A propósito de Rosa Luxemburgo y la reinvención de la política

A comienzos del año 2019, al tiempo que se cumplían 100 años del asesinato (femicidio) de Rosa Luxemburgo, las editoriales Quimantú de Chile y Editorial El Colectivo de Argentina, con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo – Oficina Buenos Aires, lanzaban el libro Rosa Luxemburgo y la reinvención de la política. Una lectura desde América Latina, de Hernán Ouviña.

Por Miguel Mazzeo para Editorial El Colectivo | Foto de Antonella Alvarez

Desatado de los convencionalismos de las ciencias sociales y de los dogmatismos y/o las vulgarizaciones de algunas organizaciones de izquierda, Hernán nos propone una clave de lectura original de la vida/obra de esta revolucionaria singular. Una clave que persigue la adecuación de esa vida/obra a nuestro tiempo y a nuestra condición. Una prolongación situada de Rosa. Un redescubrimiento de Rosa. Una reconstrucción que logra su objetivo: la revitalización de Rosa. Todo esto con un plus: el libro es, en buena medida, el resultado de una experiencia de reflexión colectiva.

El proceso de la escritura está conectado con el asunto del libro. Lo mismo se puede decir de su particular formato, nacido del diálogo, pero además con la evidente vocación de producir nuevos diálogos. Por eso resulta inmejorable el recurso a los recuadros intercalados en el texto principal, que incluyen pasajes de la obra de Rosa y de autores y autoras como György Lukács, Lelio Basso o Clara Zetkin; junto a notas breves del autor que brindan información básica sobre personajes y circunstancias vinculadas al trayecto vital de Rosa. El libro suma las ilustraciones del artista visual colombiano Oscar González (Guache), una mixtura de muralismo, graffiti y otras técnicas. La escritura militante de Hernán no es precisamente un rito de silencio y soledad.

Hernán compone una formidable “introducción a Rosa Luxemburgo”. En primer lugar porque la repiensa desde realidades que, más allá de sus particularidades, están reciamente entrelazadas por líneas de resistencia y lucha contra el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo y el patriarcado. En este libro Rosa emerge repentinamente en cualquier barrio periférico de la Argentina, aparece en medio de las comunidades indígenas campesinas del sur de México, con los y las sin tierra y los y las sin techo del Brasil, con los comuneros y las comuneras de Venezuela, con las mujeres de todo el mundo, etc. La Rosa de Hernán acompaña a los pueblos y a los colectivos que luchan y que resisten la explotación, la discriminación, la dominación, el saqueo de los bienes comunes y la acumulación por despojo. Ella está junto a los movimientos sociales y a las organizaciones populares que apuestan por el autogobierno, la autogestión y la acción directa. Y se la ve a gusto en esos entornos. Luego, la lectura de este libro genera un interés inmediato en la lectura o la relectura de los textos de Rosa. Finalmente, porque su condición de pedagogo popular, le permite a Hernán producir una narración que, además de profunda, facilita el primer acceso a la vida/obra de Rosa o, en todo caso, ordena su relectura y le propone nuevas coordenadas. Nuevas y políticamente significativas.

El ejercicio crítico-militante de Hernán resalta la actualidad de Rosa de cara al desarrollo de una teoría crítica para el siglo XXI y en función de una estrategia política emancipatoria. Esta vigencia de Rosa se pone de manifiesto en múltiples planos, entre otros:

