La Chancha Rinaldi, el Atila de mi infancia

Por Gabriel Casas

El cronista se levantó con nostalgia. Con recuerdos de la infancia y de un fútbol que nos cuesta volver a ver y que, de a ratos, añoramos tanto. Y pensó unas líneas para su primer ídolo en el fútbol masculino: Jorge “La Chancha” Rinaldi. El cuadro de sus amores, la cancha, el periodismo, todo confluye en un jugador que lo dejó boquiabierto en la cancha y fuera de ella.

Disculpen lectoras y lectores, pero esta vez me voy a dar un gusto: voy a escribir sobre mi primer ídolo en el fútbol. Es de mi infancia, cuando pasan las cosas que te marcan para el resto de la vida. Soy hincha de San Lorenzo. Nací en 1970 en pleno barrio de Boedo. Mi viejo me llevaba a la cancha desde antes de que tuviera uso de razón, e incluso hasta de recuerdos de mis primeros pasos de niño en el Viejo Gasómetro de Avenida de La Plata. Ese al que le decían el Wembley porteño. No hay manera de esquivarles el bulto a los ingleses en el fútbol.
Si bien vi campeón a San Lorenzo dos veces en el 72 y otra en el 74, no me quedó registro en mi mente. ¡Qué jodida puede ser la mente también, eh! Después hasta el  95 no pude festejar un título. Soy trozos de anécdotas de mi padre y mi madre de aquella época. Había una canción de la hinchada (poco ingeniosa en comparación a la actual) que decía: “No tenemos delanteros, no tenemos defensores, no tenemos un carajo, pero igual somos campeones”. Mi madre siempre recordaba con risas que yo no podía pronunciar la letra jota, entonces gritaba calajo. Y se reía. Y cada vez que pienso en eso, me enternece la risa contagiosa de ella, que hace 30 años mira crecer las flores desde abajo.

Sí, recuerdo cuando por primera vez vino mi vieja a la cancha con nosotros (mi padre y mis hermanos mayores).  Era un partido nocturno ante Newell’s. Tendría ocho o nueve años. Y San Lorenzo, para diferenciarse de su rival, utilizó una camiseta blanca. Estábamos en la platea y no le avisamos de eso a mi madre. Y apenas se movió la pelota, ante el primer ataque de los rosarinos, ella empezó a gritar: “vamos, dale, que es gol”. Mientras los plateístas que nos rodeaban no entendían nada. Y nos desesperábamos para explicarle lo contrario.

Un distinto dentro y fuera de la cancha

Bueno, por esos años, íbamos también a la pileta de la Ciudad Deportiva del Ciclón, donde hoy está también el Nuevo Gasómetro. Y ahí, veíamos al pibe (para mí un hombre, como todos los futbolistas de entonces) que la empezaba a romper adentro de la cancha, pero también afuera: Jorge Rinaldi. Lo había predicho su hermano mayor, Osvaldo, cuando volvió de Japón con toda la gloria de ese juvenil campeón mundial con la batuta de Diego Maradona, los goles de Ramón Díaz y la dirección de orquesta del Flaco Menotti.  “Mi hermano menor es el bueno en serio”, manifestó cuando todos los micrófonos, cámaras y flashes apuntaban al propio Osvaldo.

Jorge, La Chancha, recién asomaba. Y era rebelde. Osvaldo me contó que cuando su hermano estaba en la sexta y Carlos Bilardo (DT de San Lorenzo en 1979) llevó a esa categoría a entrenar para que los de Primera los golearan y mejoraran su ánimo, la Chancha los bailó. Y encima, si alguno de los grandes lo quería amedrentar con patadas o de chamuyo, también los insultaba.  Claudio Marangoni le dijo a Osvaldo: “No lo mato porque es tu hermano”.  Bilardo quiso hacerlo saltar las categorías y que debutara en primera con 17 años, pero Jorge se enfermó de hepatitis y eso se postergó una temporada.

El pibe que empezó a jugar en Primera, era uno más. Al alcance de cualquiera. Siempre en esa época  veía a los futbolistas, cuando jugaban, como seres inalcanzables, desde la platea de los niños (y las niñas) del Gasómetro. Y Rinaldi terminó con ese embrujo.

La Chancha se hizo ídolo en el 82. Cuando San Lorenzo fue el primer grande que se paseó por la B. Y Rinaldi pasó de los primeros partidos a pura potencia, categoría y gol con el pelo largo, a presentarse para hacer la colimba después de un 4-0 a Atlanta, donde la había descosido.

Estuvo pocos meses rapado en un servicio militar en el que tuvo ciertos beneficios por su condición de futbolista profesional. Y porque el jefe del batallón en el que estaba, que no sabía nada de fútbol, tenía un padre fanático de San Lorenzo. El militar le confesó: “Mire, a mí no me gusta el fútbol, no sé quien cuernos es usted, no sé cómo mi viejo se enteró de que estaba en mi batallón, pero me dijo que si a usted le pasa algo, me pega dos tiros en las bolas. Así que va a estar siempre  al lado mío hasta su baja”.

Rinaldi fue la estrella del ascenso. Y también la rompió al otro año ya de regreso en Primera A con el mejor equipo que disfruté del club, aunque haya salido subcampeón a un punto de Independiente. Iba con los pibes de Boedo o con mi familia a todas las canchas por esos años, todos los partidos. Y miren que fuimos peregrinos.

La Chancha fue el futbolista que yo hubiera querido ser. Talentoso y rebelde. Debilidad de entrenadores como Bilardo y Menotti, por orden de aparición en su vida futbolística. El que nunca negoció su dignidad. El que se le plantó a la barrabrava de Boca cuando El Abuelo hizo la primera asociación ilícita en una tribuna. No aceptó poner dinero para que viajen al Mundial de México 86. Y los hinchas genuinos, esos que aman la camiseta y no lucran con ella, lo ovacionaron y los taparon cuando “La Doce” lo insultaba.

Ya de grande, cuando lo entrevisté para la revista deportiva Un Caño, le reproché medio en broma que nos había gritado un gol en un 3-0 de Boca a San Lorenzo en La Bombonera. Ese día, en la popular, había muchos hinchas que lo insultaban por eso de la “traición” de irse a un clásico rival. Discutí con varios con el argumento de que a los ídolos se los debía respetar, aunque había cambiado de camiseta. Sin embargo, cuando La Chancha hizo el gol, me enloquecí y también lo insulté. Los pibes con los que estaba discutiendo no entendían mi cambio inmediato.

Rinaldi pasó también por Sporting de Gijón, River, un equipo de Turquía imposible de deletrear sin equivocarme, y después volvió al club que lo vio nacer. Se retiró a los 29 años porque no se bancó que el entonces presidente de San Lorenzo, Fernando Miele, entrara al vestuario a insultar a los jugadores tras un 0-3 con Newell’s. Lo echó del vestuario al dirigente. Y cuando volvió a su casa, le dijo a su entonces esposa: “No juego más”. Y lamentablemente, pero fiel a su estilo, no jugó más.