Rimbaud, el gran maldito (II)

Por Gonzalo Reartes

Segunda parte del recorrido por la vida y obra del poeta Jean Nicolas Arthur Rimbaud, quien a 125 años de su muerte sigue siendo una referencia por su obra literaria. 

Es el fin de la búsqueda de unidad, del desarreglo de los sentidos, las visiones y los vagabundeos. Los hijos del sol han experimentado el infierno en carne y espíritu. Ya no habrá utopía. Rimbaud decide desahogar todo el dolor en su obra. Angustiado, regresa al hogar materno, en Charleville. La casa vacía, el fuego que se alza en su interior. Se atrinchera en la granja, y entre sollozos y gritos, da nacimiento a una de las obras más revolucionarias de la poesía moderna. El poeta visionario se adentra en su propio abismo para buscar respuestas a sus fracasos. En ocasiones, su pluma está cargada de violencia contra Verlaine (la Virgen Loca), contra Dios, contra él mismo. En voz de la Virgen Loca, dirá: “Estoy en lo más profundo del abismo y ya no sé rezar (…) Si me explicara sus tristezas, ¿las comprendería mejor que sus burlas? Me ataca, pasa horas avergonzándome por todo lo que pudo conmoverme en el mundo y se indigna si lloro. (…) Un día quizás desaparezca maravillosamente; pero es necesario que yo sepa si ha de volver a subir a un cielo, ¡que pueda ver un poco la asunción de mi amiguito! ¡Extraña pareja!”.

Esta relación se ve reflejada en el capítulo Delirios I (La Virgen Loca), una especie de confesión de Verlaine desde la pluma de Rimbaud. “Soy esclava del Esposo Infernal. (…) Él era casi un niño… sus misteriosas delicadezas me habían seducido. Olvidé todo mi deber humano para seguirle. ¡Qué vida! La verdadera vida está ausente. No estamos en el mundo”. Une saison en enfer fue publicado en 1873, cuando Rimbaud tenía 19 años, único libro publicado por él. Su primera edición constó de 500 ejemplares. Las Iluminaciones, manuscritos que quedaron en poder de Verlaine, fueron publicadas (con prólogo de éste último) en 1886, no sabiendo Verlaine de su paradero o posible muerte. Lo cierto es que para ese entonces, Rimbaud se hallaba en Abisinia y había ya renunciado a la poesía. Por lo tanto, Una temporada en el infierno tiene en sí mismo el valor especial que le da haber sido publicado con el consentimiento de su autor. Es un texto oscuro, un sinfín de pensamientos y sensaciones cargadas de imágenes vivas. En él hay religión y ateísmo, ángeles y demonios. El mismo Rimbaud es a la vez santo y condenado, ladrón del fuego, como se llama a sí mismo. Nadie como él ha llegado a las profundidades del auto conocimiento, ardiendo en su propia hoguera, helándose con sus propias dudas. Es anárquico, brutal, sensible, sublevado. Es desgarrador, como un hombre que se mira al espejo y se dice a sí mismo que tiene miedo.

Decide publicar el libro, pese a que en aquellas páginas se encuentra todo su sufrimiento, su veta más íntima y personal. Se reserva para sí mismo muy pocos ejemplares. Envía uno a Verlaine, otro a Richepin, otro a Forain. Espera algún tipo de señal pero sólo se encuentra con un silencio hostil. Para fines de 1873, decide terminar con aquella etapa de su vida. “A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancas naciones jubilosas. Un gran navío de oro por encima de mí agita sus banderas multicolores bajo las brisas de la mañana. Yo creé todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. Traté de inventar flores nuevas, nuevos astros, nuevas carnes, nuevos idiomas. Creí adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y ahora tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y de narrador perdida! ¡Yo! ¡Yo que me llamé mago o ángel, dispensado de toda moral, soy devuelto a la tierra con un deber que buscar y la realidad rugosa por abrazar! ¡Campesino! ¿Me engaño? La caridad, ¿será para mí la hermana de la muerte? En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentiras. Y sigamos. ¡Pero ni una mano amiga! ¿Y dónde encontrar ayuda?”.

Con sus 19 años, alcanza el silencio poético. Este silencio agranda más aun el misterio que gira en torno a su figura. Rimbaud jamás volverá a hacer público un poema y renegará de su pasado creador. Renuncia a la creación poética. Este silencio es el sello de su obra. Pero su vida continúa. Vuelve a París. Gira entre contradicciones mientras se pregunta qué rumbo darle a su vida. No quiere volver a tropezar con los fantasmas del pasado. Teme al desorden salvaje de su vida anterior, a la locura que lo acechaba. Vuelve a Londres, luego a Sttutgart, Suiza, Milán. Su inquietud lo pone en movimiento. Estudia idiomas: español, árabe, italiano, griego, holandés. “Mi jornada está cumplida; abandono Europa. El aire marino quemará mis pulmones; los climas perdidos me curtirán. Nadar, triturar la hierba, cazar, fumar sobre todo; beber licores fuertes como el metal hirviente, – como lo hacían esos queridos antepasados alrededor de las hogueras. Volveré con miembros de hierro, la piel oscura, los ojos furiosos: por mi máscara, se me juzgará de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces inválidos que regresan de los países cálidos. Me mezclaré en los asuntos políticos. Salvado”.

