Edipo en Ezeiza

Edipo en Ezeiza

Por Mariana Komiseroff. La obra de Pompeyo Audivert Edipo en Ezeiza es una de las joyas de la cartelera porteña. Marcha fue hasta “El camarín de las musas” para ver una puesta donde lo familiar versiona lo histórico, marcado por la masacre ocurrida el día del regreso de Perón al país. 

Las claves para pensar Edipo en Ezeiza de Pompeyo Audivert están en el título. En primer lugar, el complejo de Edipo postulado en el psicoanálisis por Sigmund Freud. El cual, en términos generales, podría definirse como el deseo inconsciente de mantener una relación sexual con el progenitor del sexo opuesto y de eliminar al padre del mismo sexo. Si bien es una teoría con detractores, está instalada en el imaginario social de manera tan arraigada que independientemente de que no conozcamos sus raíces se usa para hacer chistes o comentarios en la vida cotidiana. El complejo de Edipo postulado por el psicoanálisis parte de la tragedia griega de Sófocles, Edipo Rey.

La segunda clave es el lugar, Ezeiza: los personajes de la obra están atravesados por la masacre sucedida en esa localidad el 20 de junio de 1973, al regreso de Juan Domingo Perón al país luego de veinte años de exilio.

Pompeyo Audivert, a cargo de la dramaturgia y de la dirección de esta obra, sitúa la acción en la intimidad de una familia que interroga a sus miembros. Cuando la obra comienza, una bandera Argentina tapa el cuerpo de la madre atada a una silla. Es un recurso que muestra la intensidad de la paranoia social reforzándola en el ámbito privado y permite la analogía simbólica con la situación histórica: una Argentina-madre interrogada por su hijo que, al igual que una sociedad fragmentada carente de respuestas, se desata al libre albedrío esperando al líder-padre que venga a imponer la ley.

Pompeyo rechaza las fórmulas tradicionales en el teatro. En Edipo en Ezeiza, esto no solamente queda explícito en el trabajo de sus actores (Julieta Carrera, Hugo Cardozo y Francisco González Bertín), quienes construyen personajes capaces de someterse a distintos roles, y en la creciente ominosidad propia de su método y atmósferas, sino también en la aplicación de cierto recurso de lo que podríamos denominar metateatro.

Para que se cumpla la regla de metateatralidad debe haber alguien dentro de la representación que actúa como espectador, es decir, el público mira al que mira. En Edipo en Ezeiza los personajes se miran a sí mismos y “actúan” dentro de la sociedad paranoica en la que viven. Si bien no es una obra donde exista una explícita representación dentro de la representación, sí tiene una escena en la que esto se ve claramente: ninguno es lo que dice ser, por eso, al ensayar una cena familiar, cuando se produce un error o alguno olvida la letra todo debe volver a empezar.  

Los personajes hacen claras alusiones o críticas a textos y métodos del teatro clásico y tienen plena conciencia de la ficción en la que están inmersos. La base de esa ficción es el rol social asignado y mutable. Los pliegues en el discurso y el tiempo de la obra producen una atmósfera oscura que obliga a abstraerse del sentido literal.

Poner de manifiesto el tabú del incesto (primera ley, sobre la que se asientan las demás) para exponer una situación política, deja clara la intención de invitar a la reflexión al espectador, aunque tal reflexión casi nunca nos deja en lugares cómodos.

 

Edipo en Ezeiza puede verse todos los sábados a las 23:00 horas en “El camarín de las musas” (Mario Bravo 960, C.A.B.A.).