Mágica lujuria

Por Cezary Novek

Una lectura sobre Shunga, el libro de Martín Sancia Kawamichi.

En algún tiempo mítico e impreciso que fácilmente podríamos visualizar en el Japón medieval, un señor feudal llamado Kotaro acaba de enviudar. Como le ha sido negada desde niño la capacidad de llorar, decide contratar a las hermanas Izumi para que lloren a la difunta por él a cada hora del día y por cada rincón de la casa. El padre de las hermanas tuvo que entregarlas a un usurero a quien le había pedido un préstamo imposible de pagar. Este usurero, Kazuma, también es un fino artista del pincel y de la palabra. Tiene a las hermanas prisioneras arriba de un árbol y custodiadas por cuatro monos amaestrados que obedecen ciegamente sus órdenes. Día a día, el usurero-poeta refina sus ocurrencias para someter a las hermanas a diferentes situaciones que le sirven como disparador para escenas de un libro erótico que está escribiendo e ilustrando. Pero el señor Kotaro no va a renunciar fácilmente a su idea de tener actrices lloronas en su casa durante las 24 horas. Y parte hacia la residencia de Kazuma en compañía de su fiel Taru, mayordomo y lugarteniente que oculta en sí mismo un remolino de pasiones encontradas que no tienen nada que envidiarle al resto de los personajes.

Shunga narra una historia sobre el deseo desde el conflicto de intereses de una buena cantidad de protagonistas que toman la voz por turnos, lo que permite al autor tejer la trama a partir de la simultaneidad entre acciones e imágenes sensoriales. Lo más japonés que tiene el libro no es la historia sino la manera en que Sancia refina el lenguaje hasta convertir la novela en una retahíla de versos que destilan elegancia y sutil belleza.

En Shunga todos los personajes están a merced de sus apetitos y deseos. La crueldad y la ternura se entrelazan con el sadismo o el amor más extraño como un bello tapiz que cataloga diferentes maneras de existir a través del placer.  Todos ellos, de alguna manera u otra, anhelan convertir su deseo en belleza trascendental a través del arte. Algunos pintan, otros narran, otros cantan, pero todos crean y se recrean a través del sexo y la belleza. La prosa exquisita de Sancia –aunque también podríamos referirnos a la misma como música–sólo se ve opacada por momentos a causa de sus propios excesos: capítulos de factura perfecta y gran calidad visual –sintéticos y complejos, haciendo equilibrio entre lo delicado y lo sórdido– se alternan con otros pertenecientes a los cuadernos de notas de los personajes. Y es ahí en donde las listas de palabras o de sensaciones disipan el mágico perfume del Japón del medioevo para estrellarnos contra un pálido muro de Facebook en los que cualquier posteo ingenioso se pone al mismo nivel que un poema perfecto. Y viceversa.

¿Es por esto que Shunga deja de ser una buena novela? No tanto. Pese a ese detalle que le juega en contra –no siempre, por supuesto: algunas anotaciones de los personajes constituyen poemas y relatos de alta calidad y que se pueden leer en forma totalmente autónoma–, se trata de una obra compacta y que recoge en su cuenca lo mejor de la tradición literaria japonesa  injertada en la narrativa argentina contemporánea de manera ingeniosa y original.

El título hace referencia a un tipo de estampas eróticas y significa literalmente “imágenes de primavera”, entendiendo la misma como una metáfora del acto sexual. Este tipo de estampas tuvo su punto cúlmine en las xilografías ukiyo-e o “estampas flotantes” del período Edo (1603-1867), un género de arte visual muy vendido en su tiempo y que podría ser considerado un remoto antecesor del actual hentai. Otro acierto que tiene Shunga es la ausencia de ilustraciones internas, que son reemplazadas por descripciones de las pinturas, lo cual interpela al lector de manera lúdica. Lo mismo puede decirse de la decisión editorial de publicar la novela con tres portadas diferentes y coleccionables.

Shunga es, en síntesis, un libro que es música, narrativa y poesía a la vez que propone un imaginario propio y una manera particular de contar una historia en formato de bello objeto. No sería extraño que ocupe el lugar de clásico en un futuro cercano. La actual proliferación de obras con título en japonés –y que no son de Sancia– es un buen indicio de ello.

Martín Sancia Kawamichi

(Buenos Aires, 1973). Estudió el Profesorado de Lengua, Literatura y Latín en el Instituto Alicia M. de Justo y Realización Cinematográfica en el Cievyc. Publicó tres libros pertenecientes al género infantil: Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos… (y otras historias) (Editorial Sudamericana, 2009), Los poseídos de Luna Picante (Segundo Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2014) y 25 tarántulas (Editorial Sigmar, 2016). Participó, junto a Victoria Rigiroli, Diego Meret y Ezequiel Dellutri, del libro, Cuentos policiales para niños (Ediciones Lea, 2015). Fuera del género infantil, su novela Hotaru obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Novela Negra BAN! –Extremo Negro 2014–, y su novela Cachivaches (inédita) fue finalista del Premio Internacional de Novela Negra Córdoba Mata 2015. Coordina talleres y seminarios de literatura infantil junto al escritor Ezequiel Dellutri. Su novela Todas las sombras son mías obtuvo recientemente el Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2017.