No hay amor sin libertad

Por Juan Noy

Miriam Lewin, coautora de “Putas y guerrilleras” dialogó con Marcha sobre este material bibliográfico que habla sobre las violaciones a mujeres prisioneras durante la última dictadura y analizó qué cuestiones se arrastran desde allí hasta la actualidad.

 

Miriam Lewin, militante popular en los ‘70, ex detenida desaparecida, periodista y coautora del libro “Putas y guerrilleras” de Editorial Planeta, que escribió junto a Olga Wornat, pone en debate la mirada machista sobre los crímenes sexuales cometidos en los centros clandestinos de detención y el tabú que ello conlleva para muchas victimas de abusos sexuales.

En la entrevista que concedió para Marcha, la escritora expuso su postura sobre la situación actual de las causas judiciales, el avance del feminismo y los prejuicios que aún persisten tanto en la sociedad como en los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención. La relación con los colectivos feministas y la marcha al congreso bajo la consiga “Ni una menos”.

En los últimos años crecieron las organizaciones feministas. En su mayoría, incluyen los juicios a los represores como parte de su ideario, pero no participan en la lucha de las sobrevivientes para que las violaciones en los centros clandestinos de detención no sean juzgados dentro del paraguas de las torturas ¿qué opina sobre esto?

– Los principios feministas han penetrado diversos estratos de la sociedad, y aunque con obstáculos y gracias a la aprobación de tratados internacionales, la justicia argentina, y más precisamente, las fiscalías encargadas de llevar adelante las acusaciones en los juicios por crímenes de lesa humanidad. Sin bien las organizaciones feministas no se han sumado como tales a los reclamos de las sobrevivientes, su prédica ha tenido efecto en las conductas de los funcionarios judiciales y a veces, en las decisiones de los jueces. Tal vez la participación de estos grupos sea indirecta, y por lo tanto no me atrevería a decir que nos hayan dado la espalda.

En “Putas y Guerrilleras” plantean que uno de los motivos por los cuales se violaba a una mujer en los campos de concentración fue el atrevimiento de romper con el estereotipo de “mujer de la casa”. ¿Considera que todavía sigue pesando a nivel sociedad esta de pensar que “ella se lo buscó” y que es “un castigo merecido”? ¿Se puede hacer un paralelismo con la postura mediática sobre los casos actuales de violación?

-En muchos casos de violaciones o femicidio, se culpabiliza de alguna forma a la víctima, argumentando que su forma de ejercer la sexualidad, su vestimenta, su concurrencia a determinados lugares la puso en riesgo. Los medios amplifican estos prejuicios, y la sociedad sin distinción de género los asume porque tienen un efecto tranquilizador. “A mi, o a mi hija, no nos va a pasar porque no nos vestimos de esa manera, no vamos a esos lugares, no nos salimos del estereotipo que nos pone a salvo” parece ser el mecanismo mental de autodefensa. El suponer que hubo consentimiento también es común. Si la víctima no se pone al borde de la muerte para defender su “honestidad” de un ataque, se supone que estuvo de acuerdo con la relación sexual, que fue consentida.

En el libro señalan que hay diferencia entre una mujer militante capturada y un hombre, porque la mujer tiene una doble carga: si cede su sexo para sobrevivir es puta y si da información es traidora. Que los crímenes y abusos sexuales cometidos en los campos de concentración  sigan siendo un tabú, ¿se debe a que persiste esa visión machista?      

Diría que hay una relación entre aquella visión machista militante con la visión actual. Y es porque para los varones, los cuerpos de las mujeres son una suerte de propiedad colectiva de los machos, no les pertenecen a ellas. Por eso, cuando violaban a las prisioneras en los campos, el mensaje iba a ellas, pero también a sus compañeros, novios o maridos.

Esta doble carga también se relaciona con la postura de Miguel Bonasso en Recuerdos de la Muerte, donde el autor resalta que ante esta situación, la mujer en lugar de ceder su sexo podría resistirse, negarse. Esta postura, ¿cómo repercute en los juicios esta mirada en donde la mujer “elige”?, ¿se minimiza así el crimen cometido a partir de la idea del “común acuerdo” entre prisionera y represor?                                                

– Se habla de que la mujer podía elegir, y también de relaciones amorosas, como si el amor fuera posible sin libertad. Y es difícil concebir un medio donde exista menos libertad que en un campo de concentración. Aunque la victima diga que hubo consentimiento, o incluso amor, no se puede aceptar, no es posible. Puede haber una alienación, un arrasamiento de la subjetividad, pero nunca amor, que supone libre albedrío.

El libro deja la sensación que la lucha de las sobrevivientes por la investigación de los delitos sexuales como crímenes específicos de lesa humanidad, es una lucha que dan casi en soledad, sin el acompañamiento activo de organizaciones políticas y de derechos humanos ¿por qué piensa que sucede esto?

– Porque entre ellas mismas hay todavía un pensamiento machista, hay dedos acusadores, reproches, fisuras, resentimientos. No existe una posición esclarecida, incluso las  militantes  violadas mismas se sienten culpables, no entienden su papel de victimas.

 El #NiUnaMenos fue una fecha histórica en materia de derechos de la mujer. ¿Ve cambios a partir de esto?, ¿hubo una real conciencia?

– El día de la marcha fue un hito, pero muchas posturas adoptadas por el Estado en consecuencia son más declamatorias que efectivas. Faltan refugios, presupuesto, apoyo real a las mujeres en peligro. En los municipios bonaerenses, por ejemplo, las entidades que luchan contra la violencia de género están desfinanciadas y no dan abasto.