Los siete locos: Historial de un suicida (El caso Erdosain y su pandilla) IV

Por Mariano Pacheco/ Imagen por Nadia Sur

En esta cuarta y última entrega, “Los siete locos” y “Los Lanzallamas” de Roberto Arlt, se entremezclan con las ideas de Sigmund Freud y Federico Nietzsche.

 

Crimen y sentimiento de culpa. Ambos términos, tan presentes en estas novelas de Roberto Arlt, pueden ser leídos desde dos autores que el propio Arlt tenía bien leídos: Federico Nietzsche y Sigmund Freud.

Desde Nietzsche, podemos pensar ciertos tramos de “Los siete locos” y “Los lanzallamas” como la expresión cabal del drama del hombre moderno: aquel que ha cometido ese crimen terrible que implicó haber asesinado a Dios, borrando del horizonte todos los elementos que, hasta entonces, otorgaban sentido a la existencia, como ya.

Desde Freud (“Totem y Tabú”), en cambio, ese sentimiento de culpa tiene que ver con algo acontecido en un tiempo mucho más lejano aún, en el momento preciso en que la humanidad comenzaba a ser tal. La conspiración de los hermanos de la horda primitiva que culmina en el asesinato del despótico padre primordial. De allí en más –es decir, desde que el hombre es hombre–, en adelante, cada generación ha reactualizado simbólicamente aquel complot, y aquel asesinato.

Ahora bien, esta reactualización se produce ya no afuera sino adentro de cada sujeto. A la agresión consumada (parricidio primordial), siguió el arrepentimiento, producto del sentimiento de ambivalencia hacia el padre: odio, pero también amor. Ese amor que lleva a la identificación, producto de la cual va a instituirse el superyó, depositario del poder de castigo y creador de las limitaciones necesarias para prevenir la perpetuación del crimen en la historia. Esta agresión del hijo hacia el padre, luego sofocada, es la fuente del sentimiento de culpa que, una vez exteriorizada, se expresa como necesidad de castigo.

Por supuesto, la forma “correcta” de tramitar este conflicto conducirá a cada sujeto a una vida “normal”, vía resolución adecuada del complejo de Edipo. ¿Pero qué pasa cuando esa tramitación no encuentra sus carriles adecuados, cuando los diques de contención psíquica son desbordados por otras fuerzas? Sucede, a menudo, que el sujeto comienza a tener dificultades para procesar la diferencia entre lo socialmente aceptado y lo aprobado por él mismo. El principio del placer comienza a desbordar al principio de realidad. Es que, según destacó Freud en su libro El malestar en la cultura, para que exista hombre en la cultura, éste debe convivir con un permanente malestar, a saber: no sólo limitar la sexualidad para dar paso a la productividad del trabajo, sino además limitar (amordazar, diría el Nietzsche de la “Genealogía de la moral”) sus instintos de agresividad.

Porque como señala Freud, “el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad”. Queda clara la concepción del médico vienés. “Homo homini lupus” –el hombre es el lobo del hombre, según la fórmula, tan conocida, que expone Tomas Hobbes en su libro “Leviathán”–. ¿Entonces? Entonces, el otro, el prójimo, puede ser alguien a quien usar sexualmente sin su consentimiento,  explotar en su trabajo sin resarcirlo, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, martirizarlo, asesinarlo… en fin, alguien en quien satisfacer la agresividad.

Claro, uno bien podría preguntarse si no es a causa del sistema regido por la explotación del trabajo, el que trae aparejado este tipo de comportamientos y pensamientos. Si no es debido a que la burguesía ha venido al mundo “chorreando lodo y sangre”, como sostiene Carlos Marx en El capital, que esa violencia prima por sobre otro tipo de vínculos. Pero Freud es claro al respecto. Dice que si bien otro tipo de relaciones de propiedad disminuirían la agresividad, caracteriza a la premisa psicológica comunista (eliminados los males económicos no hay razón para ver en el otro a un enemigo), como vana ilusión, porque la agresión, a su entender, “constituye el trasfondo de todos los vínculos de amor y ternura entre los seres humanos. Y remata, pesimista: “Uno no puede menos que preguntarse con preocupación, que harán los soviets después que hayan aniquilado a sus burgueses”.

En fin, según Freud, es esta autónoma y originaria disposición pulsional del ser humano a la agresividad la que conspiraría contra la cultura, entendida como proceso al servicio de eros. Contra la cultura, sí, pero también, contra el propio sujeto.

