Spinetta y Artaud, en un sólo latido

Por Gonzalo Reartes

Artud y el Flaco. Artud como disco. 1973, el inicio de una carrera solista que enamoró a un público amplio en edades. 

“Allí donde otros exponen su obra

yo sólo pretendo mostrar mi espíritu.

Vivir no es otra cosa que arder en preguntas”.

Y sí. Todas las hojas son del viento. O, mañana es mejor. Más bien podríamos decir que las luces que saltan a lo lejos no esperan que vayas a apagarlas jamás. Sea como fuere. Allá por 1973, Luis Alberto Spinetta iniciaba su carrera solista, sacando a la luz el disco Artaud, bajo el nombre de Pescado Rabioso. Vamos de vuelta. Artaud es el tercer disco de Pescado, pero la banda estaba ya disuelta; sin embargo, por un contrato discográfico, la banda tenía que sacar tres discos. Así nace Artaud, aunque la producción musical y artística se deba enteramente al Flaco. Si Pescado II está dedicado a Rimbaud, Spinetta va más allá y no sólo le dedica su siguiente disco a Antonin Artaud, sino que lo bautiza con su nombre.

En Marcha hemos hablado ya sobre los aspectos musicales y hasta, quizás, técnicos de este disco, por lo que en esta entrega intentaremos hundirnos un poco más en quién fue aquel poeta maldito y qué influencia tuvo su escritura en el Flaco. En una entrevista de la revista Sudestada de Julio de 2013, realizada por Nadia Fink a Rodolfo García, quien fuera baterista de Almendra entre 1967 y 1970, podemos aproximarnos a la ética spinetteana. Según García, “la ética aplicada a la música” de Luis fue algo que lo impactó. La ética de los músicos; es decir, artistas en boga pero comerciales, que se repetían cuando encontraban una fórmula. “Luis se ha peleado con quienes de alguna manera representaban el poder y siempre salió airoso. Lo vi dejando de concretar grandes negocios por sostener esa idea. Tenía sólo lo que necesitaba para ser feliz: una casa y su estudio de grabación, que siempre fue su máxima ambición y con el cual no lucraba.”

En otra entrevista de la revista Sudestada, una de colección dedicada enteramente a Spinetta, Juan Carlos Diez, que en 2006 editaba “Martropía: Conversaciones con Spinetta”, decía: “Hablábamos mucho de lo que significa escribir, no sólo letras, sino de la literatura, la prosa poética y de algunos autores que lo han marcado, por ejemplo Antonin Artaud, y de lo que produce en el ser humano el acto de escribir. No hablamos, para el caso de Artaud, de él como recreador, pero sí de Artaud como un escritor que lo ha conmovido. No de decir: “Flaco, ¿en qué canción, puntualmente, te marcó Artaud? Eso es absurdo. A lo mejor no fue una influencia directa en la escritura, pero como lector, como tipo sensible o artista, te podes conmover con Artaud a los 25 o a los 50”. Pues qué es la poesía sino eso: capacidad de conmover al lector. No metáforas imposibles de comprender, súper abstractas, ni, tampoco, lenguaje llano, sin profundidad. No. La poesía es leer algo y no ser el mismo después de haberlo leído. Por eso hay tan pocos poetas; poetas en todo el sentido de la palabra. Y vaya si Spinetta no fue poeta. Vaya si no conmovió a millones de almas.

