Javier Milei, el ¿nuevo? intelectual orgánico de las corporaciones – Primera parte (I)

Por Mauricio Castro

Con un peinado que remite más a una estrella pop de los años 80s que a la estética de experto que en décadas anteriores parecía indispensable para la presencia televisiva, Milei es el economista (¿o economicista?) que más entrevistas y tiempo al aire tuvo durante 2018. ¿Por qué la compulsiva presencia de esta figura mediática? ¿Sus argumentos benefician a sectores que mueven hilos en la opinión pública? En esta primera entrega, un breve perfil del economista obsesionado con el “déficit fiscal”.

Sin necesariamente cerrar sentencia sobre que Javier Milei es un títere de las empresas, igual de ingenuo resulta verlo como un “librepensador” que muestra una neutral verdad matemática y la receta universal con la que resolver los desequilibrios contables de la balanza comercial. Por eso, mejor aguzar los sentidos críticos y hacer el trabajo analítico de devolver al funcionamiento del sistema económico los argumentos de este mediático, que casi no hay columna en la que no afirme que “el Estado es un curro” (dixit).

¿Quién juega para quién?

En algunos círculos entendidos sobre economía alcanzaría con etiquetarlo como ortodoxo. En otros, entenderían perfectamente todo lo que ya dijo y qué va a decir si se lo presenta como “sicofante del Capital”. A otros espacios les interesa más que haya atajado en las inferiores de Chacarita, que diga practicar sexo tántrico y que haya rechazado bailar en el programa de Marcelo Tinelli. Por aquí y por allá no deja de llamar la atención que Milei encuentre tanta pregnancia en el aire televisivo, en una nube de comunicación donde es difícil distinguir si convocan sus argumentos, el hecho de que sean dichos a los gritos, el rating ya acumulado, o el peinado cuidado que todavía conserva de su época de cantar covers de los Stones (aunque diga que no se peina sino que es la mano invisible).

Es cierto que las productoras de medios masivos no invitan a todas las voces por igual para hablar sobre economía, crisis financiera y rumbos posibles para los mercados, pero no todo se explica por la propiedad de los medios y la propaganda que se da a las ideas: ¿la adhesión a los argumentos de Milei se explica por las 235 entrevistas y los 3.225 minutos que tuvo en el aire? ¿O algo de esa convocatoria se sostiene por el suelo fértil que encuentran sus explicaciones determinantes, su look y su modo histriónico?

Buena parte de las y los denominados millenials (la noción es simplista, pero aplica) sienten atracción por las máximas mileianas, aun cuando entienden los conceptos fundamentales de Marx, de Keynes y cuando recuerdan los números de antes y después de las aplicaciones de medidas neoliberales. Esa adhesión a una figura que dice traer todas las soluciones, tanto como esa gimnasia para mantener a la vez discursos opuestos, quizás se explique mejor con el psicoanálisis y por las historias de los consumos mediáticos personales que por la epistemología de las teorías económicas.

Es costumbre de algunas personalidades facilitarle a su persona entrevistada un halo de objetividad divina, con preguntas que son casi una súplica de elucidación para clarificar lo indescifrable, como si ese ser pudiese decodificar un enigma sólo accesible a mentes iluminadas. Javier Milei es de esos economistas que para nada se incomodan en montarse al juego de hacer creer que existe una economía trascendental. Por el contrario, gusta de presentarse a sí mismo como el mesías, el que denuncia la incorrecta aplicación del libro sagrado, el que trae los mandamientos divinos para sortear el déficit fiscal y el desbarajuste monetario (dos pilares sin los que su modelo económico no encontraría justificación, no tendría problema al que proponer solución). Pero cuando se le presentan contra-argumentos, contesta que esa es una postura subjetiva, que cada cual opina lo que quiere o, directamente, le grita “burra” a una periodista que le incomoda con una pregunta (como hiciera a mediados de este año). Sobre el contenido de esa respuesta, nota aparte merecería señalarle a Milei que es obvio que Roosevelt no aplicó medidas de un libro que aún no se había escrito, sino que recibió asesoramiento por quien luego escribió ese libro.

Oportuncrisis para tecnicistas

Un refrán dice que “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Como buena alegoría, no se la pronuncia para explicar el arte de la pesca; hasta el cansancio y con todas las metáforas posibles los economistas críticos lo denuncian: la crisis, si no es que fue generada por, al menos es negocio para los poderes financieros transnacionales –capitales golondrinas, buitres y toda fauna de divisas voladoras con facilidad para cruzar fronteras en los mercados y desplazar, en un par de clics y llamadas a mandatarios, inmensas acumulaciones de crédito/deuda–. Buena parte de la crisis es espectáculo en dos sentidos: por un lado, lo mucho de autoprovocada que tiene (desde la apertura de las importaciones, hasta liberar el plazo y el lugar para la liquidación de divisas por exportación); por otro, la oferta de explicaciones técnicas que vociferan en el mainstream. También para los economistas parece este un clima propicio para la presencia mediática.

En el caso del esplendoroso Milei, si bien sus recetas no se oponen a los intereses de los inmensos grupos de capital global, sus proposiciones reiteradamente conducen a pensar en cómo seducir a que las empresas hagan inversiones, haciendo imaginar todavía una economía productiva que genera puestos de trabajo, con los que activa la demanda que consumirá los bienes que son producidos. Sin embargo, esa sería toda la vuelta del círculo virtuoso, que apenas se diferenciaría del keynesianismo en el punto de partida: no es nada nuevo, el programa de Keynes colocó en el origen de la reactivación económica capitalista a las inversiones estatales, que tras la Gran Depresión tuvieron el lugar salvador que las privadas no querían correr el riesgo de ocupar.

Sin aludir manifiestamente a qué sucedió en los mercados periféricos las veces que se dijo impulsar el libremercado, casi sin meterse en la primerización en las condiciones del sistema económico agroexportador y sin mencionar las causas que llevaron a la eclosión económica, social y política en 2001, Milei insiste en que el Estado no debe intervenir en el mercado y que deben quitarse impuestos a los negocios empresarios. En un ataque de sinceridad y pocas palabras, es de suponer que Milei diría que “la solución es privatizar” y tal vez nos confesaría su amor por Milton Friedman, pero hay épocas en las que algunas palabras están implícitamente censuradas, o al menos seducen poco y, como buen mediático, el hombre llamado a dar la voz económica en la mesa de machos de Polémica en el Bar sabe poner ejemplos imaginarios para proponer algo sin nombrarlo.

No hay que engañarse: Milei se pronuncia en contra del Estado, pero no es lo mismo criticar por derecha que por izquierda. Él no es ningún anarquista (o, en todo caso, es anarco-capitalista, al estilo del banquero de Pessoa y de los Libertarians del Parlamento estadounidense). Una contrastación con los principios del consenso de Washington, incluso con las propuestas que aún hoy hace Domingo Cavallo, muestran a las claras que los planteos de Milei en contra del Estado, aunque se articulen ingeniosamente con un toque canchero, no son novedosos y casi nada agregan al monetarismo y al eslogan “achicar el Estado es agrandar la nación” que, Martínez de Hoz primero y Alsogaray después, utilizaron como caballito de batalla en la arena de la ideología contra el Proteccionismo.