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Voz de mujer para un país movilizado

Voz de mujer para un país movilizado

Por Leonardo Rossi. Camila tiene 26 años y vive en Chile. “Hay una base social que no se siente representada y no es minoría”, explica, y asegura que tanto la izquierda como la derecha institucional entregaron el país.


Dolor, bronca, y esperanza hacen un cóctel en la mente de la joven. Lanza: “En Chile se asesina gente como en la Dictadura. Pero como ocurre con un mapuche, eso pasa a un segundo plano”.  Se llama Camila y no es líder estudiantil. Es cantora. Artista íntegra. Sienta posición sobre cada tema: educación, violencia estatal, conflictos ambientales, discriminación al pueblo mapuche. Testigo de un país movilizado, llama a recuperar el valor de la comunidad como “fuerza irrefrenable”.  En su mochila de canciones tiene para ofrecer: críticas a las trasnacionales, repudio hacia los grandes medios de comunicación y a los verdugos del indígena Jaime Mendoza Collio. También regala fotográficas letras de ¿amor? o besos robados arriba de un tren. Mientras talla su nueva obra musical, hace un intervalo. Sola, en su habitación, inquietada por el ruido de una podadora de pasto, y un halo de luz que se filtra desde el jardín, Camila Moreno conecta Santiago con Buenos Aires.  

Primero lo primero. El nuevo trabajo, que estará listo para septiembre, cuenta con grabaciones “fuera del estudio, en jardines o bosques”. Así, dice, busca alejarse “del sonido clínico y aséptico que prima en muchas producciones de Chile”. La nueva criatura promete mucha cuerda: guitarras, cuatro, charango, arpa. Pero claro, el toque distintivo lo dará su voz. La Voz. Cruda y cálida. Ancestral y futurista. Vivaz y nostálgica. Tintes de Bjork o Violeta Parra se cruzan en un pasaje de segundos. Pero no es ni una y otra. Es Camila. Aclara una y otra vez que no le gustan las definiciones de género musical o que la asocien con otros artistas.

Almismotiempo (2009) y su reverso, Opmeitomsimla (2010), son sus paradas previas. Folclore andino y sutiles sintetizadores se trenzan en sus paisajes sonoros. También sabe meter la púa rockera y quebrar la garganta. Lo ilustra “Millones” (canción de protesta que apunta a las corporaciones farmacéuticas), tema del primer álbum que le deparó una inesperada visita a los Grammy Latinos en 2009.

Coquetea con los grandes shows, y reconoce que le divierten los megaescenarios, pero si tiene que elegir abraza los pequeños teatros. “El formato íntimo es más frágil y cercano, y esa sensación de que todo de pronto se va a romper, me encanta”. La afirmación puede corroborase en Youtube. Recitales, que asemejan a una reunión de amigos, ponen a la joven en un estado “cercano al trance”, misma condición que elige a la hora de componer.

Letras audiovisuales obsequia la trasandina. Su poesía se roba la atención de la mirada ciega o de la imaginación, como prefiera nombrar a ese sexto sentido. Explica que le “gusta mucho el lenguaje que genera imágenes” y su gran referencia es la poesía, potente por cierto, del chileno Vicente Huidobro (1893-1948). 

¿De qué se alimenta este espíritu inquieto? Cine al por mayor, estudios de medicina mapuche, formación en danza y lecturas varias: cuentos para niños con ilustraciones fantásticas, cómics y actualmente recorre el Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte.  Para completar, suma sus horas de activismo junto a un grupo indígena en Santiago.

 

De la Tierra

La reivindicación de los pueblos originarios es un punto sentido, del que le gusta conversar. Se mete en tema: “Para los mapuches con los que trabajo, la tierra es la madre. Si usted nació aquí es mapuche, porque la tierra lo parió también”. Pero buena parte de la sociedad chilena no siente que tenga “algo que ver con los indígenas. Prefieren estar emparentados con alemanes o franceses”, ironiza. Ese pensamiento hegemónico provoca que en Chile “sigan asesinando a gente, como si fuese la dictadura. Igualito”. Y como se trata de un mapuche, “ese hecho pasa a un segundo plano”. Camila escupe su bronca: “Eso es simplemente enfermo y alienante”.

