Piquetero

Piquetero

De Autor 25 abril, 2017 0

Por: Quimey Figueroa / Ilustración: Cabro

 

1

Piquetero
Pobre
Sucio
Irrumpe el paso
Dice que tiene hambre
Dice que tiene hambre
¿Por qué no trabaja?
Que limpie vidrios
Que corte el pasto
Que junte basura
¿Cuántos hijos tuvo?
¿Cuánto vino compro en la semana?
Y encima desea zapatillas nuevas!
Piquetero
Pobre
Sucio
Su primer hijo roba
Su segundo hijo, droga
Su tercera hija trola
Y la moral ¡Dios Mio! ¿dónde?
¿y mis derechos dónde?

2

Piqueterx
Pobre
Digno
Sueño
Me cuesta porque tengo hambre
Pero sueño
No tengo trabajo entonces lucho
Corto
Incendio
El vuelto de lxs demás ya no me alcanza
Mi primer hijo robó
porque tenia hambre
Mi segundo hijo drogó
poque tenia hambre
Mi tercera hija trola
porque tenia hambre
¿cuántas veces tuviste vos
en la panza un vacio
y en las manos nada?

Y el amor ¿dónde?
¿Y mis deseos dónde?

 

***

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Poema para Micaela

Poema para Micaela

De Autor 11 abril, 2017 0

 

Por : Sol Amancay / Fotografia: Agustina Salinas

 

Me pegaron en la jeta y salí con fuerza brava a contener mi furia,
ahí estaba sola y el mundo ignorando mi voz temblante.
Me usurparon todo el cuerpo
humillaron mi tierna niña fatigada
por la infecta infancia,
ahí estaban ellos consumiendo mi belleza.
Caminaba por la calle
no me me importó la solida penumbra,
el canto de la oscuridad,
la sombra luz de la luna,
pero allí estaban ellos
para ultrajarme, violentar todo mi cuerpo, violentar mis fatídicas manos y tirarme al olvido descampado.
Soy yo el mundo en la intriga de la muerte
Soy voz lejana que se incrementa en las manos de una poetisa joven
como cuando yo estando viva…
Fui materia relativa
me mataron,
no tengo cuerpo ni paz,
no habrá eternidad que respete las lágrimas de esta congoja
de mis familias destrozadas
de mis revelaciones suspendidas
de mis ojos en el horizonte
de mis sorpresas por el insólito hecho que llamamos vida.
Mi cuerpo ahora es autopsia
Mi cuerpo ahora es furia
Mi cuerpo ahora es rabia
Mi cuerpo no encuentra el cómo
Mi cuerpo infinito y su relación con un mundo de terrible esclavitud.
No puedo dejar de llorar,
entonces lluvia.
¿Ahora mis cicatrices le explicarán algún juez nefasto?
Ellas están sufriendo por un abandono que no es legítima relevancia en la democracia de los hombres
y cuántas más tendremos que ahogarnos en pasillo de lineas cobardes de soberanos ilustres y asesinos.
Soy mujer y me mataron por ellos,
y aunque encuentro mil razones en la ontología de este pueblo
ellas no me olvidan
ellas no bajan la guardia
luchan
alzan sus manos en el viento
pintan carteles con mi nombre
gritan con el pecho entrelazado a mi memoria
desnaturalizan toda figura relativa a nuestra entidad de escalonada decadencia.
Ahora no descansaré
ahora no podré estar entre ustedes para destruir esa figura inminente que lo es todo
ahora seré eterna como tantas otras
ahora seré impulso de guerreras.

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Plata Quemada

Plata Quemada

CulturaGeneral 11 enero, 2017 0

Un poema para Ricardo Piglia

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Mugre para bestias lectoras

Por Mariano Pacheco/@PachecoenMarcha

Mugre, de Laura Ledesma, es un libro que invita a sus lectorxs a explorar el mundo de la poesía, ese mismo mundo que cada uno puede crear a partir de la comprensión e interpretación de ese arte que dispara a la imaginación. Según el prólogo, un libro para las “bestias lectoras”.

