Chiapas: segunda edición del Festival CompArte por la Humanidad

Arte, resistencia y las mujeres adelante

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Memoria del presente: el arte contra el rencor

Hasta el 20 de mayo podrá verse esta obra en La Tribu. Memoria, pintura y poesía, una conjugación de Luis Felipe Noé y Vicente Zito Lema.

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La importancia de poner el cuerpo

Por Roma Vaquero Diaz – @RomaVaqueroDiaz

Dos performers argentinas dialogan y analizan el cuerpo y el género en el arte. Acciones y reflexiones que apuntan a golpear al sistema patriarcal y neoliberal.

Cristina Coll y Laura Bilbao son dos artistas argentinas de performance que provienen de recorridos y procesos diferentes, pero que se encontraron en el espacio cultural Peras de Olmo para participar de la serie Open Field, con Cabecita de Mickey y Borramiento. Ambas producciones transitaron a través de la huella y de las marcas que se trazan y se borran sobre el cuerpo social. Coll, aludiendo a las iconografías infantiles que graban el mundo de las imágenes durante el crecimiento, y Bilbao, construyendo su acción centrada en las laceraciones producidas por los centros hegemónicos de poder y el neoliberalismo.

En este diálogo nos relatan que sus formas de accionar toman caminos que se diferencian. Cristina Coll estructura secuencialmente sus performances, mientras que Laura Bilbao se lanza al encuentro de un público activo, que sea coautor y cómplice de sus acciones. Sin embargo, estos haceres no están cerrados, ya que ellas reflexionan acerca de estos y les abren la puerta a nuevas posibilidades.  

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La performance, un arte con características propias

Cristina Coll (CC): La performance es como una multimedia de uno mismo, que se aprovecha de todo lo que uno hace y todo lo que uno es. No es igual que el teatro. Los artistas visuales no somos como los actores, lo que decimos está más cerca de la realidad, no tiene un libreto hecho por otro y el espacio donde se realiza también es muy importante. Aunque encuentro mis performances muy cercanas al Biodrama de Vivi Tellas, porque hablo de mí y pongo el cuerpito para hablar de mí, no represento a nadie, hablo de cosas cotidianas.  

Laura Bilbao (LB): La performance no es igual al teatro o a la danza. Lo siento muy claro porque tengo una formación actoral y sé diferenciar claramente que no estoy haciendo teatro, que de repente empiezo a trabajar en las artes visuales. Esta diferencia se hace visible en que no ensayo, en que la performance tiene un final posible, como para darle un cierre. Pero no estoy contando una historia que tengo que hacer creer o suspendo el tiempo de la realidad para meterte en un cuento y no interpreto a un personaje. Aunque diga un texto, éste tiene relación con la acción que voy a hacer, pero no en el sentido de ponerme en la piel de un personaje y que el texto salga de otra boca que no sea la mía. En algunos festivales, por ejemplo, se presentan como performance muestras de danza aérea que están muy bien, pero no es arte de performance. Se toma la palabra performance como rendimiento pero no como arte acción. Ahí se vislumbra más claramente las diferencias entre las disciplinas.   

CC: Encuentro que mis performances están más estructuradas que las de Laura, porque ella espera que el espacio le dispare la acción. Yo tengo pautas para el final, tengo la necesidad de decir “se terminó”, o estructurar la acción, porque sino me siento despoblada, es una situación que tiene que ver con los cuerpos. Me gustaría esperar la reacción del público como Laura; viendo accionar a los otros se aprende mucho.”

LB: Al principio, cuando empecé a trabajar en la performance, me llenaba de objetos, los llevaba por las dudas y cada vez estoy intentando que sean menos; si uso un objeto que sea para ejercer una acción.

CC: Uno necesita agarrarse de algo, necesita encontrar una forma de sostener el cuerpo. Pero lo importante es ponerse y poner el cuerpo, eso es una performance.

La performance como elección

L B: Elijo la performance por la inmediatez. A veces tengo muchas ideas y se me pasan, caducan si no las hago. Entonces las llevo a la acción. No tengo mucha disciplina, no necesito juntarme con personas ni ver qué me tengo que poner, buscar la manera en que todos coincidan los horarios ni ensayar. Con la performance tengo una idea y la hago. Me gusta que no sea espectacular, que no haya que pagar una entrada, me gusta porque es humilde. Me había alejado del teatro porque sentía que no me terminaba de cerrar, ensayar nueve meses para actuar dos días y que tuvieran que pagar la entrada para venir a verme.

