El bicentenario argentino 2016 y la “segunda y definitiva independencia”

Por Omar Acha

Del Dossier “Independencia y dependencia: del Congreso de Tucumán a la lucha contra el TPP”, producido conjuntamente por Marcha y Contrahegemonía. ¿Por qué la presunta validez de la alternativa de una “segunda y definitiva independencia” –una proposición que en verdad interesa a un sector importante de las izquierdas latinoamericanas– entraña más problemas de los que resuelve?

Este ensayo interviene en los debates en torno al bicentenario de la declaración de la independencia argentina, cuyo momento crucial tendrá lugar en la segunda semana de julio de 2016. Más exactamente, procura incidir en una notoria, aunque no sorprendente, vacancia conceptual entre las izquierdas a propósito del tema independentista. Incluso el asunto puede ser extendido hasta involucrar a la entera cultura política de las izquierdas.

Desarrollaré el tema alrededor de un tópico que es el semblante de una posición nítida respecto al bicentenario en cuestión. Me refiero a la fórmula con que, mayoritariamente, las izquierdas imaginan su lugar político-cultural ante el tema de la independencia nacional de la que se conmemoran los 200 años. Frente a una por ellas proclamada impugnación del uso oficial de una declaración de independencia conducente a una legitimación del estado de cosas existente, quiero explicar por qué la presunta validez de la alternativa de una “segunda y definitiva independencia” –una proposición que en verdad interesa a un sector importante de las izquierdas latinoamericanas– entraña más problemas de los que resuelve. Sostendré que se trata de una apuesta aparentemente más vigorosa que la ofrecida por los discursos oficiales, pero en rigor involucra una concepción anacrónica, y una revelación de las dificultades para lidiar con el orden global de la dominación capitalista plasmado en el marco estatal-nacional.

Más allá de ese señalamiento crítico, pienso que el momento presente constituye una oportunidad para replantear algunos temas que inciden en la tarea de reconstrucción de la estrategia socialista. Y si desde luego esa es una faena que no puede ser abordada aquí sino muy lateralmente, admite ser tratada en lo que atañe al problema de la “independencia”.

En una primera sección explicaré por qué es previsible una repercusión pública del evento bien diferente a la alcanzada por el bicentenario de la revolución de mayo de 1810. También señalaré los motivos por los cuáles a pesar de su discurso tecnocrático, el relato oficial macrista creará condiciones para una muy limitada eficacia de un contra-discurso nacionalista, que desde 1930 fue en la prosa llamada “revisionista” el dispositivo ideológico más eficaz de la crítica política a la llamada “historia oficial”. Básicamente porque el macrismo es ideológicamente flexible y puede incorporar, incluso en su discurso de una “reinserción en el mundo”, una moderada retórica nacionalista. Nacionalismo y mercado mundial no son términos necesariamente antitéticos. Por otra parte, las contradicciones lógicas son admisibles en la práctica ideológica. En una segunda sección –más extensa– discutiré el que será uno de los tópicos centrales del contra-discurso de las izquierdas, la ya mencionada “segunda y definitiva independencia”. En mi opinión se trata de una consigna equívoca e inactual. La postura de las izquierdas (en su variedad) ante el bicentenario de la independencia acentúa la relevancia del internacionalismo en esta época de dominio globalizado del capital. No obstante, argumentaré que eso no conduce a hacerlo en términos de una también arcaica oposición binaria entre nacionalismo esencialista e internacionalismo abstracto.

Del bicentenario de la revolución de mayo al de la independencia

Es previsible que la repercusión del bicentenario de la declaración independentista argentina del 9 de julio de 1816, el próximo 9 de julio de 2016, goce de una menor repercusión que la suscitada por el bicentenario de la revolución de mayo de 1810.

Las razones de esa presencia diferente en la circulación pública requieren, por un lado, una explicación de mayor duración a la coyuntura: es que desde la construcción decimonónica de las ideologías históricas y luego historiográficas argentinas, la “Semana de Mayo” suscitó un interés mayor al del evento de 1816. Ello no se debió tanto a la naturaleza intrínseca de cada evento sino a la significación que desde el inicio de la historia independiente tuvo la ciudad de Buenos Aires como espacio decisivo de la geografía nacionalista. Dios está en todas, pero atiende en Buenos Aires; y agrego para no dar pábulo al antiporteñismo vulgar: y en París y en Londres, porque el privilegio capitalino es una función de la constitución del Estado-nación centralizado. Por otro lado, ya en un arco temporal más reducido, el contraste de resonancia se comprende por la divergencia en cultura histórica entre el gobierno kirchnerista en el poder en el año 2010 y la del gobierno macrista en la cúpula estatal en 2016. Mientras bastante se ha dicho sobre las debilidades históricas de la imaginación histórica revisionista-nacionalista del kirchnerismo, existe una divergencia notoria entre ésta y la ausencia de una inversión cultural en temas históricos por parte de un macrismo “postmoderno”, culturalmente indiferente a los encantos esencialistas del nacionalismo. Más exactamente, por su postmodernismo histórico la política comunicacional macrista admite pastillas históricas entretejidas en su discurso presentista sin mayores angustias por dibujar una arquitectura del “Sentido Histórico”. El pasado no es mandato.

Así las cosas, mientras el kirchnerismo estaba caracterizado por la recuperación moderada de temas revisionistas de los años sesenta y setenta, el macrismo se legitima por sus decisiones tecnocráticas sostenidas en ideas de presente. Mienta un futuro pero sin certezas ni convicciones. No obtiene justificaciones del pasado sino, supuestamente, de sus “soluciones” a los problemas actuales, sobre todo una vez que triunfó en imponer la noción de una “pesada herencia” kirchnerista, uno de cuyos descarríos habría sido el haberse distanciado torpemente del “mundo” al que ahora se aspira a volver. Y ello afecta al artefacto simbólico del bicentenario. Una fuente oficial reveló que la celebración “no va a tener un concepto de show, sino que será algo más austero, federal, de la gente y enfocado en el futuro, en pensar en los próximos cien años”.[i] La conservadora Academia Nacional de la Historia, con la voz cantante de su presidente Roberto Cortés Conde se contrajo a convalidar las decisiones gubernamentales aportando “seriedad historiográfica”: “les daremos los asesoramientos que nos pidan”, dijo.[ii]

A las izquierdas (a las que ninguna versión del peronismo por el momento, tras el vertiginoso desmoronamiento del kirchnerismo, disputa su lugar) este escenario les plantea un desafío. No es la primera vez que una nueva crisis del peronismo –que sabemos no es un final sino el pasaje hacia una forma nueva en la misma tradición– desnuda el problema real de las izquierdas, esto es, que es insuficiente con recurrir a la coartada de que un obstáculo interfiere en su camino hacia un diálogo activo con las mayorías populares.

¿Qué proponer respecto del bicentenario 2016? ¿Deben intervenir las izquierdas en la pugna de representaciones históricas o hay asuntos más urgentes de los que preocuparse?

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[i] Ver http://www.lanacion.com.ar/1902588-gobierno-festejos-bicentenario-de-la-independencia-tucuman-macri (27/05/2016).

[ii]Idem.