La catedral de los Negros

Por Leandro Frígoli

Una mirada sobre la obra del poeta, narrador y ensayista Marcial Gala. 

Marcial Gala es un poeta, narrador y ensayista, de vasta trayectoria en Cuba y en España, ha estado toda su vida dedicado a la literatura que varió entre poesía, cuentos y narrativa, también sobresale en el panorama literario de la Isla y la patria grande. El autor de La catedral de los negros (actualmente publicada por Editorial Corregidor – Argentina) fue distinguido con el Premio Alejo Carpentier, en la categoría novela, y el Premio de la Crítica Literaria en 2012.

Esta novela, se configura de una multiplicidad de voces corales que tejen un relato, una historia ligada con lo cotidiano, grotesco, mundano y realista de los vínculos humanos en la perla del Caribe.

La catedral de los negros, refleja un proceso lleno de carencias materiales que sufrió Cuba en la década de los noventas y aportó como correlato una gran fortaleza espiritual y humana que proyectó el desarrollo cultural cubano. En particular en la literatura, destaca Celina Manzoni que esta camada de escritores se forjó en los márgenes de lo establecido, es decir, que en el campo cultural y en particular la literatura, se vieron desafiados a imaginar y articular una necesaria reflexión crítica, lo cual configuró una nueva poética con características y dimensiones diferentes pero que puntualiza una relación siempre compleja en Cuba, con la ética, la política, la historia y la escritura.

En franca admiración por esta novela me permito construir una reseña literaria símil a esta obra literaria, donde confluyan diferentes voces que hablan, aportan, y admiran la novela rescatando la identidad, la cubanidad, el lenguaje que expresa la voz de los sin voz, en síntesis, que refleja una serie de costumbre que determinan el significado de ser cubano.

Marcial Gala:

La catedral de los negros está muy marcada, por ejemplo, por la manifestación cultural de las religiones afrocubanas, que son un factor muy importante en la conformación de nuestra identidad, de lo que nos define como cubanos. Además, elaboré una premisa literaria: lo terrible es mejor narrarlo de tal modo que no resulte terrible. Por eso el texto tiene en la trama principal un asesinato, una tragedia, y sin embargo, se basa mucho en el humor, en esa forma que tiene el criollo cubano del desparpajo y de la soltura al hablar, que es otra de las características que nos identifican.

Siempre he creído que el lenguaje es de las estructuras sobre las cuales se edifica un universo narrativo, en este caso una novela. Más que tratar de describir, más que crear grandes aparatos de ficción en base a palabras, quise sobre todo rescatar la psicología, la manera de entender el mundo de estos personajes, mediante su forma muy diferente y a la vez muy criolla, muy cubana de narrar. El cubano entiende y disfruta del español, con un criterio muy pintoresco. Y es una novela en la que están las huellas de ese pintoresquismo, de ese especial modo que tenemos los cubanos de hablar.

“En el texto también se preconiza el dinamismo. Es un relato que crea una especie de pseudo-testimonio sujeto al ritmo de este incipiente siglo XXI. Un ritmo marcado por la discontinuidad y por la búsqueda del hombre de completarse a sí mismo. Eso hace que la novela parezca mucho más dinámica y acelere la pulsión narrativa”.

La novela parte de la anécdota de dos hermanos matando a su padre. Tenía deseos de narrar eso, pero de soslayo, donde lo importante lo va construyendo el lector. Es una historia de reticencias y elipsis y, a pesar de que lo que cuento es muy violento, trato de emplear la sugerencia con un lenguaje de la poesía llevado a la novela. Es una búsqueda de un relato construido por fragmentos, una especie de collage. Sin dudas,  a la hora de hablar, el cubano típico emplea la metáfora y otros recursos literarios que provienen directamente de la poesía, el mito, la costumbre popular. El lenguaje popular cubano tiende mucho al adorno, a buscar la palabra bonita, a lo sintético, que es muy propio de la poesía.

Celina Manzoni:

Las voces comprometen al lector en un movimiento casi vertiginoso al comienzo cuando se deslizan apellidos, nombres y apodos, cuando los giros de lenguaje apelan sobre toda la jerga juvenil barriobajera, brutal y desbocada de El Tripa, de Barbara, de su madre y cuando se alude a ritos relacionados con las religiones heredadas de la trata. El sentido de refranes y expresiones populares, en las que muchas veces se cuelan sutiles toques de humor, puede recuperarse en el contexto aunque no, como es natural, con la plenitud del hablante cubano.

Marcial Gala:

Es una manera de darle voz a los que no tienen voz. En Cuba hay una cultura muy marcada por lo jerárquico y piramidal. Últimamente ha tomado mucha fuerza que las personas quieran expresar su real opinión porque durante años hubo una especie de reglamentación que determinaba quién podía decir lo que piensa y quién no. Cuba es un país muy plural donde cada persona tiene una opinión y donde es muy difícil definir a las personas como negros, blancos, homosexuales o cubanos. Hay muchas maneras de construir una identidad y esa es una de las pretensiones de este texto, además de entretener.

A partir del derrumbe del campo socialista esa sensación de que Cuba era un lugar importante fue descendiendo y los cubanos se empiezan a dar cuenta de la diminuta dimensión de un país que tiene un eco fuerte, pero es un pequeño país. Ese deseo de traer la modernidad a una ciudad chica con un templo que emulara a los grandes templos del cristianismo es también uno de los elementos que mueve a la novela.

