Andrea Conde: “Necesitamos garantizar  la representación de mujeres en el teatro”

Por Natalia Pascuariello

El análisis de la participación femenina en la programación del Complejo Teatral de Buenos Aires (CTBA) durante 2017 arrojó resultados alevosamente dispares: apenas el 20 por ciento de la dirección teatral estuvo a cargo de mujeres y solo se estrenó una obra escrita por una dramaturga. “Necesitamos que las mujeres y otros géneros no binarios tengan el lugar que les corresponde en esa programación”, sostiene en esta nota la diputada por el FpV, Andrea Conde, impulsora del proyecto de Ley de Representación para el teatro estatal que será presentado hoy a las 16 en el salón Jauretche de la Legislatura porteña (Perú 160) junto con el proyecto para incluir perspectiva de género también en el BAFICI.  

Inspirado en un reclamo del Teatro Independiente,  el proyecto de Ley de Representación impulsado por la diputada Andrea Conde, se enmarca en un estudio de la participación femenina realizado en base a las diecisiete obras de teatro nacional para adultos  publicadas y estrenadas en el Complejo Teatral de Buenos Aires (CTBA) durante 2017.  Los resultados son alevosamente dispares: apenas el 20 por ciento de la dirección teatral y la iluminación estuvo a cargo de mujeres y  solo se estrenó un texto escrito por una dramaturga. Las áreas de diseño sonoro y música original en manos de hacedoras alcanzaron el 11 y 15 por ciento respectivamente. Pero la brecha laboral se extiende también en el elenco,  sector en el que la participación de actrices fue de 38 por ciento y el 62 por ciento de actores. En total,  el 36 por ciento de los contratos estuvieron destinados a mujeres y el 64 por ciento a varones.

“Creemos que la regulación en el circuito oficial puede generar un efecto muy importante tanto en el independiente como en el comercial e incluso un efecto dominó en otros sectores e instituciones al poner el debate en estado público,” sostiene la presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud de la Legislatura Porteña. De aprobarse, se aplicará en los cinco teatros que integran el CTBA: Teatro San Martín, Teatro Regio, Teatro de la Ribera, Teatro Sarmiento y Teatro Alvear -este último todavía permanece cerrado – en los equipos creativos y elencos, roles artísticos, de diseño y de producción.

-Hay una disparidad enormemente crítica en los roles de dirección teatral y dramaturgia. No así en el caso del vestuario, donde las mujeres ocuparon el 81 por ciento…

La historia siempre fue contada por varones y el relato de los pueblos también se escribe en las artes.  La mirada de las mujeres quedó mayormente oculta. La de otros géneros más. Muchas mujeres ocuparon lugares muy importantes y dieron las grandes batallas de la historia, sin embargo muy poco se reproducen sus miradas, por eso figuras como Evita o Cristina generaron tanto revuelo en nuestra historia reciente, rompiendo con la idea de mujer que “acompaña” pero no lidera, no escribe historia. En cambio, sí tuvo adjudicado el lugar más “doméstico” y de exhibición de belleza. También es importante mencionar que ese único texto de dramaturgia de una mujer, al igual que todas las direcciones a cargo de mujeres son programación del Teatro Regio, probablemente porque está dirigido por Eva Halac, una mujer que evidentemente se hizo eco. En el resto de los teatros, tanto en dramaturgia como en dirección, hubo solo  varones.

-¿Cómo  surge la realización de este diagnóstico?

-Surge por un lado de la necesidad de avanzar en cada ámbito en la efectiva representación de las mujeres como trabajadoras, como creadoras, compositoras, como productoras de discurso. Porque la equidad no se proclama solo en movilizaciones o en talleres de género, sino que tiene que garantizarse en cada lugar para que haya un cambio efectivo en la sociedad. Por otro lado, habíamos visto un trabajo de visibilización que hicieron mujeres artistas escénicas en 2016 en el que publicaban preguntas dirigidas al público de teatro independiente con la intención de visibilizar que eran muy pocas las obras de mujeres que se veían. Y hay otros dos puntos clave que terminaron orientando este proyecto: el hecho de que en lo performático se crean y reproducen lógicas y dinámicas sociales, y que el Estado es responsable de garantizar igualdad. Entonces, en ese sentido, hay una superposición de responsabilidades: la de garantizar la igualdad expresiva y laboral a todos los géneros, la de garantizar una oferta cultural diversa donde las diferentes voces estén representadas, y la responsabilidad del Estado, cuya línea de gestión también es discurso.

-¿Hay diferencias respecto de años anteriores?

-No hicimos un estudio pormenorizado de años anteriores porque varios teatros del Complejo estuvieron cerrados por mucho tiempo, y durante esos años la discusión se redujo a pedir por su apertura. Hoy tenemos que discutir el contenido y su función social.

-¿Por qué sostiene que la participación de personas de géneros no binarios en la programación fue difícil de detectar?

-Porque más allá de los nombres, las fichas técnicas de los equipos creativos no explicitan el género de las personas, y por tanto, ese dato solo puede obtenerse del conocimiento personal de cada una de las personas involucradas.

-¿Conocen la situación de la representación de las mujeres en el Teatro independiente?

-Sí. Esto se inspira también en un reclamo por la sub representación en el Teatro independiente. Creemos que la regulación en el circuito oficial puede generar un efecto muy importante tanto en el independiente como en el comercial e incluso un efecto dominó en otros sectores e instituciones al poner el debate en estado público.

 

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Entrevista a Dahyana Gorosito, segunda parte: de la soledad y el dolor, a nunca más caminar sola

Por Cobertura Colaborativa #AbsoluciónParaDahyana

Fragmento final de la conversación exclusiva que Dahyana tuvo con medios alternativos que acompañan su lucha desde hace más de un año. El desconsuelo de perder una hija, la injusticia de ser acusada de ello y la esperanza de poder vivir una vida nueva donde ella decida.

Mientras concluye la primera semana de audiencias en la causa que investiga la participación de Luis Oroná y Dahyana Gorosito en la muerte de su bebé Selene, recuperamos la historia de la joven de 22 años que fue obligada a parir en un descampado, le fue arrebatada su primera hija mujer y luego fue incriminada por su muerte. Una trama de violencia, sometimiento y opresión que exige un Poder Judicial con perspectiva de género.

Mayo de 2016. Luego de haber sido sometida a una semana de violencias interminables, que comenzaron con un parto inhumano, la desaparición y posterior hallazgo de su beba muerta y un sinfín de violencias institucionales, Dahyana fue llevada al pabellón de mujeres de la Cárcel de Bouwer. Allí debió permanecer casi un año en prisión preventiva ya que la fiscal Liliana Copello consideraba que había riesgo de fuga aduciendo que Dahyana se había “escapado del hospital”. Sobre ese episodio, Dahyana cuenta que puérpera, sin saber dónde estaba su hija, sin respuestas de las autoridades, y en el día del cumpleaños de su hijo Luisito -quien todavía se hallaba en la casa de los Oroná- estaba desesperada por ir a Unquillo a buscar a sus hijxs. Pero nunca llegó, una oficial de la policía la interceptó mientras se trasladaba en un colectivo interurbano.

