Discos: La destrucción total

Por Laura Cabrera @LauCab

Luego de los cortes “Siempre con vos” y “Tranqui”, Nacho Rodríguez se encuentra presentando su primer trabajo como solista, un disco con una amplia variedad instrumental y poesía en clave romántica.

Luego de la experiencia grupal junto a Onda Vaga y Nacho y Los Caracoles, entre otras bandas, Nacho Rodríguez se renueva y explora mezclas sonoras en su primer disco solista: “La destrucción total”. Si hay algo de lo que se escapa este disco es de la destrucción, ya que en melodías y poesía está más cerca del amor, de las conexiones, del desahogo para dar lugar a la sanación de todo eso que nos hace mal en la vida diaria. Este, el primero y muy lejano a la destrucción, es un disco con vibra positiva.

A lo largo de las doce canciones que componen este trabajo (entre ellas “Siempre con vos”, “Sol”, “El verano” y “Cerro Colorado”), la voz y la guitarra de Nacho están acompañadas por Facundo Flores en batería, Jano Seitún en bajo, Juanfa Suárez en trompeta y Manuel Toyos en rhodes, además de los invitados como Moreno Veloso (en “Me perdí), Pedro Sá, guitarrista de Caetano (en “Cerro Colorado), Javier Casella de Bajofondo (en “Solita” y “El verano”), Catalina Recalde (en “Tranqui) y Clara Trucco (“Solita”), de Fémina.

Si hablamos de la poesía encerrada a lo largo de los 44 minutos de disco, es imposible que todo esto no suene a ternura entre la voz suave de Nacho y las letras que hablan de desamores, de cuestiones que se terminan, que no fueron. Es un disco que va desatando historias tristes y otras esperanzadoras entre melodías alegres, como equiparando cuestiones, como si realmente en lo malo estuviese también lo bueno, como si fuera tan solo cuestión de saber escuchar.

Si hay algo que distingue a este disco son sus melodías relajantes y el amplio abanico instrumental que hacen de cada tema un ambiente único que conecta con el siguiente. Y en la historia de tanta perfección, el disco que fue grabado en tan solo tres días llevó una preparación de dos años, periodo de maceración suficiente como para entender la calidad y variedad musical y sonara de La destrucción total.

 

 

 

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Violeta Parra: tras los pasos de una artista nómade

Por Nadia Fink

Desde el 4 de octubre de 2016 hasta hoy, artistas chilenos de diversas disciplinas impulsaron más de 300 actividades culturales para homenajear la figura y obra de Violeta. A cien años de su nacimiento, recordamos parte de la vida de la cantora de los pueblos. 

Esa que anda lento levantando polvo en los caminos del Chile profundo, la que lleva la guitarra al hombro, la misma que supo tomar las voces de los que no tenían voz, para hacerla grito y devolvérselas al pueblo. Esa es Violeta Parra.

…que me ha dado tanto…

Cuando Violeta llegó a la comuna de Barrancas en 1952, conoció a doña Rosa Lorca, “una fuente folklórica de sabiduría”. Mujer campesina, curandera, partera y arregladora de angelitos; acompañaba y asistía en la vida y en la muerte y le relataba gustosa sus versos…

Un poco por consejo de su hermano, otro poco porque todo lo que latía empezaba a asomar con fuerzas, Violeta decidió meterse campo adentro, en el Chile profundo, casa por casa, para recopilar todas aquellas canciones tradicionales que pasaban de boca en boca y que se estaban perdiendo, porque se iban muriendo los más viejos o porque las memorias fallaban y era difícil encontrar a quienes las recordaran completas. Con 36 años arranca la Viola el camino que la llevará al cariño y al reconocimiento del pueblo.

La vieron tocar puertas, primero hacia la zona central de Chile, donde tomó el canto a lo humano y a lo divino (ambos forman el “canto a lo poeta”, son décimas acompañas por guitarra o guitarrón y difieren en su denominación por la temática de sus composiciones), luego en la zona más austral, en Chiloé, aprendió las canciones más ligadas a lo ancestral, a las fuentes indígenas; y la última etapa fue la de más al norte, donde el folklore se distingue por las quenas y los charangos. Quince años iba a durar su recorrido, más de 200 canciones fueron aprendidas y registradas, primero en un rústico cuaderno, luego en una especie de magnetófono; todo a pulmón, sin contar con subsidios ni apoyo alguno de parte de funcionarios o instituciones. Anquilosados en archivos estáticos, no fomentaron la difusión del arte vivo del pueblo chileno.

Violeta Parra nació un 4 de octubre de 1917 en San Fabián de Alico, un pueblito del sur de Chile y pronto se mudaron a Chillán con la familia. De su madre, costurera, heredó su lucha por el amor, la condición de nómade y la habilidad con las manos. De su padre, profesor, las ganas de que lo aprendido circule, el desprecio por las instituciones y el alma bohemia. De ambos, una tendencia innata que traen los Parra por la música, el canto, la poesía; el arte. “Parra eres y en vino triste te convertirás”.

Tenía ocho años cuando encontró el cajón donde guardaban las llaves del lugar secreto que escondía la guitarra del padre. Folklorista aficionado, cantaba y tocaba la guitarra acompañado por su esposa en cuanta fiesta y reunión surgiera, pero sólo entre familiares y amigos, nada de querer ganarse la vida con la música.

La Viola la descubrió como se descubren las cosas prohibidas: desde la fascinación, desde la curiosidad, se fue apropiando de sus formas. Sentada en una sillita, con la guitarra que le sobraba por todos lados, rasgó las cuerdas durante días, mientras imitaba las posturas de su padre y cantaba las canciones que le escuchara a su madre en las jornadas de costura. La sorprendieron recién el día en que ya las tocaba y cantaba enteras. Semilla que empezaba a germinar en la Viola: autodidacta empedernida, nunca se ató a reglas ni a partituras ni a estudios para componer su arte. Así aprendió, sola, y en plena fusión con los instrumentos, muchos años más tarde, a tocar arpa, piano, guitarrón, charango… Tal como escribió en una carta a su amigo Patricio Manns: “Destruye la métrica, libérate, grita en vez de cantar. (…) La canción es un pájaro sin plan de vuelo que jamás volará en línea recta. Odia la matemática y ama los remolinos”.

