El deseo del triunfo o la derrota: contradicciones preliminares de un convaleciente

 Por Simón Klemperer

El cronista juega a ser periodista, y también futbolista. Ni lo uno ni lo otro le salen desde el lugar de la norma. Se cree Panzeri y critica a destajo; se cree habilidoso y deja la rodilla en la cancha. Mientras convalece de la operación (sí, en pleno Mundial), esboza unas líneas que de tan pesimistas dejan una luz de esperanza al final de camino. Aún no se dio cuenta; debe ser la medicación.

La convalecencia

Para ser un futbolista que se precie, hay que romperse algo. Yo, como buen futbolista que siempre quise ser, decidí romperme los ligamentos bien rotos. Y como no soy futbolista pero tampoco boludo, elegí el mejor momento para hacerlo: el Mundial. Ahora soy, sin problemas de conciencia, un convaleciente frente a la televisión, esperando el inicio de ese evento universal tan lleno de países.

Lo primero que se me viene a la cabeza es que la categoría inicial bajo la cual se organiza el evento, a saber, los países, no habla demasiado bien del mismo, pero también entiendo que es la forma que los gobiernos han encontrado para tener bien divididas a sus poblaciones y bien llenos de orgullo a sus pobladores. Es la triste categoría elemental de un mundo que funciona bastante para el orto.

Es increíble que el feminismo, la batalla más difícil, urgente y necesaria de las imaginables, haya podido por fin conformarse como fuerza social, mientras que el anti-nacionalismo constituya apenas unas pequeñas migajas que alimentan las ideas de algunos pocos desorientados. Y no es precisamente que se hayan terminado las guerras civiles entre etnias, ni los conflictos fronterizos, ni los desplazados, ni los refugiados, ni nada de eso. Pero bueno, en fin, qué se le va hacer. De algún lugar tiene que nacer el orgullo de miles y miles de seres humanos sin razón real alguna para enorgullecerse.

A dos cuadras de mi casa hay un almacén que hace esquina y se llama El Argentino. Cada vez que paso por el frente me pregunto por qué carajo se llama así si en ese barrio todos son argentinos, incluidos los chinos. Lo entendería si el propietario migrara y fundara su almacén en Taípei, Managua o Alsacia y Lorena, pero en plena Villa Urquiza, Buenos Aires, Argentina… ¿Frente a quién está reforzando su identidad? Orgullos gratuitos si los hay.

Cuestión que estaba pensando en los mundiales, esos eventos que exaltan ese orgullo tan inconsistente, porque se nos viene uno en pocos días y yo ya estoy esperando ansioso. Ansioso y medio pelotudo de tanto analgésico que me pide la rodilla, pero ansioso al fin. La espera venía tranquila, sobre todo porque no juega Chile, el equipo que yo había elegido porque jugaba hermoso, lo cual menguó un poco mi interés al no saber qué equipo juega el fútbol que yo quiero ver. No digo el fútbol que yo quiero que gane porque lo que quiero no es que gane, lo que quiero es verlo, disfrutarlo. Y si gana… si gana mejor. El problema es que posiblemente ese fútbol que me gusta ver pierda contra alguno de esos equipos que juegan horrible pero que saben manejar los partidos. Esos que saben plantear las cosas para no perder y que a veces, en base al orden y la destrucción del juego ajeno, ganan. Esos que ganan pero no juegan. Esos que en Argentina conocemos muy bien. Esos que entran a defender contra Bosnia, a tirar centros contra Irán y hacen pactos de no agresión con Holanda. Esos.

Las contradicciones

De las cosas malas que pasan en el fútbol, hay malas de verdad y malas no tan de verdad. Que un gobierno como el actual quiera fortalecer sus lazos con el Estado de Israel es una de las malas de verdad. Que el fútbol de la Selección argentina sea conservador, cansino, cobarde y aburrido es de las malas no tan de verdad. Si la categoría “país” ya era, desde el vamos, una categoría inconsistente para agrupar a los seres humanos, Israel es sin duda el peor espécimen de todos. Es que de verdad, ¿a quién se le ocurre fundar un país donde el simple hecho de intentarlo garantiza una guerra eterna? Pues solo a aquellos que ganan con las guerras y que aman su identidad inventada más allá de la vida de los demás. Y que yo esté diciendo esto tampoco hace que la categoría “país” sea válida para Palestina, pero ese es otro asunto. Lo que es real es que eso que ellos quieren como país ha sido convertido en una gran cárcel donde cada uno de los ciudadanos tiene cercenados cada uno de sus movimientos.

Cuestión que el hecho de que esta manga de forros de amarillo estén jugando a la geopolítica, formando parte del eje más oscuro posible, es grave de verdad. Y claro, tenemos un súbdito como Presidente, digno de estar en el cuadrito del Mc Donald’s como empleado del mes, que actúa por el impulso que le da su soberbia y que creyó que meterse en el quilombo de Medio Oriente pasaría tan inadvertido como meter a la Policía a reprimir estudiantes secundarios de un colegio en Villa Caraza (aunque tampoco queda al margen con tanto celular y tanto medio independiente con los sentidos bien despiertos); pero no, no pasó inadvertido y la movida con su amigo Netanyahu le salió bastante para el orto. Y si al fascismo en ciernes en la Argentina le sumamos que la AFA está en quiebra y le venían de lujo los tres palos verdes que le daban por festejar los 70 años del Estado de Israel (lo escribo y no creo), pues todo cierra. Pero claro, no creo que el Chiqui Tapia sea un experto en geopolítica, la verdad. Me puedo equivocar, pecar de prejuicioso y estar blasfemando a un erudito, pero la verdad, con el diario del lunes, cabe decir que son tan boludos como fachos. Y a otra cosa mariposa.

También, todo hay que decirlo, así como remarcar un poco el clima de época, será por ese hermoso afán de venderle el país a los millonarios del mundo, o será por lo que sea, pero el clima premundialero durante este régimen es mucho menos patriótico que en el anterior, y eso, es un verdadero alivio. Las transmisiones pagadas de las cadenas privadas son un negocio repudiable, pero al menos no te hacen un discurso nacionalista y lacrimógeno en cada pase.

Sin embargo, lo que me genera contradicciones, ocupa y preocupa a mi empastillado cerebrito, es la maldita pregunta de si quiero que gane o que pierda Argentina.

Mi primera respuesta es que pierda. No me parece justo que un equipo conservador y sin amor por el fútbol gane ni un partido, y menos que llegue a la final de un Mundial, y todo porque tiene al petiso veloz. Me parece que va en detrimento de posibles fútboles más ofensivos, más colectivos, más arriesgados y más felices. Cada triunfo de esta Selección va en contra, en suma, de la felicidad.

Quiero que pierda Argentina no por llevar la contra, sino por principios eminentemente futbolísticos. Creo que cualquier triunfo de Argentina en el estado actual es pan para hoy y hambre para mañana. Es la posibilidad de seguir creyendo que esto que está pasando no es un espanto y no hacer nada por remediarlo.

Sin embargo, y aquí vienen las dudas del caso: ¿Qué pasa si este equipo que nos ha torturado durante diez años con su horrendo desempeño sale a jugar a la pelota? ¿Qué pasa si finalmente el fútbol de Sampaoli es ofensivo, como es de esperar? ¿Qué pasa si Messi deja de estar tan tremendamente solo como ha estado siempre y se entiende con sus compañeros? ¿Qué pasa si sucede el milagro y Argentina juega fútbol? ¿Qué pasa en ese caso? ¿Me tendré que dar vuelta como una media? Pues sí, si es por el fútbol, lo haré.

Sin embargo, eso no será así hasta que no se demuestre lo contrario, en función de lo cual sigo buscando equipos para hinchar. Islandia, Croacia y Nigeria me vienen por defecto y en ese orden. Pero, ¿cuáles más? Supongo que Perú, supongo que Bélgica, supongo que Brasil. Supongo tantas cosas. Y ahora los dejo que me toca un Tramadol.