Mientras Dahyana aún no se recuperaba de salud y afrontaba el dolor por la noticia de que su hija Selene estaba muerta -se enteró del terrible hecho a través de los medios, durante su internación- afuera se levantaba una marea mediática que la juzgaba sin piedad, apoyándose en una Justicia que no dejaba de acusarla de “mala madre”. Nadie se acordaba de que Luis Oroná, el padre de esa beba, el que se la había llevado, también estaba detenido y acusado por homicidio agravado por el vínculo.

Dahyana estaba sola. No contaba con su familia materna, de la que había huido escapando de la violencia de su padrastro; tampoco contaba con su familia política, la que en un principio fue contención y que luego se transformó en sometimiento, mentiras y extorsión con la muerte de su hija para cubrir a uno de los suyos.

Pero algunas mujeres escucharon la voz de Dahyana, que bajito resonaba, y comenzaron a indagar en el hecho, en la historia de su vida, y a acercarle algunas cosas a la cárcel. Aparecieron vecinas de Unquillo. Y luego un grupo de abogados y abogadas, y después una red más grande de organizaciones sociales que conformaron, en ese entonces, la Mesa de Trabajo por la libertad de Dahyana. El objetivo era que ésta pudiese pasar la navidad del 2016 con su hijo Luisito, de quién estaba alejada desde ese trágico día.

La libertad llegó recién en mayo de este año, unos días antes del cumpleaños de su hijo. Dahyana cuenta cómo fue ese día, en el que a las 10 de la mañana le informaron que tenía que salir “de comisión”, sin mayores explicaciones. Sólo las palabras de una de las guardias con las que tenía muy buena relación le sonaron extrañas: “A lo mejor hoy no vas al colegio de acá, pero podés ir a otro colegio”. El traslado llegó a destino y Dahyana continuaba especulando con lo que ese día podría ser, incluso pensó que era el día del juicio. Inesperadamente, aparecieron dos de sus abogadas con una sonrisa que no podían ocultar (ella estaba aún más desconcertada). “El ayudante fiscal me leía un montón de cosas que yo no entendía, y yo las veía a las abogadas que se reían (…) Después apareció la fiscal (Mercedes Balestrini) y me dijo que quedaba en libertad, que tenía que volver para el juicio. En ese momento, me largué a llorar”. Afuera, la esperaban muchas mujeres para darle un abrazo y decirle, finalmente, que ya no estaba sola.

Sentirse acompañada

Al salir de la cárcel de mujeres, Dahyana intentó volver a la casa de su madre y sus hermanxs, pero poco tiempo le llevó darse cuenta de que todo seguía igual. La violencia que el padre de sus hermanxs ejercía sobre la familia no había cesado.

Pero ahora ya había nuevas posibilidades, una familia nueva, compañera. Dahyana se refugió en aquellas mujeres que escucharon su voz y comenzó a transitar un camino que nunca había tenido la oportunidad de conocer: el de la libertad. Podía vivir por primera vez sola y tranquila, pero sabiéndose acompañada por muchas.

Nos cuenta que un día regresó a Bouwer por sus cosas y allí estaba todo. Sus compañeras habían guardado cada una de sus ropas, cuadros y fotos, e incluso los materiales con los que Dahyana hacía artesanías. Todo eso pasó a formar parte de su nuevo hogar, adornado enteramente por fotos de sus momentos felices con quien es la causa de sus risas, su hijo Luisito.

La tortura de estar un año separada de su hijo Luis no concluye aún. A Dahyana sólo se le permiten algunas visitas semanales que actualmente no se están concretando, mientras Luisito está a cargo de la mamá de Luis Oroná.

Imaginar el futuro se vuelve algo hermoso y duro a la vez. A Dahyana se le retuerce el corazón al pensar en el juicio que hoy debe transitar, en todo este mal sueño que la aleja de su hijo y que pone en vilo el futuro de su bebé por nacer: “Es como una tormenta que inició el día que me llevaron presa sin saber porqué, sólo me decían que yo era la madre”. Dahyana fantasea que cuando esa tormenta pase, podrá tener un futuro con sus hijos en el que finalmente pueda tomar sus propias decisiones.

—¿Qué te gustaría?
— Tal vez pueda trabajar desde mi casa, para poder criar a mis hijos, porque se puede.

De la misma manera en que todas sentimos hoy el dolor de Dahyana, ella comienza a sentir el de otras mujeres y nos cuenta que su vida ya nunca será igual. Estamos cerca y estamos juntas, incluso a la distancia. Un caso tan cercano como el de Victoria Aguirre y su beba Selene la conmueve, pareciera que están hablando de su vida cuando, en realidad, es la vida de otra, pero parece y se siente como propia.

Dayhana encontró su lugar rodeada de mujeres que ayudan a otras mujeres en situaciones de violencias. Un día suyo se llena con trabajos de mantenimiento de un espacio cultural pensado para mujeres, con la meta de finalizar sus estudios secundarios y con el aprendizaje de acompañar a aquellas que transitan situaciones similares a las que ella vivió.

Ella puede ver ahora cuántas son las violencias a las que las mujeres están sometidas cotidianamente e identifica incluso aquellas que nunca marcó como tales, pero que vivió en carne propia. El aprendizaje es cotidiano, y duele. Hoy su vida se ha vuelto suya, se teje en un “entre mujeres” con el que camina y del cual toma fuerza para darle batalla a la violencia machista e institucional.

 

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#VivasNosQueremos, un solo grito en campaña gráfica

Por Vivian Palmbaum @vivi_pal/ Foto: Editorial Muchas Nueces

El viernes pasado se presentó el libro #VivasNosQueremos- Campaña Gráfica, material de ralización colectiva y anónima que recoge las producciones de distintos sectores y regiones nuestramericanas. Un grito que se unifica para crear sentido y llegar a las calles porque, tal como expresó una compañera del  Colectivo Mugre de México, “las calles también son nuestras y tenemos derecho a caminar sin miedo” y “porque Vivas nos queremos, una apuesta a la vida entre tanta muerte”.

Un grito fuerte y visible al alcance de cualquiera

Así es la consigna desde donde nace la iniciativa colectiva de una campaña gráfica dirigida a visibilizar el derecho de las mujeres a no ser violentadas, para derribar la cultura machista y patriarcal que constituye el sentido común, desde el cual las mujeres son violentadas, asesinadas y maltratadas. El viernes pasado, en el Espacio Mu,   se hizo la presentación del libro #VivasNosQueremos – Campaña Grafica. Natalia, Carolina, Florencia, Gaby, Florencia, Alejandra, y Ángeles fueron las encargadas de presentar la cuidada elaboración del material que reúne la campaña gráfica compuesta de estampas y grabados que intentan plasmar un mensaje que esté en las calles, para replicar, para concienciar, para darle fuerza a las mujeres en la vida cotidiana.  Se trata de una producción editorial conjunta y compartida por los colectivos Muchas Nueces, El Colectivo y Chirimbote junto a la campaña #VivasNosQueremos.

