El Barcelona y su sinfonía catalana

Ricardo Frascara

Este cronista, en lugar de hablar de fútbol, tras ver el 7-0 de Barcelona, se pone a desvariar de música. Parece como si el martes se le hubiera ido la mano con el whisky. En realidad quedó así después de admirar el brillo deslumbrante que llegó a mostrar el dúo Messi-Neymar, prestidigitadores de la pelotita.

Esta pieza maestra del fútbol de hoy, del que ocurre todos los días a lo ancho de la tierra. El que nos aburre semana a semana para nuestro pesar de hinchas del juego más lindo mundo, se dio ayer en el Camp Nou de Barcelona. Lo que hicieron esos jugadores azulgrana fue música para ser vista. Una innovación total. Y no hablo de la vida virtual que enfrentamos a cada rato a través de innumerables aparatos electrónicos. No. No. Hablo de la naturaleza; de la autenticidad. De la cosa física que generalmente nos sumerge en el barro, pero que ayer nos elevó a las estrellas. Aquel lugar tan idealizado en nuestra niñez.

En medio de esa sinfonía que nos iba envolviendo como una tela maravillosa de las Mil y una noches, surgía nítido el sonido de dos virtuosos, un primer violín y un saxo tenor. Ambos, unidos por acordes prodigiosos, lograron conmovernos hasta la última fibra futbolística de nuestro ser, tan vapuleado por la mediocridad que el establishment de de la AFA, la FIFA y la FOFA nos quiere vender como fútbol. Lionel Messi (violín), 29 años, oriundo de Rosario, y Neymar da Silva Santos (saxo), 24 años, nacido en Mogi das Cruzes, San Pablo, inventaron ante nuestros ojos el fútbol musical.

Ustedes no se acuerdan, o no tienen ni idea, pero en la Argentina, cuando se jugaba al fútbol de verdad, había un equipo que sembraba hebras de tango, con corte y quebrada, y crecían jugadores con  pies que  brillaban. River Plate era su nombre. Y entre ellos se destacaba un ala izquierda de ataque que emborrachaba a los rivales con tanto tomaytraiga:  Ángel Labruna y Félix Loustau. Eran ángeles, realmente, que apenas tocaban la tierra, porque danzaban al unísono y uno no sabía en los pies de cuál se escondía la pelota. Y eso ocurría a menudo. Los arqueros, cuando los veían venir gambeteando y amagando, ya casi iban directamente a buscar la pelota a la red. Eran taitas, de poncho y cuchillo.

Bueno, ayer, por un momento los vi a ellos, los de la banda roja sobre el corazón. Sin embargo, después de ese gol en el que la pareja catalana de un argentino y un brasileño, hizo todo lo que se puede hacer en una cancha de fútbol, me entró la duda. Como no tengo más remedio que verlo por TV, me pregunté: ¿No sería virtual? ¿No será algo que quede en la historia como la llegada del hombre a la Luna, sin saber a ciencia cierta qué era lo que estábamos viendo? No, me dije. Messi y Neymar son realmente músicos del fútbol. Quizá tenga que dudar de lo que hacían Labruna y Loustau, porque los años que transcurrieron desde  aquella historia pueden crearnos falsos recuerdos, silbar acordes que existieron solo en nuestra imaginación. En cambio esto ocurrió ayer…  Hoy se habla en todos los idiomas de esas paredes que con tanta delicadeza  construyó ese dúo que gasta la pelota ante nuestros ojos.  Son magos.  Ahí estaban, sonriendo como dos chicos que acaban de cometer una picardía, y sólo habían llegado al Camp Nou en una alfombra voladora.  Un deleite.