Pero, ¿quién fue Antonin Artaud? Ante todo, algunos datos biográficos, en forma de cronología. Nace el 4 de septiembre de 1896 en Marsella. En 1901 padece una grave meningitis. Se salva pero conservará disturbios nerviosos el resto de su vida. Para 1910 funda con compañeros de escuela una revista poética donde publica sus primeros versos (a la edad de 14 años). En 1924 adhiere al Surrealismo y conoce a Génica Athanasiou, su primer gran amor, quien fue la única mujer de su vida con quien mantendría una vida casi conyugal. Hacia 1936 viaja a México, visita el territorio indio de los tarahumara, donde experimenta con el peyote. Un año después es internado en un manicomio, luego será juzgado como “enfermo incurable”. Sufre la falta de heroína. Se alimenta mal. Comienza a padecer la terapia de electroshock. Su estado es crítico. Ya no volverá a vivir en plena libertad. Para 1948 dicta una conferencia en donde denuncia las fuerzas del mal, los psiquiatras y el electroshock. En febrero le diagnostican un cáncer incurable. Toma cloral sin límites. Permanece casi inconsciente. Pero el dolor disminuye. Muere el 4 de marzo, sentado al pie de la cama. Solo. Su deseo era no encontrar la muerte rodeado de gente ni acompañado por nadie. Dice, antes de fallecer, que al morir su cuerpo debe estallar en mil pedazos.

Artaud es el artista de la rebelión. Podemos decir que su obra no incita a la reflexión, sino a la acción. El ser humano debe conocerse a sí mismo, experimentar al máximo sus sensaciones más íntimas. Y debe hacerlo a riesgo de su propia vida. Poniendo en juego su propio cuerpo y su propio espíritu a cada paso. Desde muy joven padece ataques de nervios muy agudos y se debate entre profundas depresiones e intensas crisis nerviosas. Internado en clínicas, medicado a través de grandes dosis de diversas drogas y diagnosticado con diferentes enfermedades, Artaud sabe que él es el único que puede hallar cura a sus padecimientos (“Más aún que la muerte, yo soy el dueño de mi dolor. Todo hombre es juez, y juez exclusivo, de la cantidad de dolor físico, y de la vacuidad mental que pueda soportar honestamente”).

Se acerca al surrealismo a comienzos de la década del 20. Toda su obra posterior llevará secuelas de este movimiento. André Bretón dirá: “El surrealismo no es una escuela artística, sino una forma de ver el mundo. Propone recuperar las imágenes del inconsciente y de los sueños. Para conocer el universo, recurre a la libertad de la imaginación y no al rigor de la razón”. En Artaud, representa el espíritu de ruptura e insurrección contra todos los valores establecidos. La revolución no implica un cambio de una cosa por otra. La verdadera insurrección obliga a destruir lo viejo y empezar a construir desde la nada.

En “Matropía: Conversaciones con Spinetta”, de Juan Carlos Diez, Luis Alberto se explaya sobre lo que implica la lectura de este poeta: “Leer a Artaud y tratar de degustarlo no se trata de una experiencia inicialmente filosófica, sino que parte de una experiencia sensorial. Ver cómo las palabras danzan con un peso inconcebible. Y al razonarlas y advertir lo que él ve, ahí empieza el mundo. (…) Artaud es un atormentado inconcebible. No era muy sano el tipo. Era meningítico, fue adicto a la morfina y a otras drogas toda su vida para tratar de evadir los dolores de cabeza y otros síntomas de su enfermedad mal curada en aquella época. Él reconoce su enfermedad y trata de transformar su lenguaje. Es increíblemente profundo. (…) Él tiene esos raptos, inventa el mundo. Un genio tremendo: insoslayable e inubicable. Insoslayable para la literatura, inubicable para la filosofía. Inubicable. Y grandioso por el aporte lingüístico. La visión es grandiosa. Es un mundo de células que sienten. Se introduce en el ser como la sangre de su propio cuerpo y desde ahí habla. Es mortífero, casi lo más grande que hay para leer”.

Para finalizar, algo que fue leído sobre el cierre de la columna artaudiana; la Segunda Carta Matrimonial, publicada en el libro “El Pesa Nervios”:

“Necesito a mi lado a una mujer sencilla y equilibrada, cuya alma inquieta y confusa no alimente sin cesar mi desesperación. Estos últimos tiempos te veía siempre con un sentimiento de miedo y malestar. Sé muy bien que es tu amor el que crea tus inquietudes por mí, pero es tu alma enferma y anormal como la mía la que exaspera esas inquietudes y te arruina la sangre. No quiero vivir a tu lado en el temor.