“La campaña comenzó en el 2015, es anónima y por eso las imágenes no están firmadas y la idea es reproducir una imagen en xilografía, grabado, en blanco y negro con la frase Vivas Nos Queremos y  salir a la calle. La idea del libro fue reunir todo el proceso desde el 2015 hasta ahora”, se explicó al inicio de la presentación.

#VivasNosQueremos es una campaña gráfica que nace en México como una iniciativa de poner el cuerpo en la calle.  Con un mensaje visual que enviaron las compañeras de la colectiva Mujeres Grabando Resistencias (MUGRE) se describió la iniciativa.  Un relato en donde se fue trazando la genealogía de esta campaña que hoy se recoge en la edición de la campaña gráfica en formato de libro. Una acción nacida en México, que surge en el año 2012 en el espacio de una escuela popular, donde estas mujeres coinciden y escuchan las resonancias comunes acerca de que “vivimos como mujeres en una ciudad tan caótica y violenta, con colonialidades, como es México, donde el número de feminicidios viene aumentado terriblemente” .  Así fue que tomaron el grabado como lenguaje que permite plasmar un mensaje en las calles, retomando la tradición del grabado mexicano como parte de las luchas populares y de contenido social.

Ante  esta dificultad de enfrentar la vida cotidiana y por la ausencia de espacios, para expresar la solidaridad con las luchas de mujeres en México y en el mundo, para enfrentar la exposición mediática que objetiva el cuerpo de las mujeres.   “Frente a esta negativa visual nuestro sentido es generar imágenes desde un sentido propositivo, apostándole a la vida. Así surge la campaña gráfica #VivasNosQueremos. Las calles también son nuestras y tenemos derechos a transitarlas y habitarlas día a día”, indicaron quienes impulsan este proyecto.  Repartir estos carteles para que sean pegados en cualquier lugar del mundo, sin ningún costo, porque la idea es que la gráfica hable por sí misma.  La campaña se fue expandiendo,  tomó contacto y enlace con otras experiencias en otras regiones: “Que tengan eco en piases tan distintos como Argentina, nos hace saber que no estamos solas, que venga lo que venga vamos a trabajar juntas”.

También la campaña toma la problemática del femicidio como riesgo laboral, y la imagen de Laura Iglesias que forma parte de la campaña. Laura Iglesias fue  la trabajadora social del Patronato de Liberados, asesinada en plena actividad laboral. Una de sus compañeras relató cómo fueron encontrando la solidaridad entre mujeres, con la imagen de la compañera asesinada como bandera de lucha contra la precarización laboral y las condiciones riesgosas  que aún no se modifican.  “Una imagen que pone sobre la mesa, el femicidio en el ámbito laboral y las condiciones en que aún siguen trabajando sus compañeras y para poder acercarse a otras compañeras”. “Que su imagen sirva para seguir construyendo solidaridad entre las compañeras, para ser parte de algo más colectivo. Para que las condiciones laborales tengan una perspectiva de género, para cuidarnos entre nosotras”, indicaron.

De la presentación participó la licenciada Silvia Dolinco, con “ideas en borrador dichas en voz alta”, tal como expresó. Dolinco como historiadora puso en valor las genealogías que pudo ir encontrando en el libro. Así  mostró  que “estas imágenes hechas por mujeres y publicadas por mujeres” son un hecho inédito que le da continuidad a la idea de lxs artistas del pueblo o clubes de grabado.  Al mismo tiempo señaló que el tratamiento de estas imágenes como públicas, de libre uso, patrimonio de todes se asemeja a la idea de imágenes viajeras. Entre otras cosas le dio gran valor al poner el cuerpo de las mujeres: mujeres imprimiendo, que pasan de la acción en el taller a la salida en la calle. Poner el cuerpo como acción manual y física del realizar. A la vez que destacó la imagen colectiva, hecha de símbolos, imágenes y palabras y la presencia de esa alianza de clases sociales del mayo francés que se puede encontrar en la tradición del grabado, obreros, artesanos, artistas. Imágenes públicas que se expresan en el grabado: del taller a la pared, del taller al libro impreso, del libro impreso a la red.  Fue parte del valioso aporte de la historiadora del arte.

Para finalizar, otra de las artistas participantes subrayó “el poder multiplicador” de estas imágenes, y explicó el “valor del desplegable”, que es parte del libro,  que intenta  multiplicar el concepto, sacarlo del libro para que esté pegado  en el taller, para que ayude a poder llevar adelante esta tarea, para que cualquier persona que no lo haya hecho antes pueda hacerlo a partir de estos símbolos imágenes, palabras y poner el cuerpo, hacer y salir a pegatinar estas imágenes, es una invitación que trae el libro para seguir haciendo, cualquier persona que no sepa hacerlo a partir de estas imágenes pueda hacerlo.

“Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”. Con esta frase, Minerva Mirabal respondía a las amenazas del régimen del presidente Trujillo.

Desde 1981, cada 25 de noviembre, se levanta la voz para recordar que las mujeres rechazamos la violencia de género. La determinación de ésta fecha fue elegida en Colombia, en el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, en conmemoración del asesinato de las hermanas Mirabal, Minerva, Patria y María, a manos de la dictadura de Leónidas Trujillo en República Dominicana. Conocidas como “Las Mariposas”, estas mujeres nacidas en una familia acomodada en la provincia dominicana de Salcedo, con carreras universitarias, casadas y con hijos, contaban en el momento de su muerte con cerca de una década de activismo político.

Desde 1981 la fecha de su muerte se convirtió en un día señalado en Latinoamérica para marcar la lucha de las mujeres contra la violencia, realizándose el primer Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe, en Bogotá (Colombia).

En dicho encuentro las mujeres denunciaron los abusos de género que sufren en el nivel doméstico, así como la violación y el acoso sexual por parte de los Estados, incluyendo la tortura y la prisión por razones políticas.

En 1999 la ONU lo convirtió en un Día internacional.

Para conmemorar esta fecha #Vivas Nos Queremos – Campaña Gráfica, una producción editorial colectiva, un material de trabajo compartido y para compartir, para hacer visible lo que aún está invisible, que nos ayude a multiplicar y a cuidarnos de manera colectiva.

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Entrevista a Dahyana Gorosito (1a. parte): una historia de violencias contada en primera persona

Por Cobertura Colaborativa #AbsoluciónParaDahyana

Es la primera vez que Dahyana cuenta su verdad para un medio de comunicación. Su palabra -ignorada por casi todxs lxs funcionarixs policiales y judiciales- es fundamental para entender la causa en la que se la juzga por la muerte de su hija Selene. Una secuencia interminable de violencias y múltiples opresiones, y la necesidad impostergable de una justicia con enfoque de género.