“¿Por qué voy a luchar por los mapuches si yo no tengo sangre mapuche?, piensan. No ven que el individualismo es la mejor arma para mantenernos como islas y sin poder de lucha. La comunidad es una fuerza irrefrenable y la gente se ha olvidado de eso”.

La cantora abre el archivo de la memoria: “Cuando Jaime Mendoza Collio fue asesinado [en agosto de 2009, por intentar recuperar territorio mapuche en manos de empresas forestales, en Ercilla] llegamos a un punto de impotencia incontenible. Ya habían asesinado a Matías Catrileo, Alex Lemun y tantos otros”. Junto a sus compañeras y compañeros, Camila ganó la calle. Parte del grupo cayó preso. La joven se quedó en cercanías de la comisaría, mientras se enteraba cómo le tiraban gases lacrimógenos y pegaban a los que estaban adentro. “En esa circunstancia sentí que necesitaba gritar esto. Miré la cordillera para saber qué tenía que cantar”. Y así nació, cuenta, la letra de “De la Tierra”. “Un hombre cae por la bala del Gobierno”, comienza con esa crónica hecha canción, que pellizca los nervios.

 

Escuela para no pensar

Otra Camila (Vallejo) se hizo visible en el último tiempo. La referente estudiantil encarnó el reclamo por educación pública contra el gobierno de Sebastián Piñera. Esta Camila, la cantora, acompaña la movilización. Y hace sus observaciones: “No se está pidiendo que los pobres tengan la educación de los ricos, pues ésta también deja mucho que desear. El problema de fondo es qué se está enseñando”.  Individualismo, control, competencia “forman parte de una matriz patriarcal", analiza, “y eso es lo que a fin de cuentas debe ser reformulado de forma íntegra”.

¿Qué tiene que ver la educación formal con la destrucción de la cordillera, la contaminación de los ríos, la tala de bosques nativos? Da un ejemplo sencillo. A su hermana, que es producto de un colegio privado, “le han dicho que el agua está muerta, que la cordillera está muerta. Ella ríe y dice: `que tontos ¿no?”. Esa “visión limitada de la naturaleza -aprehendida desde la escuela– nos permite maltratarla y sentir que somos seres aparte de ella”. Mujeres y hombres le deben “su respirar a los árboles, y su alimentación a toda la tierra”. Pero estas cuestiones tan básicas son imposibles de ver si se formatea “un cerebro incapaz de crear conexiones”. Entre la historia y la naturaleza, por ejemplo. “La escuela enseña cada materia por separado y terminar por formar una masa de esclavos de las grandes corporaciones”.

 

Hija de la esperanza

Las marchas estudiantiles, la permanente resistencia mapuche o el conflicto de Aysén –con aristas económicas, sanitarias, educativas y ambientales– muestran un Chile vivo, militante, y con fuertes experiencias de organización popular. Explica Camila: “hay una base social que no se siente representada y –resalta– no es minoría”. Asegura que tanto la izquierda como la derecha institucional entregaron el país. Y recuerda que, por ejemplo, quien “vendió los ríos del sur” fue el ex presidente Eduardo Frei (Concertación). “El Estado, aquí, es como si quisiera dañar a la gente, cuando debiese protegerla”. Observa que estas políticas –fomento de los monocultivos, avance de la megaminería y construcción de represas en territorios indígenas- se replican en América Latina, “donde es ´normal´ pasar por encima de nosotros (el pueblo)”.

No todo está perdido, dice la voz popular. Luchas como la desatada por la comunidad de Aysén, donde “la gente ha sido muy guerrera”, motivan la esperanza en Camila, cantora, activista, hija y narradora de estas pequeñas (grandes) vivencias trasandinas.

 


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