La infancia de Violeta, tercera de diez hermanos y hermanas, se movía entre la pobreza y la libertad. A Malloa iban los niños Parra para quedarse por unos días, zona campesina en la que vivían las Aguilera, unas primas lejanas que estaban un poco mejor económicamente. Fue allí donde empezaron a esparcirse las semillas, un poco al voleo, que brotarían más tarde y que guardaban latentes todas las expresiones de arte popular que iba viendo con sus ojos grandes la niña Violeta: cerámica, tapicería, pintura, figuras con alambre, canciones y cantos con guitarra, todo estaba allí, al alcance de las manos torpes y la curiosidad intacta. “Ya después cuando fue grande seguro que se acordó y así fue desarrollando todo tal como lo había visto de niña”, dice su hermana Hilda.

¿Qué otra cosa es la infancia que el lugar al que se vuelve, una y otra vez, a medida que crecemos? Para algunos, la patria; para casi todos, el instante en el que queda arraigado lo más inocente visto y sentido, y que luego puede llenarse de significados y de palabras cuando la capacidad de abstracción y de transmitir el arte se agiganta; para Violeta, sin dudas, el momento en el que vio y palpó lo que iba a ser materia de su arte tan polifacético durante todo su camino.

Cuando al padre de Violeta lo echaron del trabajo, no volvió a emplearse. La madre hacía lo que podía con la costura, pero fueron los niños los que empezaron a cantar por monedas, quedarse con alguna que otra guitarra de la cual los dueños se olvidaran, recorrer la zona en algún circo familiar para ganarse la vida.

Nicanor, como hombre mayor de la familia, se había trasladado a Santiago para estudiar. Violeta fue la primera en tomar la decisión de ir hacia allá. Partió sin decir adiós, como lo haría muchas veces más en su vida. Armó una pequeña valija, se vistió de domingo un día de semana, con la falda larga cortada y cocida a partir de las cortinas nuevas, se colgó la guitarra y se fue a la pensión en la que casi seguro estaba su hermano. Poco tiempo después, se le sumaría el resto de la familia: otro dolor de pueblo vivía Violeta en sangre propia, el traslado del campo, del pequeño pueblo a la ciudad, con el desarraigo a cuestas y la incertidumbre del trabajo y la vivienda.

Violeta de greda, en tu textura porosa fuiste absorbiendo el sentir del pueblo, su dolor y su festejo…

…con él las palabras que pienso y declaro…

Después de tocar en la calle por monedas, el dúo que formaron con Hilda empezó a recorrer los boliches de los barrios populares, Matucana, Quinta Normal, las canciones a la moda de la época, las que se escuchaban en la radio antes de que llegara a ella Violeta con su folklore auténtico: boleros, rancheras, corridos, pasodobles. Boliches frecuentados por hombres rústicos, que buscaban un respiro después de las duras jornadas de trabajo, que aplaudían con manos ajadas y rostros curtidos, aflojaban las penas y terminaban aullando emocionados las canciones románticas. En uno de esos lugares conoció a su primer marido, un maquinista de tren con quien tuvo dos hijos, Isabel y Ángel. Poco importan acá los entramados sentimentales de esta historia. Sí importa que Luis Cereceda era hombre celoso, de tradiciones fuertes, de mujer en su casa y se salió con la suya sólo por un tiempo. La fuerza creadora de Violeta, las ganas de andar, de perderse, de escuchar, de cantarse, latían con mucha más fuerza que cualquier atadura que le impusieran, aunque fueran las de su esposo y padre de sus hijos, en una sociedad chilena de mujeres sin palabra. “La única ventaja mía –aseguraba– es que gracias a la guitarra dejé de pelar papas. Porque yo no soy nadie. ¡Hay tantas mujeres como yo en cualquier comarca de Chile! Ellas pelan el ajo todo el día; la vida es muy difícil. Lo que pasa es que ellas se han quedado cocinando y cuidando a sus hijos y yo me he largado a cantar con lo que sé”. La Violeta cortó las cuerdas, soltó amarras después de diez años y se liberó del mandato de tantas mujeres oprimidas por el trabajo en el hogar, sirvientas de sus maridos y de sus familias enteras. Liberó en ese gesto, a muchas de las mujeres sin voz.

Violeta de barro, que renace y se transforma en cántaro firme que lleva el agua para que otras bocas puedan beber y soltar el grito…

…me ha dado la marcha de mis pies cansados…

Juan de Dios Leiva también es de la comuna de Barrancas. Su historia llega profundo en Violeta, y es ella quien relata el encuentro: “´On Leiva: 85 años, chacarero, cantor y tocador de la comuna de Barrancas, Santiago. Es un anciano delgadísimo, erguido y huraño. No quiere hablar con nadie. Cuando le pedí que me enseñara sus cantos, me respondió: ‘Yo juré no cantar más en mi vida porque Dios me llevó a mi nietecita regalona. Y la noche terrible que tuve que cantar para ella la tengo anudada en el pecho y la garganta’. On Leiva rompió su juramento cuando le dije que la patria necesitaba sus cantos. Tomó la guitarra, la afinó y tocó los primeros acordes del acompañamiento del canto a lo divino, a la modalidad de los cantores de Barrancas. Como en un gemido le salieron las primeras palabras”.

Durante la infancia en Malloa, ninguno de los Parra quería perderse la oportunidad de acudir a las fiestas campesinas: allá iban los hermanos y se quedaban cantando unos días. Es que en el campo se festeja todo. Ante las jornadas de trabajo que se extienden, que se hacen duras, la opresión y la exigencia por parte de los patrones, la dificultad de rebelarse; las cosas sencillas de la vida no se dejan pasar y se celebran; en esas fiestas mezcla religiosa y pagana, nacidas del cristianismo y de lo más ancestral de los pueblos originarios, en las que se venera a dios, a la virgen, y con ella a la madre, a la tierra; pero también a los ciclos de la vida, a la uva, a la cosecha, a la trilla. “Porque los pobres no tienen/ adónde volver la vista/ la vuelven hacia los cielos/ con la esperanza infinita/ de encontrar lo que su hermano/ en este mundo le quita”.

