Mi padre, el cazador de subversivos

Por Luz Ailín Báez  / @lightailin

Historias Desobedientes es una organización compuesta por hijos, hijas y familiares de genocidas. En esta oportunidad, entrevistamos a Bibiana Reibaldi, hija de Julio Reibaldi, integrante de las Fuerzas Armadas durante la última dictadura cívico-militar-eclesiástica.

Bibiana Reibaldi tiene 62 años. Trabaja en una inmobiliaria “para ganar plata” pero es psicopedagoga y psicodramatista, profesiones que ejerce por las tardes. “El psicodrama te permite llevar a la acción situaciones vividas en el pasado. Traer al aquí y ahora y poner en acción. No como en una obra de teatro con ropa y escenario armado sino en forma simbólica. Es una herramienta que se utiliza en salud mental para elaborar situaciones”, explica.

“Ninguna carrera se elige porque sí, siempre hay una historia personal que te lleva a esa elección”, dice. “Quien se dedica a la salud mental es alguien que ha tenido padecimientos en este sentido. Quien no ha padecido, es imposible que pueda entrar en empatía con otro ser humano en relación al sufrimiento del otro”. Habla en un tono amable y sin prisa, con conocimiento de causa: Bibiana es hija de Julio Reibaldi, militar fallecido en 2002, integrante del Batallón 601 del Ejército, acusado de delitos de Lesa Humanidad.

Nos recibe en su departamento de Villa Crespo. El living donde transcurre la charla es luminoso y tiene una biblioteca donde se apilan títulos como Hijos de los 70, Estela, Tela de Juicio, un ejemplar del Nunca Más, Papel Prensa de Víctor Hugo Morales, un libro sobre el Che Guevara, Las llaves de la cárcel, El Silencio de Horacio Verbitsky y El libro de los abrazos de Galeano.

“Mi papá se retiró del ejercito como mayor en el ´70, cuando estaba por ascender a teniente coronel porque se separó de mi mamá en ese año. En aquellos tiempos era todo un deshonor en el ámbito castrense separarse. Había códigos medios raros. En el 72 volvió como personal civil de inteligencia porque él toda su vida se formó en ese ámbito. Volvió a lo que era su segundo hogar, Viamonte y Callao”, sede del Batallón.

De su infancia recuerda mucho acudir allí los domingos:

“Cuando yo era chiquita y mi papá tenía grados más bajos como capitán, teniente primero, los militares de gradaciones más bajas hacen guardias y los domingos íbamos a almorzar con mi mamá y mi hermano cuando él hacia guardia. Estábamos en un salón enorme, con mesas tipo restorán, muy formal, quedaba sobre Avenida Callao, un piso alto y muy luminoso, que hacía esquina con Viamonte. Sobre Viamonte había una oficina que era la que yo iba cuando terminaba de comer y me daban permiso para levantarme”.

Bibiana entraba allí a mirar una pared forrada en mapas, de Argentina y de toda Sudamérica. En otra había un pizarrón gigante y con tizas de colores. Dibujaba, escribía. Le fascinaba ese espacio. En esa época era muy introvertida y acostumbraba a estar sola. Su refugio eran los libros de cuentos, la colección Robin Hood, con libros de tapa amarilla. Leía todo lo que le llegaba a sus manos.

Por aquellos años, su padre era su pilar, su sostén. “Mucho más que mi madre. Aunque no estaba casi nunca. Pero esos trece o catorce años que convivimos, era mi seguridad, era la persona que me escuchaba, con quien yo podía hablar. Era un buen padre. Me decía Bibianita”.

Cuando sus padres se separaron tenía 14 años. Volvieron de Comodoro Rivadavia donde estaban viviendo y su padre pasó a retiro del Ejército. Bibiana hizo una úlcera abdominal, “un síntoma en mi cuerpo”. El médico la derivó a un psicoanalista. “Paradójicamente, quien me lleva por primera vez al psicoanalista fue mi papá, que era quien me apoyaba en todo lo que fuera cuestiones de crecimiento, de vida. Somos locos los seres humanos, somos tan complejos. No somos nada sencillos”.

A los 15 años decidió que no sería más creyente.

“Yo crecí con una educación religiosa, católica. Un día escuchaba tantas estupideces del cura y yo no le podía contestar, entonces me quede sentada luego de la misa y me dije “no, esto no puede seguir así”, y decidí que no era más creyente. Eso es lo que pensé sentadita, sola, en la iglesia y después de la misa. Después fui evolucionando y teniendo más argumentos”.

A su papá lo veía poco y le empezó a confiar sus pensamientos a otro cura: el sacerdote de la escuela a la que asistía, Nuestra Señora del Rosario, ubicada en el barrio de Belgrano.

“Horacio Benítez era un cura que realmente fue un pilar para mí también. Porque nos hacía pensar. Yo tenía muchas compañeras, varias de ellas hijas de militares. Él nos invitaba a pensar, nos estimulaba. Pero nosotras con 15 o 16 años, estábamos con la cabeza en otra cosa, en los chicos, si nos gustaban, si los veíamos, quién comenzaba su sexualidad. Estábamos en esas cuestiones que nos interesaban más que si en la Argentina se torturaba en las comisarías o no se torturaba. Él nos hacía pensar realmente en esas cosas”.

-¿Las llevaba a eso?

-Sí, sí. Y mis compañeras, me acuerdo que le decían “Yo le pregunte a mi papá y mi papá dijo que lo que dice el padre Benítez es mentira, que acá en Argentina no se tortura a nadie en ningún lado”. Yo iba escuchando.

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Ya con 20 años, Bibiana trabajaba como administrativa, en el centro, en una empresa que estaba construyendo el aeropuerto de Río Gallegos, haciendo la liquidación de los obreros. Por aquellos años en la calle Florida estaba el diario La Nación. “La gente se juntaba a discutir las noticias que ponían en la vidriera. Y siempre se armaban unas roscas”, comenta.

El día previo al Golpe, sin embargo, recuerda un silencio de cementerio, de tumba. Y el 24, un día de felicidad en la calle. “La gente estaba contenta, la gente aplaudía el golpe. Para mí- que viví en dictadura prácticamente toda mi vida, salvo Frondizi e Illia- debió haber sido normal. Sin embargo, yo sentía que algo no andaba bien”.

Para ese entonces, Julio Reibaldi ya estaba como personal civil de inteligencia:

“Había reingresado a su antigua actividad, no como oficial sino como personal civil. Yo veía que pasaban cosas raras. Hasta el 76, yo había vivido con mucho miedo de que mataran a mi papá. En enero del 56 nací yo. En el 55 fue el golpe a Perón y mi papá ya había participado en ese golpe y estuvo en el gobierno con Aramburu. Así que él ya estaba en esa línea. Desde que secuestraron a Aramburu, y como mi padre tenía relación con él, me había entrado como un miedo”.

Isabel y el cazador

-¿Cuándo empezás a tener noción de la tarea puntual de tu padre?

-Mirá fue un recorrido muy largo, la historia es muy larga. Hay muchas escenas y pasaron muchísimas cosas. Entonces yo digo que hubo como dos mojones en el camino que a mi me cambiaron para siempre. Uno, fue en el año 77 cuando yo entro a trabajar en la obra social de lo que era ENCOTEL, que era el correo, la obra social en Maipú y Rivadavia. Y conozco a Isabel Rey en el mes de marzo, que el 7 de enero habían secuestrado a su esposo Rubén Salinas que era médico del sanatorio Guemes, que era el sanatorio de los afiliados del correo. La conozco, comparto con ella el dolor espantoso que estaba pasando en eso momento. Le cuento que mi papá era militar, que había vuelto a los servicios de inteligencia, que yo le iba a preguntar a mi padre sobre su marido, que “cómo podía ser esto, cómo se van a llevar así a su marido”. Yo le voy a preguntar a mi papá y semanas después él me contesta que le dijera a Isabel que no buscara más, que Rubén estaba muerto, que morían siempre en todas las guerras los inocentes. Ahí tuve el primer enfrentamiento fuerte con mi papá. De todas maneras, todavía yo no caía. Ni yo ni ningún argentino. No teníamos la cabal magnitud de lo que estaba sucediendo, salvo los militantes de base que sí tenían más conciencia, las otras personas, los ciudadanos comunes no caíamos demasiado, estábamos medio retardados.

Al momento del Golpe, Bibiana estudiaba psicología en Filosofía y Letras. “Fue un año terrible, de mucha represión. Yo era muy introvertida y muy tímida entonces no hice contactos, no entablé relaciones con mis compañeros. Cerraron la facultad, después tiraron abajo el edificio. Al año siguiente se reabrió la carrera con un examen obligatorio y volví a ingresar. Seguí psicología en la UBA y el miedo me hizo cambiar de facultad y de carrera. Me pasé a la Universidad del Salvador en el 78 a psicopedagogía”, cuenta. Fue en esos mismos años que ocurrió otro suceso que la cambió para siempre: “Mi padre empezó a tener infartos desde muy joven a partir de esos años. Y los acompañé al Hospital Militar. Se encuentra con un matrimonio amigo que lo saluda.

-¿Qué andás haciendo Julito? ¿En qué andas tanto tiempo?”

Y él le dice, adelante mío: Me dedico a cazar subversivos

Eso fue lo que les dijo. Habrá sido eso en el 78, 79. Yo era muy joven todavía. Todavía estábamos en dictadura”.

“Me dedico a cazar subversivos”, Bibiana repite la frase pausadamente, como confirmándola una y otra vez.

“El matrimonio era del palo así que dijeron ‘¡Qué terrible lo que estamos pasando, qué cosa, cómo están matando militares!’ Y ellos estaban exterminando a toda Latinoamérica. En ese momento ya estaba bien enfilada hacia otro camino, armando una ideología muy diferente a la de mi padre. Mi refugio en esos años fue la lectura, fueron los libros, yo era muy introvertida, muy tímida, todo lo contrario de lo que soy ahora. Y mi refugio fue la lectura. En esos años, lectura académica: Freud, Libros de filosofía.

-¿Qué hacía puntualmente tu padre dentro del Batallón?

-Él cubría una función: era Analista. El analista era el que se infiltraba en distintos lugares y entonces decía a quién ir a secuestrar y a quién no. Vos, fulana, hija de, con quien vive, dónde vive, qué hace, dónde va cuándo sale, con quién se conecta, esas cosas. Y él coordinaba a las personas más jóvenes que salían a buscar a aquellas personas que él identificaba.

-Los grupos de tareas.

-Claro. Coordinaba distintos grupos de tareas. En esos años él vivía siempre muy nervioso. No había celulares entonces estaba siempre pendiente del teléfono cuando yo lo iba a ver. Viamonte 1866 era como una sucursal de la esquina de Viamonte y Callao. Él vivió allí algunos años. Había ahí unas “oficinas” de Viamonte y Callao. De ahí salían jóvenes de tu edad.

Yo era muy jovencita- 17, 18 años- un muchacho de 27 para mi era grande. Yo lo iba a ver allí. Porque en esos años mis padres ya estaban separados.

Bibiana habla sin prisa, los ojos se le empañan repetidas veces pero en ningún momento detiene su relato, que por momentos se asemeja a una película de espías.

-Las oficinas fueron cambiando de dirección. Una vez lo fui a ver hasta el Hotel Alvear. Él pagaba el alquiler de donde vivíamos con mi mamá entonces mínimo una vez por mes lo iba a ver porque él me daba el dinero para el alquiler. Y él tenía otro nombre. Me pedía que cuando llamara por teléfono a algún teléfono que me daba para llamarlo, que pidiera por el Señor Soler. Él ya no era Reibaldi, era Soler.

-¿Le preguntabas por qué?

-Sí claro. Y me respondía que porque él tenía que resguardar su identidad. Porque estábamos en guerra. Esa era su respuesta. Y yo veía que no estábamos en guerra. Qué había otras cosas. Que estaban secuestrando gente. Desde el 77 que entro en contacto con Isabel Rey y me cuenta cómo fue el secuestro de Rubén Salinas, tres días después de haber secuestrado a Jorge Salinas, el hermano de Rubén que sí era militante montonero.

Yo después entré en contacto con la hija de Jorge, buscando a Isabel. Yo me quería reencontrar con ella. No pude reencontrarme pero sé que vive en Belgrano. Pero no quiere saber más nada con nada. Entonces yo le dejé a su sobrina política mi contacto. A mi lo que me interesa es que Isabel sepa que ella tuvo mucho que ver con mi crecimiento personal. Eso es lo único que quiero. Que todo el dolor que ella vivió y compartió conmigo en aquellos años hizo que a mí me cambiara para siempre. Y eso se lo pude decir a Tania Salinas, su sobrina política. Si algún día la puede ver o la puede contactar, se lo dirá. Quiero que esté bien ella y sus hijos, después de tanto dolor.

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La vergüenza

-Poco tiempo después que las Madres de Plaza de Mayo empezaron a hacer sus rondas de los jueves, empezaste a ir. Cuando ibas, ¿contabas quién eras?

-No, no podía. No podía ni decir que mi padre había vuelto al servicio de inteligencia. Yo decía que mi padre estaba retirado. Toda mi vida busqué juntarme con gente que pudiera tener cierta empatía, o sintonía con mi forma de ver las cosas. La otra vez mi hermana, del segundo matrimonio de mi papá, me decía en la marcha “Bibi, yo toda la vida dije que papá era jubilado, ni siquiera pude decir que era militar. Vos pudiste decir que era militar retirado, yo no siquiera eso”. La vergüenza. Si alguien tiene un padre que ha cometido delitos, terribles, que ha estado preso, para cualquier hijo puede ser vergonzante. Pero la vergüenza que implica tener un padre que participó en un plan sistemático de exterminio para toda Latinoamérica, yo no les puedo explicar el nivel de vergüenza, de dolor que esto significa. Para un hijo, una hija que no acuerda, por supuesto. Porque si vas a las que están con la Pando, está todo bien. Pero para un hijo, una hija que no coincide, que su postura ética va en otro camino, les aseguro que es durísimo. No hay palabra para describir.

Yo agradezco mucho este momento que me toca en la vida, que ustedes me vengan a escuchar. Porque siempre sentí que a nadie le importaba lo que teníamos para decir (lágrimas). Que a nadie le podía importar. Encontrarme con otras compañeras y compañeros de historias desobedientes, fue realmente maravilloso, porque uno no sabe donde poner todo eso… ¿dónde mierda lo pongo?

Una tarde fui a Abuelas, cuando estaban frente al Abasto, ya no sabía más que hacer, ya eran los 90. Me acuerdo que fui con la idea de pedirles consejo de como encarar a mi viejo para que me de algún dato. Ya no sabía más que hacer, porque ese era mi objetivo.

-¿Cómo viviste la movilización del 2×1 y el después?

-Fue desesperante. Fue algo insoportable. Era como que: si eso se daba era como que la vida no podía seguir. Yo lo sentía así. Mi padre ya había muerto el 24 de agosto de 2002. No llegó a juicio ni nada. A lo largo de los años mi posición ética se fue reforzando y fortaleciendo y argumentando cada vez más. Y mis convicciones fueron creciendo conmigo. Cuando sucedió lo del 2×1 pensaba en mis hijos, mi nieto. Pensaba que era algo insoportable. Por suerte mucha gente pensó igual que yo. Fui a la plaza. Después del 2×1 la sobrina de una íntima amiga mía, que es escritora y poeta y a quien yo sigo, pone un me gusta en una nota de Facebook de una hija de Historias Desobedientes que da un testimonio después del 2×1. Ahí me contacto. Doy mi teléfono. Me responden con un número de teléfono. Llamo.

“Estamos reunidas, te vamos a llamar en otro momento porque ahora estamos reunidas” me dicen. Estaban muy perseguidas todavía mis compañeras. Con miedo. Porque claro, las fuerzas armadas y de seguridad tienen un peso muy grande en nuestra sociedad. Todavía mantienen genocidas prófugos, los mantienen: mantienen sus casas, sus familias. Tienen una actitud corporativa muy fuerte. Y los que salieron a gritar todos estos años a favor de los “héroes que combatieron la subversión apátrida” tenían atrás de ellos a todas estas fuerzas armadas y de seguridad y a toda esta corporación tan fuerte. Y nosotras estábamos solitas desperdigadas. Empezaron a juntarse de a dos, de a tres. Tenían miedo. Es lógico. Me invitaron a marchar en el Ni Una Menos, el 3 de junio de 2017. Fue algo maravilloso. Las piernas me temblaban cuando caminaba debajo de la bandera.

¿Como fue marchar este 24 con la bandera?

No fue tan conmocionante como ese 3 de junio que fue terrible porque era la primera vez que me contactaba con la idea de padre genocida internamente. Racionalmente sí, pero internamente, en forma más profunda, fue la primera vez que me contacte con esa idea.

Hablamos de genocidas porque fueron partícipes de todo este proceso de aniquilamiento, plan de exterminio de toda Latinoamérica, en un rol o en otro. Participaron del gran exterminio. Entonces no son represores. Son genocidas. Es distinto. El que va con la cachiporra a darle a los docentes, o el que le tira bala de goma unos pibes que están en una murga, son represores, pero esto fue un plan de exterminio. Un genocidio. Bien planificado. Nada librado al azar. Y menos conociendo de adentro cómo son los milicos. Cómo es el ámbito castrense. No te salgas del libreto ni un coma ni un punto ni un espacio porque cagaste.

-¿Cómo definirías a Historias Desobedientes?

-Analía (Kalinec, integrante del colectivo) alguna vez dijo Desobedencia De-Vida. Yo creo que tiene que ver con la vida justamente. Éticamente nos posicionamos a favor de la vida, del respeto, de la inclusión, de los derechos de todos, de la justicia, a favor de la memoria y de la verdad. Muchas personas van y vienen o eligen caminar de otra manera o con otros tiempos u otras formas. Estamos todos y todas con el mismo denominador común pero el grupo va teniendo sus movimientos en estos pocos meses de vida que tienen.

-¿Están haciendo ahora alguna cuestión puntual en relación a los Juicios de Lesa Humanidad?

-Presentamos el 7 de noviembre un proyecto de modificación a la Ley Procesal Penal que impide a los hijos denunciar y en otro artículo declarar en contra de los padres. Una de las acciones que iniciamos a partir de este proyecto de ley que presentamos busca que, en caso de Lesa Humanidad, eso esté omitido. Es decir: que no se desestime la declaración o la denuncia de un hijo. Analía Kalinec declaró en contra de su padre y se desestimó su declaración. Igual fue condenado a perpetua porque había un montón de sobrevivientes que podían declarar. Pero en caso del padre de Pablo Verna, que no hay sobrevivientes que puedan declarar en su contra, el único que tiene evidencia es su hijo, no es posible. Y así como él, tantos que pueden tener alguna evidencia para iniciar una investigación o para sumar su declaración como testimonio. Que no se nos vuelva a mandar a silencio sería la idea de ese proyecto.

-¿Qué le dirías a quienes tienen una historia similar a la tuya y aun no la han contado?

-Que se animen a romper con la vergüenza, que se anime a romper con los mandatos de silencio. Y que se anime a romper con los mandatos del patriarcado de honrar padre y madre, los mandatos bíblicos. Que rompa con todo. Y que hable. Que se acerque, que hable, que se junte, que no tenga vergüenza porque quien decide o quien elige tener esta posición ética es difícil disociarla, diferenciarla del afecto que se ha tenido al padre o a la madre. Es difícil pero absolutamente necesario tomar una posición ética. Sino, sos lo mismo.

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