Además necesito una mujer que sea únicamente mía y que pueda encontrar siempre en mi casa. Estoy desesperado de soledad. No puedo llegar por la noche solo a una habitación y sin ninguna de las necesidades de la vida a mi alcance. Necesito un hogar, y lo necesito pronto, y una mujer que se ocupe de mí, soy incapaz de ocuparme de nada, que se ocupe hasta de las cosas más pequeñas. Una artista como tú tiene su vida y no puede hacer éso. Todo lo que te digo es de un feroz egoísmo, pero es así.

No es necesario que esa mujer sea ni siquiera bonita, tampoco que sea una inteligencia excesiva, ni que reflexione demasiado. Me basta con que esté unida a mí.

Pienso que apreciarás la gran franqueza con que te hablo y me darás la prueba de inteligencia suficiente: comprender que todo lo que te digo no mengua el intenso cariño, el inextirpable sentimiento de amor que tengo y tendré inalienablemente por ti, pero ese sentimiento no tiene nada que ver con la corriente ordinaria de la vida. Y la vida hay que vivirla. Hay demasiadas cosas que me unen a ti para que te pida romper, te pido solamente cambiar nuestras relaciones, hacernos cada uno una vida diferente, pero que no nos desuna”.

La poesía al servicio de la música. Hacer arte por el placer mismo de contemplar arte. Poesía, música, arte. Luis Alberto Spinetta todo lo conjuga en este gran disco. Algunos no supieron entenderlo. Algunos lo fusilaron sin balas. Pero no importa. Las habladurías del mundo no pueden atraparnos.

 

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Discos: De este lado del Mundo

Por Laura Cabrera @LauCab//Imagen: Prensa Korso Gomes

La banda punk rock nacional Korso Gomes presenta su último disco, grabado a fines de 2015 por Federico Pertusi (ex Attaque 77) y producido por Joxemi, guitarrista de Ska-P. Por si al mundo le faltaba punk, el cuarteto tocará este sábado 14 de mayo en El Emergente. Antes, la reseña de su reciente material de estudio.

Hace 21 años atrás, Korso Gomes comenzaba a gestarse en la ciudad de La Plata. Desde ese entonces pasaron seis discos. Actualmente, el cuarteto compuesto por Lucas Sanchez en Voz y Guitarra, Maira Gardella Aubert en Bajo, Cristian Acuña en Bateria y Celica Finochietto en Guitarra y coros, presenta De este lado del Mundo, sexto material de estudio compuesto por diez canciones cuya poesía corresponde a la banda y a Joxemi, guitarrista de Ska-P. El resultado, un trabajo discográfico con todos los condimentos.

Voces femeninas, la fuerza del punk y el permiso del estilo tropical (Agapornixxx), letras que invitan a la reflexión y, por qué no, a sentirse identificados e identificadas con alguna que otra historia de amor que se escapa por ahí, entre medio de tanta música que invita al pogo y genera ganas de escuchar qué tiene para dar en vivo esta banda cuyos sonidos son la voz del camino recorrido, de la trayectoria, de años de experimentar con sonidos y estilos.

A la hora de pensar una forma de definir a qué suena la banda, podría decirse que a rebeldía: desde su arte de disco en donde un músico estilo punk se enfrenta ante soldados y ante el capitalismo hecho persona, hasta sus letras críticas hacia un contexto histórico inquietante, todo se resume en lo que podría ser el tema que guía todo el resto “A gritos”, porque la acción es la que da voz, la que permite expresar, cantar, decir, criticar y reflexionar en una letra.

Un momento de corte o vuelta de página en el disco se da con “Te devuelvo”, en donde Celica canta en tono dulce una historia de cambios, de la necesidad de despertar de lo que sea que haga mal. “Y aunque el mundo cambie no está listo para vos”, canta en una estrofa, casi invitando a tomar las riendas y dejar de pensar en lo que la realidad demuestra y empezar  a razonar según lo que queremos que sea. Actuar, dejar de mirar quedándose en la queja. De eso parece tratarse.