Este lunes comienza en la Cámara 12a del Crimen el juicio por jurados populares contra Dahyana Gorosito y su ex pareja Luis Oroná, ambos acusados por homicidio calificado por la muerte de su bebé en mayo de 2016.

Con 20 años, Dahyana fue obligada por Luis Oroná a parir en un descampado de la localidad de Unquillo (Córdoba), a la intemperie, con frío y sin asistencia. Apenas nacida la beba, Oroná la arrancó de sus brazos y se la llevó, aduciendo que él no era el padre. Selene murió de hipotermia.

Sin ningún tipo de perspectiva de género y desconociendo las múltiples violencias que sufrió a lo largo de su vida, durante su embarazo y su parto, la Justicia acusó a Dahyana de no haber impedido el homicidio de Selene. Por eso debió pasar un año en la cárcel y por eso se expone a una pena máxima de prisión perpetua por un crimen que no cometió.

Dahyana fue víctima durante años de violencia de género por parte de Oroná. Y ahora es víctima de la justicia machista cordobesa que la castiga por no haber tenido un accionar heroico para salvar a su hija, sin tener en cuenta las condiciones en que tuvo que parir, ni el estado puerperal en el que se encontraba, ni la situación de extrema vulnerabilidad en la que vivía aún antes del embarazo.

Como en otros casos, en el de Dahyana se cruzan múltiples opresiones que son el reflejo de situaciones cotidianas que viven muchas de las mujeres de nuestros barrios.

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Una secuencia interminable de violencias

Es una tarde calurosa en Córdoba, y se ve venir la tormenta. En el espacio donde nos encontramos, Dahyana llega y se acomoda, sumándose a la ronda de mates. Comienza a hablar y la reconstrucción es larga. Para encontrar las primeras marcas de la violencia patriarcal en la vida de Dahyana tenemos que remontarnos a su infancia. Los primeros recuerdos que surgen cuando le preguntamos por su niñez, son de cuando tenía ya diez años. Su mamá había sido detenida por un tema relacionado con drogas y su padrastro -el papá de sus hermanxs- también estaba preso por denuncias de violencia. En ese momento, Dahyana no conocía a su papá y recién lo haría mucho tiempo después.

Dahyana recuerda: “Con mi hermano nos fuimos a la casa de la mamá de mi mamá. Yo era chica, habré tenido 9 o 10 años. Como mi hermana era bebé nos separamos y se quedó con la abuela paterna. Ahí no la pasamos tan bien, porque mi mamá era la vergüenza de la familia y a nosotros dos prácticamente nos trataban de huérfanos (…) Yo tuve que hacer de mamá de mi hermano porque era muy pegado, más que todo al padre, pero éste muchas veces estaba preso (…) A veces le pasaba algo, lloraba y yo trataba de ponerlo bien pero no sabía qué tenía. Era chica y me preguntaba si mi mamá iba a volver. Y no”.

Esa etapa se extendió durante alrededor de tres años, durante los cuales estuvieron separados de Micaela, la hermana menor, porque las familias no tenían relación entre sí. Durante el primer tiempo, alternaron su estancia entre la casa de sus tíos en barrio Guiñazú y la casa de la abuela materna en barrio Juan Pablo II. Cuando la mamá de Dahyana recuperó la libertad, permanecieron todavía un tiempo más en la casa de la abuela materna pero la convivencia era insostenible y las discusiones se repetían. “Mi mamá siempre fue vista como la mala de la familia, o sea, las otras hermanas no caían presas y así, como la vergüenza, y nosotros también. Mi abuela tampoco lo quería al padre de mis hermanos, porque sabía que la maltrataba a mi mamá. Ella le advertía y le decía que si ese hombre le pegaba iba a seguir siendo así. Pero ella seguía con él”.

Las dificultades en la convivencia hicieron que la madre de Dahyana decidiera buscar otro lugar donde vivir con sus hijxs. En ese momento, su hermano le ofreció una casa cerca de donde vivía él y se trasladaron. Hasta ese momento, explica Dahyana, “mi mamá iba a visitarla a mi hermana pero no la traía a la casa porque ella ya estaba apegada a la abuela”.

Todo se complicó cuando la mamá de Dahyana le dio la dirección de la casa a Oscar, su padrastro. “El padre de mis hermanos no quiso saber nada de que viviéramos ahí. Una noche nos hizo cagar a mi mamá y a mí, porque yo era como que la tapaba a mi mamá y todas esas cosas, y al otro día hizo que trajeran un camión para que nos lleváramos las cosas y nos fuimos a vivir allá a San Roque, a una casa al lado de donde vivía la abuela de mi hermana”.

Lejos de mejorar, la vida fue aún más difícil para Dahyana: “Nos fuios a vivir ahí y también fue un calvario porque Oscar se emborrachaba o algo y ya la hacía cagar a mi mamá, me hacía cagar a mi, y esas cosas. Él no me quería porque no era hija de él. Cuando éramos más chicos a mi hermano no le pegaba y a mí sí, desde chica no más. Todo volvió a ser como antes de que estuviera presa”.

El relato es complejo cuando Dahyana intenta reconstruir la razón de las repetidas detenciones de Oscar, el padre de sus hermanxs. En ellos se entrelazan las denuncias por violencia contra su pareja, mamá de Dahyana, y la explotación de lxs chicxs. “Cuando éramos más chicos nosotros -recuerda Dahyana-, él nos mandaba a trabajar vendiendo cosas, casa por casa. No me acuerdo bien, pero sé que es ese trabajo porque iba casa por casa, nos mandaba a mí y a mi mamá. Y bueno, mi mamá por ahí iba a hacer una denuncia (…). Entonces le dijeron que si le llegaba una citación lo iban a llevar detenido, que iba a caer la policía ahí no más pero que no se preocupara (…) y bueno, caía la policía y lo llevaban”.

La falta de respuestas

La violencia se repetía y se agravaba por diversas razones, y para Dahyana la vida en su casa de Barrio San Roque se hizo insostenible. Tenía tan sólo 13 años cuando sintió que no podía seguir viviendo de esa manera: “Hubo muchos problemas ahí. Así que una vuelta yo agarré, me fui al colegio y cuando salí me fui. Andaba en la calle. Yo no tenía dónde ir y tampoco contaba con la familia de mi mamá, con nadie, entonces me fui a la casa de una prima de mi mamá. Ella trabajaba de limpieza en la SENAF y me llevó ahí, donde me dieron a elegir: si volvía a la casa o si iba al instituto. Preferí un instituto porque está bien, es medio feo, pero yo creo que en ese momento pensaba que lo más feo era volver y aguantar todo eso, era peor”. En el instituto de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia permaneció varios meses hasta que volvió a lo de su mamá. “Volví de nuevo con mi mamá porque ‘todo iba a cambiar’, y eso”.