Treinta y siete poesías, un prólogo y un poema innecesario. Unos dibujos de Jorge Cuello, una fotografía en la tapa, otra en la contratapa y una foto-retrato en la solapa, en la que pueden leerse unas breves líneas que solo denotan humildad por parte de la autora del libro: “Laura Ledesma nace en Córdoba capital en agosto de 1981. Este es MUGRE un libro de poesía que seguirá ensuciando a pesar de todo”. No dice que Laura, además, es actriz, que actúa en una de las obras más importantes del prestigioso grupo Zéppelin Teatro, que dirige el reconocido dramaturgo Jorge Villegas, que toca el ukelele y compone canciones. De hecho, la presentación del texto, realizada a principios de diciembre, se llevó a cabo en un teatro, con intervenciones de varios de sus amigos, en la que incluso el “poema innecesario” que figura tras el índice del libro, fue cantado a dúo por la autora y otra actriz. El poema-canción da cuenta de cuántas cosas innecesarias nos rodean en nuestras vidas, casi sin que nos demos cuenta, como en una suerte de fenomenología del fetichismo de la mercancía que tan bien describió Karl Marx en su voluminoso libro El capital, pero hecho aquí poema-canción, en el que se mezclan humor y cierto sabor amargo.

Mugre. Poemario de una hija vecina cualquiera parece llevar al extremo aquella máxima poética escrita por Juan Gelman hace ya décadas: “se sienta a la mesa, y escribe”. No importa que el texto no sirva para nada, hay una pulsión que lleva a ser escrito. ¿Debería “servir” para algo un poema? “Un poema no es un tocadisco”, dijo alguna vez Susan Sontag. Y en su revés, el poeta-militante Roberto Santoro (detenido-desaparecido por el accionar terrorista del Estado Argentino): “si mi poesía no sirve para cambiar la sociedad no sirve para nada”.

Tal vez dando cuenta del paso de los años, Laura Ledesma parece quitarle carga moral a sus textos, sin por eso dejar de expresar en el fondo una suerte de realismo crudo. Quizá por eso en una de las nueve historias de “dos negros egoístas” (cuyos protagonistas son la voz poética en primera persona y Mandela (su perro), puede leerse:

Cuando Mandela (mi perro) y yo, jugamos con una botella de plástico, a las corriditas y luchitas varias… no estamos reciclando. Nos divertimos con algo que será basura indefectiblemente. Solo pasamos nuestros días. No queremos ser ejemplo de nada”.

Hay, por otra parte, algo etnográfico en este libro. Un errar por las calles de la capital provincial, por algunos de sus barrios más emblemáticos (con sus almacenes que aún tienen “permitido” el fiado, sus doñas que venden productos de avón; sus ferias para comprar frutas y verduras), y también, historias mínimas, íntimas, en las que pueden leerse sin jerarquías el vínculo con un perro, un amor o el deseo de encontrar un pedazo de tierra en medio de la jungla de cemento. Lo personal deviene colectivo y lo plural, singular. Y el género una cuestión política y no mera diferencia biológica:

Tan solita. Tan chiquita. Tan clandestinita. Tan poco santita.

Esa tarde de ese día.

¿Que si dolió?

Te meten una jeringa en el útero… ¡más vale que dolió!…

Hasta que pasa.

Yo la pasé.

Otras no.

Y más vale que vuelve a doler.

Porque las mujeres que abortan somos todas”.

Lo plural deviene singular, porque no se trata de intimismos, por más íntimos que puedan ser los temas abordados. El dolor propio, el dolor ajeno. ¿Hay diferencia?

¿Tai bien negro?

¿Tai bien negro de mierda?

Negro de mierda, ¿está o no está?”

Seguramente el mejor modo de entrarle al libro sea a través de las palabras del prologuista, también actor de Zéppelin Teatro, quien escribe, como él mismo declara, para que vos, “bestia lectora, que por primera vez ves Laura Ledesma, escuches el interior, de vos (de ella) (de mi) (de nuestro país)”.

Un prólogo-convite, escrito por Santiago San Paulo, en el que puede leerse:

Te invito a revolcarte, recontravolcarnos, en éstas cloacas escupiéndonos la calle. MUGRE, te recomiendo tener a mano te recontrarecomiendo/ un mate, un porro, un anotador, hacerlo en voz alta, haciendo resonar lo clandestino recontrasonándolo.

Vos, bestia lectora. Yo, el prólogo. Que no pudimos. Tampoco pudimos.

Ok. Entonces, Veámonos Adentro

Ahora somos tres”.

Tal vez no doce, como los apóstoles. Quizá no seamos muchos más que diez, como canta Bulldog –la banda de punk rock rosarina– pero seguro, tras la lectura de esta Mugre, ya seamos manada. Aunque estemos solos.

 

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COSMO BAR

COSMO BAR

De Autor 15 noviembre, 2016 0

Por Cabro/ Ilustraciones por Gustavo Ramos

 

 

Caete por las escaleras

rodá por el piso
escribí lo más rápido que puedas.

