Hernán Coronel: “El hombre tiene que estar avergonzado por ser tan forro con las mujeres”

Por Camila Parodi, Julieta Lopresto y Nadia Fink

Con motivo del festejo de sus 20 años de cumbia villera, Marcha entrevistó a Hernán Coronel. Una charla a puro ritmo y amistad con el cantante de Mala Fama.

Hernán Coronel es el cantante de Mala Fama, grupo pionero de la cumbia villera a finales de la década de 1990. Los aniversarios suelen ser buenas excusas para parar la pelota y mirar hacia atrás, por eso aprovechamos los 20 años de la banda y su show del sábado próximo en el teatro Ópera para desandar el camino que arrancaron cuando el país era humo de goma quemada, de guiso caliente y de pueblo alzado.

La grieta de Hernán es bien distinta a la que plantean los medios hegemónicos desde hace años: para él el mundo se divide entre “las ratas y la gente humilde”. Y con esa vara medirá a las personas para hablar de todos los temas que empezamos a charlar en su casa de Béccar y terminamos en la sala de ensayo, donde la banda prepara su celebración con la gente.

Llegamos a la casa donde Hernán vive con su familia con un puñado de preguntas que, rápidamente, fuimos dejando de lado para meternos en una charla que iba del contexto político en el que surgieron a los días presentes; de la lucha por el aborto legal al decreto que habilita el “gatillo fácil”; de la música a Kirchner y Macri.

Empezamos por lo más próximo: el show en el teatro. Nos cuenta que el festejo es “más que nada para retribuirle el amor y todo lo que me dieron a la gente. Vamos a hacer un show distinto, con canciones que siempre me piden y que en otros recitales no puedo hacer”.

“A la sagrada musiquera hay que festejarla”, nos dice, mientras brindamos por primera vez en la tarde. “Para mí y todos los malafameros y malafameras se adelanta la noche buena”, anuncia.

“Somos testigos de esta época en donde se van a empezar a extinguir la opresión y los abusos”

Cochi es la compañera de Hernán desde hace 24 años. Es la madre de Bartolo, también, el hijo que toca el teclado en el grupo y que, cuenta Hernán, “con él fueron varias etapas, al principio de chiquito yo le empecé a enseñar, empezó a tocar el güiro en el grupo y después le enseñé a tocar el teclado y él siguió, y siguió… Ahora la destroza, ¡toca mucho mejor que yo!”.

Ella nos propone unos mates pero Hernán nos tienta con unas cervezas frías como anuncio de un veranito que se demora en llegar. La ola de denuncia de abusos sexuales en todos los medios de difusión y redes sociales hace que el tema sea inevitable. “Qué doloroso, qué impactante que es…”, arranca Hernán y la Cochi suma: “Es histórico esto. Es antiquísimo, pasa que ahora se animan a hablar las mujeres”. Y dispara contra el silencio, la Cochi, también: “¿Le cuesta tanto a la sociedad darse cuenta?, ¿Tanto cuesta creerles? No tienen vergüenza…”. “Son re machistas esos ratas. El abuso es esclavitud, maldad”, cierra Hernán, y recién abrimos el diálogo…

-Sobre todo leyendo las publicaciones que hacés en las redes, ¿qué mirada tienen sobre este año tan claro en la lucha de las mujeres?

-En realidad, los hombres se hacen todos los boludos. Para mí no es un momento de indignación, sino de felicidad que se empiece a tomar cartas sobre el asunto y que seamos testigos de esta época en donde se van a empezar a extinguir la opresión y los abusos. No hay persona ni hecho que pudiera decir lo contrario, que las mujeres son iguales a los hombres.