La catedral de los negros:

“… Berta

Que estaba enamorado de la hermana, no lo creo. El cubano es así, siempre buscamos darle un cariz melodramático a todo, en fin crecimos de un templo que nunca acababa de construirse, y que además, después de erigido. ¿Para qué iba servir?. Otro monumento más a la nada, aunque claro, yo no soy la más indicada para hablar de Grillo. Después que se fue de la casa apenas lo veía, ni loca que yo estuviera para llegarme al bar del Ruso, posiblemente el lugar de peor fama de Cienfuegos …”

Leandro Frígoli:

La pulsión narrativa, que desbroza la novela es una estrategia para propiciar un significado de un contexto dado, período especial, que implicó una manera de resistencia desde los márgenes, desde la palabra, lo cotidiano, las voces que abruman, se escuchan y colisionan entre sí. Es un claro ejemplo de lo que el cubano es en esencia, con sus virtudes, sus miserias, con sus preguntas, con sus respuestas, con sus carencias, con su folklore, en fin, una descripción de la identidad del ser cubano.

La novela, atraviesa ese camino porque son parte de las preguntas que debe responder, es la interpelación de una generación de cubanos, que vivió un proceso de abrumadora pobreza material. Leo y releo La Catedral de los negros y me pregunto, ¿Porqué escribir una novela que desarrolla una pulsión narrativa? ¿Que desvela lo fluido de la cultura cubana?¿Porque las voces intervienen en forma coral?. ¿Porqué el lenguajes es clave en el entramado del territorio cubano?

Las respuestas están en cada guiño que el autor establece con sus personajes, como caracteriza al ser cubano, como caracteriza los momentos históricos, todo ese fluir que constituye la cultura cubana. Sandra Massoni, dice que aceptar la incertidumbre que se vislumbra en los procesos sociales, es comprender que el mundo es fluido y la comunicación entre las personas no permite pensar que somos como una especie de calidoscopio humano que hacemos existir diversas realidades con nuestros movimientos juntos. En la novela, confluyen muchas de estos matices, vaivenes, desniveles, entre lo grotesco y lo poético, entre lo cultural e identitario de Cuba, en fin, lo dimensional, caracteriza y define la sociedad cubana.

El desafío de leer esta novela radica en dimensionar la cultura que apasiona, interpela y permite que los seres se enamoren de la perla del Caribe. Ni mas ni menos que entender la identidad de lo cubanos, en su cotidianidad y rutina, llena de miseria y épica.

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El lado áspero del recuerdo

Por Cezary Novek

Una lectura sobre La grafa, primera novela de Claudia Sobico, publicada por Alto Pogo en 2015. 

De construcción fragmentaria y realista, La grafa aborda la cotidianeidad de una familia trabajadora desde la perspectiva de una niña, que es testigo de los vaivenes económicos y sociales de su tiempo a través de las conversaciones que registra su óptica inocente. En toda la historia se respira una nostalgia peronista, de barrio obrero y modernidad plena.

La voz es solitaria y algo melancólica. Hay muchos personajes que pueblan la trama, muchos tíos con sus respectivas historias que se entrelazan en el túnel del recuerdo. La fábrica a la que se alude en el título nunca aparece. Todas las noticias que tenemos sobre lo que sucede en La grafa las recibimos en la casa de la protagonista, a través de las escuchas infantiles y los comentarios cazados al vuelo, a veces de forma involuntaria.

Tiene un ritmo de escritura muy parejo que convierte la lectura en una experiencia amena y veloz. La novela está compuesta por capítulos breves, casi microrrelatos de relativa autonomía pero con fondo común. Lo autobiográfico –aunque esté basado en testimonio ajeno, lo es de alguna manera– aparece tamizado por el filtro de la reescritura y corrección en fino, que no admite palabras de sobra.

Los diálogos y la trama no importan tanto como la atmósfera, la recreación de ese particular aire que se respiraba en un hogar obrero cualquiera de la década del ’50. La ilusión e ingenuidad de la voz narradora están bien logrados y se complementan con la historia para transmitir de forma adecuada el optimismo que caracterizó los sueños de ascenso social y prosperidad de las familias trabajadoras de la Argentina de mediados del siglo XX.

El olor  y la textura de la materia prima textil, de la ropa de trabajo, es casi palpable. Esta reconstrucción del relato familiar hurga en lo más profundo del inconsciente para luego tomar distancia y tratar de cristalizar ese recuerdo de la manera más objetiva para el lector. El relato político se mezcla todo el tiempo con la historia pero sin asfixiarla, logrando un equilibrio que pocas veces se encuentra en la literatura realista y que, en palabras de Alejandra Zina –que escribió la contratapa– encarna el lado áspero del recuerdo: aquel de las tensiones, trampas y hostilidades.

*Claudia Sobico nació en Buenos Aires en 1973. Realizó el profesorado de Inglés en el Profesorado Joaquín V. González. Trabaja en Lenguas Modernas, Facultad de Filosofía y Letras. Realizó un taller de escritura con Julián López. Además de La Grafa (Alto Pogo, 2015), editó en 2016 el poemario Venus en el acuario (Qué diría Victor Hugo?, 2016)

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