Años más tarde, con unas cuantas recopilaciones a cuestas, Violeta llega a la radio con un ciclo en el cual podía empezar a hacer escuchar lo que iba juntando por los caminos. “Así canta Violeta Parra” fue diseñado por ella como un programa temático, en el que en cada emisión se hablaba sobre, por ejemplo, la trilla, el velorio del angelito, las fiestas a las que Violeta asistía ahora de grande. Alguna vez la acompañaban al estudio alguno de los cantores con los que había establecido un vínculo más estrecho; otras veces, llegaba a las casas y convencía a los habitantes de que salieran a la calle y ahí nomás armaban una fiesta que transmitían en vivo. Eso lo permitía, sobre todo, la llegada que Violeta tenía en la gente. Su hijo Ángel recuerda un programa sobre “La cruz de mayo”, una fiesta pagano-religiosa donde se mixturan las creencias más arraigadas en el pueblo de la zona central. Allí, el símbolo de la cruz cristiana coincide con algunas de las creencias indígenas de que es “el madero sagrado”: representa el árbol de la vida, de las flores y de las frutas. Dentro de los rituales que se realizan en honor a la cruz, se manifiesta agradecimiento y se hacen peticiones relativas a la necesidad de lluvia para los campos; se rinde homenaje a la naturaleza y se da la bienvenida a una época que se espera con buenas cosechas. “¡Lo hicimos todo en la calle! Invitamos a la gente de la cuadra para que participara, instalamos fogatas y un grupo de cantores iba casa por casa, cantándole a todo el mundo. Y el programa se grababa ahí mismo, en directo, mientras mi mamá hacía el mote con huesillos (bebida típica de verano)”.

El velorio del angelito se desplegó en otro programa. Allí fue Violeta, ante la mirada azorada del personal de la radio, a transmitir el rito en vivo, con un muñeco disfrazado, con doña Rosa Lorca y otras comadres: era costumbre, ante la muerte de un niño (que por su corta edad y su pureza, seguro se iba al cielo) un velorio lleno de cantos y festejos, vestido el niño para la ocasión con alitas y colores en la celebración que duraba un día.

En su recorrido, ahora, donde llegara ya la estaban esperando. Violeta era esa señora que cantaba en la radio, “a lo divino”, que empezaba a devolver al pueblo lo que estaba dejando de cantar porque no encontraban el eco. Alberto Cruz, de 35 años, le contó a la Viola en Salamanca: “En una cantina la radio estaba cantando un verso por el fin del mundo. Entonces dije yo: ‘Ese verso lo cantaba mi padre’. Y corrí para la casa a dar la noticia: ‘En la radio están cantando a lo divino’, les dije a todos. Desde entonces, les estamos cantando a los angelitos otra vez”.

El folklore que se emitía por la radio en esa época, antes de la Violeta, era de un Chile de “postal”, no de gente del campo, sino de gente que admiraba la vida de campo. Entre bucólicas y exaltadoras de la patria, estas canciones bonitas y bien arregladas, como “Mi banderita chilena”, “Chile lindo”, “Si vas pa’ Chile”, le iban sacando el gusto a la propia gente por sus canciones tradicionales, auténticas. Violeta no era la primera en hacer este relevamiento antropológico; algunas otras personas ya habían hecho un trabajo de recopilación del folklore, casi siempre como parte de estudios académicos, que habían sido registrados en ensayos o en libros que dormían en las bibliotecas de universidad. Pero Violeta no se había quedado en una simple acumulación de canciones y versos estáticos; ella había ido a buscar el folklore, lo había recopilado, escuchado, interpretado, aprehendido, y se lo devolvía al pueblo en cada interpretación. Ese fue el valor más grande de la Viola. Como menciona Gastón Soublette, el musicólogo que trabajó con ella en una de sus etapas de compilación: “Tomó lo que antes había sido objeto de investigación más o menos privada y se lo devolvió a la gente”.

Violeta de tierra, caminadora de todos los caminos, desanda los sueños y las palabras y deja su huella por donde pisa…

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The Handmaid’s Tale: Futuros poco alentadores en un presente distópico

Por Ana Paula Marangoni

Fue recientemente elegida por los premios Emmy como “mejor serie de drama”. Aunque breve, sus capítulos reflejan realidades no muy lejanas a la ficción. Un análisis de The Handmaind`s tale.

La reciente entrega de los premios Emmy resignificó y contribuyó a darle mayor difusión a una serie cuya única temporada no hizo tanta mella en la audiencia, a pesar de su calidad argumentativa, fotográfica, de guión y actuaciones. En pleno boom de series, la permanente entrega de nuevos productos hace de la atención del público un bien tan preciado como frágil, y en muchos casos, las modas no siempre coinciden con el resultado artístico. Pasan muchas series buenas que mueren en dos o tres temporadas, mientras que otras se prolongan casi al infinito, más por lo que pegan que por lo que valen, si es que se permite hablar de “valor” para estos productos de la industria cultural.

The Handmaid’s Tale, o El cuento de la criada, elegida en los 69 premios Emmy como mejor serie de drama es una reciente adaptación de la novela de Margaret Atwood (hubo una versión televisiva en la década de los ’80, una versión cinematográfica en los ’90 e incluso una versión de Ópera), en este caso, creada por Bruce Miller, dirigida por Reed Morano y con la impecable interpretación protagónica de Elizabeth Moss.

En la línea de la brillante y nockeadora Black Mirror, un futuro pesadillesco acoge a la audiencia, tal vez acaso el primer filtro de este tipo de productos: despejan poco, y alienan bastante menos. En el caso de este poco deseable futuro, en medio de una crisis de crecimiento de la población mundial y alimentaria (consecuencias ficcionales pero no inverosímiles del cambio climático, la contaminación y el calentamiento global) una dictadura teocrática, netamente patriarcal y misógina,  logra con “mano dura” resolver el déficit de esta tendencia mundial. Obviamente, a un altísimo costo, en especial para las mujeres fértiles.

El vínculo político trazado entre la serie y el gobierno de Trump, es inevitable. Un representante de las corporaciones abrumadoramente misógino gobierna uno de los países centrales de la geopolítica mundial. Y para quienes estamos en el país más austral del mundo, la comparación se hace amiga al instante: también podemos darnos el lujo de tener un presidente Ceo cuyas declaraciones machistas y cuya exhibición de su esposa como bien de lujo son apenas los aspectos más superficiales de una lógica que reafirma la ideología machista de un modo abierto y explícito.