La primera performance que puedo reconocer como tal, que en ese momento no sabía que lo era, fue en 1999. Un amigo me dice: “¿Nos vamos a Nueva York la semana que viene para hacer unas fotos?”. Y acepté. Estando allá, él tenía unos trajes hechos de telar y comenzamos a accionar revisando basura en las calles. Él realizó el registro y la llamamos Homeless Fashion. Luego realicé una producción con artistas de distintas disciplinas. Me interesaba trabajar la relación actor espectador, una mínima unidad teatral más objetos artísticos. Investigar el espacio dramático de la obra plástica. Por lo tanto, en un espacio cerrado se montaron obras de los artistas convocados y las fui interviniendo en performance para un espectador que realizaba el registro. En este proceso de armar la cosa, no entendía dónde estaba la obra, no entendía que mi obra era esa. Hasta que alguien empieza a avivarme de que eso era arte acción. Comienzo a indagar en el tema y lo sintetizo en una unidad de instalación que era la obra, la proyección y la performance que iba a estar en ausente. Este proceso duró un año. En  2004 lo presenté en una convocatoria y quedó. Se llamó En los límites del ego, la ausencia es infinita. Áura Egó.

Ahora estoy en otra situación, más chiquita, más cerrada y más investigativa. Hoy tengo una pulsión muy fuerte de utilizar menos objetos, de despojarme. Estoy investigando el neo-nudismo, el prender una cámara web dentro de la casa y poner el cuerpo, para preguntarme qué sucede con el inconsciente colectivo en relación a la virtualidad y las redes sociales. Por eso, no sé si en un comienzo elegí a la performance, porque llegué a ella como de casualidad; pero hoy sí la elijo.

CC: Empecé a realizar acciones en 1996. Antes venía pintando y me representaba. Me acuerdo que en la primera performance había puesto una tela que ocupaba un espacio vertical, pero también horizontal en el piso; quería pintar la Pirámide de Mayo con las Madres de la Plaza realizando la ronda. Empecé a pintar todo de marrón no sólo la tela que colgaba, sino también aquella que se encontraba donde yo estaba. De alguna manera yo también estaba dando la vuelta con las Madres y saliendo del plano, integrando la tridimensión. Pero aún no me animaba a accionar en público. Le pedí a alguien que me filmara y realicé una de mis primeras performance de género que se llamó En el baño, en la cual me travestía. Primero me afeitaba el rostro y las piernas, me ponía un traje de hombre y salía a la calle. Me subí a un colectivo, fui a un bar, al trabajo de mi papá. Este registro quedó como un cortometraje y lo empecé a presentar en concursos de video experimental, video arte, pero no entraba en ninguna categoría. Lo presento en el año 2000 en Sueños Cortos, que recién empezaba, y saca una mención. Después me asusté porque parece que me salió bien, y seguí pintando.       

El trabajar con género siempre me llama. En una época me sentía cómoda con el travestismo, porque era como una máscara que no dejaba sacar quien era yo y hacía de hombre. Luego realicé fotoperformances donde me llamaba Roberto y buscaba los límites entre el binomio femenino-masculino; después me ponía en el medio y no sabía qué era, qué parte del binomio. La investigación de la performance me acompañaba en mi propia búsqueda personal de género.

La experiencia corporal como camino para la performance

LB: No es fácil ver performance porque el performer interpela, desordena, es incómodo. Trabaja con el conocimiento de su propio cuerpo y lo presenta.

CC: Al principio, poner el cuerpo se siente como un cachetazo, pero se insiste porque hay algo que se necesita seguir haciendo y cuando entendés que el arte es un juego te vas salvando. No me interesa saber si el arte que hago es feminista o no, siempre hice cosas en contra de lo patriarcal. Tuve que aprender a ser gay porque no me lo esperaba. En esta cultura antropocéntrica y patriarcal tuve que aprender porque no era fácil. Ahora tengo que aprender a ser persona, descubrir quién era antes de todo ese aprendizaje. Eso es lo que estoy tratando de descubrir en este cuerpo, cómo puedo llegar a ustedes con lo que yo soy, pero sin que ustedes me estén mirando desde un solo lugar.

