Juan Pérez, un ejemplo de la clase media

Por Leandro Lutzky

Juan Pérez es un hombre común y corriente, con ciertas características que pueden ser otras, con diferentes gustos y placeres, pero que posiblemente no cambien en la esencia. Él es un estereotipo que sin dudas no abarca a todos, que es algo generalista, pero que nos llama a reflexionar. Y tiene muy claro a quién votará en las próximas elecciones presidenciales.

 

La vida de Juan

Es un buen tipo, sin dudas. Quiere mucho a su esposa, Sofía, y a sus dos hijos, Lucas y Macarena, por ellos se levanta todos los días bien temprano a ganarse la vida. Y tan mal no le va: obtiene un sueldo razonable y cada tanto puede darse algún gustito, como un viaje a Mar del Tuyú o Sierra de la Ventana. Tiene un auto, no es un O km, pero es aceptable y lo puede mantener sin problemas. No se da grandes lujos, sin embargo tampoco está pasando una mala situación, aunque claro, siempre quiere mejorar.

De pibe luchaba por el boleto estudiantil, por la igualdad de oportunidades y una sociedad más justa. Hoy tiene 30 años y se la pasa en el sillón del living asintiendo con gestos aprobatorios frente al televisor, que transmite las filosóficas editoriales de Alfredo Leuco. Tiene tortícolis en el cuello de tanto hacer que sí con la cabeza. Cada tanto esgrime, casi charlando con Alfredo: “¡Tiene razón! ¡Es una hija de puta la yegua!”.

Juan Pérez es realmente amoroso, buen padre, esposo, amigo y vecino. No suele compartir tazas de azúcar ni aceite, pero sí entabla elocuentes charlas políticas con sus pares, también de clase media, que causan simpatía y aceptación. Eso sí, Juan se queja. Se queja mucho, casi por deporte. En la oficina, el supermercado, la farmacia, panadería, ferretería, la casa de sus tíos, el parque, en el bar y arriba del bondi: “Estamos cada vez peor”, sostiene.

Ciudadano ilustre

El hombre, abatido, vuelve a su hogar después de un día complicado en el trabajo. Hoy echaron a un compañero, porque le pidieron a Juan que lo delatara con sus superiores frente a algunas sospechas de irregularidades. Y lo hizo, no sea cosa que lo rajen a él. Prende la tele, otra vez, y pone Gran Hermano, para despejarse o terminar de quemar las pocas neuronas que le quedaron sanas después de toda la jornada. De pronto, una cadena nacional oficialista interrumpe la señal, causando el enojo de la audiencia. En esta oportunidad, se trata de la inauguración de una fábrica de botones, o alfileres, da lo mismo. Al fin y al cabo, todas se llaman igual: “Néstor Carlos Kirchner”, en honor al difunto y ex presidente.

Juan está convencido de que las personas presentes en este tipo de actos son pobres títeres, fáciles de manipular con “el chori y la coca”. Apaga el aparato y se va a cenar, estallado de bronca. Vuelve al trono, prende la caja boba, pero esta vez, como tantas otras veces, se queda atónito. Tras ver una placa contundente de TN, escribe una pancarta que dice “Todos somos Nisman”, el nuevo mártir local, casi a la misma altura de San Martín, Belgrano o el Che Guevara, ¿por qué no? Introduce a toda su familia en el auto y sin chistar se van todos a Plaza de Mayo para hacer patria. O algo así.

Semanas más tarde, se difunden fotos del referente judicial en fiestas nocturnas y artículos periodísticos que dan cuenta de las cifras no declaradas por el fiscal, quien de entrada cobraba 90 mil pesos por su labor. Aquellos gastos, reflejados en los resúmenes de las tarjetas bancarias, eran mucho mayores que el sueldo percibido. Así las cosas, Juan ya no considera al investigador de la causa AMIA como un héroe. “¿AMIA? ¿Se come eso?”, pregunta el socio de la clase media, aspirante a la high society. La cartulina que pedía justicia por Nisman quedó guardada en un viejo armario del lavadero, olvidada, repleta de telarañas y suciedad. Ahora, el nuevo poster de su pieza tiene la cara de Fayt, un grande en serio. Parece que no es muy difícil dominar la opinión de Juan, quien es una excelente persona, desde ya.

Sube y piensa que baja

En el laburo, el jefe lo cita para una reunión importante, por su rostro seguro son buenas noticias. El esperado día llegó, después de cumplir con la cabeza gacha y a rajatabla todas las imposiciones de la empresa, obtiene el ascenso. Ansiado ascenso. Ahora tendrá algunos subordinados, su hija podrá tomar clases de patín y el mayor jugará al fútbol en un exclusivo country en las afueras de la ciudad. Juan está contento, orgulloso. Antes de contarle a Sofía la feliz noticia, llama a Alberto, su contador, y le pregunta cómo hacer para evadir impuestos. Primero lo primero.

Hoy en día Juan ve todo de otra manera, desde otro lugar, un poco más arriba. Es más exigente, a tal punto que casi nada lo conforma. En la esquina de su trabajo hay un pobre hombre que se la pasa mendigando y pidiendo algo para comer. “Cuánta vagancia”, comenta con un colega vestido de traje, pero en realidad esta escena le parte el corazón. Es un gran ciudadano. Se queda pensando mientras conduce hasta su casa, ahora más grande y pintoresca que antes, en lo triste que es pasar hambre. Sin embargo, cuando duerme sueña que es multimillonario, casi un magnate o un jeque árabe, pero con rasgos europeos. También se imagina largándose de este podrido país para volver a Italia, la nación de sus abuelos, quienes vinieron en barco a la Argentina en busca de oportunidades.

Hoy le gustaría que cierren todas las fronteras para que los extranjeros, latinoamericanos, no les quiten el trabajo a los honorables ciudadanos argentinos. “Los bolivianos, peruanos y paraguayos traen toda la droga”, exclama mientras hace la fila para ingresar a una fiesta de música electrónica. Por la entrada y los estupefacientes, de primera línea, gastó un cuarto de su sueldo. Así es Juan, un gran padre, esposo, amigo y vecino. Ya tiene muy en claro a quién votará en las próximas elecciones presidenciales.

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