#NiUnaMenos: cuando el mundo se mueve con los pies de las mujeres

Por Camila Parodi y Nadia Fink

Ayer se volvió a vivir una masiva presencia en las calles: al reclamo contra las violencias machistas se sumaron las denuncias por los ajustes y el empobrecimientos que generan las políticas del gobierno de Cambiemos, y se hizo fuerte el pedido por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Crónica de una tarde donde la lluvia no opacó colores ni alegrías.

Como si la multitud ya no fuera sorpresa caminamos, otra vez, entre cientas de miles. Pareciera que las marchas se convirtieran por horas en los lugares más seguro y reconfortantes para estos días de hostilidad, violencias y miserias. Y para continuar con esa construcción de camino sólido, un nuevo Ni Una Menos irrumpió en el cotidiano porteño. No hubo lluvias, frío, cambio de día ni silencio mediático que pudieran frenar las ganas de compartir ese momento de comunidad feminista, esos instantes de reafirmación de que la historia así se hace y que la revolución no puede estar tan lejos.

Otra vez, las pibas, piqueteras, trabajadoras, migrantes, travas y aborteras se encontraron en un mismo ¡ya basta!; el Ni Una Menos que, desde hace tres años, sintetiza las denuncias y rabias que las mujeres y disidencias supieron señalar tras años y años de organización colectiva. Un Ni Una Menos que, convertido en símbolo, es consigna de todas las luchas. Como así también lenguaje cotidiano que resuena en las barriadas y se cantaba en los trenes que llegaban desde el conurbano bonaerense y en los subtes que recorrían la Ciudad. Un Ni Una Menos que, al igual que el pañuelo verde, se apropió de los sentidos comunes traspasando las fronteras inventadas.

Y con esa potencia el reclamo resonó entre quienes allí se encontraron. Al decir Ni Una Menos se condensó la exigencia por la aprobación del proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, el repudio a las violencias machistas y a la cultura de la violación como así también a las políticas de precarización y ajuste de la vida propias del gobierno de Mauricio Macri que, en conjunto con los acuerdos con el FMI y los tratados de libre comercio, significa: “Ajuste, despidos, pobreza y precarización para el conjunto de la clase trabajadora y sobre todo para las mujeres, trans, lesbianas, bisexuales, no binarias, travestis, indígenas, afrodescendientes, migrantes, villeras y mujeres con VIH”, tal como se denunció en el documento consensuado en las asambleas feministas realizadas previamente.

En ese sentido, el colectivo organizado expresó que las decisiones políticas económicas del Gobierno de Mauricio Macri implican cada vez más el recorte del ya escaso presupuesto para salud y educación, áreas históricamente feminizadas. Y en esa misma línea, denunciaron también la aplicación de la reforma previsional, la CUS, el proyecto hospitalario Sur como así también la UNICABA y los recortes en CONICET, como una forma de privatización de la política pública y las consecuentes desigualdades de oportunidades que eso conlleva. “La deuda es con nosotras, y por eso estamos acá contra el ajuste del neoliberalismo magro que implementan Macri y los gobiernos provinciales. El ajuste nos recorta, nos precariza, nos quiere debilitar pero estamos juntas y nos sumamos a las luchas de lxs trabajadrxs”, recalcaron y mencionando las distintas áreas del Estado que se ven afectadas por recortes y despidos, como así también a las compañeras del Subte, de Télam, de Radio Del Plata, docentes, del INTI, del Hospital Posadas, de la línea 144, entre otros.

El futuro es nuestro

Desde distintas partes del país llegan fotos y mensajes: en distintas ciudades los pañuelos verdes, los carteles, y las mujeres en las calles lo inundan todo.

