Hablar en alemán, pensar en alemán, vivir en alemán, amar en alemán

Por Martín Di Lisio

Un reseña sobre “La lengua alemana”, la primera novela de Julieta Mortati, editada este año por Emecé / Notanpüan.

Terminé de leer La lengua alemana de noche, casi de madrugada, en la guardia de una clínica. De un momento a otro, la calma de los médicos y enfermeros se podía ver afectada por la llegada de una ambulancia, de una urgencia. La analogía con la relación que cuenta la primera novela de Mortati es obvia. El romance entre la estudiante de literatura porteña y el jovencito alemán pende de un hilo desde la primera oración: “abro la carpeta de fotos para saber cómo éramos”.

O más atrás, el epígrafe de Anne Carson: “me fui de viaje a un lugar en ruinas”.

Eso es la novela: puro pasado, un viaje en segunda persona por una ruta que arrastra desde el encuentro en una noche de verano porteña hasta los últimos correos electrónicos, que son documentos de una ciudad abandonada, restos humeantes que ya no queman.

La lengua alemana, digámoslo de una vez, es una biopic. Hay material autobiográfico. Si hasta la podemos imaginar: Julieta enamorándose de un alemán nacido en un pueblito de nombre raro, que alquiló un PH en Palermo para venir a estudiar español. Es ella yéndose a vivir a Berlín, al barrio Kreuzberg, es ella tomando un cappuccino en una esquina de Prenzlauer Berg, visitando museos, buscando trabajo. Se la puede imaginar odiando el frío gris de Berlín, extrañando el calor y la luz de Buenos Aires, tratando de descubrir al ser alemán, la Alemanía con acento en la i, tratando de entender sus modos, sus rutinas, sus silencios, sus celebraciones.

En ese tratar de entender, Mortati intercala citas etnográficas de Tácito, de su libro Germania, escrito en el año 98, y tomado por Hitler como emblema. Son citas oscuras, de fuentes secundarias ya que Tácito no los conoció, una visión extrema de los pueblos que habitaban esas tierras. Dice: “Tienen ojos crueles y azules, cuerpos enormes y solo aptos para la violencia, no habitan ciudad alguna, no toleran siquiera que las casas estén unidas entre sí, solo cereales le exigen a la tierra”.

¿Quién intercala esas citas? Esa es la Julieta que pasó por la experiencia de La lengua alemana. Dicen que la primera novela es un escupitajo de todo lo que alguien lleva dentro, un manojo que hay que expulsar de alguna manera. Al estilo de Kreplak en Confluencia (Ed. Alto Pogo, 2017), lo que impacta de La lengua alemana es el coraje de contarlo todo, y contarlo bien.

La exposición a la que someten las redes sociales va alcanzando niveles insostenibles, el reino de decir lo que no importa. Pero en estas novelas, la frescura de esta nueva narrativa que asoma con las Mortati y las Kreplak, estas biografías, estos pedazos de vida editados a la luz y a la sombra de la ficción, dan una muestra de que se podemos mostrarnos, podemos desnudarnos en cien, doscientas, trescientas páginas, podemos trazar un camino que aún llevándonos a una ciudad en ruinas, vamos a querer transitar una y otra vez como lectores.