  • En la predisposición antidogmática de Rosa, que le permitió enriquecer al marxismo desde la elaboración teórica, desde la estrategia política (aunque esto último todavía no sea suficientemente reconocido) y, también, desde su propia praxis como militante revolucionaria. En todos los órdenes, Rosa enriqueció al marxismo desde la perspectiva de la lucha de clases y de las clases en lucha. Al leer este libro nos queda la sensación de que, tal vez, el “luxemburguismo” esté cifrado en la centralidad analítica, ética y política de la categoría “lucha de clases”.
  • En su marxismo deslastrado de la carga euro-céntrica, iluminista, positivista, economicista, racista y sexista. En el marco de la tradición marxista, Rosa se destaca como una crítica temprana de la idea de progreso. Hernán no deja de subrayarlo: antes que en las leyes de la Historia, el marxismo de Rosa prefirió afincarse en la praxis y en la historicidad.
  • En su visión totalizadora que le aporta al marxismo la profundización de sus perspectivas globales originales, dando cuenta del peso del mundo periférico en el proceso de acumulación del capital. Sus contribuciones a la teoría del imperialismo ayudan a comprender el vínculo orgánico entre el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo y el patriarcado. A los fundamentos teóricos y empíricos Rosa le añade una extrema sensibilidad. Hernán no pasa por alto esta calidad, por el contrario, se detiene especialmente en ella. Porque Rosa reconoce a los espacios del no-ser como la contra-cara del ser del capital. No es casual que Rosa recurra al ejemplo de las mujeres del desierto africano o al de las indígenas sudamericanas, y no es casual que Hernán repare en ello. Porque además Rosa reconoce la dignidad ontológica y la potencialidad de estos espacios del no-ser como soportes de políticas emancipatorias. En esta línea, Hernán presenta a Rosa como precursora del ecologismo socialista y de la cuestión ambiental en el marxismo; apela a un conjunto de argumentos sólidos que incluyen una serie de posicionamientos de Rosa, tanto teóricos como prácticos, abiertamente críticos del productivismo y del antropocentrismo. Nosotros no podemos dejar de pensar en el vínculo con Franz Fanon.
  • En sus críticas al revisionismo reformista y a la idea de un capitalismo humanizado y gradualmente reformado como garante de un transito sosegado al socialismo. Rosa refuta con fundamentos sólidos (ni economicistas, ni idealistas, ni voluntaristas) a quienes se oponían a las soluciones revolucionarias porque temían “pisar el césped” o porque creían que el socialismo caería como una fruta madura y que, por lo tanto, había que sentarse a esperarlo cómodamente, apoltronados en el Parlamento, en un sindicato o en alguna institución integrada al sistema.
  • En sus críticas a algunos aspectos de la “teoría de la praxis” de V.I Lenin, al ultra-centralismo, al dirigismo y a toda forma de organización revolucionaria mecánica tendiente a favorecer la sustitución de las masas y no su protagonismo directo y consciente, y en sus cuestionamientos al partido que pretende fundar su accionar en las verdades prefabricadas. De algún modo Rosa también anticipó las críticas a lo que coagularía años después de su muerte en la fórmula del “marxismo-leninismo”. No por adherir fervorosamente a la Revolución Rusa dejó de retomar algunos tópicos de aquellas críticas a la hora de analizarla y trazar sus posibles perspectivas. Rosa pensó la emancipación en términos de auto-emancipación y rechazó la idea de la neutralidad (el carácter puramente instrumental) de los modelos organizacionales, las tecnologías y el Estado.
  • En sus principales sugerencias estratégicas, verbigracia la que impulsa la articulación de: reforma y revolución, los procesos y los saltos, lo inmediato y el objetivo final, la inmanencia y la trascendencia, todo en el marco condicionante del antagonismo anticapitalista y en pos del horizonte de los objetivos finales. Rosa convocó a dejar de pensar la acción revolucionaria con los criterios del siglo XIX, sean los jacobinos y blanquistas, sean los más apacibles de la “Belle époque”. El supuesto “espontaneísmo” de Rosa, no es otra cosa que una defensa de las iniciativas autónomas de las masas, jamás una postura negadora de la importancia de la organización. Hernán destaca la dimensión pedagógica de las sugerencias estratégicas de Rosa. En este, como en otros aspectos, Rosa asume otra de las consecuencias del punto de vista de la totalidad que le permite detectar la dialéctica entre acción y estructura, entre sujeto y estructura, entre movimiento e institución. Por lo tanto reconoce el peso de la experiencia de lucha colectiva en el proceso de formación de la conciencia y de autoaprendizaje de las masas (una idea que, años más tarde, será muy influyente en Edward P. Thompson), pero también las intervenciones de las organizaciones políticas destinadas a favorecer los comportamientos clasistas de las clases subalternas.
  • En sus cuestionamientos a la burocracia sindical y política, con sus lógicas de aparato y sus tendencias a la integración, la colaboración de clases y su corolario: la obediencia y la pasividad de las masas.
  • En su opción por la democracia socialista, radical, masiva, de base, comunitaria, con desarrollo de formatos consejistas y otras instancias prefigurativas. Una posición ajena a cualquier filtración liberal.
  • En su concepción del socialismo como consecuencia de la experiencia colectiva y de actos creativos, como sistema imposible de deducir de las leyes del capitalismo o de las experiencias modelizadas, jamás como el fruto de una serie de decretos de un “gobierno revolucionario”. En fin, como se puede deducir de la lectura de este libro, Rosa mostraba una inusual predisposición al escándalo teórico de las revoluciones reales.
  • En su internacionalismo puesto de manifiesto en innumerables situaciones, especialmente ante la guerra interimperialista (Primera Guerra Mundial). Un internacionalismo consecuente como pocos y que le valió el odio de los sectores chauvinistas (incluso de algunos que se decían socialistas), varios arrestos y largas temporadas en la cárcel. El internacionalismo de Rosa, que no pecó de abstracto y que supo dar cuenta de las particularidades, no puede escindirse de la centralidad que ella le asignada a la lucha de clases. Hernán no soslaya el tema de la cuestión nacional en Rosa. Con rigurosidad y precisión la presenta como la “cuestión (pluri)nacional”; y rastrea en sus posiciones los antecedentes de la idea del Estado plurinacional.
  • En su feminismo que, por cierto, fue más ejercido que teorizado, aunque no por eso menos fue menos esclarecedor y orientador. Rosa luchó toda su vida contra el patriarcado, contra la misoginia de la burguesía, especialmente con la que reproducía el movimiento obrero y la izquierda de su tiempo. En varias circunstancias de su vida, por el hecho de ser mujer, fue descalificada por machos obtusos que no reparaban en las verdades que sustentaba. Además, Rosa dispuso de su ser con absoluta libertad. Fue una mujer independiente, apasionada, ingeniosa, irónica, de una “inmensa cultura” y una “fecunda vida interior” según el retrato de su amiga Clara Zetkin que Hernán rescata. Rosa repudió a los mentores. Rosa fue auténtica en todos los órdenes y luchó contra los estereotipos en todos los órdenes. Hasta su mismo cuerpo era una oposición al modelo femenino dominante. En estos aspectos, junto a Clara Zetkin y Alexandra Kollantai constituyeron un trío excepcional y fundacional del feminismo socialista y popular. Las tres, como bien nos recuerda Hernán, identificaron el carácter co-constitutivo del capitalismo y el patriarcado. Nuevamente, el punto de vista de la totalidad le permite a Rosa detectar otro vínculo orgánico.