Se subió al columpio
pero no se columpiaba.
Abrió la noche como una boca
negra, negra, estrellada.
Y las estrellas eran dientes
y la boca no hablaba.

Subió a la noche (pero no se anochecía)
Le dolía la muela
de agujero negro
o de mina explotada a cielo abierto.

Bostezo la noche
expulsando microbios, gérmenes y cometas
“…escribí lo más rápido que puedas si vivís en la Vía Láctea…”
Decía la cumbia.

Quisiera decir que “en el lúgubre bar había luces de neón”
Pero no había.
El aroma a pizza de cebolla inundó el lugar
dejando una estela cósmica a su paso.
El cenit lunar daba justo en el ombligo desnudo de una morocha flequillo eston
que bailaba, bailaba. Y esa era toda su existencia.
Paso un pibe,
me dio una estampita de San Pantaleón
yo le dí una figu de Astroboy

Dijo un borracho:
“la 844 es un flipper
y nuestra deambular -existencia bolas plateadas,
alucinadas. Chocando y rebotando
entre las calles y la música sonidera
como los astros del universo
o del espacio sideral.
Como los astros del universo en el espacio sideral.”

“Rodando, desorientados, mareados”
Y dijo de nuevo:
“He venido hasta aquí
con el corazón destrozado
a bailar cumbia.”

Movimiento de caderas intergalácticos.
A San la Muerte lo conocen en Corrientes y en Plutón.
Yo volví la mirada a tus ojos pintados, colgados
suspendidos en el universo.
Y sentí la verdadera tristeza de la cumbia
que sonaba alegre.
Y mi corazón fue de cometa Halley
y también fue un astro solitario, suspendido.
No sé,
después te fuiste, tus ojos y tu minifalda.
Fue una relación fugaz, fugazzeta.

En la fracción atroz de año luz que duró
me sentí solo.
En medio de la nada.
Mientras el universo seguía girando al compás de la cumbia.

Volvió a bostezar la desolada boca de la noche.

San Francisco Solano, Septiembre 2007

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Rimbaud, el gran maldito (II)

Por Gonzalo Reartes

Segunda parte del recorrido por la vida y obra del poeta Jean Nicolas Arthur Rimbaud, quien a 125 años de su muerte sigue siendo una referencia por su obra literaria. 

Es el fin de la búsqueda de unidad, del desarreglo de los sentidos, las visiones y los vagabundeos. Los hijos del sol han experimentado el infierno en carne y espíritu. Ya no habrá utopía. Rimbaud decide desahogar todo el dolor en su obra. Angustiado, regresa al hogar materno, en Charleville. La casa vacía, el fuego que se alza en su interior. Se atrinchera en la granja, y entre sollozos y gritos, da nacimiento a una de las obras más revolucionarias de la poesía moderna. El poeta visionario se adentra en su propio abismo para buscar respuestas a sus fracasos. En ocasiones, su pluma está cargada de violencia contra Verlaine (la Virgen Loca), contra Dios, contra él mismo. En voz de la Virgen Loca, dirá: “Estoy en lo más profundo del abismo y ya no sé rezar (…) Si me explicara sus tristezas, ¿las comprendería mejor que sus burlas? Me ataca, pasa horas avergonzándome por todo lo que pudo conmoverme en el mundo y se indigna si lloro. (…) Un día quizás desaparezca maravillosamente; pero es necesario que yo sepa si ha de volver a subir a un cielo, ¡que pueda ver un poco la asunción de mi amiguito! ¡Extraña pareja!”.

Esta relación se ve reflejada en el capítulo Delirios I (La Virgen Loca), una especie de confesión de Verlaine desde la pluma de Rimbaud. “Soy esclava del Esposo Infernal. (…) Él era casi un niño… sus misteriosas delicadezas me habían seducido. Olvidé todo mi deber humano para seguirle. ¡Qué vida! La verdadera vida está ausente. No estamos en el mundo”. Une saison en enfer fue publicado en 1873, cuando Rimbaud tenía 19 años, único libro publicado por él. Su primera edición constó de 500 ejemplares. Las Iluminaciones, manuscritos que quedaron en poder de Verlaine, fueron publicadas (con prólogo de éste último) en 1886, no sabiendo Verlaine de su paradero o posible muerte. Lo cierto es que para ese entonces, Rimbaud se hallaba en Abisinia y había ya renunciado a la poesía. Por lo tanto, Una temporada en el infierno tiene en sí mismo el valor especial que le da haber sido publicado con el consentimiento de su autor. Es un texto oscuro, un sinfín de pensamientos y sensaciones cargadas de imágenes vivas. En él hay religión y ateísmo, ángeles y demonios. El mismo Rimbaud es a la vez santo y condenado, ladrón del fuego, como se llama a sí mismo. Nadie como él ha llegado a las profundidades del auto conocimiento, ardiendo en su propia hoguera, helándose con sus propias dudas. Es anárquico, brutal, sensible, sublevado. Es desgarrador, como un hombre que se mira al espejo y se dice a sí mismo que tiene miedo.