En líneas generales, la banda que lleva en sus espaldas (y corazón, por qué no) el hecho de haber compartido escenario con grandes como Attaque 77, Catupecu Machu, Jauría, Las Manos de Filippi, Shaila, Cadena Perpetua, Flema, 2 Minutos, Fun People, Boom Boom Kid, Bulldog, entre otros, hoy se posiciona sola como una gran banda dentro de la escena del punk local, con un sexto disco bien definido en cuanto a su estilo, con innovaciones y buenas letras, con energía para salir a la cancha y hacer poguear a cualquier público.

Escuchar De este lado del Mundo lleva además a quienes fueron adolescentes en los 90, por ejemplo, a revivir ese estilo de punk, el de los pantalones rotos y los ojos delineados, el de la música a todo volumen dentro de un cuarto, al punk fresco de la adolescencia y al mismo tiempo tan maduro en sus melodías. Podría decirse entonces que a pesar de su actualidad, es un disco punk al estilo retro.

 

*Korso Gomes se presentará con bandas invitadas este sábado, desde las 23 en El Emergente (Gallo 333, C.A.B.A).

Podés escuchar el disco completo acá: https://www.youtube.com/watch?v=8FlA7CkD9uc

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Caleidoscopio, Paralamas reversionado

Por Angie Ferrero

Es indiscutible: Paralamas do Sucesso fue y será siempre, una tremenda banda. Y como si hubiera sido poco su legado, el sello brasileño Scream  & Yell, lanzó Caleidoscopio, disco homenaje que reúne a 18 artistas  de 11 países . 

La banda brasileña Paralamas do Sucesso, marcó varias generaciones con su rock/ska/reaggae/ post-punk (para leer y bailar sin respiro). No importa la generación de la que seas o el lugar en el que vivas, Una Brasilera, La canción del marinero o Dos margaritas (y por qué no, Linterna de los afiebrados) seguro llegó a tus oídos.

Ahora, imaginate un disco que reversiona todas estas canciones sin que pierdan su esencia, pero que tengan el sello propio de diferentes países: más cumbia, más sangre latina, más guitarras; sin perder la nostalgia ni las letras, que mezcle un poco de ritmo argentino, uruguayo, brasileño, chileno, colombiano, venezolano, y sin que falten Costa Rica, EE.UU, Bolivia, Perú y de taquito, Portugal. Resultado: Caleidoscopio.

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El sello discográfico Scream & Yell, en su sexto disco homenaje -esta vez con Paralamas- reúne distintas voces, idiomas y músicos iberoamericanos. En Caleidoscopio, podemos escuchar las reversiones de Bareto (Perú), Rialengo (Costa Rica) y Ulises Hadjis (Venezuela). Wallburds (Los Ángeles) y los brasileros Nevilton, Stilnovisti, Lestics y Tagore. De Argentina, Crema del Cielo, Fargus y Sandra Corizzo. Finlandia, integrada por el brasileño Rafael Evangelista y el argentino, Mauricio Candussi. De Colombia, Andrés Correa y Animales Blancos, y de Bolivia, Animal de Ciudad. TV Rural y Samuel Úria de Portugal. Quedan por mencionar, desde Chile, Dadalú y los uruguayos Franny Glass, Molina y los Cósmicos.

Caleidoscopio, producido por Leonardo Vinhas, le hace un guiño a la fama de Paralamas como la mejor banda brasilera de rock argentino, y borra de un plumazo toda clase de fronteras, con nueve países más que se suman al giro de vidrios con distintos colores, se termina con las confusiones y se agrega la impronta musical de cada artista que integra este disco.

Para más información de las bandas, del sello y de la grabación, para escucharla, hacerla sonar, descargar y divertirte sin perder la nostalgia de aquellos tiempos en que Paralamas do Sucesso no dejaba de sonar en todas las radios, te invitamos a que sigas este enlace y mires/escuches a través del Caleidoscopio: http://screamyell.com.br/site/2015/11/24/download-tributo-aos-paralamas-do-sucesso/

Angie Ferrero

http://fugitivadelcoroneldesaforado.blogspot.com.ar

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Stones en La Plata: La perfeccion del rock and roll

Por Gonzalo Reartes

Argentinos, ¿el público más “stone” o el público más “rollinga”? No importa. Lo importante es que Los Rolling Stones volvieron al país luego de diez años de espera para sus seguidores. El primer show fue el domingo, repite en el Estadio Único de La Plata mañana y el sábado. Aquí, una crónica del día en que todo comenzó. 