Cuando le preguntamos a Dahyana si había vuelto a la casa porque su mamá la había ido a buscar, pensativa, contestó que no, que la que pidió volver con su mamá y sus hermanxs fue ella, creyendo que las cosas podían ser diferentes. Pero en realidad, nada había cambiado.

La voz de Dahyana es tranquila cuando recorre la espiral de violencia que marcó su vida. Sin embargo, quienes escuchamos no podemos evitar la angustia de imaginar a esa Dahyana, aún niña, sometida a un maltrato que, de tan cotidiano, se había convertido en “natural”. No es menor entender que las reiteradas mudanzas hacían que no pudiera consolidar ninguna relación de amistad, ni permanecer en la escuela. La soledad iba creciendo a medida que los años pasaban y la violencia machista se le iba haciendo carne.

Para Dahyana, los momentos de tranquilidad, cuando se sentía bien, eran cuando no estaba el padre de sus hermanxs en la casa. El miedo que sentía ante él era cada vez más intenso.

La etapa siguiente de la vida familiar ubica a Dahyana en un periplo de refugios de la organización Portal de Belén, a partir de una nueva denuncia de violencia contra su padrastro: “Primero fuimos yo y mi mamá ahí porque el papá de mis hermanos le había pegado mucho, entonces hicimos denuncia todo y nos llevaron ahí. Después la llevaron a mi hermana también. Es como una casa con varias mujeres con niñitos. Después nos fuimos al Portal de Belén que está en Ituzaingó y de allí nos pasaron al Portal que está en Argüello. Así de un lado para el otro siempre íbamos”.

Mientras estaban en el Portal de Belén en Argüello, le ofrecen a la mamá de Dahyana una casa en Villa Allende con la condición de que Oscar, su pareja, no conociera la dirección. Dahyana recuerda que su madre -a diferencia de Oscar, que no trabajaba-, siempre se las rebuscó, limpiando casas, cuidando señoras, en lo que podía. Sin embargo, una vez instaladas, le avisó a su pareja y volvieron a convivir.

En esa casa de Argüello, Dahyana cumplió sus 15 años, en el mes de noviembre. Esa Navidad -recuerda- “el padre le pegó a mi hermana, le quería pegar también a mi mamá entonces fue un problema muy grande (…) y ahí eran como departamentos que toda la gente lo escuchaba, entonces salí y fui a la comisaría que estaba a cuadras de donde estábamos, no era lejos. No me dieron mucha bola porque era la Navidad, y tuve que esperar horas, hasta el otro día que volví. Siempre pasaba lo mismo, cosas así, discusiones, y eso no me gustaba porque yo sí le tengo mucho miedo al padre de mis hermanos. Él venía en pedo y yo ya sabía que algo le iba a hacer a mi mamá”.

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Escapar de la violencia para encontrar más violencia

En ese momento, Dahyana iba al colegio secundario Raúl de Llano en Villa Allende, donde conoció a Bárbara Oroná, prima de Luis Oroná. Dahyana recuerda con claridad el episodio que la decidió a aceptar la invitación de su amiga a irse a su casa. “Una vuelta habíamos salido temprano del colegio con mi hermano, él se había ido a la casa y debe ser que no le gustó mucho al padre. Fue y me buscó en el polideportivo ese que está en Villa Allende. Yo estaba ahí con Barbi, y me insultó diciéndome que vuelva a casa, que me iba a hacer cagar, pero tratándome mal ahí adelante de todos, había chicos de colegio, todos. Cuando se fue, le conté toda esta situación de violencia a Barbi y ella muchas veces me sabía decir que ella vivía sola. Ella me dijo ‘vamos a mi casa hasta que vos puedas hablar con tu mamá y todo eso’, y me fui a la casa de ella, y ahí fue cuando lo conozco a Luis”.

Dahyana empezó a salir con Luis. Nunca más volvería a la casa de su madre. Pensó que en la casa de los Oroná iba a estar a salvo de la persona que más miedo le provocaba, su padrastro. Incluso tuvo que dejar el colegio porque él iba repetidamente a esperarla a la salida. Cuenta que, en un principio, todo le parecía lindo, pero que con el tiempo, fue comprendiendo el funcionamiento de la familia Oroná y las historias cruzadas y complejas, y comenzó a intentar alejarse. La casa era grande, y en ella habitaban muchos miembros de la familia Oroná: primos, hermanos, hermanas, tías y sobrinos.

Ella percibe que el quiebre se dio cuando confrontó a Luis Oroná por un romance. Ahí sufrió el primer hecho de violencia física. Sin embargo la violencia, en otras formas, se había presentado antes, cuando Luis la abandonaba para salir y no volver por muchas horas, justificado por su madre, que le decía a Dahyana “que no le dijera nada porque venía tomado, y esas cosas, sino se enojaba, que bueno, se iba con los amigos pero que no pasaba nada, que lo tenía que dejar pasar”. Ella debía limitarse a cumplir con su rol de mujer: “Limpiar y cocinar a veces, para todos los que vivían en esa gran casa”. En ese interín, cuando Dahyana todavía barajaba la posibilidad de irse de esa casa, es que se entera de su primer embarazo.

La segunda vez que Luis le “levantó la mano” fue cuando ella se negó a viajar a Cabana, a donde una parte de la familia Oroná se había mudado. Su suegra y un hermano de Luis la acorralaron para obligarla a ir, bajo la amenaza de echarla de la casa. “Yo ya no podía volver a mi casa, y si llegaba a caer embarazada, peor. Yo siempre pensaba en el padre de mis hermanos, porque él le iba a hacer problemas a mi mamá. Entonces no, no tuve más alternativa, y fui. Yo rogaba que Luis no tomara mucho porque si tomaba mucho y nos íbamos a la casa ya sabía qué iba a hacer. Era como que me estaba pasando lo mismo que a mi mamá cuando estaba con mi padrastro. Eso me estaba pasando”.

El embarazo de Dahyana no aplacó la violencia que sufría en la casa de los Oroná. Tampoco cambió a Luis como ella deseó, creyendo -como los mitos cuentan- que “ el primer hijo cambia al padre”. Pero para ella, el embarazo sí fue una vuelta en su vida. Cuando nombra a Luisito, sus ojos se llenan de lágrimas. Desde el día en que nació, fue el centro de la vida de Dahyana, ya nada a su alrededor importaba: todo era para él. Es el primer momento en el relato de Dahyana que una puede percibir una expresión de alegría, de algo que se parece a la felicidad.

Tiempo después vino su segundo embarazo y el terrible desenlace. Fue forzada a parir en un descampado, le fue arrebatada su hija y abandonada en el lugar. Durante los días siguientes, Dahyana fue sometida a un peregrinaje mediático por su pareja y su familia política, amenazada y extorsionada por el miedo de no volver a ver a Selene. La joven no supo que la niña había fallecido hasta que la Policía encontró el cuerpo en la casa de la familia de su pareja. El hallazgo se produjo tras cuatro allanamientos en el mismo domicilio, mientras Dahyana permanecía custodiada en el hospital Rawson, con una infección severa dadas las condiciones inhumanas en que fue obligada a dar a luz.