Decide publicar el libro, pese a que en aquellas páginas se encuentra todo su sufrimiento, su veta más íntima y personal. Se reserva para sí mismo muy pocos ejemplares. Envía uno a Verlaine, otro a Richepin, otro a Forain. Espera algún tipo de señal pero sólo se encuentra con un silencio hostil. Para fines de 1873, decide terminar con aquella etapa de su vida. “A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancas naciones jubilosas. Un gran navío de oro por encima de mí agita sus banderas multicolores bajo las brisas de la mañana. Yo creé todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. Traté de inventar flores nuevas, nuevos astros, nuevas carnes, nuevos idiomas. Creí adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y ahora tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y de narrador perdida! ¡Yo! ¡Yo que me llamé mago o ángel, dispensado de toda moral, soy devuelto a la tierra con un deber que buscar y la realidad rugosa por abrazar! ¡Campesino! ¿Me engaño? La caridad, ¿será para mí la hermana de la muerte? En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentiras. Y sigamos. ¡Pero ni una mano amiga! ¿Y dónde encontrar ayuda?”.

Con sus 19 años, alcanza el silencio poético. Este silencio agranda más aun el misterio que gira en torno a su figura. Rimbaud jamás volverá a hacer público un poema y renegará de su pasado creador. Renuncia a la creación poética. Este silencio es el sello de su obra. Pero su vida continúa. Vuelve a París. Gira entre contradicciones mientras se pregunta qué rumbo darle a su vida. No quiere volver a tropezar con los fantasmas del pasado. Teme al desorden salvaje de su vida anterior, a la locura que lo acechaba. Vuelve a Londres, luego a Sttutgart, Suiza, Milán. Su inquietud lo pone en movimiento. Estudia idiomas: español, árabe, italiano, griego, holandés. “Mi jornada está cumplida; abandono Europa. El aire marino quemará mis pulmones; los climas perdidos me curtirán. Nadar, triturar la hierba, cazar, fumar sobre todo; beber licores fuertes como el metal hirviente, – como lo hacían esos queridos antepasados alrededor de las hogueras. Volveré con miembros de hierro, la piel oscura, los ojos furiosos: por mi máscara, se me juzgará de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces inválidos que regresan de los países cálidos. Me mezclaré en los asuntos políticos. Salvado”.

Navega  hacia la nada. Luego de errabundear por Bélgica y Holanda, firma un contrato por seis años con la tropa de Harderwijk. Se embarca rumbo al mar Índico y llega hasta el puerto de Batavia, en Java. Después de semanas de trabajos físicos forzados, deserta, siendo aún un misterio cómo logró escapar y evitar la cárcel. Tiene una obsesión: alcanzar el sol cálido de Oriente. Llega a El Cairo. Desde Alejandría parte hacia Chipre, donde se establece en un trabajo que lo encuentra a caballo, torso desnudo y fusil en la espalda, comandando obreros griegos, árabes, sirios, chipriotas y malteses, quienes trabajan en las canteras buscando piedras, cortándolas y tallándolas. Rimbaud vive en una barranca a orillas del mar, alimentándose de lo que caza y pesca. Luego, enferma de tifus. Después de deambular por el mar Rojo, llega al golfo de Adén (en el sudoeste de Arabia Saudita), donde, según la leyenda, se halla la boca del infierno. El destino lo encontrará en Harar, donde es empleado organizando caravanas. Sueña con partir hacia el Sur para toparse con las tribus que poseen marfil. Se vuelve un comerciante rico. Envía las ganancias a su madre y pide que las ponga en el banco para obtener renta. La aventura hacia lo desconocido y las expediciones lo mantienen vivo. Ya no hay rastros que lo unan a su vida anterior.