LB: Tuve que aprender a no ser gay. Porque de chiquita si me subía a un árbol era varonera, si jugaba con mi papá y mi hermano a la pelota también. De chiquita te van enseñando qué es lo que hay que hacer para ser mujer. Yo no era una mujer femenina que se pintaba, que se ponía la pollerita. Entonces, ¿cómo pararme frente a los otros? Tengo un cuerpo, este cuerpo. Nunca lo feminicé, nunca lo construí desde lo que el patriarcado dice que una mujer debe ser. Nunca partí desde el dejar conforme al otro. Cuando era más chica, me sentía un poco diferente hasta que, en un momento, exploté con mi propia personalidad y empecé a tener un levante bárbaro. Pero fue un proceso que tardó, tuve que vencer un montón de cosas, siempre fui muy alta, deportista, distinta.

CC: ¡Menos mal lo de la performance entonces! Porque la performance te ubica en un lugar y dice: “Bueno, yo soy esto, loco. Si no te gusta, ándate”. Te da un saber que te provee seguridad, te permite ver qué es lo más importante de todo esto: lo que se es. Con la performance, de alguna manera, uno explota y al mismo tiempo tiene un soporte de formación que te permite llevarlo adelante. Y al modelo patriarcal le da una patada.

LB: Con la performance encontrás tu propio lugar muchísimo más rico, con más personalidad, más propio, y entendés que algo pasa porque no estás copiando ni reproduciendo. Te das cuenta de que podés manejar tu cuerpo de otras maneras. Ser de otras maneras. Lo más importante es seguir haciendo y ser auténtica en la búsqueda.

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Curare: el tiempo es un veneno

Por Roma Vaquero Diaz

El fin de semana pasado se presentó la performance “Curare”, de los artistas argentinos Carina Ferrari, Jackie Miller, Alfredo Rosenbaum y Guadalupe Neves, que luego dialogaron con el público sobre esta forma de arte.

 

“Cada minuto es un minuto menos.

Necesito un amor.”

Manal (1969)

Llegamos a Peras de Olmo y los rincones de este espacio dedicado a la performance se llenan a toda velocidad. La voz de Carina Ferrari hace espacio entre los cuerpos, Jackie Miller comienza a contar infinitamente los minutos de Guadalupe Neves y Alfredo Rosenbaum que, en trance, descienden las escaleras que comunican la sala con el primer piso. Los espectadores se agolpan, se entrelazan e intentan encontrarse con la acción de estos cuatro artistas argentinos que presentan Curare, una performance donde los cuerpos y la composición visual se cruzan con el sonido y la palabra.

El acontecimiento se desarrolla simultáneamente en distintos recovecos, envolviéndonos en una configuración espacial excéntrica que propicia la dialéctica de la relación espectacular. La escena no se halla clausurada con límites precisos, sino que es abierta y constantemente móvil. Con respecto a esta disposición, Alfredo Rosenbaum afirma: “En la performance uno nunca deja de ser uno mismo, esa presencia genera una ambigüedad en el límite entre el que acciona y el que percibe. Esto genera sensaciones y tensiones propias del arte de acción, el límite entre unos y otros podría quebrarse, deshacerse, atravesarse”.   

La mano de la performer Carina Ferrari nos invita con pastillas de colores, que todos tomamos alejándonos del ritmo de los semáforos, del ruido, de los bondis y no hay más noche ni remedio que este encuentro.

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Curare
nos confronta al juego de sabernos alienados, del simulacro de vida que se apodera de las libertades y corrompe la verdadera existencia, donde el tiempo es cuantitativo a un ritmo que enajena y enferma los cuerpos que lo transcurren. A través de la acción, los y las performers buscan un bálsamo en el amor, en el trabajo, en los sistemas de salud corrompidos por el mercado farmacéutico y la burocracia, pero los intentos son imposibles: la salud, el aliento, el pulso se escapan irremediablemente. ¿Acaso será posible curarnos? Frente a la caída fatal de la sangre tal vez la única respuesta sea el arte.