La Justicia acusó a Dahyana de no haber impedido el homicidio de Selene y por eso pasó un año en la cárcel. En mayo de este año, luego de que se instalara socialmente el reclamo, la Cámara de Acusaciones ordenó su libertad y dictaminó que existieron indicios de violencia de género que el Juzgado de Control y la fiscalía pasaron por alto. Gracias a la lucha del movimiento de mujeres y feminista, pudo aguardar el juicio en libertad y ahora espera su absolución definitiva.

Nosotras sólo escuchamos, no podemos creer cómo una joven, tan corta en años, puede haber vivido tanto. Hoy, Dahyana cursa su tercer embarazo, y con su panza de 5 meses relata su vida como si estuviese muy lejos. Porque desde que salió de Bower, ella es otra.

Hoy puede decidir qué hacer con sus días. Alejada de las múltiples violencias -incluso institucionales- a las que fue sometida, participa en las luchas por su absolución y acompaña a otras mujeres en situación de violencia. Para que su vida esté completa, sólo le falta la absolución y su hijo mayor, Luisito, cuya presencia lleva a modo de tatuaje sobre el cuerpo. O quizás, nunca lo esté. En su brazo tiene otro tatuaje: el nombre de su beba, Selene, que la acompañará por el resto de su vida.

Entrevista a Dahyana Gorosito (1a. parte): una historia de violencias contada en primera persona

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Sororidad: la historia contada por las que luchan

Por Laura Cabrera @LauCab

Hoy se estrena en el Cine Gaumont “Sacar la voz: trabajadoras de prensa en tiempos de ajuste”, documental de Mariela Bernardez y Lorena Tapia Garzón que a través de historias de tres mujeres cuenta las realidades de todas las mujeres que desarrollan tareas en ese ámbito. Ante la precarización, el machismo y la desigualdad de oportunidades, la única salida es la organización.

Tres historias: la de Gimena Fuertes (Tiempo Argentino), Natalia Vinelli (Barricada TV) y Silvia Martínez Cassina (delegada de Canal 13, la primera). A partir de ellas, la periodista e integrante del Colectivo de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires Lorena Tapia Garzón y la integrante del grupo Revbeladas Cine, Mariela Bernardez, representaron en imágenes y diálogos el panorama general que viven las mujeres que hoy forman parte de medios de comunicación.

“Este documental está acompañado por un trabajo de investigación, un relevamiento que hicimos en casi todos los medios, sobre todo en los más grandes para ver cuál es verdaderamente la representación de las mujeres. Nos encontramos con lo que ya sabemos pero quedó plasmado en números para que incluso los propios compañeros se den cuenta”, indicó Lorena, quien además destacó que muchos integrantes de esos medios se sorprendieron al ver los números reales.

Sacar la voz llama a la reflexión acerca de qué roles ocupan las mujeres, cuáles se le asignan y en cuáles ni se las contempla, pero habla también de la transformación de todos estos problemas vinculados a la naturalización de distintos tipos de violencias en luchas, en la necesidad de que la perspectiva de géneros dentro del ámbito laboral y en las producciones periodísticas sea transversal, esté en todas las secciones, con todos los trabajadores y trabajadoras involucradas, tanto de medios hegemónicos como de los populares, alterativos y autogestivos.

Antes del estreno de esta tarde, las directoras del documental dialogaron con Marcha acerca de esta experiencia basada en la historia de tres y de todas, incluso de ellas, que mientras investigaban vivieron en carne propia la precarización, los despidos  y los derechos vulnerados.

¿En qué contexto comenzaron a idear el documental?

Mariela Bernardez: -El documental es la resultante de una experiencia colectiva, de una búsqueda que excede lo estrictamente narrativo o creativo. Hablamos del proceso social que protagonizan las mujeres, lesbianas y trans que tal como tiene su expresión en las calles en cada movilización multitudinaria del movimiento Ni Una Menos y en los poderosos Encuentros Nacionales de Mujeres,  también expresa su potencia al interior de las asambleas, en los espacios de trabajo, en los sindicatos y en las casas. “Sacar la voz” aborda historias de emergencia y consolidación de mujeres en posiciones de decisión y representatividad y esto sucede, también, en respuesta a un contexto crítico en lo laboral, especialmente en prensa, donde el impacto en los medios de comunicación ha sido devastador, con cierre y  pérdida de puestos laborales, creciente precarización y multifunción.

La presencia y aporte de estas compañeras en las luchas sindicales y en los debates al interior de los medios, habla de algo más general, que existe más allá de ellas y que es la condición que las habilita y potencia. Se trata de la consolidación de redes que procuran las mujeres trabajadoras para diseñar estrategias de cuidado mutuo y de resguardo de derechos y oportunidades, de la búsqueda de las activistas por forjar una agenda sindical y un programa de acción que no sea ciego a las desigualdades de género, que sepa de las condiciones diferenciales de acceso y permanencia en el mundo laboral que para el caso de las mujeres como colectivo social se ve plagada de obstáculos y requerimientos solo asociados a su condición de sexo-género.  Programas y estrategias que idean las mujeres para atravesar un momento de marcada crisis laboral mientras no dejan –no dejamos- de demandarle e interpelar al Estado por el impacto concreto que tiene en la vida y trabajo de las mujeres, sus políticas de ajuste y retracción tras ya casi dos años de su asunción.

Por eso, esta historia es una expresión de ese fortalecimiento transversal del colectivo de mujeres, lesbianas y trans, de la decisión de traspasar las fronteras de lo establecido por el status quo patriarcal y su régimen de reparto desigual de la “palabra legitimada o autorizada”, hacer presente y audible la voz de las trabajadoras dentro de las redacciones y en  las asambleas también.

Las acciones más populosas, transversales desde la diversidad y conmovedoras por su nivel de movilización han sido empujadas por la tenacidad de delegadas, mujeres trabajadoras de la economía formal e informal, activistas feministas, militantes del colectivo LGBTIQ, migrantes, campesinas, “amas de casa”, estudiantes y profesoras. Si eso no es una interpelación directa al Estado y al sindicalismo argentino todo, pues entonces se están quedando abajo del tren de la historia, o mirando otra película.

Hoy las calles hablan y testimonian esta potencia movilizada que crece inexorablemente desde el pie.