La verdad que el hombre tiene que estar avergonzado por ser tan forro con las mujeres. Es tan contradictorio que el hombre haya nacido de una diosa creadora que sea una mujer y que luego sea forro con ellas… Yo muchas veces sentí vergüenza de ser parte de esta especie de seres tan malditos. Con las mujeres y todas las cosas, pero sobretodo con las mujeres que son nuestras diosas creadoras. Por eso para mí no existe dios y si existe algo divino tiene que ser femenino. Siempre sentí que son muchísimo mejor ser humano que nosotros, de verdad. Yo me siento mujer, porque adopto su amor como adopté el de mi madre, y la verdad es que estoy orgulloso de amar a la mujer y de sentir lo que siento.

Desde que era chiquito y tuve conciencia de lo que era el holocausto me empezó a hacer mucho ruido la existencia de dios. No es apología “a que dios no existe”, cuando estoy mal me pongo a pensar realmente si existe o no un dios.

-¿Y los santos populares como te caen?

-Los santos populares son hermosos. A veces, en un momento que estaba un poco fundido, lo tuve en cuenta. Tengo muchos amigos que, aun producto de una creencia, les ha ido mejor, y bueno tampoco hay que quedarse que con lo que uno no ve no existe.

“¿A dónde viste que un presidente, un jefe de barrio, no ayude a su gente?… Está todo mal”

-Como precursores de la cumbia villera, ¿cómo ven hoy el contexto con esos 20 años transitados en el medio?

-Tengo una sensación de que cada 10 años empieza una nueva vida, pero lo que estamos viviendo hoy es algo inédito: a cruzar los dedos. Es como que a una cabaña de gente humilde entró, no sé, un proxeneta, un rata, un mercenario y sometió a todos los que estaban ahí: eso está pasando en el país. Es una cagadera; pero, bueno, es lo que le toca a quienes votaron el cambio.

-Y a quienes no lo votamos también nos tocó…

Obvio, pero no tenemos ese dolor nosotros. Yo por lo menos sabía lo que significaba y por eso no lo voté. Los que lo votaron son los que dejaron de ser pobres cuando un gobierno los ayudó y se creyeron que no eran más pobres y que ahora eran de la raza de Macri. Esos son los sátrapas que inclinaron la balanza para que gane la ratita. Y obviamente el poder de la difusión, la prensa que todo el día está pingui pingui.

Y yo cuando lo vi por primera vez hablando a Néstor Kirchner, me pregunté: “¿y este flaco qué quiere?”. Me parecía malo y poco llamativo, pero eso fueron 20 segundos y le empecé a prestar atención y no había manera de verlo como alguien que venía a hacer daño. Y no es una línea política: yo amo a cualquier persona que sea buena más allá del partido político al que pertenezca. Ellos demostraron que vinieron a ayudar a la gente. Pero no caigo en ingenuidades de que cuando hay miles de personas haciendo algo hay ahí también miles de corruptos. Si Macri hubiera hecho bien las cosas, también lo amaría…

-Hizo todo mal, no se deja querer…

Y bueno, no esperábamos nada… ¡Qué cantada que estaba, eh! Era como el gol anunciado cuando decís: “loco, tirate a la derecha”, y el que ataja se tira a la izquierda. Qué loco, ¿no?, pero qué cagada nos mandamos, que se mandó el pueblo argentino. Le está yendo bien a los que tienen plata, ¿a dónde viste que un presidente, un jefe de barrio, no ayude a su gente?… Está todo mal.

Yo si tuviera un poco de la plata que tienen, sabés a todos los que haría feliz… Nunca, nunca acumulé nada y siempre la reparto, pero esa gente siempre quiere hacer más. Tienen tanta millonadas que qué le cuesta destinar un poco a que otros vivan mejor. No sé, armar un barrio bien piola para los más humildes o regalarle un aire acondicionado a los pendejos que se cagan de calor en el verano con el techo de capa bajo a treinta y pico de grados acá en la villa o en las provincias. No puede ser que sean felices sabiendo que hay gente que la está pasando así, es re contra inhumano.

