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Paraguay: los hijos del stronismo se afirman

Por Fernando Romero Wimer*

El pasado domingo 22 de abril, la Asociación Nacional Republicana-Partido Colorado (ANR-PC) obtuvo un nuevo triunfo electoral en la figura de Mario Abdo Benítez. El candidato consiguió imponerse sobre su inmediato adversario por una ventaja de 3,7 %. La derecha paraguaya confluye con el predominio continental de fuerzas neoliberales.

Afianzamiento de la derecha

El nuevo presidente electo obtuvo un triunfo por el 46,4 %, seguido por Efraín Alegre 42,7, el candidato del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA). Expresado en cantidad de sufragios, la diferencia entre ambos fue de 94.000 votos, pero en Paraguay el sistema político no establece segunda vuelta.

El Partido Colorado consiguió así mantenerse en el gobierno y evitar una nueva alternancia, como sucedió en 2008 -por primera vez en 68 años- cuando perdió la dirección del Estado a manos de la alianza que llevó al gobierno a Fernando Lugo.

La victoria colorada está en sincronía con el avance de la derecha y las políticas neoliberales en el continente, por lo que la política exterior de Abdo se prevé que expresará una continuidad con los lineamientos del presidente Horacio Cartes: alineamiento con los Estados Unidos y la burguesía brasileña, abandono de la UNASUR, y confluencia con el acoso a Venezuela desde el MERCOSUR y el Grupo Lima.

El hijo de la dictadura stronista

Mario Abdo es un empresario de 46 años e hijo de quien fuera secretario privado del ex dictador paraguayo Alfredo Strossner por más de tres décadas. Sus empresas se han enriquecido como contratistas del Estado, lo cual se agrega a la fortuna que heredó de los negocios de su padre durante la dictadura. Es internacionalmente famosa su valoración dicotómica sobre “las cosas buenas de aquella época” pero posicionándose en contra del terrorismo de Estado, mientras propone diálogo y reconciliación. En 2006, fundó el Movimiento Paz y Progreso junto al nieto del dictador, consiguiendo evocar en el nombre de la organización el slogan del stronismo.

En 2013, Abdo fue electo senador nacional. Entre 2015 y 2016, se convirtió en presidente del Senado de Paraguay y se opuso a los intentos reeleccionistas de su correligionario Horacio Cartes. Su candidatura se construyó predominantemente con los sectores colorados disidentes, venciendo en las internas de diciembre de 2017 a Santiago Peña, el delfín del presidente.

La construcción de la izquierda y el campo popular en Paraguay

La Gran Alianza Nacional Renovada o Alianza GANAR, que propuso la fórmula Efraín Alegre-Leonardo Rubín, fue la principal coalición opositora derrotada. GANAR expresó una composición política de centro-izquierda que consiguió el apoyo de varias fuerzas políticas entre las que se cuenta el Frente Guasú, liderado por Fernando Lugo. Sin embargo, la conducción de la alianza quedó en manos de un partido históricamente pro-terrateniente como el PLRA. Vale recordar que fue el PLRA el que, siendo aliado político de Lugo, apoyó su destitución en 2012.

Así, en un marco de derechización en la región y a seis años del golpe de Estado -disfrazado de juicio político parlamentario- contra Lugo, algunas fuerzas populares, de centro-izquierda e izquierda optaron por apoyar al candidato de GANAR como una forma de detener el avance del proyecto stronista.

En otra perspectiva, algunos partidos de izquierda, sindicatos y organizaciones populares -como el Partido Comunista Paraguayo y el Partido Paraguay Pyahurá- propusieron la consigna “Elegimos Poder Popular” y llamaron a anular el voto.

Ante el escenario consumado del triunfo de Abdo, aún con diferentes estrategias ante lo electoral, se abren posibilidades para la convergencia y la discusión de proyectos populares para dirigir el país. Mucho dependerá en este sentido de la movilización popular y las acciones conjuntas que agrupen al campesinado, los estudiantes, la clase trabajadora del campo y la ciudad, los pueblos originarios, los intelectuales y artistas populares, y los pequeños y medianos comerciantes. En ese desafío de construcción se encuentra hoy la izquierda y el campo popular en Paraguay.

*Profesor de la carrera de Relaciones Internacionales e Integración de la Universidade Federal de Integração Latino-Americana (UNILA), Brasil. Investigador del Grupo Interdisciplinar sobre Capitais Transnacionais, Estado, Classes Dominantes e Conflitividade na América Latina e Caribe (GIEPTALC). Director del Colectivo de Estudios e Investigaciones Sociales (CEISO).

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No te tomes en serio nada que no te haga reír, decía Galeano
Por Román Cortázar
 
Para Helena Villagra,
aire en el viento.
 
 
El cuentacuentos
 
Cuando visité a Eduardo Galeano en el hotel Condesa, me propuso ir a caminar al Parque España. No sé cuántas horas dimos vueltas, bajo los árboles cantores, proclamando que el mundo es mágico. Con paso lento, hablamos de García Lorca y me contó que en un teatro de Asís, en Italia, había aplaudido con Helena hasta despellejarse las manos y las suelas de los zapatos, porque los actores, más numerosos que el público de dos únicos espectadores, se habían entregado enteros. Me preguntó por el fraude electoral contra López Obrador y terminamos hablando, con lujo de detalles, de revistas y del Che Guevara.
 