Pero además de las comparaciones obvias, que son inevitables, la serie pone en contraste otro asunto un poco más delicado. El presente de la serie, tan violento como inasimilable, se hace lugar pausadamente por las evocaciones de la protagonista, Defred, quien, en medio de tan alienante presente, despojada de su vieja identidad, y avocada por completo a cumplir con su deber de criada sexual, puede aun así recordar cada tanto parte de su vida pasada.

Los recuerdos de la llamada “Defred” permiten al espectador reconstruir cómo se llegó al presente, enhebrando de a poco una suerte de narrativa de lo imposible o de lo que, para cualquier mente humana, jamás podría suceder.

El pasado de Defred permite trazar identificaciones inmediatas. Ella era una mujer independiente, profesional, activa políticamente. Tenía una hija con un hombre a quien amaba. Unir a las dos mujeres es una tarea lenta y dolorosa que permite tejer un manto de sospechas sobre cualquier estado de derecho. Los derechos tienen vigencia hasta que dejan de convenirles a las castas o clases gobernantes. Las democracias son más débiles de lo que nos enseñaron a creer.

De la única temporada de la serie, y de las evocaciones de Defred hacia su pasado, lo que convierte a este personaje, como en toda distopía, en un espejo a la inversa (“ese futuro de horror no es tan distante de mi experiencia como yo creía”), hay una en particular que me llamó la atención: cuando le quitan a las mujeres el derecho a trabajar, ella y su amiga van a una marcha, como tantas veces, confiadas en que tal aberración no podrá sostenerse. Pero la manifestación termina en una represión brutal y sangrienta, de la que escapa a duras penas con vida.

La escena, breve pero fuertemente semiótica, da cuenta del cambio de época al que asiste la protagonista. Las cosas ya no son como lo eran. Su universo simbólico de derechos, certezas, e incluso, de organismos internacionales de DDHH, comienza a caer bajo el uso extremo de la violencia. La militarización y las ejecuciones ganan rápidamente las calles. El miedo a perder la vida gana la partida.

No pude evitar sentirme parte de una transición similar. La serie parece más bien reescribir los hechos de violencia represiva que cambiaron el clima de las manifestaciones en la Plaza de Mayo. Los comentarios al pasar de cualquier persona pidiendo “mano dura”, la justificación de la violencia de las fuerzas de seguridad, el intento de indultar a los torturadores del último golpe militar o el encubrimiento de la desaparición de Santiago Maldonado por altos funcionarios, son algunos de los flash back que nos hermanan con Defred más de lo que creemos. Si trasladamos esto a la crisis democrática que se está viviendo en general en América Latina, el panorama se tensa más aún. El cambio de época, a pesar de los indicios que la realidad nos ofrece, resulta intolerable.

En medio situaciones límite para tantas y tantos alter ego de Defred, ir y venir entre el presente de la serie y las esquirlas que lo preceden puede aportar algunas estrategias para dialogar con un presente de non fiction que se torna cada vez más insoportable: la sororidad como estrategia de subsistencia y herramienta de poder; la memoria como primer bastión de resistencia; la sospecha, a priori, sobre las clases gobernantes; las batallas cotidianas contra un sentido común que puja por meterse dentro y serenarnos en la alegre opresión.

Por estos motivos, y porque cada espectador y espectadora podrá pensar aún en más cosas (y seguramente con mayor lucidez), es que se recomienda la serie.

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Alberto

Alberto

De Autor 26 septiembre, 2017 1

Por Andrés Álvarez / Foto:Veinticuatro/Tres 

El sol del mediodía

daba de lleno

en el puente Pueyrredon.

Otro 26 de Junio

caluroso y húmedo

culpa del famoso

veranito de San Juan.

Yo iba a seguir

con el tren

hasta Constitución

y de ahí al trabajo

pero no pude,

tenía que escucharlo.

Tenía la necesidad

​​de escuchar

a un padre.

A ese que me decía

“me hubiese gustado

estudiar

lo mismo que vos”.

Tenía la necesidad

​​de escuchar

a un padre orgulloso 

de su hijo,

ese pibe de Claypole,

del barrio Don Orione

que un día

demostró como ninguno

lo que es poner el cuerpo

por un compañero

y pasó a ser

eterno.

Escuchar

a un padre orgulloso

de que su hijo

le haya quitado

el nombre.

La voz grave

viene del escenario,

cada palabra

es un recuerdo

un golpe.

Estábamos sentados

en el living

viendo por la tele

la represión del 20 de diciembre

“no vayas – me dijiste –

no te quiero ir a buscar

a una comisaria”

usabas bastón, después

silla de ruedas.

Agacho la cabeza

se me caen las lágrimas,

es decir, lloro

estoy de rodillas

y lloro,

levanto la cámara

para tomar una foto

pero también para tapar

no sé qué.

Pasaron 15 años

de muchas cosas

mi viejo, el cáncer

Darío, Maxi

el argentinazo.

No quiero que me vean.

Tenía la necesidad

de escuchar a un padre

y  las palabras

de Alberto salen

las siente y salen

sin pensarlas llora

¿Siempre hay que pensarlas?

Hablás y llorás, Alberto

sin tener vergüenza

y ese llanto

que también es mío

que también es nuestro

que también es puño

es el nudo en la garganta

es tragar saliva

es que nos tiemble la pera

para no seguir llorando

es gritar ¡Presente! con el alma

cuando nos acordamos

de Darío

gritando de dolor

en ese charco de sangre

tirado en la estación

y yo me acuerdo

de mi viejo

delirando

mientras esperábamos

la ambulancia.

Miro a mis compañeros

a mis compañeras

también están llorando

y se tapan la cara

aunque no tienen cámara.

Quisiera saber

cuál es el llanto

que nos une.

 

 

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Cantar para pedir justicia

Cantar para pedir justicia

Música 25 septiembre, 2017 0

Hace algunos días se dio a conocer vía redes sociales “¿Dónde está mi hermano Santi?”, tema en clave de reggae con una letra escrita para Santiago Maldonado por su hermano, Germán, y a la que le pusieron voz cantantes como Miss Bolivia, Teresa Parodi, Palo Pandolfo, Liliana Herrero, Guillermo Fernández, entre otros y otras referentes de la música popular.

