“El agua y el pez”: la Memoria pintada en una camiseta de fútbol

Por Kurt Lutman

El relato es un eco que nos resuena durante 42 años: es un grito a la Memoria y es, también, la historia de un jugador de fútbol, Mauro Amato, que les dio a las Madres de Plaza de Mayo un abrazo de gol. Incluido en el primer libro de relatos (El agua y el pez) de otro jugador, Kurt Lutman, lo compartimos en forma completa en las líneas que siguen

Secuencia 1 /

TUCUMAN 8 DE AGOSTO DE 1977

El Gobernador de Facto Antonio Domingo Bussi instruye a sus camaradas de menor rango sobre el Operativo Independencia y detalla la teoría del Agua y el pez.

Les cuenta, mientras camina con la espalda recta, que el pez (militantes políticos) podía vivir porque tenía agua (la simpatía e interacción del pueblo tucumano). Detalla que en febrero del año 1975 (cuando él comandó dicha represión) el plan consistió en sacarle “el agua” al “pez” y remata la metáfora: “…para así ahogarlo, asfixiarlo.”

En Tafi del Valle, Ingenio Santa Lucía o sobre los márgenes del Rió Pueblo Viejo, las fuerzas Armadas torturaron y amedrentaron a parte de los pueblerinos que no participaban de las Organizaciones Políticas.

Este desmadre se ejecutó de forma grotesca y a los gritos para que el resto del pueblo lo sepa. Golpear, para que de esa forma “el Agua” repliegue aterrorizada y así quede expuesto en soledad y sin oxígeno “el Pez”.

Secuencia 2 /

MAURO JAVIER AMATO

Nació en 1973 en La Plata. Había jugado en el Estudiantes de Paris, Prátola, Piguin, Calderon y el mago” Capria, dirigido por el profe Garisto y luego Russo. El destino lo llevó por varios equipos. Pero antes de emigrar de La Plata se enamoró profundamente de su compañera, Cecilia, quien tenía una hija de 5 años llamada Irina.

A ella la conoció sacando fotos dentro de la cancha del “pincha” y quedó pasmado al ver que contra Independiente le echara un certero gallo a un hincha, cansada de que le grite puta, alambrado de por medio.

Mauro era especial. Dentro de la cancha refinó la habilidad de ser Ilusionista. El ilusionista se encarga de, primero, tener la pelota, mostrarla y soportar las patadas, distraer a los contrarios, amontonarlos generando espacio y tiempo, y ahora si habilitar a otro compañero de equipo para que termine la obra en gol.

Si uno recuerda el gol de Caniggia a Brasil en el 90 se dará cuenta de lo que hablo. Maradona, los amontonó, zigzagueó, generó espacio y tiempo. Les hizo creer que él era el peligro, los ilusionó y cuando era el momento se desprendió del balón para que la pintura sea continuada y firmada por el wing.

Mauro era eso y mucho más.

Se cortaba el pelo como Mick Jagger y le encantaba el Rock. Tenía una guitarra de la que muy pocas veces sacaba sonidos agradables y cantaba a los gritos como un chancho, pero ahí se transformaba en rocker y perdía la vergüenza, y entraba en trance y saltaba con la guitarra en la mano, al estilo del Teté de la Renga.

Secuencia 3 /

HURACÁN DE CORRIENTES 1998

Nos encontramos por primera vez en tierras Correntinas. Ahí los conocí a los tres. La Ceci nos cocinaba rico a medio plantel y nos sacaba fotos. Irina crecía rodeada de fútbol e instrumentos musicales y nos decía tíos. Mauro nos dejaba mano a mano con el arquero para que la empujemos a la red. Después del gol, llegaba a la maraña de abrazos, te tocaba la cabeza y se iba sin dejar rastro.

Llegué a pensar que no hacía goles por vergüenza a que lo miren.

Después entendí que la labor de estos humanos en la tierra es hacer brillar a otros.

Para que Mauro convirtiera un gol tenía que estar embroncado. A veces nos enfrentábamos con equipos que le pegaban para lastimarlo, de mala leche, y él se enojaba, la pedía, apilaba monos y les rompía el orto.

Nos elegimos como amigos y esa amistad se reafirmó luego de un conflicto con la Comisión Directiva del Club, que se rehusaba pagarles el sueldo a todos los jugadores del plantel y solo optaba por algunos. El desenlace fue que me terminaron echando. Mitad por ser parte del conflicto y mitad por mi tenue rendimiento dentro de la cancha.

Mauro se me apareció en el departamento mientras armaba el bolso y me dijo: -Si te echan yo también arranco-.

Y ese “yo también arranco” era un Yo más grande, que incluía a la Ceci e Irina.

Quise convencerlo hablando de la familia, lo difícil de conseguir otro club y que él tenía otras responsabilidades, pero ni me escuchó, me dio un abrazo y se fue.

Secuencia 4 /

TUCUMÁN 1999

Autor de torturas, violaciones, asesinatos y desaparición de personas. Complicidad directa en apropiaciones de bebes durante la última dictadura militar.

Antonio Domingo Bussi, dos décadas después, llega al cuarto año de un período de gobierno iniciado en 1995 y que concluye en diciembre.

Con la esperanza de dar paso en las elecciones venideras a su hijo, Ricardo Bussi, los operadores políticos del genocida cuidan su imagen como si fuera un Cristal.

Miles de teorías se exponen tratando de explicar cómo el pueblo tucumano soporta, semejante aberración, en una Argentina “Democrática”.