Lorena Tapia: -Surge el año pasado. Las dos estábamos haciendo un posgrado, un programa de actualización en género y sexualidades, en la UBA. Era un curso gratuito y estaba financiado por la Defensoría del público se venía haciendo desde hacía cuatro años pero este año dejó de hacerse supuestamente por el recorte presupuestario que hubo en materia de comunicación y políticas de género desde el Estado. Las dos empezamos ese programa en un contexto en el que nos habíamos quedado las dos sin trabajo. Este documental tiene una fuerte autoreferencia, con Mariela ya nos conocíamos, nos encontramos en ese posgrado. El trabajo final tenía que ser algo relacionado con la temática de género en un formato comunicacional. Mariela es documentalista y era trabajadora precarizada a través de una productora tercerizada que hacía contenidos para Canal Encuentro y yo era redactora de El Argentino Zona Norte, un diario gratuito que pertenecía al Grupo 23. Arrancamos el año y fuimos víctimas de ese fuerte ajuste. En ese contexto surge esta idea.

Decidimos retratar ese contexto a través de la mirada de las mujeres trabajadoras de prensa porque empezamos a darnos cuenta de que en ese contexto había cada vez más compañeras poniendo el cuerpo y la voz en la lucha gremial. Veníamos en el contexto del año anterior, 2015, que había sido el primer Ni Una Menos, que fue un quiebre importante en las luchas y reivindicaciones que ya existían desde mucho antes del movimiento feminista, generó un quiebre importante por su masividad. Para empezarnos a reconocer en ese lugar de que las mujeres históricamente estuvimos en desigualdad con los varones, al igual que otras identidades de género.  En ese contexto pensamos que sobre eso había algo que decir, porque se habla mucho del gremio de prensa, siempre son los compañeros varones los que hablan, pero están pasando otras cosas, hay compañeras que están participando cada vez más.

Si bien el documental habla de todas las mujeres en medios de comunicación y sus roles, se centran en tres historias, ¿por qué ellas?

MB: -En momentos “de crisis” son las mujeres las primeras en pagar los costos de ésta con su fuente de trabajo, con su modalidad de contratación, con ensanchamiento de la brecha salarial y desjerarquización de sus tareas, en definitiva, con más precarización del trabajo y de la vida. La elección de tres historias, dentro de las muchas otras posibles, de comunicadoras del sector de medios comercial y de los populares, cooperativos y comunitarios buscó expresar en ellas la trama general que atraviesan las trabajadoras y los efectos que tienen las medidas de ajuste particularmente sobre las mujeres en el sector formal e informal de la economía.

Tres compañeras, del sector de medios comercial y también del cooperativo, comunitario y popular. Gimena Fuertes, Silvia Martínez Cassina y Natalia Vinelli, en ellas buscamos narrar las historias de muchas más. En su voz se proyecta el grito de todas las demás. Su historia de emergencia y consolidación dentro de los medios que integran es la expresión más clara de debates y luchas que permean cada espacio en el camino de la “despatriarcalización”.

No son historias aisladas, en ellas y en los pasos que dan hay un camino recorrido, consciente o inconscientemente, sobre las huellas de todas las que nos antecedieron y que hoy tienen sus ecos en espacios que se permiten dar la discusión. De alguna manera, las compañeras integran el linaje de las que lucharon por nuestro derecho al voto, de las lavanderas que batallaron para que no les descontaran de su sueldo el lavado del delantal y de la cofia, de las hermanas Mirabal asesinadas por su oposición al dictador Leónidas Trujillo, de las campesinas e indígenas criminalizadas o avasalladas por su defensa de la tierra y sus recursos, por todas las que se animaron y lo siguen haciendo a hablar las voces y escribir las letras de equidad, autodeterminación y liberación.

El documental expone la mayor presencia femenina en los gremios, un mayor debate acerca del rol de las mujeres en los medios y su participación en las luchas. ¿Cómo fue evolucionando la labor femenina no solo en medios sino además en sindicatos? 

MB: -El compromiso y la participación de las mujeres en instancias de organización gremial le imprime, necesariamente, a la política sindical otra perspectiva. Que ellas estén, participen, se muestren y proyecten su voz o que no lo hagan no da lo mismo, y que esto suceda marca una diferencia. También interpela a la dirigencia sindical a revisar su agenda, a construir consensos que no las tengan como mera presencia decorativa en una asamblea o solo completando una lista, tampoco limitadas a adherir a la moción de los compañeros varones.

Su protagonismo en la política sindical habla de la potencia, de la decisión, pero también de los innumerables obstáculos que deben sortear las compañeras a la hora de “sacar su voz”. No son barreras imaginadas, ni la fantasía de una “conspiración”, son dificultades concretas y se hacen sentir. Lo complejo de tomar y disputar la palabra, cuando por años –una cultura entera- han determinado que la legitimada y valorada era la voz y letra del dirigente varón, entrenado en la habilidad de hablar en público y visibilizar su posición sin pudor. La propia autoestima y seguridad necesarias para librar y sostener las discusiones y posturas cuando hay disenso y el camino plagado de dudas y prejuicios a sortear de cara a la consolidación de roles de liderazgo femeninos, todos -en conjunto- hablan de por qué es importante, hoy más que nunca, relatar la historia de emergencia de estas mujeres que desde la experiencia de distintos medios se meten de lleno en disputar las relaciones de fuerza. Disputar derechos, oportunidades y condiciones con las patronales si acaso las hay, con el Estado, y al interior de sus propios espacios para transformar la economía de poder entre los géneros. Para construir no solo relaciones sindicales más abiertas e inclusivas, sino relaciones sociales más justas y democráticas.

LT: -Tenemos a Silvia Martínez Cassina que es de un medio dominante, hegemónico, donde además la precarización es más fuerte. Silvia empieza a ser a partir de 2015 y 2016 una referente para sus compañeros y compañeras en esa demanda por los derechos laborales. Ella logra apropiarse de eso, al principio no quería hablar pero toma la decisión de cumplir un rol importante. Cuando nosotros terminamos el documental Silvia termina siendo la primera delegada mujer dentro de Canal 13 y TN.  Gimena Fuertes es otro emblema de lo que sucedió con la comunicación y con los medios el año pasado, Tiempo Argentino es un emblema, la mayor referencia de cómo después de la debacle de un medio, de un vaciamiento furioso que dejó 800 trabajadores y trabajadoras en la calle, los compañeros y compañeras de Tiempo Argentino deciden apropiarse de eso y armar una cooperativa, seguir adelante y mostrar que otra forma de comunicación también es posible. Nos parecía importante que una compañera de ese medio esté porque fue otra pata de las cuestiones más fuertes de lo que había pasado el año anterior en el campo de la comunicación. Después está el caso de una compañera (Natalia Vinelli) que venía trabajando ya en un medio alternativo, comunitario y popular, es una de las directoras de ese canal que al mismo tiempo tiene toma de decisiones asamblearias donde hay mujeres y varones pero nos mayoría mujeres, a diferencia de medios comerciales en donde las mujeres somos minoría. Ahí son mayoría mujeres, tres en la comisión directiva y que tuvieron que batallar porque si bien en ese campo hay más mujeres, las compañeras tuvieron que pelear por sus derechos y en la batalla que llevaron adelante junto con otros canales alternativos que habían ganado por concurso un lugar en la TDA y que el gobierno de Cambiemos no les dejaba lugar y, después de una batalla muy larga liderada por muchas compañeras de Barricada, obtuvo hace poco la posibilidad de acceder a la TDA.