¿Dónde está Santiago Maldonado?, se pregunta gran parte del país. Y también lo pregunta Taty Almeida (Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora) en la introducción de ¿Dónde está mi hermano Santi?, canción cuya letra fue escrita por Germán Maldonado, hermano de Santiago. Liliana Herrero, Miss Bolivia, Palo Pandolfo, Bersuit, Dolores Solá, Teresa Parodi, Horacio Fontova, Gastón Gonçalvez y Nonpalidece, Fósforo García (Pez) y Guillermo Fernández, son algunos de los músicos que le ponen voz a un tema emocionante por su contenido y por la unión de esas voces que se entrecruzaron desde distintos estilos musicales en un punto en común: un pedido de justicia.

A lo largo del tema que suena en clave de reggae con algunas variantes de rap el pedido es claro: “Devuélvanlo”. Pero también es poético y esperanzador, con frases como “Esperamos que regreses (a tierra)/ Con nuevas formas de cultivar/ Traerás semillas de otros planetas/ Y el pueblo sus frutos consumirá”.

Esta canción habla de la lucha de Santiago, la de los pueblos masacrados, el pedido de justicia por los 30 mil desaparecidos, la lucha de su familia por encontrarlo. Emocionan las voces de todos y todas al final del tema, cuando repiten sin cansancio “¿dónde estás, Santiago?”, hablándole directamente a él, como esperando una señal o que finalmente se tomen las responsabilidades necesarias para resolver qué pasó, dónde lo llevaron, o cómo y cuándo lo van a devolver.

Desde aquél primero de agosto en el cual se desató la violenta represión por parte de Gendarmería en la Lof en resistencia Cushamen (Chubut), no solo la familia de Maldonado se dedicó a buscarlo, sino que miles de personas se sumaron con el pedido en las calles, en las redes sociales, en sus lugares de trabajo y, en esta oportunidad, en la poesía y con la música como una trinchera, la misma compartida mientras salen estos párrafos junto a la pregunta ¿dónde está Santiago Maldonado?”.

 

¿Dónde está mi hermano Santi?

(letra publicada por Germán Maldonado)

Un Primero de agosto

Gendarmería irrumpió

en la Pu Lof Cushamen

y a Santi se lo llevó.

 

Dónde está mi hermano Santi

Digan quién se lo llevó

Si fue la Gendarmería

Entonces devuelvanlo

 

Ahora viaja por el cosmos

En una nave motorhome

Con sus nuevos amigos

Peleando en la Pu Lof de Orión.

 

Su lucha aún no está concluida

Pero tiene una nueva misión

De unir a la galaxia

para una vida mejor.

 

Donde está mi hermano Santi

Digan quién se lo llevó

Si fue la Gendarmería

Entonces devuelvanlo.

 

Donde está mi amigo Santi

Digan quién se lo llevó

Si fue la Gendarmería

Entonces devuélvanlo.

 

Esperamos que regreses (a tierra)

Con nuevas formas de cultivar

Traerá semillas de otros planetas

Y el pueblo sus frutos consumirá.

 

Donde está mi hermano Santi

Digan quién se lo llevó

Si fue la Gendarmería

Entonces devuélvanlo.

 

Donde está mi amigo Santi

Digan quién se lo llevó

Si fue la Gendarmería

Entonces desapareció.

 

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Lo que sus ojos vieron

Lo que sus ojos vieron

Cultura 19 septiembre, 2017 0

Por Valeria Mapelman (*)

Ni´daciye, sobreviviente de la Masacre de La Bomba, falleció el domingo en su comunidad de La Esperanza, Formosa.  Otro anciano que se va sin justicia, pero deja su testimonio.

Don Solano Caballero falleció el domingo 18 de septiembre por la tarde. Su verdadero nombre, el que le pusieron sus padres, era Ni´daciye. Tenía muchos años, una mujer y varios hijos. Uno de ellos, Jorge, ex combatiente en la guerra de Malvinas. Y un hermano, Caincoñen, asesinado por las balas de un colono expropiador.
La comunidad La Esperanza fue el más importante de sus proyectos, un pequeño retazo de monte que alguna vez los Pilagá perdieron a manos de la Gendarmería de Línea y que volvió a sus verdaderos dueños silenciosa y pacíficamente recuperada. Pero tuvo otros. El creía en la justicia y estaba convencido de que el Estado argentino reconocería algún día el gran crimen cometido contra su pueblo.

Cada 10 de octubre, en un nuevo aniversario de la Masacre de La Bomba, tomaba el micrófono y relataba en detalle lo que había visto. Falleció Don Solano, pero no se fue del todo, siempre estará con nosotros relatando una y otra vez lo que sus ojos vieron.
Su testimonio
“Como a las seis o siete de la tarde vinieron los milicos hasta donde estábamos y empezaron a disparar. ¡Pobre gente!

Cuando empezaron los tiros caían niños, caían mujeres… ancianos. A una mujer la balearon acá, a un hombre acá en la rodilla, todos gritaban, las mujeres, los niños…

Pasó el primer tiroteo, el segundo, y en el tercero sentí miedo. Todos los que estaban ahí quedaron baleados, todos cerca del madrejón.

Cuando largaron los primeros tiros mucha gente cayó herida.

Caían por allá, por allá, por allá. Me acuerdo que a un hombre le quebraron la pierna y a otro le dispararon en la boca. A ese hombre lo llamábamos Kaamkot… a él le pegó la bala y cayó.

Más allá se escuchaban los gritos de otro anciano que había caído baleado y estaba en el suelo, se llamaba Kalaky, y tenía quebrada la pierna.

Desde ahí yo podía ver como morían los chicos y a una mujer que cargaba su yica, vi cómo la balearon en la nuca”.
“Vi morir a mucha gente ahí pero yo estaba tranquilo, no lloraba.

Entonces apareció un anciano que se acercó dónde estaba mi papá.

