El racismo en el feminismo El racismo en el feminismo
Desde la conquista de América y su imposición de la “colonialidad del poder” a través del sistema esclavista y explotador, africanos/as y sus descendientes,... El racismo en el feminismo

Por Mayra Lucio / Foto: Lucas vallorani. Las mismas que lograron derogar los edictos policiales en Ciudad de Buenos Aires durante los 90, presentaron – el 20 de septiembre de 2017 – un proyecto de ley para derogar el artículo más criminalizante para las personas en situación de prostitución. La noticia fue desconocida. Las lógicas totalitarias gozan de gran vitalidad dentro del feminismo, como una mirada universalista y blanca que, después de casi tres olas, sigue naturalizando los privilegios de clase haciendo uso del racismo. 

Peor aún, si bien lo hemos expulsado formalmente, nos han metido por la ventana el ímpetu neoliberal de jerarquías humanas y segregación, al punto de poder celebrar en nuestro imaginario la eliminación del Otro, las Otras dentro del feminismo, en este caso.

Desde la conquista de América y su imposición de la “colonialidad del poder” a través del sistema esclavista y explotador, africanos/as y sus descendientes, indígenas y sus descendientes, fueron cuerpos para ser tratados, explotados, ultrajados físicamente y en su identidad, parte de lo que se llama etnocidio, una forma de genocidio. Pues bien, los cuerpos de “las negras”, las afrodescendientes, las mujeres indígenas, entre otras, se vieron doblemente atravesados por la violencia, la racista y la de género: siempre fueron cuerpos violables para los amos blancos que disponían de ellas como si fueran de su propiedad. La expresión “trata de blancas”, revela la alarma racista que veía con malos ojos que los cuerpos de las mujeres blancas fueran para la prostitución. Los otros cuerpos eran para la prostitución. La marcación de “blancas” giraba en torno a los cuerpos “puros” que cruzaban la frontera de su destino moral y se los trataba para ser prostituidos. El problema era más la equiparación a cuerpos negros, culturalmente espurios y devaluados, que la práctica patriarcal en sí misma.

El racismo ha sido el brazo ideológico de las relaciones de conquista, el discurso que preparó poblaciones enteras para la colonialidad y la plusvalía, brillando en su plenitud imperialista y actualmente globalizada del capitalismo neoliberal. Valoriza negativamente mediante discursos y también mediante omisiones, la cita implícita que define lo que existe de lo que no existe. Lo vemos claramente en los medios de comunicación. Con la escalada de femicidios, el patriarcado ha comenzado a traslucirse mediáticamente. Sin embargo, permanecen encubiertas otras formas de discriminación, como las consecuencias del aborto clandestino, el transodio y el racismo. Sobre este último, es clara la invisibilización que hay cuando muere una joven de clase baja, más aún si se trata de una wichí o pilagá o mapuche violada. Cuánto recordamos a Ángeles Rawson y su cruel violación seguida de muerte en pleno barrio de Colegiales de CABA y cuán poco lo hacemos, si lo supimos alguna vez, sobre la vida y muerte de Juana Gómez, la adolescente qom violada y asesinada en Chaco a semanas de lo sucedido a Ángeles. Ángeles fue y es la referencia. Juana apareció atada a un árbol, ultrajada y asesinada igual que Ángeles, pero la anulación de su vida no ocupó más que algunas líneas de diario local.

Sabemos que los cuerpos que valen son los blancos y los hetersosexuales, esto no es novedad. Ahora bien, hablemos de lo que se nos está escapando. El racismo entre nosotras, en el movimiento feminista, entre feministas.

El abolicionismo antirrepresivo, un movimiento oscurecido

Hay mujeres y travestis en prostitución que, lo llamen “trabajo” o no, no lo reivindican como tal. No se llaman a sí mismas “trabajadoras sexuales”, como se esperaría. Tienen sus formas de organizarse, formas de barrio, muchas no saben escribir, otras a duras penas han podido terminar la escuela. No tienen posturas ideológicas de libros, afilan sus teorías sobre el saber que les dio la experiencia vivida. Por eso, no dudan ante las contradicciones que supone articular formas asistencialistas con otras autogestivas, agarran el bolsón de comida y la caja de forros mientras piensan la vida que quieren vivir y le exigen al Estado políticas públicas. Saben que hay una falta de oportunidades racista y patriarcal que explica sus condiciones de vida. Lo saben desde sus cuerpos.

Y así es que desde la situación de prostitución se han organizado desde los años noventa para reducir la violencia y la precariedad, para luchar contra la represión policial que las arrojaba a pasar media vida en los calabozos. Represión legitimada en los códigos inconstitucionales y moralistas que prohíben la prostitución, sosteniendo la caja chica de la policía y la red de proxenetas que se ofrecen de “cuidadores” frente a estos abusos. Ellas lograron derogar los edictos policiales en Ciudad de Buenos Aires, y hoy, acompañadas por mujeres, lesbianas y travestis organizadas autónomamente, logran presentar un proyecto de ley para derogar los artículos criminalizantes de los códigos contravencionales aún vigentes en muchas provincias del país. Este año, han impulsado la derogación del artículo N°68 en la Provincia de Buenos Aires. El proyecto fue presentado públicamente el pasado 20 de septiembre en la Cámara de Diputados de La Plata.

