La cabeza de Tévez y la camiseta de Boca ganan el campeonato

Por Ricardo Frascara

Ante la evidencia, el cronista se rinde. Boca Juniors fue Campeón pese a sus falencias y dudas a lo largo de todo el torneo. Pero su victoria final es inapelable. Rodolfo “El Vasco” Arruabarrena logró equilibrar la irregularidad del grupo y tuvo en Carlitos el conductor creativo que catapultó al equipo de la azul y oro a la cumbre del campeonato de 30 clubes.

Terminó el partido contra Tigre y me quedé largo rato en silencio, pensando. Había un símbolo ante mí: Carlitos Tévez sentado en una esquina del travesaño, en un arco de la Bombonera, a 11.000 kilómetros de distancia del estadio de la Juve, donde hace pocos meses se consagró campeón con una de las camisetas más populares del fútbol italiano. Un caso. Un fenómeno. Carlos Tévez. Otro caso. Otro fenómeno. Boca Juniors. Solamente estas dos estrellas aunadas, humana y visible una; empírica e intangible la otra, pudieron hacer a este equipo campeón argentino 2015.

Campeón del famoso torneo de 30 equipos, sueño póstumo del que fuera gran pope del fútbol local, Julio Grondona. Hasta pareció haberse configurado uno de los argumentos gestados por aquel dirigente para entretejer un campeonato emocionante. Y el resultado, cantado, Boca con el título una vez más. Lo interpretaba así Agustín Orión, dueño de ese mismo arco que el Apache había convertido en el Monte Olimpo. “Todo volvió a la normalidad”, decía el arquero boquense, usando palabras del mismo Tévez.

Y sí. Hubo que posesionarse de esa escena para entender qué pasó el domingo en Buenos Aires, en la Boca, en el país entero. Boca campeón… está todo bien. Esa euforia, ese desborde, me traen recuerdos acumulados a lo largo de décadas y de fútboles. Porque no voy a criticar. Al campeón no se lo critica negativamente. Sólo diré una cosa, en voz baja, casi sin separar los labios: Boca es un equipo más, un equipo cualquiera de los que jugaron este deslucido campeonato.

Pero esto es una referencia al fútbol, a ese juego tan querido y añorado, a esa danza inigualable de armonía y coraje, coraje físico y anímico… grandeza, habilidad de los jugadores para hacernos creer que la pelota es una prolongación de sus pies, de su mente, de su corazón. Y que se la disputan con amor, con amor hacia la pelota, a la que transforman en una estrella fugaz, en una partícula del Universo y la patean como si la acariciaran y los espectadores sólo por su brillo sabemos qué es: una simple pelota de cuero. Bueno, todo esto no lo vi a lo largo del año, ni en Boca, ni en San Lorenzo, ni en Racing o Central. Sólo valoro el choque de planetas del último domingo.

Varias veces busqué interpretar la esencia del Boca campeón, de este año, de aquél, de cualquiera en el que los corazones auriazules alcanzan su máxima intensidad, Uno de los motivos fue porque siempre tuvo dos o tres o más astros desbordantes. Equipos inolvidables jalonan su historia y tengo que nombrar a algunos de ellos, porque esa trayectoria justamente es la que explica que Carlitos haya sido el heredero abanderado de 2015.

Ya no es lo que solía ser…

Desde aquel Claudio Vacca, José Marante y Víctor Valussi; Carlos Sosa, Ernesto Lazzati y Natalio Pescia; Mario Boyé, Pío Corcuera, Jaime Sarlanga, Severino Varela y Roberto Sánchez, campeón de 1943 y 1944, formación que acabo de escribir de memoria, porque encandiló aun a los que no comulgábamos con sus colores, pasando por el team campeón de 1962 con una constelación integrada por uno de los grandes arqueros de la historia, Antonio Roma, el zaguero Silvio Marzolini, el centro half Antonio Ubaldo Rattiiiiin y el delantero brasileño Paulo Valentiiiiim; o al que reunió al Diego y el Pájaro Caniggia, o el de los colombianos Córdoba, el Patrón Gutiérrez y el Chicho Serna, y otras docenas que podrán recordar los fanáticos hasta llegar a hoy, Boca fue más que la suma de sus jugadores. Fue un viento arrasador, un terremoto estremecedor.

Cuando en mis años juveniles veía un partido en la Bombonera, por la noche no podía dormirme porque el eco de aquellas muchedumbres eufóricas enmarcadas por un cemento que latía a su compás, persistía dentro de mi cabeza. “No hay nada igual”, han dicho periodistas y técnicos extranjeros.

No hay nada igual. Por eso qué voy a hablar de lagunas defensivas, enredos en el medio campo o ataques que no saben para dónde ir ni cuándo concretar, de jugadores con los pies redondos o baldes en sus cabezas (como decía el estrambótico casi periodista Pepe Peña); si además son iguales y hacen lo mismo que los de todos nuestros equipos. Ni hablo de eso. Yo creo que ustedes lo ven también. Lo de Boca no se ve. Es una corriente que circula por las raíces del césped, trepa por los postes de los arcos, se estira con las redes hasta conectar con las tribunas y allí se difunde a miles de gargantas que la transmiten a millones de corazones. Entonces sólo voy a decir: este monstruo es Boca… y Tévez es su cabeza.