Mientras, una noticia nos llegaba desde Tucumán y ese Ni Una Menos que denunciaba el sistema de muerte, tanto por el ajuste como por las violencias machistas, tuvo que levantar un nuevo reclamo: María Zelaya del Frente de Trabajadores del Interior de Tucumán había sido atropellada y asesinada por un taxista. Junto con otras compañeras, estaba en realizando un corte en la esquina de la Plaza Independencia: reclamaban por las políticas de ajuste y miseria, y por la falta de comida en los platos, que siempre afecta en mayor medida a las mujeres María estaba con su hija, el taxista decidió que ningún reclamo era más legítimo que su derecho a circular, y embistió como si del otro lado no hubiera personas, sino obstáculos por sortear. La crueldad representada en un gesto y una acción, realizadas por un hombre.

Pero también llegaron voces de otras partes de Latinoamérica: desde Chile, donde las y los estudiantes piden desandar la educación sexista para un futuro con menos estereotipos y violencias en reacción a las numerosas denuncias de violencia de género y la falta de protocolos que protejan los derechos de la mujer en las universidades y escuelas.

En Perú el grito fuerte y asqueado llegó tras el femicidio de Eyvi Ágreda, la joven que había sido prendida fuego en un colectivo por un ex compañero que la hostigaba y acosaba. A pesar de la represión policial, a pesar de que en el país la cúpula política intenta anular la palabra “género” de la currícula escolar por “tratarse de ideología”, las mujeres dijeron presente de a miles, y avisan que ya no se podrá volver atrás.

En México, donde la violencia parapolicial se ensaña con las mujeres, se vivieron tres asesinatos de candidatas a concejalas y diputadas. Pamela Terán, en Oaxaca, y Juany Maldonado y Erika Cázares, en Puebla, fueron acribilladas por grupos armados que irrumpieron con absoluta impunidad en un claro ejemplo de cómo el cuerpo de las mujeres es atacado, incluso las mujeres políticas. Desde México llegó el “Vivas nos queremos” que por estos días profundiza la movida contra el acoso callejero, pensando en las más jóvenes.

Por estos pagos el grupo de estudiantes de la Escuela Nacional Superior Antonio Mentruyt, (ENAM), compañeras y compañeros de Anahí Benítez, llevaba su imagen como bandera, su recuerdo como canción y un pedido de justicia que traspasaba la lluvia de la tarde noche de ayer. Anahí fue víctima de femicidio en agosto de 2017, luego de seis días de estar desaparecida y que se perdiera un tiempo muy valioso.

Y es que las juventudes siguen formando manadas y llenando las calles de colores y música: las vemos prepararse para cada marcha, pintarse las caras, llenarse de brillos y colores, armar banderas colectivas, portar carteles con ideas que las identifiquen (“Me querés virgen/ me querés santa/ me querés tuya/ me tenés harta”, portaba una piba con su infaltable pañuelo verde al cuello) y, sobre todo, con la certeza de que el camino que están recorriendo ya no tiene marcha atrás.

El pedido de “Aborto legal, seguro y gratuito” tiñó de verde la Plaza de los dos Congresos y sus aledaños. La impactante foto que muestra a cientos de miles de mujeres con sus pañuelos desplegados demuestra el crecimiento de un reclamo histórico para los movimientos de mujeres, y hoy tan cerca de convertirse en ley.

Con más presencia que otros años, las jóvenes, las adolescentes, ven posible que la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo se sancione y, con ella, no haya retorno en el avance por la libertad de decisión y por la soberanía del cuerpo de las mujeres.

En ese sentido, el próximo 13 de junio es el día en el que se espera la media sanción en la Cámara de Diputados del proyecto presentado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. En estas semanas de audiencias, ya se presentaron 70 mil firmas de artistas, profesionales, estudiantes, trabajadoras y trabajadores de diversos sectores en apoyo al proyecto de interrupción voluntaria del embarazo.

Entonces, este mundo que gira en los pies de las mujeres no se detiene. Y este Ni Una Menos seguirá con su eco cada día, porque Ni Una Menos no es solamente el reclamo contra las violencias machistas, o por las políticas de ajustes y su consecuente feminización de la pobreza; es, sobre todo, por pensar en un futuro de libertades y posibilidades; de andar tranquilas por las calles, como nos sentimos ayer y en cada convocatoria; de tener cuerpos y territorios libres y con derechos plenos.