Ellas toman el abolicionismo como herramienta de lucha antirrepresiva y como cita ineludible de derechos humanos para exigir políticas públicas comprometidas. Haciéndose de esta herramienta, han logrado un paso real hacia la descriminalización de la prostitución, por su legalidad que en primera persona debe respetarse. Esas que no me están entrando en mi forma feminista y progresista de ver las cosas, esas que están arruinando la foto, esas que se me están saliendo de mi “marco teórico”, como se dice ahora. Ellas, las descuadradas, son parte del movimiento de mujeres, lesbianas y travestis, la parte abolicionista. El “oscurecimiento” del abolicionismo como efecto de la racialización de la lucha, puede ayudarnos a explicar su invisibilidad.

El blanco que echamos por la puerta, nos entra por la ventana

Esa lucha por la que todas supuestamente velamos, esa que nos hace cantar “¡Siempre con las putas, nunca con la yuta!” ¿Siempre? El 20 de septiembre no estuvimos todas para apoyarlas. ¿Adivinen cuántas feministas lo volvieron relevante? ¿Cuántas lo visibilizaron en sus muros de fb, en sus twitter? ¿Cuánto del periodismo feminista lo convirtió en noticia? Un paso antirrepresivo histórico, ¿habría sido más difundido de haberlo impulsado alguna mujer célebre, blanca, de clase media? ¿Malena Pichot quizás? ¿Sofía Gala? Si la respuesta es si, entonces estamos de acuerdo. Estamos hablando de “el racismo en el feminismo”.

El discurso que tanto se repite, el que se indigna ante la supuesta negación de las putas, ante la negación de reconocerlas como sujetas de derechos, ese que confunde sujeta de derecho con sujeta política (sujetas de derechos somos todas) es el mismo discurso que impone su blancura cultural desconociendo ladesigualdades estructurales a las que se ven subsumidas esas Otras. Las otras de clase trabajadora, clase baja, esas otras negras, pobres y le agrego: feas, porque con sus historias de violencia y su ropa humilde no “dan bien en cámara”. Sus vidas son menos retratables y eso se refleja en la indiferencia sistemática frente a su “No es trabajo, una regulación nos perjudicaría”.

Desconocerlas es casi tan ridículo como desconocer la masiva realidad de que la mayoría de las mujeres que mueren por aborto clandestino son pobres, porque las otras se los pueden pagar y seguir viviendo en este mundo de desigualdades. Pero las pobres no.

Lógicas autoritarias y racistas ¿feministas?

Hay elementos totalitarios dentro del feminismo actual que son alarmantes, asociados a momentos históricos que resuenan en retóricas fascistas y que nos hacen pensar en una suerte de “fascismo social”, como del que habla De Sousa Santos. Situaciones instaladas de explotación extrema, que naturalizan que ciertos cuerpos no alcanzan el rango de humanidad y ciudadanía mínima como para que sus derechos sean garantizados. Pensado como cultura del neoliberalismo, el feminismo se ve afectado por estas lógicas neofacistoides. Ello se expresa claramente en la sistemática indiferencia de gran parte del feminismo ante la vulneración de derechos de una mayoría que se prostituye como resultado de la necesidad y la discriminación, para exaltar y normalizar los privilegios de una minoría que lo plantea como opción burguesa. ¿Por qué esas otras no son igualmente escuchadas? Es imposible no pensar en las lógicas autoritarias ya conocidas, que se nutren de elementos racistas subyacentes.

Para peor, impresiona la metáfora propuesta de eliminación del otro a quien se rechaza por motivos ideológicos. Que haya dirigentas del reglamentarismo que dicen que a las abolicionistas habría que abortarnos, a las abolicionistas y a las policías (como si diera lo mismo ser una que otra). También, tener que escuchar que las abolicionistas queremos “abolir a las putas”. Abolir, es decir, verbo que refiere a eliminar un sistema de opresión, se está usando como acusación de eliminación de individuos, “a las putas”. Nuevamente, aparece la lógica de aniquilamiento totalmente naturalizada. Estas expresiones, además, son preocupantes por lo falaz de su contenido. Por un lado, la metáfora de abortar, haciendo uso del empoderamiento que como feministas nos puede significar citar la práctica, pero que en este caso ponen de objeto de aborto a otras sujetas: se vuelve conservador al coincidir con el paradigma religioso pro-vida que mantiene la premisa de que abortar-fetos-supone-matar-personas. Por otra parte, el movimiento abolicionista ha sido y es impulsado por “putas”, con lo cual la afirmación de que “el abolicionismo pretende abolir a las putas” no tiene sentido (¿las putas queriendo autoabolirse?).

Lo más preocupante de todo, son los aplausos a estas ideas que salen de voces legitimadas, a las que muchas admiran. Ideas que naturalizan lógicas de exterminio (abortar personas/abolir putas) sin que nadie se mosquee por ello. ¿Cómo es posible que sean masivamente celebradas por un feminismo que aboga por los derechos de las putas, alza la bandera del cupo laboral travesti-trans y en paralelo festeja las metáforas de eliminación y precarización a las mismas que dice apoyar? ¿Por qué gran parte del feminismo le da vuelta la cara a las prostitutas que dice defender? ¿Es hipocresía? ¿es racismo? ¿es clase media? ¿es trans-odio? ¿Es todo eso? .

Las lógicas ocultas de discriminación que se esconden detrás de discursos aparentemente afines al feminismo y que suenan a revolucionarios, por omisión y tergiversación, contienen elementos racistas y transodiantes. No es más ni menos que la mirada blanca y, agrego, heteronormada. Esta mirada blanca no es nueva, pero el haberla creído combatida, disminuida, o transformada, es un error. Sigue tan adentro y tan fuerte como entonces. 

Sin comentarios

Sé la primera o el primero en dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *