Ni por instinto ni por puta: cultura de la violación

Ni por instinto ni por puta: cultura de la violación

Por Noelia Leiva. El caso de una joven que denunció ser abusada en un micro despertó cientos de comentarios a favor de la inocencia y privacidad del victimario. El testimonio de la víctima fue puesto en duda por ser joven y mujer. El patriarcado metió la cola.

“La piba puede estar vendiendo fruta. Es una estudiante de 22 años, dejémonos de joder”, enfatiza un ‘comentarista’ de turno en la nota que un portal de alcance nacional publicó. El artículo relata, en pocos párrafos pero con datos concretos, que una chica denunció que el chofer del ómnibus de larga distancia en el que viajaba aprovechó que estaba dormida para “manosearla”. La respuesta del lector -una de tantas de su tipo- no sorprende, porque el machismo, a través de quienes lo legitiman o naturalizan, acusa a las víctimas de abuso de mentir, de provocar, de insinuar, de negar que en realidad les gusta. Hay un contexto que lo permite: la “cultura de la violación”, ese riñón del patriarcado.

La joven viajaba a Sierra de la Ventana en la planta baja del micro, donde estaba sola. Según MinutoUno, Emiliano Sergio Soto, uno de los conductores, la vio dormida y la manoseó. La joven se lo contó a su padre por celular y, como él hizo la denuncia, el abusador fue detenido ni bien llegó a la terminal. Hasta ahí el episodio. Pero hay más, y es la construcción cultural que hace posible que alguien pueda tomar como suyo, como si fuera un objeto, el cuerpo de una mujer, sin que haya mediado la voluntad de ella. Y que otros tantos -u otras tantas- pongan en juego argumentos para defender al acusado hasta las últimas consecuencias.

De 298 comentarios que consiguió, al cierre de esta edición, ese artículo en menos de dos días, una amplia mayoría defendía al hombre con el “beneficio de la duda” y clamaba por su privacidad. Una reacción que, en realidad sería deseable mantener para con las víctimas de la violación, pero que no es compatible con el morbo que vende cuando una Ángeles Rawson, las turistas francesas o Lola son las expuestas. “La cultura de la violación es lo que lleva a la sociedad a naturalizar los abusos”, definió Danilo Castelli, coordinador de La Marcha de las Putas-Buenos Aires. Marcha le consultó sobre el origen de esas reacciones.

-¿Por qué en este caso, y en otros que adquirieron estatus público, muchas personas priorizan el principio de inocencia del victimario a la defensa de la víctima?

-Porque hay un doble estándar de la sociedad en su actitud hacia denunciantes y denunciados según el crimen. Si esto fuera un caso de robo o asalto, abundarían los comentarios pro-linchamiento para el o los denunciados y nadie se preguntaría si el denunciante está mintiendo. Cuando es abuso sexual, las víctimas reciben menos solidaridad porque de repente hay más disposición a creer que la denuncia es falsa o que ellas provocaron la situación. La forma políticamente correcta de poner en duda el testimonio de la denunciante es ese oportuno apego al principio de inocencia del denunciado.

-Desde La Marcha de las Putas plantean que las situaciones de abuso son posibles en el contexto de la “cultura de la violación”. ¿En qué consiste?

-Es el conjunto de ideas, valores y conductas que existen en la sociedad que llevan a la falta de solidaridad con las víctimas de violencia sexual, la naturalización y la justificación de los abusos, y hasta la defensa de los abusadores.

-¿Esta “cultura” tiene victimarios identificables?

-No. Toda persona puede participar de la cultura de la violación, independientemente de su sexo, su género, orientación sexual, etcétera. Incluso las víctimas de abuso pueden internalizar la creencia de que ellas “se buscaron” lo que les hicieron.

-¿Es correcto señalar como víctimas de esas prácticas sociales a mujeres y personas identificadas por fuera de la heteronorma?

-Toda persona puede ser víctima de la cultura de la violación. Desde ya que la configuración de poder de nuestra sociedad lleva a que la violencia sexual sea ejercida principalmente sobre mujeres y niños, y que los victimarios sean en su mayoría varones. Los niños, al menos por ahora, no suelen ser culpados por la sociedad o interpelados acerca de si provocaron a sus abusadores. Las mujeres sí. Aunque últimamente existe una peligrosa tendencia a sobresexualizar a las niñas que está proveyendo argumentos justificadores de la pedofilia. En el caso de personas LGBT (NR: lesbianas, gays, bisexuales, trans), a la cultura de la violación se le yuxtaponen la homofobia y la transfobia, que contribuyen a una mayor estigmatización, si es posible, de la víctima y por lo tanto más impunidad para los abusadores. Lo vimos en el caso de la violación de Zulma Lobato, donde hubo gente que directamente se burló de la situación.

-Por tu respuesta anterior, un varón también puede ser víctima de la cultura de la violación.

-Claro. Por ejemplo, cuando es violado por una mujer y se le responde que eso es fisiológicamente imposible, o que debió haberlo deseado, o que es un marica por denunciar, o escucha comentarios del tipo “¡ojalá me hubiera pasado a mí!”. Incluso los argumentos que justifican los abusos sexuales son insultantes para los varones, porque vinculan a las violaciones con el deseo sexual cuando la violación es un acto sexual no consentido. Los varones también estamos atravesados por la cultura de la violación cuando nosotros mismos u otras personas decimos que las mujeres provocan ser violadas al vestirse de tal manera, porque se está diciendo que nuestra conducta ética depende de la vestimenta de ellas y no de nosotros mismos. Los argumentos que defienden como normal o natural que las mujeres deban tomar medidas “preventivas” para evitar ser violadas suelen recurrir a analogías donde hombres y mujeres son comparados con leones y cebras. Entonces claro, las cebras deben evitar tentar a los leones. ¿Qué están diciendo de nosotros cuando nos comparan con depredadores?

-Esa tendencia a culpar a la víctima de la violación suele estar relacionada con calificarla de “puta”. ¿Por qué?

-Porque “puta” es la palabra que la sociedad suele usar para castigar a una mujer que se sale de la pauta de lo que debe ser una “mujer decente”. Como los estándares para ser una “mujer decente” son contradictorios entre sí e imposibles de cumplir, a toda mujer le habrán dicho “puta” alguna vez. Usar el “le pasó por puta” para justificar una violación, como en el caso Melina Romero, por decir un solo ejemplo, es una solución cómoda con que la sociedad se lava las manos de la violencia sexual como asunto social y lo convierte en un asunto personal. Cuando se usa la condición de “puta” de una mujer para explicar su violación, se está diciendo que la cantidad de sexo consentido que tuvo previamente tiene relación directa con que alguien más decidiera no respetar su consentimiento.

-¿Y para qué serviría separar lo social de la violación?

-El principal efecto buscado por quienes recurren al “le pasó por puta” es hallar una explicación del hecho que los y las deje lo suficientemente tranquilos: las violaciones no ocurren por algo malo de la sociedad que haya que cambiar, ocurre porque hay criminales y gente que no se cuida de ellos. “Yo con esto no tengo nada que ver, puedo irme a dormir tranquilo”, se piensa. Pero la consecuencia principal de esta actitud es que el abusador recibe impunidad y la víctima es estigmatizada. Reproducir la cultura de la violación es un apoyo pasivo a la violencia sexual, lleva a crear un entorno más peligroso para nosotros y para todos nuestros seres queridos, y su efecto principal es que las víctimas no quieran denunciar para evitar tener que pasar por toda esta crueldad, que a veces resulta más devastadora psicológicamente que el mismo abuso.

-¿Cómo se resignifica el término “puta” desde el movimiento que integrás?

-A veces la palabra “puta” se usa como sinónimo de prostituta pero principalmente es utilizada por la cultura machista para estigmatizar a las mujeres cuando ejercen su libertad, sobre todo en su vida sexual, o como castigo por defenderse de un abuso. Como consideramos que esas actitudes son reivindicables, nos planteamos la estrategia de quitarle la carga negativa a esa palabra para convertirla en símbolo de libertad.

-Como varón, ¿por qué sos parte de La Marcha de las Putas?

-A esto puede responderse “¿por qué no?”. Es una causa a favor de la justicia, de la libertad, por un cambio cultural donde quienes tengan que avergonzarse sean los victimarios y no las víctimas. Estas convicciones las pueden tener personas de cualquier sexo o género, hayan sido víctimas o no de abuso sexual. Esta organización crea un espacio de contención para sobrevivientes de cualquier sexo y edad. Les da la oportunidad de contar su experiencia, ya sea en forma anónima o no, a veces por primera vez. También promueve una educación sexual basada en el consentimiento. Cuánto más uno participa en este movimiento y más testimonios lee, más se convence de lo necesario que es. La percepción social de la violencia sexual difiere muchísimo de su realidad, hay un montón de mitos. Entonces es muy necesario educar a la opinión pública sobre este tema, para que cambie de actitud. También hay recompensas muy lindas, cuando uno ve que cada vez más gente está animándose a hablar, que se siente menos sola que antes, que encontró el apoyo que lamentablemente no halló ni en su propia familia. O que una persona que antes solía usar argumentos de la cultura de la violación ahora dice que gracias a nosotros y nosotras cambió de parecer.