Dió una vuelta así caminando. Mi padre le dijo que se tirara cuerpo a tierra, arrastrándose. Yo no lo podía llevar, porque el viejo forzudo iba agazapado, y ahí nomás me pongo muy triste cuando me acuerdo, porque vi sus pies quebrados por los tiros.

Pobre hombre, pobrecito era muy viejito. Pudo acercarse a un árbol pero estaba muy mal herido. Estaba llorando, estaba lleno de lágrimas. Ahora sufro cuando me acuerdo.

¡Yo era un buen tirador, si hubiera tenido un rifle en ese momento hubiera matado unos cuantos milicos! pero no tenía con qué…

Después me escondí otra vez, esa fue la cuarta. Y largaron otra vez los tiros.

¡Paf, paf!

Todos los troncos de los árboles quedaron llenos de balas por eso la Gendarmería los volteó después.

Solo había cincuenta metros entre ellos y nosotros.

Yo estaba escondido como a unos cincuenta y cinco metros. Ahí había tres árboles. Un algarrobo, un palo mataco, y un quebracho colorado. Había varios árboles grandes, un guayabí y un mistol enorme. Cuando terminaron la matanza cortaron todos esos árboles por eso no existe más aquel monte. Si no hubieran cortado el monte hubiéramos podido encontrar ahora todas las balas incrustadas en los árboles, pero pasaron las topadoras y se llevaron los ranchos y los árboles. Si hubieran dejado el árbol donde yo me escondí podríamos encontrar las balas y ya no podrían seguir mintiendo. Todos podrían verlo”.

Junto con el remate de los heridos se había iniciado la persecución de los sobrevivientes. Don Solano huyó hacia el norte, pero algunos días más tarde fue capturado por tropas de Gendarmería y llevado en calidad de prisionero a la colonia estatal para indígenas de Bartolomé de las Casas.

Su ropa estaba hecha jirones, las espinas le habían arrancado el pelo y su cabeza sangraba. Cuando llegó a la colonia se encontró con un grupo de más 200 refugiados agrupados alrededor de distintas fogatas, hambrientos, durmiendo en el suelo.
Al día siguiente fueron repartidos en las chacras para trabajar. Les dieron herramientas, los alimentaron y pasaron muchos meses hasta que pudieron escapar y volver a sus territorios. Corría el año 1948.

(*) La autora es documentalista, integrante de la Red de Investigadores en Genocidio y Política Indígena en Argentina y directora de “Octubre Pilagá, relatos del silencio (tailer https://www.youtube.com/watch?v=–IURxjrjQE).

 

 

 

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Constelaciones en la noche de Buenos Aires

Por Laura Cabrera @LauCab/ Fotos: Seba Klein

Con un Luna Park agotado, el músico Lisandro Aristimuño presentó su último disco, “Constelaciones” junto a artistas invitados y una propuesta musical que volvió los inicios del artista y la vez demostró la madurez musical de quien lleva siete discos editados y un camino recorrido por centros culturales, dos Gran Rex y este primer Luna.

Pensar en cómo empezar a contar lo que pasó el sábado pasado en el Luna Park es pesar en empezar a contarlo por el cierre, con Lisandro sobre el escenario, saludando a quienes estuvieron en ese estadio repleto y dejando un mensaje de apoyo a la música independiente, a la autogestión y a la música argentina. Es que de ahí parte la historia de Aristimuño: de las pequeñas salas, de compartir escenarios con músicos de ese palo, de tocar en lugares pequeños, siempre con la misma energía. Y ahí estaba, presentando Constelaciones en el Luna, casi como si esta acción fuese también parte de la poesía que abre la puerta al mundo Aristimuño, ese en donde la sensibilidad desde lo musical pasa por el cuerpo de quienes escuchan y se conectan a algo que en el mundo real (el que en esta oportunidad estuvo afuera del Luna Park) no se puede encontrar.

Pasadas las 21.30, Lisandro salió al escenario con “Rastro del percal”. Así se iniciaba un show en donde se sintieron la fuerza de la banda, los aportes brillantes de los invitados e invitadas y los momentos de Lisandro solista, todo esto en poco más de dos horas en las que las emociones podían sentirse en el aire. No faltó en ese tiempo la mención al Sur y a Azul, su hija, ambos presentes en muchos de sus temas. Pero tampoco faltó el compromiso social como artista y el no poder dejar de preguntar dónde está Santiago Maldonado, justo al inicio de “Green lover”, tema dedicado a las Abuelas de Plaza de Mayo.

La presentación de Constelaciones contó además con momentos en los que grandes de la música nacional se subieron al escenario. Las primeras en hacerlo fueron Hilda Lizarazu y Fabiana Cantilo, quienes sumaron sus voces al alegre “Voy con vos”, cuarto tema de la noche. A mitad de show fue Javier Malosetti quien se sumó con arreglos en bajo al nostálgico “Good morning life”, primer corte de difusión de este último disco. Pero la sorpresa de la noche se dio al momento en que Fernando Ruiz Díaz (Catu Pecu Machu) apareció en escena para cantar “Para vestirte hoy”, rompiendo por completo con el show, cambiando la energía por el estilo rock que lo caracteriza, generando el quiebre en el momento justo, demostrado también la grandeza de un músico que deja todo el protagonismo a su invitado.

Así como pudieron escucharse variantes de “Tu corazón”, “Blue”, o “How Long” (en donde Rocío Aristimuño se llevó todos los aplausos, luego de su zapateo estilo flamenco), también hubo lugar para el Lisandro de los tiempos en los que el número de público era menor, en donde una guitarra y su voz eran todos los instrumentos. Así sucedió en “Me hice cargo de tu luz”, “tu nombre y el mío” y “canción de amor”, temas en los que no sólo cambió la atmósfera por la de un concierto más íntimo, sino en donde además se dio la mayor interacción con el público, entre chistes e historias de la poesía encerrada en cada letra.

¿El cierre? Lento y relajado con “Respirar” y “Canción de amor”, explosivo con el último de la noche: parches y cuerdas a fondo para “Elefantes”, uno de los más fuertes del antecesor, Mundo Anfibio.