El camino a La Plata está atestado de una caravana de autos de los que salen despedidos un sinfín de temas de los Stones. Suenan canciones de discos tan viejos como Flowers o Some Girls hasta las más recientes de Voodoo Lounge o Bridges to Babylon. Desde otros autos suenan grupos como Viejas Locas, La 25, Los Gardelitos y Los Redondos. Es claro. Todos vamos al mismo lugar. Como una procesión de fieles que está dispuesta a realizar el ritual sin esquivar ningún pormenor. Asumiendo las dificultades, pagando los costos, pero sonrientes y expectantes.

El aire espeso, caluroso y húmedo da lugar a la lluvia y la jornada parece presagiar un show mítico, un recital épico. Transitando hasta el Estadio Único, las veredas enseñan su paisaje: puestos de patys y choripán, latas de cerveza por doquier, cadáveres de botellas vacías y cartones de vino pisoteados. Las calles inundadas por un solo sentimiento. Miles de personas en cuero, bajo la lluvia, dementes que cantan y saltan y tiran cerveza al aire y se empujan sin conocerse, unidas en nombre del rocanrol. Alguno pide un cigarro, alguien pregunta si hay reventa, otros sólo quieren hablar de cómo siguen a los Stones hace 30 años, otros se pasaron de rosca y no pueden hablar, otros quieren un trago, un sorbo siquiera de cerveza, una seda, una pastilla, un chicle, algo, lo que sea.

El Estadio comienza a llenarse con fuerza a partir de las 19:30, cuando Ciro sube al escenario a telonear. El sonido parece endeble. Llueve con bastante intensidad. Miradas cómplices demuestran su preocupación. Ahora más que nunca parece salir a la superficie aquella vieja idea y costumbre que dice que en el rock lo importante no es el sonido ni la afinación de las guitarras ni los aspectos técnicos sino dejar la vida en ese recital. Gritar hasta sentir que los pulmones empiezan a pedir auxilio. Bancar el calor de una masa que parece arrastrarlo a uno y tener vida propia. Sí, las miradas transmiten eso. Es un acuerdo no hablado, tácito. Llegamos hasta acá y hay que hacerla valer. Pero también queremos que los solos de Richards suenen claros, que la voz de Jagger no se pierda en la brisa. Un poco antes de las 21 se apagan las luces. La salida de esta banda histórica, de este mito viviente, es inminente.

Y entonces, la magia. Los primeros Do y Fa de Start me Up. Un riff histórico. Se encienden enormes pantallas con una increíble definición. Mick Jagger en escena. Un grito de guerra por parte del público inunda no sólo el Estadio sino, pareciera, toda La Plata. Keith Richards sonriente. Charlie Watts, moderado y prolijo como siempre. Ron Wood, acompaña con algún cigarro colgando en su boca. El público no da cuenta de su emoción. Grita. Salta. Empuja. Entona las estrofas en un inglés improvisado que se asemeja más a intentar reproducir el sonido de las palabras, su fonética, que a las palabras en sí. Poco importa. Es solamente rocanrol, pero a todos les gusta.

La lista continúa con éxitos a prueba de balas. It’s only rock ‘n roll y tumbling dice. Entonces Jagger saluda a Argentina y a Buenos Aires. Uno mira a los costados y reconoce a un público variadísimo, si bien adelante, cerca del escenario reina más el caos y la gente sin remera y la transpiración y el poco aire, unos pasos más atrás hay padres de familia, parejas, niños en los hombros de sus padres, incluso un perro (sí, un perro) callejero que se filtra en la audiencia y se pasea entre la gente. Out of control (hermoso tema) y Wild horses calman un poco los ánimos, la gente comienza a relajarse y a respirar y a comprar botellitas miserables de agua que salen 50 pesos pero que son tan necesarias como inaudito su precio.