“Haría una división en el país: las ratas para un lado y la gente humilde para el otro”

-¿Cómo transmiten o se posicionan ante el reciente decreto que habilita el gatillo fácil por parte de la policía? Porque muchos de los pibes y pibas de los que los deben ir a ver se deben sentir identificados, ¿no?

-Pienso que la gente que suele ser víctima del gatillo fácil no son tan conscientes de eso. Cuando lo hacen consciente quizás ya los mataron, porque son los más humildes y con menos acceso. Con quienes lo fui hablando coincidimos en que fue una terrible canallada.

Yo siempre digo que haría una división en el país, como por así decir: las ratas para un lado y la gente humilde para el otro. Ponele, a veces me imagino esas cosas porque otra solución no le encuentro, ya se que suena extremista. Yo cuido a mi gente no teniendo ratas cerca porque sí o sí pasan cosas malas.

Viste que ahora se debate sobre la utilización del lenguaje inclusivo, y que muchos lo critican como una modificación del lenguaje. Pensábamos que vos sos un precursor y queríamos que nos cuentes sobre eso ya que siempre lo estás jugando.

-Empezó como algo natural, entre amigos y familia, y no hay razón lógica bien fundamentada de ir en contra de lo que le haga bien a alguien. Entonces, lo que puedan decir sobre eso no me importa. Lo mismo con el aborto: si es una herramienta para quien la necesita, la tenemos que tener; son las víctimas del gil alzado que quiere ponerla y después encima se tienen que quedar con el quilombo. Ese es el problema, como antes hablábamos: las malditas ratas alzadas. Muchas mujeres son víctimas de los hombres que les dicen que las aman, las embarazan y se van.

-En algunas entrevistas respondiste que tus canciones dan cuenta de lo que piensa y siente la gente humilde. Sin embargo, vemos en estos últimos tiempos otras miradas más tuyas en las redes, distintas a las letras de las canciones. ¿Cómo jugás con eso?

-Los métodos para hacer una canción son infinitas. No quiero meter mucho lo social en la música porque sería abusar del recurso. La música, en realidad, es para darle alegría a la gente. Lo cierto es que mis canciones más conocidas son de 15 o 20 años atrás, donde muchas cosas se pensaban y hacían distintas. En general, son historias que han pasado con amigos con algo de creatividad. Me debo un poco de tiempo con las canciones de compromiso social igual… ya las hice, tengo que grabarlas.

-¿Cómo te llevás con el fútbol en general?

Estoy algo alejado, me empezó a dar mucha bronquitis que se odien entre rivales. Es un asco. Son capaces de matar una persona en la cancha que podría ser su amigo en otro momento. Igual tampoco que me quiero hacer el Gandhi o la Teresa de Calcuta, pero yo odio la violencia, ni siquiera puedo ver videos de peleas, se me mete el dolor en el cuerpo. Me he metido a separar muchas peleas, no puedo evitarlo.

La charla va terminando: hay que ir a ensayar y Bartolo conoce los tiempos de su padre. Nos llevamos algunos duraznos de la planta del patio y vamos para allá. En el auto nos avisa: “Quédense tranquilas que van a un lugar seguro. Se los garantizo tanto yo como mi gente”. A esa altura, ni lo dudábamos. En el camino, sorprende a un pibe cuando le pregunta por la dirección de la sala de ensayo y le saca una sonrisa, mitad incrédula, mitad de alegría. Tendrá tiempo de tomarse todas las fotos que le piden: desde quienes trabajan en el bar de la sala de ensayo hasta pibes y pibas que están tomando una cerveza. También los amigos de toda la vida estarán en el ensayo, mientras dicen: “las cosas que habremos hecho con Hernán cuando éramos chiquitos”.

La banda suena impecable, y Hernán canta y baila esas canciones viejas que tanto quiere. Pegamos la vuelta cuando ya es de noche, con promesa de nuevos encuentros. Nos sabemos gente humilde con un nuevo amiguero. Nosotras, también, adelantamos la noche buena.