Sin embargo, cada tanto cae en tristezas y depresiones. En 1883 escribe a sus amigos: “La soledad es una mala cosa. Por mi parte, siento no haberme casado y tener una familia. Pero ahora estoy condenado a errar, atado a una empresa lejana, y día a día pierdo el recuerdo del clima y la manera de vivir e incluso la lengua de Europa. Para qué sirven estas idas y venidas, estas fatigas y estas aventuras en lugares de razas extrañas, y estas lenguas que llenan la memoria, y estas penas sin nombre, si un día, después de algunos años, no puedo descansar en un lugar que me guste más o menos, y encontrar una familia, y tener por lo menos un hijo para pasar el resto de mi vida educándolo según mis ideas, dotándolo de la más completa instrucción que se pueda dar… Puedo desaparecer en medio de estas tribus sin que nadie tenga noticia”. Establece una relación con una abisina de la tribu de los Argobas. Convive con ella unos seis meses. Su vida va en declinación, se siente cansado. De cualquier forma, los negocios van viento en popa. La elevación de Menelick como Rey de Abisinia favorece su fortuna. Éste prolonga el itinerario de sus caravanas y aumenta el transporte de armas. Rimbaud se convierte en su proveedor oficial.

Pero un dolor punzante en su rodilla lo hace vibrar. Es una dolencia que primero se diagnosticó como artritis, cuyo tratamiento no dio resultado, y luego en una consulta posterior, fue diagnosticada como una sinovitis que degeneró en carcinoma. Esta dolencia lo forzó a regresar a Francia el 9 de mayo de 1891, donde días después le amputan la pierna. Para Rimbaud, la amputación de una de sus piernas equivale a matarlo. Insulta al personal médico, llora por las noches. Sólo quiere volver a Harar. Tres meses después, vuelve en muletas al lugar de su infancia. Isabelle, su hermana, da paseos con él y lo cuida. Ella le escribirá a su madre: “La muerte llega a grandes pasos (…) Permanece despierto y su vida se va acabando con un sueño continuo, mientras dice cosas extrañas muy dulcemente, con una voz que me hubiera encantado si no me partiera el corazón. Lo que dice son sueños, pero no son los mismos que cuando tenía fiebre. Se dirá, y yo lo creo, que lo hace expresamente. Como él murmura esas cosas, la monja me ha preguntado en voz muy baja: ‘¿Cree usted que ha vuelto a perder la conciencia? ’ Pero él entendió la pregunta y enrojeció; y cuando la monja se marchó me dijo: ‘-Me creen loco, ¿Y tú, lo crees tú?’. Es un ser casi inmaterial y su pensamiento se escapa a su pesar. Algunas veces pregunta a los médicos si ellos ven las cosas extraordinarias que él percibe, y les habla y les cuenta con dulzura sus impresiones, en términos que yo no podría reproducir; los médicos le miran a los ojos y se dicen entre ellos: ‘-Es singular’. Hay, en el caso de Arthur, algunas cosas que no comprenden”.

La muerte llega, a largas y veloces zancadas, sin pedir permiso, sin importarle qué tiene aún por decir aquel poeta, traficante de armas y marfil, buceador de la nada. Aquel niño ya es un hombre y sus facciones han cambiado. Sus mejillas se han ahuecado, dejando unos pómulos endurecidos, su piel se ha curtido con el fuerte sol de Oriente; asoma sobre su rostro una barba de un rubio leonino. Sólo sus ojos celestes permanecen inmutables.

“Visto lo justo. La visión se ha vuelto a encontrar en todos los aires.

Teniendo lo justo. Rumores de las ciudades, por la tarde, y al sol, y siempre.

Conocido lo justo. Las pausas de la vida. – ¡Oh Rumores y Visiones!

Partida en el cariño y el ruido nuevos”.

Jean Nicolas Arthur Rimbaud, el ladrón del fuego, el gran maldito, el inquisidor de lo desconocido, muere el 10 de noviembre de 1891, a los 37 años.

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Rimbaud, el gran maldito (I)

Por Gonzalo Reartes @reartes_gonzalo

A poco de un nuevo aniversario del fallecimiento de este poeta francés, Marcha lo recuerda con algunas de sus historias de vida y su obra. 

El niño poeta yace acurrucado en un rincón, desnudo, con la mano izquierda vendada aun, producto del balazo recibido por su amante, el hombre poeta, parisino distinguido, que abandonó a su mujer embarazada por seguir el vértigo de la búsqueda de su joven compañero. El niño de 18 años tiembla de frío; se encuentra refugiado en la granja de su madre, en Roche, un pueblo agrícola ubicado en la región de Vouziers, cerca de las fronteras de Francia con Suiza e Italia. Allí, padece en carne propia el proceso de desintoxicación de las drogas ingeridas poco tiempo atrás en grandísimas cantidades, mientras compone un libro cargado de una energía sin precedentes, vibrando ante cada verbo, procurando encontrar el lenguaje preciso que devele lo vivido, sin una letra, sin una coma de más.