Entonces un punteo con cuerdas que vibran, una melodía casi árabe y fácilmente reconocible va generando un grito de sorpresa y de espera que dura unos escasos segundos pero que sirve de preámbulo a lo que viene. Y Charlie Watts empieza a golpear con fuerza su batería anunciando el inicio de Paint it black, y todo el descontrol vuelve a la normalidad, porque la normalidad parece ser este reconocerse así, descontrolado, asombrado por lo que se está viviendo e intentando saltar lo más alto que se pueda al tiempo que se grita la letra lo más fuerte como sea humanamente posible. Pasa Honky tonk woman y Mick Jagger presenta a la banda. Keith Richards se lleva la mayor ovación. Su nombre no es coreado sólo una vez, sino que tiene que volver a saludar para una segunda enorme ovación que da lugar a los dos temas que interpreta en voz (Can’t be seen with you y Happy, del quizás mejor disco (doble) de los Stones: Exile on Main Street).

Este es el show número 13 de los Stones en Argentina. El primero en el Estadio Único de La Plata, que viene a sustituir al Monumental de Núñez. Así lo anuncia Jagger al tiempo que sale al escenario con una viola colgada para tocar Miss you, tema en el que se luce el bajista Darryl Jones, que reemplaza al histórico Bill Wyman desde el año 1993. Luego sí, explota todo al Richards tocar los primeros punteos de Gimme shelter, tema en que demuestra por qué es considerado uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos, más allá de no ser un guitarrista súper técnico como Jimmy Page de Led Zeppelin, Slash de Guns ‘n Roses o incluso el mismo Mick Taylor (ex integrante de los Stones, quien reemplazara en su momento a Brian Jones previo a la incorporación de Ron Wood), interpreta esos riff de una forma prolífica y los acompaña desde su mítica personalidad de excesos que tan bien encaja con la historia del rock y de los Stones.

Brown Sugar encuentra a Jagger trotando por el escenario, demostrando por qué es el mejor frontman de todos los tiempos mientras todos en el campo nos preguntamos cómo puede ser que tenga más de 70 años. Con un amplio dominio del escenario, Jagger sabe administrar no sólo los tiempos sino también los solos de cada integrante para que todos resalten y brillen. Ya anunciando el final, comienza a sonar Sympathy for the devil, acompañado de una tremenda escenografía y encontrando a Mick Jagger con una capa de plumas rojas, encarnando quizás al mismo Lucifer que relata el tema. Luego, un coro anuncia el principio de You can’t always get what you want, canción acompañada por Jagger con una guitarra acústica.

Entonces, abruptamente, comienza a sonar el riff más conocido de la historia del rocanrol. Keith  Richards ocupa las tres enormes pantallas del escenario y vemos desde abajo cómo va pasando los dedos de traste a traste para darle vida a ese tema que parece haber marcado un antes y un después en la historia musical del rock: Satisfaction. Todos saben que este tema marca el final y parecen vivirlo acorde: desbordados. Tal como el Jijiji de los recitales del Indio (Skay lo toca pero no cierra con él), el público va dejando la vida progresivamente, como un cinco que se tira a barrer en la última pelota del partido, como un estudiante que llega a las últimas 10 hojas del apunte algunas horas antes del parcial, como el laburante que reparte la última docena de empanadas un sábado a la una de la mañana y sabe que es un preámbulo a lo que viene, que es esfuerzo que será recompensado. Así pues, con un larguísimo solo de Richards, los aplausos comienzan a cubrir las guitarras al tiempo que fuegos artificiales de diversos colores comienzan salir disparados del escenario y todo se va volviendo surrealista, como un poema de Artaud o un cuento de Castañeda, una noche mágica que va terminando y nadie sabe cómo pasó todo ni sospecha la importancia de lo que acaba de ocurrir ni el mérito de haber formado parte de esa cita histórica.

