Lemebel, testimonio de una pasión

Lemebel, testimonio de una pasión

El escritor chileno falleció hace una semana, a los 62 años. Su obra es estandarte de la lucha por los derechos del colectivo Lgbttti. Fue escritor, actor, artista plástico y referente del combate contra el heteropatriarcado.

Como si todo fuera una enorme paradoja, aquel que gritó durante años para que los derechos de las personas condenadas por la heteronorma fueran reconocidos y que peleó por que la voz de las personas calladas por el patriarcado pudiera alzarse fuerte, murió hace días por un cáncer de laringe. Ese mismo órgano que le permitió decir lo nuevo y necesario, se lo llevó. Pero no se fue. Muchas gargantas cantarán su nombre, repetirán su legado. A una semana de su muerte, Marcha repasa formulaciones del escritor chileno Pedro Lemebel, referente del colectivo de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, travestis, transgéneros, intersex (Lgbttti).

Contestatario, su obra literaria se basó en producciones ficcionales con tintes autobiográficos sobre cómo la homosexualidad dolía como sinónimo de la marginalidad en una sociedad chilena conservadora, que recién en el marco del proceso de cambio nuestroamericano dio algunos pasos a favor de la equidad. Otra paradoja: cinco días después de la partida física de Lemebel el Senado aprobó en su país el matrimonio igualitario.

De adjetivo justo y rabioso, se encuentran entre sus obras “La esquina es mi corazón” (1995), “De perlas y cicatrices (1997) y “Loco afán” (1996). Con su apariencia Pedro también jugaba: aunque tenía el nombre del primer hombre que fundó una iglesia católica en la Tierra, él elegía la ambigüedad del maquillaje, de los pañuelos en el pelo, de las faldas. De correrse de las categorías del género. De ser él, o ella, o quién sea. Influenciado por escritoras feministas y de izquierda como Pía Barros, Diamela Eltit y Nelly Richard, ese cuerpo que lo portó fue el mensajero también de performances artísticas con el dúo “Las Yeguas del Apocalipisis”, que integraba con el poeta Francisco Casas.

Su apellido era Mardones, pero decidió usar el de su madre, Violeta. Nació en 1952 a orillas del Zanjón de La Aguada. Vivió en un barrio popular, donde acceder a la educación costaba sangre, sudor y lágrimas. Pudo cursar en el liceo industrial como buen niño, pero luego prefirió estudiar el profesorado en Artes Plásticas en la Universidad de Chile. Es que, aunque quien domina las letras no siempre es bueno con el pincel, él podía con ambas armas.

Las entrevistas lo señalaban como comunista, aunque supo cuestionar en sus crónicas a referentes del decir revolucionario como Silvio Rodríguez. En sus escritos, la ira contra la dictadura de Pinochet no tenía medias tintas. “Estas líneas adhieren cariñosamente a Gladys por cicatrices de género, por marcas de clandestinidad y exilio combatiente. Por ser una de las numerosas mujeres que capitalizaron ética en el rasmillado túnel de la dictadura y su fascistoide acontecer”, escribe, por ejemplo, en una de sus tantas crónicas referidas a la memoria individual, la memoria con nombre y apellido, de compañeros y compañeras arrancados de su suelo.

En sus obras, Lemebel no se presentaba como un héroe del relato. Aunque se sabía referente de la lucha contra el heteropatriarcado recalcitrante, sus descripciones eran planteadas desde la paridad con el otro o la otra, que había sido igual de víctima que él de la violencia de la exclusión o de la muerte. Su narración es un testimonio.

“Me dejaron una cuerda y la mitad de la laringe. Tenía voz de ultratumba. Me sacaron también la manzana de Adán, el sueño de toda travesti”, asevera el diario chileno La Tercera que definió sobre su enfermedad. ¿Acaso, aunque dolorosa, eso que vivía no era para él definible como una patología? Su obra fue el relato de su vida, opuesta a lo establecido, lo dogmático o opresor.

Controvertido, cuestionado por pares, sus letras eran celebradas en el mundo queer. Sus tacones y sus guantes rojos eran símbolos de la disidencia. Sus anteojos, que supo mostrar por las calles porteñas, eran la ternura de la abuela.

Tras su muerte, también lo homenajearon personalidades de su país, como la misma Michelle Bachelet, que aseveró: “Estuvo siempre en la resistencia y su legado cultural enriquece el país que somos”. Isabel Allende también se refirió a su partida. Pero hubo nombres menos formales que se refirieron a él, como Paul Preciado, autor de “Manifiesto Contra Sexual”, que escribió: “Tú me criaste y de ti salí como un hijo, de los cientos que tuviste, inventado por tu voz. Tú eres mi madre y te lloro como se llora a una madre travesti. Con una dosis de testosterona y un grito”.