Sin dudas Rosa es una de las figuras más importantes del marxismo después del propio Marx. Algo que se puede percibir en la calidad de sus aportes, tanto en sus desarrollos y lecturas críticas de Marx, como en sus polémicas con August Bebel, Karl Kautsky o Eduardo Bernstein, o con V.I Lenin o León Trotsky. La posición de Rosa en el instante de la crítica o de la polémica no varía: siempre es revolucionaria y nunca se aparta del eje anticapitalista y radicalmente democrático y de la centralidad de la lucha de clases. Como teórica marxista se la puede parangonar a Antonio Gramsci. Rosa, además, fue un cuadro político revolucionario[1]excepcional, de la talla de Lenin, Trostky y el Che; en términos gramscianos, fue una intelectual orgánica completa: investigadora, educadora, organizadora de la hegemonía.

Hernán Ouviña transparenta los costados traducibles de Rosa a nuestras realidades subalternas y periféricas. Y sugiere pasos concretos para esa traducción que, de seguro, será una obra colectiva. De este modo nos ofrece una Rosa que es insumo indispensable para pensar la transición al socialismo y que convoca a la tarea de elaborar, con todes, entre todes, un programa económico, social, político, cultural y amoroso.

Lanús Oeste, 20 de marzo de 2019.

[1] No se nos ocurre como feminizar la expresión sin estropear el lenguaje.