La performance es una ceremonia de transformación donde la concurrencia resuena colectivamente, y esto es posible por la presencia del performer. “La diferencia entre el teatro y la performance está dado por no jugar a ser otro, sino en ser uno como sujeto presente y permitir que el propio cuerpo sea atravesado por las acciones”, indica Guadalupe Neves. Al mismo tiempo, “un performer debe trabajar siempre con la incertidumbre, con la posibilidad de modificarse en el momento de la acción, y el trabajar con otros requiere de un acuerdo para poder soportar ese momento de caos”, agrega Carina Ferrari.

Ferrari, Miller, Neves y Rosenbaum comparten áreas dentro de la Universidad Nacional de las Artes y en proyectos de investigación, pero es la primera vez que realizan una performance juntos. Jackie Miller nos cuenta: “La creación colectiva, el pensamiento con otros, es la manera de poder construir, sobre todo en este tipo de producciones de lenguajes combinados, donde la cuestión metodológica de poder cruzar lenguajes tiene que ver con agruparse, intercambiar ideas y llegar a un objetivo preciso. El arte de la performance ofrece la posibilidad de compartir zonas de la propia existencia y para eso siempre es necesario que haya un otro. El cuerpo colectivo del espacio que habita la performance es lo que propicia la construcción colectiva, aunque la propuesta sea individual. La performance no es un espectáculo, es una red que se arma donde el público se integra a la experiencia”.  

Festival Internacional de Arte Vivo Arte al Cubo

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Ahora la invitación es para el próximo encuentro del Festival Internacional de Arte Vivo, en Peras de Olmo, Niceto Vega 4678, los días 21 y 28 de septiembre, y 5 de octubre. En el festival no sólo se presentarán performance sino que también se realizarán conferencias y mesas redondas. El encuentro está organizado por la Especialización y la Maestría en Lenguajes Artísticos Combinados del Departamento de Artes Visuales de la UNA y por los artistas de Curare.

 

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Mitominas: una genealogía del arte feminista

Por Roma Vaquero Diaz

La muestra colectiva que marcó la década underground de los ochenta, por estos días volvió a Buenos Aires. Mitominas, el arte feminista y activista del siglo XXI, relatado por una de sus protagonistas.

 

Durante julio, en el Centro Cultural Recoleta se llevó a cabo Mitominas 30 años después, una muestra colectiva que reactiva las exposiciones Mitominas realizadas durante los años ochenta. Marcha dialogó con María Laura Rosa, docente, investigadora del Conicet y doctora en arte contemporáneo, que impulsó y realizó la curaduría de la muestra que posibilita no sólo activar temáticas feministas, sino que al mismo tiempo permite construir una genealogía del arte feminista en Argentina.

Las Mitominas

Mitominas fueron dos exposiciones que se realizaron en el Centro Cultural Recoleta durante la década del ochenta. La primera fue en 1986 y la segunda en 1988. Estas exposiciones plantearon una revisión de los mitos históricos, a través de trabajos con temáticas que cuestionaban cómo la mujer había sido cristalizada en esos mitos y cómo esa visión se reproducía en la realidad. En Mitominas 1 se abordaron los mitos grecolatinos y los mitos latinoamericanos, y en Mitominas 2 se elaboraron obras en relación a la sangre, por lo cual salieron temáticas como el SIDA, la violencia de género y la fecundación asistida. Estas temáticas excedieron a los mitos, pero se encontraban muy presentes es esa etapa de recuperación de libertades y de efervescencia democrática. Estas exposiciones de la década del ochenta presentaron obras efímeras, cine-debates y performances, en un trabajo codo a codo con el underground y en diálogo con el público, ya que los espectadores eran parte de las acciones.

Mitominas (1)

María Laura Rosa sostiene que Mitominas tuvo dos características fundamentales: la pluralidad, porque las muestras no estaban integradas sólo por feministas y/o artistas, sino que nucleaban a todas aquellas mujeres que quisieran cuestionarse el lugar de las mujeres en la sociedad; y las mesas redondas que acompañaron a la exposición, que no sólo eran muchísimas sino que también eran artivistas y de concientización.