Navega  hacia la nada. Luego de errabundear por Bélgica y Holanda, firma un contrato por seis años con la tropa de Harderwijk. Se embarca rumbo al mar Índico y llega hasta el puerto de Batavia, en Java. Después de semanas de trabajos físicos forzados, deserta, siendo aún un misterio cómo logró escapar y evitar la cárcel. Tiene una obsesión: alcanzar el sol cálido de Oriente. Llega a El Cairo. Desde Alejandría parte hacia Chipre, donde se establece en un trabajo que lo encuentra a caballo, torso desnudo y fusil en la espalda, comandando obreros griegos, árabes, sirios, chipriotas y malteses, quienes trabajan en las canteras buscando piedras, cortándolas y tallándolas. Rimbaud vive en una barranca a orillas del mar, alimentándose de lo que caza y pesca. Luego, enferma de tifus. Después de deambular por el mar Rojo, llega al golfo de Adén (en el sudoeste de Arabia Saudita), donde, según la leyenda, se halla la boca del infierno. El destino lo encontrará en Harar, donde es empleado organizando caravanas. Sueña con partir hacia el Sur para toparse con las tribus que poseen marfil. Se vuelve un comerciante rico. Envía las ganancias a su madre y pide que las ponga en el banco para obtener renta. La aventura hacia lo desconocido y las expediciones lo mantienen vivo. Ya no hay rastros que lo unan a su vida anterior.

Sin embargo, cada tanto cae en tristezas y depresiones. En 1883 escribe a sus amigos: “La soledad es una mala cosa. Por mi parte, siento no haberme casado y tener una familia. Pero ahora estoy condenado a errar, atado a una empresa lejana, y día a día pierdo el recuerdo del clima y la manera de vivir e incluso la lengua de Europa. Para qué sirven estas idas y venidas, estas fatigas y estas aventuras en lugares de razas extrañas, y estas lenguas que llenan la memoria, y estas penas sin nombre, si un día, después de algunos años, no puedo descansar en un lugar que me guste más o menos, y encontrar una familia, y tener por lo menos un hijo para pasar el resto de mi vida educándolo según mis ideas, dotándolo de la más completa instrucción que se pueda dar… Puedo desaparecer en medio de estas tribus sin que nadie tenga noticia”. Establece una relación con una abisina de la tribu de los Argobas. Convive con ella unos seis meses. Su vida va en declinación, se siente cansado. De cualquier forma, los negocios van viento en popa. La elevación de Menelick como Rey de Abisinia favorece su fortuna. Éste prolonga el itinerario de sus caravanas y aumenta el transporte de armas. Rimbaud se convierte en su proveedor oficial.

Pero un dolor punzante en su rodilla lo hace vibrar. Es una dolencia que primero se diagnosticó como artritis, cuyo tratamiento no dio resultado, y luego en una consulta posterior, fue diagnosticada como una sinovitis que degeneró en carcinoma. Esta dolencia lo forzó a regresar a Francia el 9 de mayo de 1891, donde días después le amputan la pierna. Para Rimbaud, la amputación de una de sus piernas equivale a matarlo. Insulta al personal médico, llora por las noches. Sólo quiere volver a Harar. Tres meses después, vuelve en muletas al lugar de su infancia. Isabelle, su hermana, da paseos con él y lo cuida. Ella le escribirá a su madre: “La muerte llega a grandes pasos (…) Permanece despierto y su vida se va acabando con un sueño continuo, mientras dice cosas extrañas muy dulcemente, con una voz que me hubiera encantado si no me partiera el corazón. Lo que dice son sueños, pero no son los mismos que cuando tenía fiebre. Se dirá, y yo lo creo, que lo hace expresamente. Como él murmura esas cosas, la monja me ha preguntado en voz muy baja: ‘¿Cree usted que ha vuelto a perder la conciencia? ’ Pero él entendió la pregunta y enrojeció; y cuando la monja se marchó me dijo: ‘-Me creen loco, ¿Y tú, lo crees tú?’. Es un ser casi inmaterial y su pensamiento se escapa a su pesar. Algunas veces pregunta a los médicos si ellos ven las cosas extraordinarias que él percibe, y les habla y les cuenta con dulzura sus impresiones, en términos que yo no podría reproducir; los médicos le miran a los ojos y se dicen entre ellos: ‘-Es singular’. Hay, en el caso de Arthur, algunas cosas que no comprenden”.

La muerte llega, a largas y veloces zancadas, sin pedir permiso, sin importarle qué tiene aún por decir aquel poeta, traficante de armas y marfil, buceador de la nada. Aquel niño ya es un hombre y sus facciones han cambiado. Sus mejillas se han ahuecado, dejando unos pómulos endurecidos, su piel se ha curtido con el fuerte sol de Oriente; asoma sobre su rostro una barba de un rubio leonino. Sólo sus ojos celestes permanecen inmutables.

“Visto lo justo. La visión se ha vuelto a encontrar en todos los aires.

Teniendo lo justo. Rumores de las ciudades, por la tarde, y al sol, y siempre.

Conocido lo justo. Las pausas de la vida. – ¡Oh Rumores y Visiones!

Partida en el cariño y el ruido nuevos”.

Jean Nicolas Arthur Rimbaud, el ladrón del fuego, el gran maldito, el inquisidor de lo desconocido, muere el 10 de noviembre de 1891, a los 37 años.