Jueves, 27 de Noviembre 2014

Por Claudio Acuña. Continuando el debate sobre la política económica oficial abierto en este medio no es posible obviar las transformaciones abiertas por el protagonismo popular en la rebelión del 2001

En distintos tipos de análisis micro y macro económicos existen debates en curso sobre la caracterización de la actual gestión. Para algunos es un proyecto nuevo definido como “Capitalismo en serio”, o “Capitalismo con inclusión social”. En esta vereda está el oficialismo y sus aliados circunstanciales, mientras que para otros no es más que un plan de coyuntura o un modelo neo-desarrollista o a lo sumo neo-keinesiano. Aquí están el amplio espectro de izquierda y centroizquierda, su cuestionamiento principal apunta a señalar que es un plan que no aborda las cuestiones de fondo. La crítica, en el caso de estos últimos, es que no hay una ruptura con los pilares del neoliberalismo. Esta afirmación está sustentada en que entre el pasaje de la crisis aguda del 2001 a la asunción de Kirchner en el 2003 no hay cambios significativos. En este sentido intentaré sumarme a esta reflexión en curso.


En Argentina, el proyecto neoliberal dominó el escenario político por más de tres décadas. Muchos reconocemos sus orígenes en la dictadura cívico-militar (1976). Este proyecto como tal comenzó a dar señales de crisis por lo menos desde mediados de los noventa, haciéndose más visible la perspectiva de un colapso definitivo a finales de esa misma década. Posteriormente con la Alianza (De La Rua –Álvarez), a pesar de las expectativas y las promesas de cambio, la situación con respecto al modelo neoliberal  no se modificó sino que se profundizó el carácter regresivo del mismo. Recordemos: ajuste permanente como mecanismo inevitable y necesario para equilibrar las cuentas fiscales, recesión, altos niveles de desocupación, pobreza, indigencia, desigualdad social, desindustrialización, baja de salario a empleados estatales y jubilados, recortes a la educación, etc. El hecho que provocó el fin de este ciclo, la eclosión definitiva de este patrón de acumulación fue la rebelión del 2001 y no las evidentes muestras agotamiento estructural que manifestaba el proyecto neoliberal. Si hacemos memoria, entre el segundo mandato de Menem (1995-1999) y la salida estrepitosa de la Alianza pasaron siete años.

Las medidas tomadas posteriormente para salir de la crisis (devaluación, cesación de pagos, ajuste) deben ser analizadas en el marco de una respuesta y ruptura para otro proyecto de acumulación capitalista. Establecer una continuidad, una  secuencia entre neoliberalismo y neo desarrollismo como una respuesta a la crisis orgánica del primero, sustentado en una valoración netamente economicista como por ejemplo es la creación de condiciones macroeconómicas, termina por desconocer o remover la irrupción de distintos sectores del campo popular que en el 2001, aún con irresueltos, fuimos quienes pusimos en crisis irreversible las bases fundamentales del proyecto hegemonizado por quienes abonan teorías del libre – mercado. Entiendo importante señalar este factor, no tanto como contraposición, sino por la concepción del razonamiento. El nuevo modelo es una respuesta/ruptura que planteará otros patrones políticos, ideológicos, sociales, culturales y económicos que, sumados a un cambio del contexto internacional, encontrarán en el peronismo y en la figura de Kirchner la audacia para saber leer y aprovechar esas circunstancias. Aún sabiendo que hay reformas estructurales de aquel modelo que se mantienen y otras que no, nunca estuvo planteado al menos discursivamente una perspectiva estratégica del neoliberalismo que tenía como fin último el modelo actual agro-extractivo-exportador. Más bien –opino- que existe un nuevo modelo que es una respuesta de los sectores dominantes frente a la crisis, un modelo de acumulación que favorece a determinados sectores de la burguesía, que no remueve las inequidades del sistema pero que plantea diferencias sustanciales más que de continuidad con la lógica neoliberal. Más aún, si analizamos otros planos que trascienden el económico, como por ejemplo el terreno político, cultural, social o ideológico, encontramos que el proceso de ruptura es más complejo. Es una reflexión necesaria y que excede esta columna de opinión, y requiere un abordaje más exhaustivo, pero a modo de estímulo planteo algunas manifestaciones que se expresan en estos tiempos. La politización y el valor de la política para la sociedad en la actualidad es otra, claramente diferente al apoliticismo, el rechazo y la indiferencia que fomentaba el neoliberalismo. Socialmente los debates que se generan en muchos lugares de trabajo por tal o cual medida que toma el gobierno expresan otro involucramiento. El reverdecer de los jóvenes –no de todos- hacia la militancia manifiesta un evidente contrapunto con respecto al individualismo que reinaba en los noventa. Culturalmente la relación de la sociedad con el Estado tiene otras características. Se plantea un debate sobre la necesidad de un rol activo del mismo, no solo en la economía sino en el otorgamiento de derechos civiles. Políticamente existe un contexto de disputa permanente, un Estado que expresa esas relaciones de fuerza en pugna que en el neoliberalismo no existían. Reconocer los aspectos positivos de este estado de situación no significa abrir una expectativa a favor del kirchnerismo, que por origen y por su pertenencia no se plantean cambios de fondo.

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