Las primeras luces del alba lo encuentran agotado. “El Poeta se hace vidente por medio de un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Concibe la razón de su vida en la creación de esa obra. Tiene que expresar en palabras su búsqueda vital, sus vagabundeos, el testimonio de su revolución poética. Sufre, grita, llora. Su madre siente los pasos de su hijo a lo lejos, encerrado, sus golpes contra la pared, aullidos que parecerían provenir de una criatura salvaje que se encuentra moribunda en las profundidades más oscuras de un bosque helado. Su salud mental está en jaque. No importa. Atrás quedaron las musas intocables, la frivolidad de los poetas parnasianos, aquel movimiento literario posromántico. Sin libertad sólo se pueden escribir cosas de salón. “Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. – Y la encontré amarga. – Y la injurié”.

A sus 18 años, Jean Nicolas Arthur Rimbaud alcanza la cima de su vuelo poético. Su obra, revolucionaria, es tan breve como intensa y marcará un antes y un después en el mundo de las letras, aunque sólo logra reconocimiento pleno con el paso del tiempo y una vez que el niño poeta ya había transmutado en hombre maduro, traficante de marfil y explorador de terrenos desconocidos en África y el Medio Oriente. Una temporada en el infierno es el único libro publicado bajo su consentimiento en vida. En él, queda demostrado que la poesía es la herramienta de introspección más profunda de las que dispone el hombre. El testimonio de los sentidos, tal como la definió Octavio Paz: “un testimonio verídico: sus imágenes son palpables, visibles y audibles. Cierto, la poesía está hecha de palabras enlazadas que despiden reflejos, visos y cambiantes: ¿lo que nos enseña son realidades o espejismos? Rimbaud dijo: Et j’ai vu quelquefois ce que L’homme a cru voir. Fusión de ver y creer (…) La poesía nos hace tocar lo impalpable y escuchar la marea del silencio cubriendo un paisaje devastado por el insomnio”.

Rebeldía. En Rimbaud todo es rebelión. Es el poeta de la rebeldía, como lo ha llamado Albert Camus. Se rebela contra Charleville, el pueblo en el que crece, contra sus habitantes y el tedio pueblerino. “Me aburro torrencialmente… Ni un libro, ni un cabaret a mi alcance, ni un incidente en la calle. ¡Qué horror este campo francés! Necesito lo nuevo. Todo este mundo prolijo y antiguo va a estallar en poco tiempo. ¡Están todos muertos! Y les parece normal… ¿Será contagioso?”. Se rebela contra su madre, esa mujer austera y católica, contra su padre, capitán de navío aventurero y amante del vino y la libertad que parte hacia la guerra de Crimea y abandona a su familia un día antes del nacimiento de Arthur. Se rebela contra el hombre medio, pero, también, contra él mismo. El fuego de la rebeldía lo impulsa a perseguir la libertad a partir de los vagabundeos siendo muy niño aun, es un fuego sagrado que lo acompañaría en toda su travesía por Europa y por los caminos del dolor, del autoconocimiento, de las tinieblas, de las luces, de las sombras. Indaga en los aspectos menos convencionales de la condición humana. Quiere descubrir la chispa del fuego que yace oculta en cada hombre, en cada mujer, en cada niño. “Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retamas. El aire está inmóvil. ¡Qué lejos los pájaros y las fuentes! Tiene que ser el fin del mundo, si avanzamos”.

La palabra es el disparador para encontrar aquello que yace oculto. El niño prodigio de 16 años escribe su famoso poema El barco ebrio, con un lenguaje absolutamente novedoso. Rompe violentamente con las formas antiguas. El poeta debe verlo todo, sentirlo todo, experimentarlo todo. Lo envía al poeta parisino Paul Verlaine, quien le contesta con una invitación a París (“Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos”). Se desencuentran en la estación. Rimbaud acude a su casa, la cual pertenece al suegro de Verlaine y donde convive con su mujer. La cena transcurre con tensión. El niño poeta come golosamente, con malos modos, lanzando miradas desconfiadas. Las mujeres intentan conversar, él responde con un silencio insolente. Sólo abre la boca para pedir más vino. En los días subsiguientes, arrastra a Verlaine a bares y cafés, donde se dedican a emborracharse. Luego de un par de semanas, abandona aquella casa y se lanza a vagabundear hambriento por las calles. “Sería gustoso el niño abandonado en el muelle que partió hacia la alta mar, el pajarillo que sigue la alameda cuya frente toca el cielo”.

