la bicicleta financiera encuentre los palos autoimpuestos, será el momento en que aparecerán nuevos fondos buitre, cuando el FMI o el Club de París vuelvan a visitar nuestro país –como ya lo están haciendo–. Serán esos “gurúes” quienes vendrán para guiarnos hacia una política económica y fiscal que sea provechosa para las economías centrales y que forje, una vez más, la dominación y dependencia económica de nuestro país.

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