Hacia el final, ya sin lluvia, ya sin guitarras ni batería ni bajo, ya con el humo de los fuegos artificiales esfumado, la gente despide a esta mítica banda coreando el riff de Satisfaction. El 2006 marcaba la última visita de los Stones a Argentina. Diez años después, llenarán tres estadios como si nada. Y siguen en la cúspide. Mick Jagger se mueve con la energía de alguien de 20 años. Keith Richards sigue acertando los riffs. Ron Wood cumple su papel de segunda guitarra a la perfección. Charlie Watts se luce como siempre. Estos tipos parecen ser inmunes al paso del tiempo. ¿Alguien puede asegurar que no van a volver en diez años? Quien escribe estas líneas no se atreve a afirmarlo y cree que, quien lo haga, desconoce profundamente la esencia de esta banda y del rocanrol.

En una entrevista de 1985, Luca Prodan decía: “(…) Nosotros somos rockeros. Yo no pienso que soy un artista como muchos músicos de acá. “El arte… El artista…”, y hablan todo así. ¿Qué artista? Vos sos un tarado con una guitarra. Dale con el rock. ¡Como los Rolling Stones! ¡Esos tipos que son unos viejos y siguen haciendo un rock que parte las piedras…! Ese es el espíritu del rock: rebeldes y reos”. Las palabras de Luca, pronunciadas hace más de treinta años, parecen ser más actuales que nunca. Quien se atreva a contradecir a Luca, que tire la primer piedra.

 

La lista de temas es la siguiente:

1) Start me up.

2) It´s only rock ´n roll.

3) Tumbling dice.

4) Out of control.

5) Street fighting man.

6) Anybody seen my baby.

7) Wild horses.

8) Paint it black.

9) Honky tonk woman.

10) Can´t be seen with you.

11) Happy.

12) Midnight rambler.

13) Miss you.

14) Gimme shelter.

15) Brown sugar.

16) Sympathy for the devil.

17) Jumping jack flash.

18) You can´t always get what you want.

19) Satisfaction.

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Cromañón y los límites de la cultura del aguante

Por Gonzalo Reartes / Foto por Juan Noy

Porque está prohibido olvidar que hace once años ardió Cromañón y con él se fueron cientos de vidas, porque es necesaria la reflexión es que publicamos esta nota sobre la cuestionada “cultura del aguante”. ¿Cómo era ir a ver una banda antes de que las negligencias quedaran expuestas en el escenario de la cultura rock en argentina?

Una hamaca se mueve en soledad al viento en alguna plaza de Once. Símbolo de la inocencia perdida. Aunque la plaza puede ser de Quilmes, de Flores, de Lanús, de Mataderos, de Morón o de Constitución. Zapatillas de lona gastada en el suelo de una madrugada también simbolizan esa inocencia perdida. Y esta vez el escenario es concreto. Cromañón. Allí donde el techo en llamas parecía desplomarse sobre la cabeza de cientos de personas. Donde el humo negro se volvía espeso. Donde comenzó a cuestionarse de una buena vez la cultura del aguante del rocanrol.

Once años después de la tragedia (sí, tragedia), cambiaron muchas cosas. Omar Chabán muerto, el baterista de Callejeros preso por prender fuego viva a su mujer, el cantante, Pato Fontanet, en constante puja por su salud mental, la banda que hace algunas apariciones, seguida de miles de jóvenes que juran que “la música no mata”. Claro, muchas cosas cambiaron. Pero el dolor de las vidas que se extinguieron esa madrugada no cambió. Ese dolor no cambia, no se transforma. Permanece ahí, enterito. Quienes siguen sus vidas habiendo perdido a esos hijos e hijas, hermanas y hermanos, madres y padres, amigos y amigas, viven la existencia con el duelo intacto. Transitar la vida luego de  algo así es como seguir viviendo con un brazo menos, con medio corazón apagado.

