Domingo, 23 de Noviembre 2014

Por Tamara Perelmuter. El 28 y 29 de octubre se cerró el Juicio Ético Popular a las transnacionales. Organizaciones sociales y colectivos de lucha argentinos y latinoamericanos problematizaron la relación entre universidades públicas y empresas del agronegocio.


Luego de las audiencias regionales realizadas en Puerto Iguazú (NEA), Tucumán (NOA) y Trelew  (Patagonia), el viernes 28 y el sábado 29 de octubre se llevó a cabo en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires el cierre del Juicio Ético Popular a las transnacionales.

Se trató de una iniciativa de la que participaron gran cantidad de organizaciones sociales y colectivos de lucha del país y de América Latina. Uno de los ejes de la jornada fue la relación entre las universidades públicas y las empresas del agronegocio.

En términos generales, durante los últimos tiempos se ha conformado una nueva forma de articulación de la ciencia, la tecnología y el mercado, lo que reconfigura totalmente las formas de crear y transmitir el conocimiento. Al interior de la producción científica, entonces, el capital se ha posicionado de manera hegemónica. De esta manera, se va mercantilizando otro de los ámbitos que, se suponía, debía regirse por criterios diferentes a la lógica de la rentabilidad mercantil como es el caso de los procesos de producción de conocimiento.

Así es como se inserta la lógica del mercado en la investigación, transformando los conocimientos en productos con alto valor agregado y reduciendo su transmisión a quienes son capaces de pagar por él. Esto también se puede divisar en la relación abierta y sin mediaciones entre las empresas privadas y la investigación pública. De esta forma, los laboratorios científicos de las universidades participan cada vez con mayor fuerza en las investigaciones de las empresas, brindando sus conocimientos de base y potenciando el capital inversor a cambio de financiamiento. Al mismo tiempo, la figura del investi­gador-empresario comienza a formar parte normal de la vida de la comunidad científica universitaria, al tiempo que la producción del conocimiento se concentra cada vez más y se vuelve más especializada.

El caso de los agronegocios es más que paradigmático. Sin duda, constituyen un eje fundamental de esta etapa de acumulación del capitalismo global y esta realidad ha ido tomando cuerpo en los más diversos ámbitos de la vida cotidiana, en el campo y en la ciudad, a través de la expansión de los monocultivos industriales y la generalizada utilización de semillas transgénicas, la homogenización de los patrones de producción y de nuestras pautas de consumo hacia los alimentos industrializados en detrimento de la diversidad productiva, cultural y alimentaria.

La cadena de agronegocios, que abarca la provisión de los insumos, la producción en el campo, el acopio y la exportación, así como el procesamiento industrial y el supermercadismo, se vuelve cada vez más concentrada. Y la producción de conocimiento tiene un rol fundamental en esa cadena. El conocimiento se deposita en espacios cerrados y especializados generando un saber experto, siendo las universidades el ámbito privilegiado de su gestación.

Esta relación entre empresas y universidades se plasma es dos líneas que se articulan ente sí. En primer lugar, en lo que hace al involucramiento directo de las empresas en los planes de estudios, tanto de las licenciaturas como de los posgrados. El ejemplo más claro es el de la facultad de Agronomía de la UBA, que a partir de su Programa de Agronegocios y Alimentos (PAA) “busca generar valor a través de la creación, transferencia y aplicación de conocimiento en el sector agroalimentario y la construcción de capital social involucrando la red relacional que componen alumnos, docentes, personal y directivos del PAA, y empresas e instituciones del sector, manteniendo un alto nivel de calidad en todos nuestros servicios”. Los participantes de las mesas de debate aseguran que basta con mirar un poco su página de Internet para descubrir cuáles son las empresas e instituciones del sector a las que se hace referencia. “Capacitación In-House”, un programa que consta de cursos para empresas, ONGs y sector público con el objeto de capacitar al personal, proveedores y clientes en su lugar de trabajo, ha articulado en los últimos años con empresas como Los Grobo; Bayer; Quickfood; Aapresid e YPF, entre otras.

En segundo lugar, las universidades públicas aparecen como proveedoras de pasantes a las empresas. Aquí los ejemplos son muchos y diversos. Unilever, por ejemplo, una de las empresas más concentradas del mundo, lanzó durante el presente año su programa “Jóvenes Profesionales 2011” (una convocatoria dirigida a jóvenes de hasta 27 años, egresados o próximos a egresar de distintas carreras universitarias). Se trata de una empresa multinacional anglo-holandesa, propietaria de más de 400 marcas pero que se centra en las llamadas "marcas de mil millones": 13 marcas, cada una de las cuales factura anualmente más de mil millones de dólares. Las primeras 25 marcas de Unilever representan más del 70% de sus ventas. En Argentina, sus principales productos alimenticios son Ades, Hellmann's, Knorr, Lipton, Maizena y Savora. Asimismo, se postula como una empresa que cuida el medio ambiente (“Porque yo cuido el medio ambiente, quiero trabajar en una compañía que también lo cuide”, rezaba la convocatoria), una afirmación dudosa si se tienen en cuenta los múltiples reclamos por contaminación a los que se enfrenta en varios puntos del planeta. En el contexto local, es una de las empresas del Polo Petroquímico de Dock Sud que han sido demandadas por ser consideradas de alto riesgo contaminante, en el marco de la causa judicial "Beatriz Mendoza" por la degradación ambiental de la cuenca del río Matanza- Riachuelo.

Otro ejemplo interesante es el de la pasantía aprobada en 2010 por la facultad de Ciencias Sociales de la UBA con la empresa de biocombustibles Patagonia Bioenergía S.A. Es interesante remarcar que los biocombustibles aparecieron en escena con el fin de reemplazar el uso de los combustibles fósiles para la producción de energía y que se trata de combustibles obtenidos a través del procesamiento de biomasa vegetal o animal. La empresa en cuestión produce biodiesel, un sustituto del diesel obtenido a partir de aceites vegetales de soja, colza o girasol. Por lo tanto, la creciente presencia de combustible implica la profundización del modelo de agronegocios y de las relaciones instaladas en el agro hace más de dos décadas.

A modo de cierre, es importante remarcar que las principales preocupaciones giran en torno de las consecuencias de las estrechas relaciones entre producción del conocimiento e intereses de las corporaciones, especialmente en cuanto a la integridad de los resultados producidos o en lo que hace al papel de la ciencia en la sociedad. Se vuelven entonces primordiales las preguntas acerca de qué se investiga, cómo, con qué objetivos y, sobre todo, para quiénes y con quiénes.

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