30 años después

La intención de esta nueva Mitominas es reactivar ciertas temáticas vigentes, como la violencia de género e incorporar nuevas como la trata, las disidencias sexuales, el género y la corrupción. Temáticas que existían en la realidad de los ochenta, pero que no estaban nominadas. Ahora, se empleó la misma forma de trabajo que con las Mitominas clásicas. Se propusieron temas y cada artista eligió libremente cómo llevar adelante su obra. A diferencia de las primeras muestras -que contaron con un año de preparación donde pudieron realizar talleres colectivos-, la exposición actual no tuvo la posibilidad de contar con esos tiempos.

María Laura cuenta que “Monique Altschul estuvo a la cabeza. Fue la organizadora y alma mater de las muestras de los ochenta y también de ésta. Para esta ocasión, ella se reunió conmigo, estuvimos viendo cómo armarla, qué proponer a las artistas y qué artistas seleccionar”.

Cuando el proyecto fue aprobado por Recoleta, les ofrecieron solamente la Sala 6.  A lo largo del proceso de trabajo y de sucesivas reuniones en el Centro Cultural, los trabajadores y las trabajadoras del lugar advirtieron las dimensiones de la muestra y les ofrecieron más espacio. Debido a esta situación espacial, María Laura y Monique Altschul seleccionaron 14 artistas: Narcisa Hirsch, Pilar Largui, Liliana Mizrahi, Susana Rodríguez, Anna- Lisa Marjak, Silvia Berkoff, Nora Correas, Marcelo Pombo, Carolina Antoniadis, Alicia D’Amico, Liliana Wicnudel, Viviana Zargón, Diana Raznovich y Micaela Patania. A ellas se sumaron cuatro artistas más, que vienen trabajando fuertemente las cuestiones de género: Ana Gallardo, Paola Vega, el grupo Mujeres Públicas y Carola Rousso.

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Rosa manifiesta que se propuso la muestra como una reactivación, es decir, se toma el nombre original de Mitominas pero no realiza una reconstrucción histórica de las anteriores. El objetivo actual es el activismo, o sea, activar temáticas que están en la sociedad y trabajarlas a través del arte. Al decir reactivismo se está marcando una de las posiciones del arte feminista, y las Mitominas fueron pioneras en esta postura. La reactivación con temáticas actuales y con artistas actuales, necesitó de mucho trabajo autogestivo, autofinanciado y de muchas amigas feministas. Cuando se consiguieron los espacio definidos, hubo que modificarlos debido a que algunos, como la escalera del Recoleta, no estaba en las mejores condiciones. Eugenia Garay Basualdo, montajista del proyecto, limpió, pintó y modificó el espacio para lograr el gran desafío de articular la planta baja con la planta alta, sumado a los dispositivos de señalética realizados por Lea Agreda y María Laura Valentini, y a la obra de Carola Rousso que funcionó como enlace entre ambos pisos.

El cuerpo de las Mitominas y los cambios de década

El ambiente de los ochenta era estaba cargado de transgresión, y las Mitominas ochenteras estallaron en energía. Hoy en día, las instituciones culturales están atravesadas por problemáticas judiciales, de seguridad y de cuidados, que inevitablemente impactan en el arte.  

En las primeras Mitominas, los cuerpos estaban presentes, vivos y circulando, por eso había infinidad de performance. En la propuesta del 2016, a través del cuerpo que aparece representado, se problematiza cómo han impactado los ideales de belleza heteropatriarcales, el cuerpo fragmentado, la objetualización y la disociación. En las primeras muestras había una necesidad de acción desde el cuerpo que era muy fuerte; hoy esa necesidad pasa por otro lado, donde el cuerpo sale a la calle y se hace activismo colectivo.  

María Laura Rosa también considera que en la Argentina el arte feminista está sumamente vivo, sobre todo en el activismo callejero. Según ella, existen artistas con temática feminista como Ana Gallardo, Diana Schufer, entre otras, y que existen grupos que contienen la urgencia de la agenda feminista -como La Revuelta- o que elaboran objetos activistas que tienen categoría de objeto artístico, como el libro Código Rosa, con el cual Dahiana Belfiori aborda el tema del aborto. “La tarea de las historiadoras del arte feministas es encontrar estas artistas y ponerlas en relieve”, finaliza Rosa.

 

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