Complejo asunto a tratar el de Cromañón. La juventud pidiendo por la libertad de los músicos. El periodismo la cabeza de Chabán. Los familiares de las victimas pidiendo  justicia. El ámbito del rock defendiendo al empresario y apuntalándolo como un prócer de la movida under musical. La cultura del aguante al rojo vivo. Pero, ¿de qué va esto de la cultura del aguante del rocanrol? Bancarse lo que sea. Exponerse a todo tipo de riesgos porque “eso es el rock”. Ponerle el cuerpo a lo que venga. Meterse en tugurios que están a punto de prenderse fuego merced de un cortocircuito, en antros rodeados de trescientas personas donde en realidad caben cien, donde no hay agua en los baños, donde no hay salidas de emergencia. Odiar por sobre todas las cosas a los caretas. Aguantar contra viento y marea.

La cultura del aguante en el rock va de la mano con la de la cancha, sobre todo la del ascenso. Ir a todas las canchas que se pueda y resistir los palazos de la policía. Bancar que el camino a la tribuna visitante esté plagado de piedrazos. Prender bengalas. Amenazar de muerte al rival sosteniendo el trapo con los propios colores. Claro, el folklore del fútbol, nadie lo puede negar. Todos somos parte de eso. La problemática yace en buscar la delgada línea que separa lo cultural de la locura, de lo absurdo. Gritar que los del otro lado son todos putos es una cosa; rodear entre siete a un distraído que tiene los colores incorrectos y matarlo a trompadas en el piso, es otra muy distinta. Embarrarse hasta los tobillos en un recital del Indio es una cosa; tirar bengalas en un sótano sin ventilación ni salida de emergencia saltando con doscientas personas, es otra.

Cabe pues preguntarse: ¿Cuántas de esas muertes estaban ese día ahí en nombre del rock y del aguante? Porque se trata del rocanrol, del barrio, del faso y el vino en la esquina, de los marginados, de juntar la moneda un mes y tomarse el bondi desde cualquier rincón del conurbano hasta capital para saltar una hora y media y sacarse la bronca. Sacarse la bronca contra este sistema de mierda que emplea a esos pibes sin futuro como repartidores de pizza, barrenderos o soldaditos de vendedores de prensados, contra el padre borracho que nunca labura y está todo el día dado vuelta, contra el marido que caga a palos a su mujer, contra la educación que no da ningún tipo de garantías, contra el empresario que paga dos con cincuenta y vive en nordelta y juega al golf los martes a las once de la mañana. El aguante, hay que aguantar lo que venga, porque ya va a llegar la nuestra, y si no llega, no importa, son pequeñas venganzas contra el destino; ir a un recital y cantar, y gritar “la concha de la gorra” y estar al borde del desmayo entre empujones en un pogo y morirse de calor y tirar vasos de birra a un cielo que ya no se ve.

Que haya sido Callejeros es circunstancial. ¿Cuántas bandas hay del estilo que podían haber pasado por la misma situación? ¿Cuántas al día de hoy? Claro, hay cierta toma de conciencia respecto de las bengalas, hay un antes y un después de Cromañón, está claro. Pero, ¿y los bares que no están aptos para recitales? ¿Y los antros donde gotea el techo sobre una veintena de cables enchufados a amplificadores? Bueno, es rock. Sí, pero, ¿hasta qué punto? Dijimos que el límite es delgado, sobre todo para quienes defienden la cultura del rocanrol, porque ésta también tiene muchísimas cosas para destacar: compañerismo, búsqueda de la expresión artística, canciones que hablan sobre lo que le pasa a los pibes del barrio todos los días, e incluso las cosas positivas del aguante: eso vuelve tan compleja la cuestión. Pero creer que Cromañón forma parte de una negligencia pasada e imposible de repetirse es un claro error. Esa noche simboliza una herida abierta, que nunca cerrará y que obliga a todo el espectro del rock a hacer una profunda autocrítica.

La imagen de las zapatillas de lona gastada, heridas, amontonadas, solitarias seguirá girando en el imaginario social colectivo. Esas zapatillas están ahí, como susurrando “prohibido olvidar”. El reclamo de justicia está más vigente que nunca. Las hamacas seguirán moviéndose en soledad al viento. La cultura del aguante va encontrando sus límites. Y el rocanrol, también.

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