La lucha de mujeres en medios tiene que ver con cambios desde lo laboral pero también con la importancia del rol de los y las comunicadoras a la hora de informar. Partiendo de la base de que transformar el lenguaje es importante para cambiar la visión de las realidades y teniendo en cuenta conquistas como el hecho de cambiar “crimen pasional” por “femicidio” en una nota, por ejemplo, ¿qué otras acciones de mujeres en medios pueden mencionarse como fundamentales en esta transformación en visión de géneros?

MB: -Inundar los medios con una perspectiva de género y feminista se trata, también, de la elección de palabras y tipo de definiciones, pero no apenas de eso. En la base está la disputa por el “enfoque”, es decir, cómo se cuentan y comunican las noticias, de qué manera su abordaje permite o no ubicar lo que sucede en una larga trama que expresa relaciones de poder y la naturalización de subordinaciones. Esto es lo más difícil de erradicar, porque pueden cambiar las palabras, que no es poco ni menor, pero no es suficiente. Si las coberturas, en cualquiera de los temas o áreas, no pueden reconocer lo particular de la condición de algunos colectivos sociales y del impacto sobre éstos de las medidas que se adoptan, las prácticas que se desarrollan, o los dichos que circulan, el sexismo en los medios seguirá siendo un estado dominante.

Más periodistas comprometidxs con un abordaje plural y diverso, capaz de desarmar estereotipos y pensamientos binarios. Hay un camino recorrido y logros conseguidos, el aporte de las periodistas feministas fue clave en eso, pero falta mucho aún. Las noticias siguen siendo escritas o presentadas en su mayoría por varones, muchos con poca o nula sensibilidad e interés en reveer sus propios juicios y privilegios. Hacen falta más periodistas feministas que sigan tensionando los límites y los binarios, develando las violencias que operan las palabras y coberturas, reivindicando que “todas somos fiesteras, viajantes ´solas’ y fanáticas de los boliches”.

A pesar de todos estos cambios positivos, las mujeres siguen siendo las más vulnerables a la hora de hablar de derechos laborales, ¿qué tiene que cambiar para que esto deje de ser así?

MB: -En medios son mujeres las que trabajan, en su mayoría, bajo la modalidad de “colaboradoras”, en formas precarias y flexibles de trabajo y contratación; las que, en alto porcentaje, no tienen firma u ocupan un lugar marginal o subalterno en el tratamiento de las noticias en televisión. Sin pasar por alto la verdadera grieta horizontal que hace que un altísimo porcentaje de ellas no accedan a puestos jerarquizados y de decisión en materia de política editorial dentro de los Medios que integran.

Las mujeres vivencian –vivenciamos- la precarización creciente, la multitarea, el vaciamiento de los medios en los que trabajábamos y el desempleo. Las circunstancias no han cambiado para mejor, todo lo contrario. Estamos cada vez algo más ajustadas, más pobres, más amenazadas en nuestra proyección laboral dentro del campo de la comunicación y el periodismo, como en muchos otros también. Pero lo que se robusteció, lo que maduró hasta encenderse, es la conciencia que la batalla que libramos, esa de la que tenemos mucho por recorrer aún, no puede dejar cruzar las muchas capas de opresión y postergación que nos pone a cada mujer, lesbiana, travesti o trans en situaciones particulares que no pueden ser omitidas o ignoradas. Del reconocimiento de esas circunstancias y no de su disolución en un todo homogéneo, tomamos la fuerza que nos impulsa. Esa es la clave y la potencia.

 

“Sacar la voz: trabajadoras de prensa en tiempos de ajuste”, se estrena hoy a las 18 en el Cine Gaumont, Rivadavia 1635, CABA.

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Metro y Medio de machismo

Por Lucía Cholakian Herrera/Nota de Agencia Paco Urondo

¿Cuántos puntos de rating vale la exposición de una violación? ¿Cuántos retweets vale el reírse públicamente de un delito penal que afecta a miles de mujeres por año en Argentina?”.

El viernes por la tarde, durante el programa “Metro y Medio” de la FM 95.1 —conducido por Sebastián Wainraich y Julieta Pink, y que esa tarde tenía de invitada a Tamara Petinatto— sucedió algo que prendió las alarmas entre las oyentes: un varón llamó para “confesar” un engaño a su mujer durante unas vacaciones en Cancún, en las que “tacleó” y violó a una mujer canadiense.

La sección, llamada “Taller de engaño”, a la que los oyentes llaman para contar anécdotas y que se defina al aire, mediante el juicio de las/os conductores, si lo suyo fue una infidelidad o no; fue el marco de esta conversación que derivó en la confesión absolutamente impune de un delito penal como es el de la violencia sexual contra la mujer.

El relato, contado entre risas y chistes entre el violador y las/os conductores, dejó entrever una vez más cómo la violencia hacia las mujeres continúa naturalizada en todas sus formas y es reproducida sistemáticamente en los medios comerciales. Por un lado, se festejó al aire lo que fue una violación a una mujer en estado inconsciente y, además, se hicieron chistes acerca de la infidelidad cometida por el varón, ridiculizando a su pareja y exponiendo un maltrato esencial radicado en el engaño y la manipulación.

Más allá de las reiteradas discusiones que se dan a partir de que determinadas radios comerciales continúen habilitando espacios donde se reproduzcan estereotipos sobre las mujeres y se reivindique a varones violentos, cabe destacar este caso como uno en el que las/os conductores tuvieron una actitud profundamente cómplice con un varón que —repetimos— violó a otra mujer y llamó para contarlo al aire. Esto vuelve urgente un debate respecto a qué sucede en los medios comerciales que hace que toda supuesta ideología sea tirada por la borda a la hora de mantener el rating: ¿Cuántos puntos de rating vale la exposición de una violación? ¿Cuántos retweets vale el reírse públicamente de un delito penal que afecta a miles de mujeres por año en Argentina? ¿Cuántos “me gusta” vale, en todo caso, el burlarse de una consigna que busca terminar con la violencia machista de una vez?

¿Qué deberían haber hecho? ¿Qué podría haber pasado? Tal vez la intervención de las y los conductores del programa no hubiera derivado en un enjuiciamiento al violador. Pero, sin dudas, hubiera problematizado la cultura de la violación en vivo y para todas y todos los oyentes del programa. Hay una cosa que es certera: no lo hicieron, y se rieron. La risa no es un desliz de una actitud patriarcal: es un gesto de complicidad.

Porque, de verdad, no es tan difícil no reírse de una violación.

Nota original en:http://www.agenciapacourondo.com.ar/generos/metro-y-medio-de-machismo

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