Rimbaud no encaja con la estética de los poetas parisinos. Los considera fríos, artificiales, banales. Se embriaga y los acusa, los confronta, los escandaliza. Verlaine va a su encuentro. Se siente fascinado por su personalidad salvaje. Se vuelven amantes. Desde el consumo de hachís y absenta pretenden alcanzar una sensación de unidad del espíritu, la carne y los sentidos, pasando por las visiones que luego devienen en inspiración poética. Al tiempo, Rimbaud decide volver a Charleville y luego partir hacia Bélgica. Verlaine, confesamente enamorado de él, lo sigue en su locura, abandonando a su mujer, a quien maltrata física y verbalmente (producto de su abuso del alcohol), y a su hijo recién nacido. Ella no se resigna y va a su encuentro. Verlaine duda, parece decidir poner fin a su aventura, pero acaba apostando el todo por el todo y sigue al niño poeta en su búsqueda de delirio. “En efecto, con toda sinceridad de espíritu, me había comprometido a devolverlo a su estado primitivo de hijo del Sol,– y errábamos, alimentados del vino de las cavernas y la galleta del camino, urgido yo por encontrar el sitio y la fórmula”. De Bélgica parten hacia Londres. Verlaine sufre el exilio, extraña la frivolidad de los cafés parisinos, no logra adaptarse a los pubs y a la niebla. Rimbaud, en cambio profundiza su concepción de desarreglo de los sentidos para encontrar otros estados de conciencia agregándole al hachís y la absenta las cervezas ale y stout, así como el gin y el whisky. Está convencido de que la verdadera vida no late en los ambientes literarios sino en el hombre de la calle.

Luego, el infierno. ¿O el infierno siempre estuvo allí? Como fuere, el capítulo más oscuro de esta historia llega luego de constantes rupturas entre ambos. En la instancia final, luego de uno de sus reencuentros, en Bruselas, Rimbaud comunica a Verlaine su decisión de regresar a Charleville para dedicarse a escribir su obra. Verlaine no soporta el abandono que supone esta decisión. Si bien se da cuenta de que se destruyen mutuamente, no puede concebir vivir sin su presencia. Ambos están alcoholizados, vuelven al hotel. Verlaine toma su pistola y dispara hacia la posición de Rimbaud. El primer tiro da en su muñeca y el segundo va a parar al suelo. Van hacia el hospital. La lesión no es de gravedad. Parten juntos hacia la estación de Midi. Verlaine aun lleva la pistola en su bolsillo. Rimbaud, temeroso de un nuevo exabrupto, o quizás, deseoso de venganza, lo denuncia ante un policía que detiene al parisino, quien luego es condenado a dos años de prisión, donde se convertirá al cristianismo.

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El cuervo blanco

El cuervo blanco

De Autor 1 noviembre, 2016 0

Por Anahí Cao * / Ilustraciones por Alejandra Andreone 

 

Dorada plenitud del movimiento inicial.

Humedo temblor que inicia la vida y la muerte latido.
Todo mi cuerpo siente, palpita.

***

Presiento las profundas respiraciones del mar.
Quiero adentrarme en la sed
en el calor ,en el pulso ­
en el deseo que insiste desde antes.

Yo soy el fuego ahora.
Soy el fuego una tormenta rojiza.
Soy una tormenta. No tiemblo

Me conmueve el olor de la fruta
la certeza en el tacto
la humana oscuridad
los nacimientos
el agua
la madera.
Siento la profunda claridad , la delicada emoción que se abre como un río.

 

***

Me hundo en el latido. la respiración asciende y conserva la vida.
Siento la placidez de la noche suspendida, la húmeda boca en el suspiro.
Su gratitud.

***

Quiero despojarme de mí.
Quemo todo , que arda , que confunda su cuerpo en el rio.
Tengo necesidad de saciarme
de encontrar el equilibrio que goza de quitarme la angustia.
Quiero sentir el perfume tibio de los jazmines blancos
y que se prolongue la dicha

***

Yo soy la vida en el oído, una respiración ,un cadáver, una mujer.
Quiero despojarme de mi
Sentir el amor colmado, la fiebre, los olores.
Yo soy la propia muerte, un par de zapatos, los pies descalzos.
Soy un mamífero que descansa y experimenta el mundo.

 

***

Todos los vientos me traen de regreso a la vida: late el amor en el viento
tiembla en la luz ,en el perfume.
La espuma tiembla en espirales de humana sed.
Siento la semilla, el ansia roja ,el grito.
El cuerpo que nace tiembla y envejece.