Aun a riesgo de conducir estas disquisiciones acerca del psicoanálisis a una digresión sin fin, quisiera remarcar, de todos modos, que para cuando Freud escribe El malestar…, ha transcurrido ya una década desde que provocara ese vuelco a sus investigaciones y conceptualizaciones, conocido como el “giro de 1920”, fecha en que publica Más allá del principio del placer, donde postula su radical teoría (radical en tanto que pone en cuestión algunos de sus propios  fundamentos), de que junto con la pulsión de vida, tendiente a conservar y reunir en unidades cada vez mayores la sustancia viva, existe otra pulsión, opuesta a ésta, a la que denominó como pulsión de muerte, tendiente a reconducir esas sustancias a su estado inorgánico inicial. Así, Más allá… va a poner en cuestión algunos postulados de Tres ensayos de teoría sexual (1905), donde había sostenido que la función principal del organismo tendía a la conservación (a través de la generación y la alimentación). Desde allí, y en adelante, va a sostener que la pulsión de vida, que ha denominado como Eros, se encentra siempre, eternamente, en lucha contra Tanatos (la pulsión de muerte). Gran estocada contra optimismo ingenuo del positivismo ramplón: la finalidad principal de todo organismo es la repetición sin meta. Tendencia de retorno al estado originario, a la busca de una estabilidad energética, a la nulidad pulsional, en fin, a la muerte.

Cierre del extenso paréntesis nietzscheano-freudiano. Retorno a Roberto Arlt. Estábamos, entonces, en la figura de Erdosain. En un crimen que pudo haber cometido en el pasado, en otro que está por cometer y, como remate, su suicidio. Pero nada sucede de repente. Hay una suerte de demora en la narración, en la cual podemos ir sintiendo, junto al personaje, la elucubración del crimen, a la vez que vemos precipitarse en su propio fin. Aunque son varios, de todos modos, los indicios de que pronto, algo de todo esto, sucederá. Por ejemplo, cuando Haffner dice: “Ahora usted… posiblemente esté en la orilla de otro crimen. Me lo dice no sé qué instinto”. Y también el Astrólogo, respecto de Erdosain, expresará: “había ya trazado su destino”. No se equivocan: pronto asesinará a la Bizca.

La pregunta de por qué demora tanto en ejecutarse el crimen, la suministra el propio Astrólogo, cuando explica: “Naturalmente, antes de cometer un crimen habría que familiarizarse con la idea, pensar en él, de manera que en la conciencia de uno eso dejara de ser un crimen para convertirse en un asunto vulgar”. Esa familiarización con la idea del crimen, según cuenta Elsa –la mujer de Erdosain– fue elaborándose lentamente en él, a través de un horrible y espeso silencio. Silencio que lo acompañará hasta el anteúltimo capítulo de “Los lanzallamas” (titulado justamente “El homicidio”), donde esa “densa idea subterránea” despertará definitivamente.

Remo mata a la Bizca de un tiro en la oreja, luego de haberla desvirgado. Después, durante tres días y dos noches, permaneció en la casa del periodista-narrador, a quien cuenta toda su historia (recordar que el primer capítulo de la serie televisiva comienza ahí). Al irse de allí, en el tren eléctrico número 119, un tramo antes de llegar a Moreno, Remo Erdosain se suicida de un balazo en el corazón. “Una serenidad infinita aquietaba definitivamente las líneas del rostro de ese hombre que se había debatido tan desesperadamente entre la locura y la angustia”.

Erdosain, ¿se suicida de alegría, como sugiere acaso Dostoievski para uno de sus personajes? Parece que no. Más bien, parece, Erdosain se suicida porque se encuentra acorralado: por las fuerzas policiales que van tras sus pasos, pero fundamentalmente, por sus demonios que lo sitian desde adentro.

Consumación del crimen y su necesario correlato: el castigo. Aunque a diferencia de Raskolnikov, el clásico personaje de “Crimen y castigo”, la novela de Dostoievsky, Erdosain no se entregará a las fuerzas policiales, sino a sus propias fuerzas autodestructivas. ¿Por sentimiento de culpa? ¿Por búsqueda de acceso a ese momento inorgánico inicial del que hablaba Freud? Quien sabe…

Podríamos pensar –en una clave más ligada a los pensadores Féliz Guattari y Gilles Deleuze– que Erdosain experimenta un devenir sin restricciones. Enmarañado en sus propias líneas de fuga, se precipita sobre un agujero negro. Algo similar a lo que supo escribir Henri Lefebvre en su libro “Hegel, Marx, Nietzsche (o el reino de las tinieblas)”, a propósito de Nietzsche, cuando relaciona la pérdida de identidad con la mutación, la metamorfosis, la transvaloración, la creación poética. Trayecto peligroso, dice, acechado por un peligro: “El extravío, la locura, el suicidio”. Podríamos pensar entonces… tantas cosas podríamos pensar, ¿no? Porque “es la fuerza inagotable del equívoco lo que permite que Arlt siga siendo un personaje de nuestras lecturas”, según señaló González en su ya citado ensayo. Y por eso, leerlo, “va a ser siempre un oficio incierto. Labor de quien acompaña la aventura arltiana con la incesante pregunta: ¿qué habrá querido decir?”. Es que con Arlt, ya lo hemos dicho, nunca se sabe.

 

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