La noche bajaba balanceándose entre las casonas y los faroles.
Galeano me miró con sus ojos azulísimos.
–Te quiero presentar a un amigo.
–¿Cuándo?
–Ahorita, como dicen ustedes.
Nos paramos junto a un auto clásico estacionado casi en la entrada del hotel y entonces decidió confesarme que su amigo era muy parlanchín. Y así fue que me presentó a su amigo.
–Hoy anda un poco serio.
–¿Quién?, ¿dónde? –le dije.
–Ah –dijo Eduardo–, adentro del coche.
Y adentro no había nadie. Sólo un maniquí.
 
Una ventana
 
Estamos ante un hombre que desde muy temprano aprendió a escribir dándose entero. Esta sinceridad es ejemplar porque se pone al alcance de todos y nos abre las puertas de su mirada implacable, examinando el mundo desde afuera, porque supo vivirlo, en sus hondas contradicciones, desde adentro. Pero eso no es todo: al abolir el palabreo, Galeano suprimió su solemnidad. Su obra se asume como capaz de desvestir la realidad, corriendo el riesgo de la sencillez, acompañándose a veces de la ironía, cuando de literatura se trata, y del humor, al hacer periodismo.
 
Con esa misma “divertida seriedad” que encontró luego en el Gordo Soriano, en el número 1283 de Marcha (diciembre de 1965) se burla de la dictadura brasileña, que lo expulsó del país. Armando Mascarenhas, secretario general adjunto de la Conferencia de la OEA, lo acusó: “Usted ha escrito artículos extremadamente injuriosos contra el Brasil en general y sus mujeres en particular”. “Me reí”, escribió Galeano en su nota especial. En ella se pregunta: “¿Qué tiene que ver el excelentísimo Presidente Mariscal Castelo Branco, a quien mucho respeto, con las muchachas de Ipanema, a las que mucho admiro?”. Y piensa en voz alta: “Confundir mi hostilidad al mariscal con mi devoción por las mujeres cariocas creadas por Jehová en su día de más alta inspiración es claramente absurdo: en Río de Janeiro las mujeres feas han sido, como se sabe, exterminadas”. Razonamientos aparte, la risa es la llave de la crítica. “Eso de que yo me llamara Eduardo Hughes Galeano, les pareció más bien una conspiración china”. Y es incisivo: “Por razones que me son ajenas, no nací con el nombre de Lyndon Baines Johnson, que, sin duda, hubiera sido más del agrado de la OEA”.
 
El ojo de la cerradura visto por el universo
 
Guillermo Chifflet, El Flaco, conoció a Galeano en los días de la Juventud Socialista, en 1955. En la Casa del Pueblo tomaban el Curso de Formación Socialista, que derivaba, entre otros, en los cursillos La Teoría Socialista, que impartía Enrique Broquen, y El problema del imperialismo, con Vivián Trías y Germán D’Elía, cursillos que continuaban porfiadamente en La Telita, un bodegón que de día vendía verduras y de noche se volvía boliche. No hace mucho, en Montevideo, le pregunté por Galeano, su compañero y hermano en las redacciones de El Sol y Marcha, en la aventura de Época, en la Gaceta de la Universidad y la fundación de Brecha. “Un compañero excepcional, con gran imaginación, además, y humor, buen humor, siempre estaba alegre”.
 
Y esa alegría pasaba lista en Época, limpiando diariamente la palabra justicia. Y no faltaba tampoco a su cita con la rebeldía.
 
Otra ventana
 
En el número 285 de El Sol (también de diciembre de 1965) se publicó una pequeña historia. Por entonces, la represión encarceló a más de mil obreros sindicales y el binomio Moratorio-Tejera decretó la clausura de Época, El Popular, El Sol y dos diarios salteños. Aquello espantaba pero los locos de Época resolvieron convertir en papel sus pizarrones y, desde los balcones, difundir las noticias más importantes de la jornada. Se les prohibió el periodismo de pizarrón. Anunciaron en ellos su clausura. También se les prohibió. Y entonces en los pizarrones aparecieron frases de la literatura española. Para peor, recogidas con aplausos por circunstanciales lectores de la calle. Ante esto, un policía decidió consultar telefónicamente con el comisario:
 
–Sí, ahora pusieron una frase que dicen es de un clásico español.
–¿……?
–Del Quijote de la Mancha, dicen.
–¿……?
–Mire, no lo tengo muy presente, pero es algo así como que están ladrando los perros porque viene mucha gente, o algo así, no sé.
–¡……!
–Ta bien, comisario.
Y comunicó la decisión: ¡hay que sacarlo!
En el pizarrón se leía: “Ladran, Sancho; señal que cabalgamos”. – Miguel de Cervantes (anterior a Tejera).
 
Encuentros
 
No por casualidad, ante la ola reaccionaria que arde con el neoliberalismo y al son de una izquierda que para transformar el mundo propone dejarlo igual, sus textos siguen siendo miradas para lavar el mundo al revés.
 
Y contando cantando la verdad de nosotros mismos, seguirán siendo.
 
Por eso será que lo escuchamos como si estuviera vivo.
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