Más allá de la inmensidad del Luna, de la popularidad alcanzada por Aristimuño y sus resultados reflejados en la cantidad de público, el músico demostró que todo sigue igual, que su música es esa que habla de las realidades cotidianas, de las identidades, amores, emociones, de todo eso que la disfunción narcotizante o esa idea de estar conectado con el mundo, hace que en el día a día quede en el olvido. Es que el mensaje parecería ser siempre el mismo: la música nos acerca a eso que suena a lo que más queremos, a lo que nos emociona y nos conecta. La música nos hace viajar.

 

 

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El domicilio del espanto

El domicilio del espanto

Libros 4 septiembre, 2017 0

Por Cezary Novek / Imagen: La Primera Piedra

Reseña de La casa de los eucaliptus, el nuevo libro de relatos de Luciano Lamberi.

Luciano Lamberti se ha labrado en los últimos años, libro a libro, una sólida reputación como cuentista. En su primer volumen, El asesino de chanchos, introduce un realismo sucio ambientado en paisajes rurales y pueblos perdidos de la Argentina profunda. En El loro que podía adivinar el futuro, se adentra en lo fantástico sin perder ese color regional. Entre medio de estos títulos, incursionó dos veces en la novela, con Los campos magnéticos y La maestra rural. En ambos casos, coqueteando con la ciencia ficción sin apartarse de los tópicos característicos de sus cuentos: personajes oscuros, secretos de pueblo que se murmuran en voz baja, el trabajo con lo no dicho y los narradores indiferentes. Con La casa de los eucaliptus le toca el turno al terror puro y duro.

El cine gore, las leyendas urbanas, los creepypastas, las series clásicas de sci-fi  y lo mejor de la literatura de horror –desde Stephen King hasta los maestros de la era dorada del pulp de Arkham House– se dan cita en esta colección de doce relatos que juega a reinventar los tópicos del género. A medio camino entre el pastiche con guiños para los lectores frikis y la lúdica intertextual, Lamberti recrea elementos de sus libros anteriores tiñéndolos de un sabor macabro que vuelve la lectura, como mínimo, adictiva.

Sin desnudar finales ni tramas, la mejor descripción que se puede hacer del libro es la sinopsis de las historias: Los caminos internos, el primer cuento de esta colección, trata sobre un médico que se plantea su trayecto de vida mientras incursiona en un pueblo plagado de recuerdos inquietantes en una historia digna de La dimensión desconocida. El segundo relato –que  lleva el mismo título que el libro– cuenta la historia de un padre de familia que pacta con una misteriosa visita; vínculo que desatará una serie de crímenes brutales. El tío Gabriel plantea una versión alternativa de zombie, más cercana a los del sueco John Ajvide Lindqvist en Descansa en paz que a los caníbales putrefactos de George Romero. Los chicos de la noche cuenta un misterioso encuentro con una tribu de skaters, relato muy afín al imaginario del primer Clive Barker, así como también a los paisajes urbanos de Mariana Enríquez. Hay una hipótesis sobre las fuerzas malignas que tiran los hilos del poder en El espíritu eterno, mientras que en Vida de E. se presenta una sátira macabra del circuito cultural, cercana a los relatos de humor negro de Gustav Meyrink. La ventana plantea un interesante intercambio entre mundos que lleva al protagonista a la destrucción de su psiquis. Eddie, por otra parte, es una historia sobre un chico retraído con una familia opresora que comienza una retorcida amistad con un ser que habita en el espejo. Muñeca, uno de los puntos más oscuros de la colección, funciona como homenaje a La gallina degollada de Quiroga mientras reescribe con estilo Lolitas de juguete, una de los más inquietantes creepypastas que circulan por la red. Acapulco pone en juego un enigma policial que deja espacio para que el lector dibuje el rostro del espanto como más le plazca. Carolina baila retoma el dilema sobre qué pasa con las cuentas de Facebook cuando los usuarios mueren. Santa, el cuento que cierra el recorrido, explora los recovecos del fanatismo, la superstición religiosa y las posesiones demoníacas con un final abierto que abre las posibilidades a imaginar lo peor.

En La casa de los eucaliptus, Lamberti amplía el universo ficcional presentado en libros anteriores con un estilo simple y directo, que invita con una lectura amena e hipnótica a aventurarse en un mundo de espantos, donde el miedo se presenta no tanto en el monstruo sino en cómo lo desconocido desnuda los aspectos menos tranquilizadores del ser humano. Descubrimiento que lleva al crimen, la locura o la destrucción a la mayoría de los personajes, cuando no deciden hacerse a un lado y convivir con el mal.

 

Luciano Lamberti (San Francisco, Córdoba, 1978). Es Licenciado en Letras, reside en Buenos Aires y dicta talleres de escritura creativa. Publicó Sueños de siesta (La Creciente, 2006), San Francisco (Funesiana, 2008; China Editora, 2014; poesía), El asesino de chanchos (Tamarisco, 2010; Nudista, 2012; cuentos), Los campos magnéticos (La Sofía Cartonera, 2012; China Editora, 2012; nouvelle); El loro que podía adivinar el futuro (Nudista, 2012; cuentos) y La maestra rural (Random House Mondadori, 2016; novela). Participó de las antologías: 10 Bajistas (Eduvim, 2008), Es lo que hay (Babel, 2008), Un grito de corazón (Mondadori, 2008), Hablar de mí (Lengua de Trapo, 2009), Autopista (Raíz de Dos, 2010) y No entren al 1408 (La biblioteca de Babel, 2013).

 

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Desapariciones

Desapariciones

Cultura 1 septiembre, 2017 0

Texto Ema Cutrin / Dibujo Diego Abu Arab

 

En la escuela del barrio, una maestra huesuda y cansada se dispone a dar su clase. La lección del día le toca a (requisa su lista de alumnos) ¡Santiago Maldonado! Santy, por favor, al frente. El aula, el aire y el tiempo permanecen quietos. Vamos, todos tenemos que dar lección. Maestra, Santiago no viene desde hace dos semanas, no sabemos de él, a veces vemos a su madre merodeando la puerta a la salida, con cara de los que están siempre despiertos. La Directora dice que fue un sueño.
En la silla donde debía estar sentado Santiago, había una araña negra.