***

Me conmueve el olor de la fruta ,la claridad del fuego, la certeza en el tacto: la vida irracional que goza de si misma en un profundo deseo. Quiero soltar el sentimiento profundo de la tierra. Ser el aliento, la semilla pariendo su verano.

***

cuervo-blanco

*Anahí Cao es docente, trabajo en cárceles del conurbano como profesora en letras, es parte de la asamblea autoconvocados contra Ceamse Gonzalez Catan y columnista en Radio Semilla ( IMPA). Actualmente integra la secretaria de cultura del sindicato suteba La Matanza.

Estos poemas forman parte de “El cuervo Blanco” su quinto libro, publicado en octubre de este año.

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De Autor 27 septiembre, 2016 0

Por Lucas Peralta / Ilustraciones por Alejandra Andreone

 

5

…y los órganos de la boca se habituaron a pronunciar un sonido articulado detrás de otro.
F. Engels.

como pedacitos muertos de habla, o lenguaje a veces –en similar filo de pestañas y cadenas- se enmudece la mano chorreada de marcas y reclamos,

de cauce en tres esquinas que levantan los restos del lenguaje nuestro, bocado de antojo

que consuela territorios frente a la poesía nube.

Hacer entre todos la palabra que de sustento al desocupado, donde decir es estar

en la prontitud del espacio tajado por donde se mastica el cemento como morada.

Doblar el hambre y salir hacia la frontera que entonces, como siempre, duele, y acabar con todo fin.

palabra distinta a la mano del trabajador, donde el desarrollo del lenguaje reacciona como actividad en crecimiento, de aquello ya abierto por caminos que tiene la insaciabilidad.

determinados deberes, en deferencia y latido, significan reagrupamientos, nacimiento y labor de dupla que gravita donde nadie ignora, la designada representación nadamente semántica.

Material verbal físico del proletariado, los primeros sonidos en miembro de provocada dialéctica proporcionada

no hay dinero que no esconda sudor humano

Yo escribo, trabajo, para partir la voz

(de la individualidad)

***

 

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A Francisco Madariaga

Cúspide a tiento y tajo, o como el obrero que cruje en la cuantía del suplicio. Así va la poesía amontonada de tanta humanidad. En la andadura del todo labor quedan las páginas del silabario a cuestas, el silencio indómito de la desmadre y el cerrado nudo rajado de la hechura.
Una mano en la tierra, como estuche en demasía, obra en palabras hacinadas de imposibilidad. Pacto o pieza repartida, labor que allana las luces de diecisiete convergentes marjales en el paraíso de la barriada. Rusticidad bella, manera de esquina grabada en el vértice del hambre.
Un año más de contar el desaire en el tupido lomo macizo a cuestas, en la aradura tosca de un año más transeúnte a caña. Canto chueco de los cazadores, laúd para estos heridos, palabras para estos hombres.

Modo y hallazgo para escudarse, materia verbal de la tierra. Integración vocálica del mundo como repertorio léxico, como funcionamiento considerado a texto y razón de ser.

Interrupción a lonja y mostrador, o como cuando, elípticamente, te arrancás de un tirón el inventario de todo aquello posible en el lenguaje. Así va la palabra por medio del barullo en desnivel. El pelaje del modelo y el pellejo de sus materiales señalan formas que realizan el patrón sintáctico de palabrota raída, la dificultad como caracterización del poema, y el rumor al ras por el camposanto de los hombres del hambre.

 

 

***

Estos dos poemas pertenecen al libro “Escombros” que se publicara prontamente  por la editorial Bernacle.

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Se me perdió un poema

Se me perdió un poema

De Autor 13 septiembre, 2016 0

Por Lobo Cruz / Ilustración por Alejandra Andreone

 

Conservo mi utopía, mi unicornio azul
mi fe, mis sueños, y mis ideales,
pero se me perdió un poema
que no pude escribir ni sujetarlo
atravesó mi corazón como una flecha
saltó el corral, se fue con la jauría
de lobos hambrientos de justicia,

Se me perdió un poema, pero dicen
que le crecieron dientes afilados,
que es uno mas de la jauría
con el mismo hambre de justicia,
que es un poema que reclama
por Julio Lopez con firmeza.
Yo quería escribirlo, con templanza
con letras cristalinas, con belleza,
con palabras brillantes, con fineza.

El poema me mandó un recado:
Ya no me busques con tus letras pulidas,
Buscá a Julio, ya no seas oveja.

 

***

jjlopez2

 

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