Ya es junio y suena el teléfono en mi casa de Rosario. Del otro lado la voz de Mauro me saluda ansioso. Cuenta que está jugando en Atlético de Tucumán y que está contento por su nuevo club. Que el 24 de marzo fue a la Marcha y no había mucha gente. No la cantidad que el esperaba. Que había conocido a las Madres y sus pañuelos en la cabeza y con Cecilia quedaron impactados. Que la sociedad tucumana era “rara” y no entendía como lo habían votado a “este hijoderemilputa”. Se había puesto serio y para distender le pregunté si seguía tocando la guitarra, me contestó que era lo suyo, que había nacido para tocarla, le devolví un chiste y se rió a carcajadas. Cuando le pregunté si había hecho goles, dijo:- algunos!!

Y ese algunos era dicho sin importancia. Con la calma del que cree que convertir no es más valioso que vender almohadones. Lo imaginé como un mago. Con la capacidad de encontrarse con el gol cuando quisiera. Como en Huracán de Corrientes cada vez que se enojaba. Me quedó la sensación de que manejaba el desenlace de esa jugada a su antojo.

Secuencia 5 /

SUEÑO CON SERPIENTES

No sé si fue la descripción que me hizo de la marcha. Quizá la bronca que brotaba del teléfono.

O mis ganas e ingenuidad de pensar que Mauro se lo podía cruzar en el almacén y darle una trompada en la boca por todos. Lo cierto es que esa misma noche los soñé a ambos. Al genocida y al ilusionista, juntos, en un sueño absurdo y nítido:

Antonio Domingo Bussi está parado en una habitación oscura, donde se ve su figura y su rostro. Mauro aparece caminado lentamente, vestido de jugador y con la camiseta de Atlético puesta, se le para a veinte centímetros para quedar cara a cara.

Se miran y la mirada de Mauro está enojada. De pronto suelta la pelota que traía en la mano, le apoya al genocida un dedo en la frente y lo empuja suave para que se desmorone en cámara lenta y se lo trague la oscuridad. Mauro gira lentamente, vestido ahora de Rockero, y mientras se aleja se acomoda la guitarra que cuelga de su espalda.

Secuencia 6 /

EL ARTE DE LA ATENCIÓN

Tres meses más tarde es 19 de septiembre de 1999 y llega el clásico de esa ciudad. Como en todo clásico, la dinámica cotidiana del lugar se detiene.

Las miradas de la provincia apuntan a esa cancha. San Martín de Tucumán, el local, y Atlético, se baten a duelo.

Mauro sale del túnel y siente como una llovizna sutil e inesperada le empieza a caer encima. La cancha explota. El estadio situado en la calle Bolívar al 1900 solo esta preparado, por normas de seguridad, para albergar a 23.000 espectadores.

La radio anuncia que ingresaron 27.000 y la voz del estadio ruega por altoparlantes que los que están subidos a las torres de luz desciendan.

Son las 6 y media de la tarde y el partido arranca.

La alegría y el dolor sobrevuelan el lugar esperando probarse ambas camisetas. Los equipos se dan palo y palo.

San Martin se pone 2 a 0 arriba y automáticamente Atlético achica diferencias de la mano de Mauro, en un gol confuso entre mil piernas en el área chica. El 2 a 1 abajo hace que Mauro ni lo festeje y se apure por llevar la pelota al centro de la cancha.

En el minuto 70, el número 5 de Atlético, decreta de cabeza el empate en 2 a 2.

El jardín de la república respira entrecortado.

El día se retira mientras las luces del estadio se encienden y los monos subidos a las torres ni se inmutan. La atención trepa a su punto más alto y restan 7 minutos para el final.

El ilusionista, entonces, pide la esfera cerca del borde del área, en el centro de la medialuna.

Siente que su percepción se expande y ya no ve, o ve todo. Los sentidos se alinean detrás del tacto. Detiene el tiempo. Se queda quieto. Siente milímetro por milímetro, su empeine y el balón.

Actúa ir hacia un lado pero sale hacia el opuesto y mete un derechazo que se clava contra un palo. Así de simple, así de complejo.

La red se infla y estalla medio estadio, decretándose el 3 a 2 definitivo.

Mauro sale corriendo hacia el corner, se levanta la de atlético y la descansa en su nuca. Y como si corriese un telón, muestra la de abajo. Una remera negra con 4 pañuelos blancos y la inscripción AGUANTEN LAS MADRES.

Llegando al alambrado detiene su marcha. Abre los brazos. Mira hacia el cielo y ve un mar gris oscuro apunto de desprenderse y caer sobre todos. Un Trueno reproduce el sonido de un mazazo sobre un remache que esperó veinticuatro años ser remachado.

La noche lo atraviesa con el rugido de su gente y ahora la lluvia es torrencial.

Secuencia final /

ANTIGUAS PERVERSAS COMPUERTAS ESTALLAN

Dicen que Antonio Domingo Bussi, mientras lo veía por televisión, sintió un profundo dolor en el pecho que preocupó a la familia. Dolor parecido al de meses más tarde, cuando dejó la gobernación y su hijo Ricardo Bussi perdió las elecciones para ocupar el mismo cargo.

Afirman, que en la redacción del cómplice Diario La Gazetta, esa misma noche sonó el teléfono para frenar que la foto del festejo salga en tapa. Dicen también que los laburantes de prensa subieron la foto igual, entre discusiones y golpes de puño.

Mauro, la Ceci e Irina durante un mes recibieron amenazas de “la muerte”.

Poco a poco, esas amenazas quedaron relegadas a la cobardía de la madrugada ya que el día se fue llenando de veredas con abrazos y sonrisas.

Ese festejo se grabó en la retina de todos durante mucho tiempo.

Lo cierto de esta historia es que Mauro Javier Amato al irse, se llevó y dejó una certeza.