El hospital esta agitado y manchado con rojo. Todo está listo para la operación más compleja de la semana, pero el cirujano no está presente. ¿A quién le toca?, se preguntan los auxiliares. ¿A quién va a ser? A Maldonado, él es el único que la puede hacer. Qué raro, no tiene costumbre de faltar. Al ir a buscarlo a su oficina de Jefe de Servicio, encontraron allí sus pertenencias habituales, la foto de Favaloro, un termo sobre la mesa y un mate. La yerba del mate estaba caliente.

Un oficinista para un taxi en San Juan y Libertad. Al subirse, descubre sorprendido que el asiento del conductor está vacío. Mira como buscando y ve un banderín de Racing Club, una foto de Maradona mostrando su Che, una credencial que habilitaba a conducir ese taxi a alguien llamado Santiago Maldonado.

La mujer y su compañero se acurrucan y ovillan en el secreto oscuro de su noche. La mujer va al baño. Desde allí lo llama, ¿Santiago? ¿Santi? Nadie contesta. Sale y ve la cama dada vuelta, las fotos volcadas, huellas de uñas sobre la alfombra, signos de la vida aferrándose, un pedazo de tela arrancada de una camisa. La tela es de color verde muerte.

Los pibes quieren salir campeones. Nada de faso, nada de copete, es la final. El barrio entero vino a apoyarlos. Su goleador no llega. ¿Se la pegó ayer? Pero si estuvo toda la semana agitando que no bardiemos. No, ayer despegó temprano de la esquina, para el lado que dobló se veía la luz mala. Los pibes perdieron. La única camiseta que quedo sin ser transpirada tenía el número 9. La letra D de su apellido Maldonado estaba agujereada. De ese agujero salía sangre.

Un joven aburrido abre su Facebook. Éste le pregunta, ¿Qué estás pensando, Santi? Hastiado, no repara en ello. Va bajando en su inicio y se cuelga con la lectura de un texto que habla de una maestra y su alumno, de un médico, de un tachero, de dos amantes, de un pibe de barrio. Asustado, se rescata que los desaparecidos se llaman como él en el mismísimo momento en que oye un estruendo en su puerta y

 

 

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Wos, el guerrero de la palabra que pidió por Santiago Maldonado

Por Mauricio Polchi/@MauriElbueno

En el Luna Park se realizó la final de la Batalla de los Gallos, la mayor competición de Hip Hop Freestyle de habla hispana. El gran ganador de la jornada fue el joven Wos. En su discurso de consagración, pidió por la aparición de Santiago Maldonado y la multitud estalló.

Imagínate que te tenés que subir a las tarimas del Luna Park. Imagínate que te tenés que enfrentar al último campeón. Imagínate que el defensor del título te saca varias cabezas y te dobla en peso. Imagínate que esa bestia te bate a duelo delante de todos. Imagínate que hasta hace un rato ese tipo grandote andaba gritando tu nombre por los pasillos del estadio. Imagínate que en las apuestas todos le van a él. Imagínate que debajo hay una multitud desaforada. Imagínate que el público desea una batalla épica. Imagínate que suena la campana. Imagínate que todo el combate dura menos de cinco minutos. Imagínate que todos los miembros del jurado te eligen. Imagínate que después son miles y miles los que corean tu nombre. Imagínate que tenés 19 años. Imagínate que haces historia en el mítico templo del box. Imagínate que estás en tu momento de gloria. Imagínate que cuando te entregan el cinturón agarras el micrófono y  pedís por Santiago Maldonado, el joven desaparecido a manos de la gendarmería.

Según los organizadores eran 10 mil personas, según el diario La Nación había 9 mil. En concreto, las entradas estaban agotadas y el lugar repleto. En ese marco, el viernes 25 de agosto se realizó la inolvidable final de la Batalla de los Gallos, el campeonato de improvisación en habla hispana más importante del planisferio. El evento, organizado por la marca Red Bull, significó el desembarcó de una nueva generación de raperos en la mayor competición de Hip Hop en castellano.

En el Luna, no hubo guantes, ni puñetazos, ni parpados rotos, ni gotas de sangre en la lona. Con la palabra como arma letal, 16 freestylers de diferentes provincias se enfrentaron para que uno solo se consagre como representante de Argentina en la competición internacional. El ganador de la noche fue Wos.

Nacido bajo el nombre de Valentín Oliva, Wos se vinculó a la escena hiphopera por medio de las latas, cuando salía con sus amigos de la infancia a graffitear las paredes de la ciudad. De ahí al Freestyle, hay un paso. Arrancó en el 2013, tuvo un parate y retomó en el 2015. A la nueva etapa le agregó un plus, los interminables embates que registró en los recreos del colegio Mariano Acosta y los primeros escollos en la actuación teatral. El año pasado logró el Nacional de El Quinto Escalón, en una edición especial que se selló en la sala Groove.

Wos es un competidor curtido y crecido en las plazas, las calles y las esquinas. Con total personalidad, supo trasladar su potenciada identidad a las grandes ligas. Con respuestas inesperadas, acertado ingenio y el mejor Punchline del certamen, provocó un huracán de rimas, ironías y bravuconadas en cada una de las series que conquistó.

De entrada, cuando le tocó abrir la jornada, Wos provocó el primer estallido de la noche y se perfiló como un indiscutido candidato. Después, cuando humilló al último campeón, el marplatense Papo. Se cruzaron en cuartos, en lo que fue una final anticipada. Wos lo paseó sobre el escenario. Con una métrica solvente y un verso filoso, le dijo de todo y lo aplastó. Fue tan contundente su performance que hasta lo dejó sin voz a su experimentado rival. Así es, el pequeño debutante dejó sin voz al campeón. Afónico, descolocado, y completamente afectado por la situación, en un hecho tan insólito como significativo, el defensor de la corona no pudo terminar la batalla.
Luego, en el cierre, la euforia de los presentes hizo temblar el Luna. Y eso ocurrió en los festejos, cuando el flamante ganador del título pidió por Santiago Maldonado, el joven desaparecido en democracia, y a todas las personas que perdieron sus empleos con la llegada de Mauricio Macri a Casa de Gobierno: “Hay que tomar conciencia de todo lo que pasa en el país. Están pasando cosas muy crudas en el país. Hay mucha gente que se está quedando sin trabajo. Acaban de desaparecer a Santiago Maldonado. No hay que olvidarse de esas cosas. Y hay que tomar conciencia y bajar a los fachos estos”.

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