Un Manifiesto: el teatro de la historia humana

Por Mauricio Castro / Foto Un Manifiesto Facebook*

Después de haberse presentado en el Centro Cultural Roseti, el Espacio Sísmico y funciones especiales en el ex-centro de detención Olimpo, Un manifiesto llega al Galpón de Guevara durante todos los domingos de junio, donde encuentra una nueva espacialidad que recrea toda la puesta en escena. Aquí, reflexiones algo atravesadas por los espasmos de esta obra casi inclasificable. 

Ardua labor la de trazar fronteras.

El dramaturgo Bertolt Brecht dijo alguna vez que él, cuando escribía sus obras, imaginaba a Marx sentado en la tercera fila. Desde ahí, una pregunta-frontera siempre podría ser cuál es ese fantasma de la dramaturgia que hace de espectador/a desde la tercera fila. No tendría demasiada efectividad hacer/se la pregunta explícitamente: pocas veces en verdad se sabe para quién se actúa la cotidianidad que somos; y muchas, si se iluminara la tercera fila, miráramos lo que estábamos haciendo y descubriésemos para quién estábamos actuando, nuestra fisionomía perdería toda libertad y se volvería de piedra.

Por eso algo nos salva: no se descubre toda la verdad; es la historia.

Pero como tantas veces hacemos, por ardua que sea la labor y por más que sepamos que la respuesta dolerá, preguntamos igual. Dolería a la humanidad entera si alguna vez existiese la obra que lograse, no digamos preguntarle por el espectro para el que actúa, sino revelárselo. Esa obra no podría escribirse jamás: convulsionarían sus actores y actrices apenas pusiesen un pie en el escenario, quien estuviese a cargo de presentarla enmudecería de inmediato o se desbocaría en una carcajada desenfrenada, la historia podría volver a empezar justo donde se cierra el telón. Lo que es seguro es que esa obra acerca de las variaciones sobre el amor, el tiempo y las cosas, sólo podría llamarse de una manera: Un manifiesto. La directora contaría: “todo partió de una improvisación con la idea de sistema, de cómo la grupalidad genera un sistema y cómo, siempre dentro de las leyes de la improvisación, tiene la oportunidad de quebrar un sistema”. Su obra mostraría todo el devenir de la carne humana, carne del mundo hecha escena ahí, de manifiesto. Y nos advertiría, sólo para permitirnos que la veamos sin convulsionar y desbocarnos, que, aunque no hay un más allá, no se puede descubrir toda su verdad: es la historia.

Tal vez, más que arduo, sería suicida preguntar por la tercera fila a Un manifiesto; conduciría a la máxima locura psiquiátrica (el corte de todo vínculo real): “¿Falta esa butaca? ¿Se prendió fuego? ¿Qué pasa que un espectador se paró y se hizo escena a la indicación de una actriz? ¿Será que también Yo me pondré de pie sin saberlo? ¿Olvidé el guion de esta obra o no sabía que estaba actuando? ¿Nadie me lo dijo? ¿Habré incendiado yo la butaca? ¡Un momento! Esos ojos que ven desde la tercera fila, ¿no son lo míos?”. Es entonces que los juegos de las artes nos revelarían que estábamos en un laberinto de espejos. Que cada vez que miramos y que tocamos: vemos y palpamos; pero a la par, nos miramos, nos tocamos. Ahí es que la pregunta por las fronteras, por dónde empiezo y dónde termino, no tiene respuesta, pero informa que no se va a descubrir toda la verdad, porque apenas está, escrita a borbotones, la historia de donde empecé.

Es ardua la labor de trazar fronteras; tanto que suele hacerse sin tomar conciencia de que se está llevando a cabo. Sería imposible (además de indeseable, seguramente) tomar toda la conciencia, porque ya esa diminuta isla del intelecto sobrevive a flote en el océano de los afectos, del cual al parecer no es más que un recorte de tierra humana que muy frecuentemente se ve desbordada e inunda. Esa frontera del Yo (incluso la que no dice “Yo”, sino que HACE “Yo”: el cuerpo) que se encabalga en un Nosotrxs, que delimita un Ellxs, que se amplía a un Todo, queda casi inerme si pretende remontarse a los orígenes de las trazas de sus fronteras. No se va a descubrir toda la verdad: es la historia.

Sería ardua labor trazar fronteras a la obra que emprenda ese viaje a la génesis del vínculo humano, al problema de porqué en colectivos humanos aparecen liderazgos, cómo es que pueden sedimentarse esos roles de guía en una única persona que los acumula hasta embalsamarse, hacerse tótem como si fuera su figura la que da identidad al colectivo, y no el colectivo el que le pone allí, le desnuda y le da forma hasta llegar a convertirle en monstruosidad. Quizás todo colectivo se volvería piedra si, al mirar a los ojos de esa figura intocable, tomara conciencia de que ella es producto de todas las monstruosidades propias del colectivo, que fueron depositadas en esa figura. En esa inconsciencia sobrevive el género humano; es que, o no la hay del todo, o nunca se va a descubrir toda la verdad: es la historia.

Sería ardua labor escribir una crítica o reseña a esa obra, trazar la frontera entre la danza, el teatro, el diálogo, el recital en vivo, el contact, la iluminación hasta cinematográfica. Nuestra época deja sin el escudo de la fe en la pureza de los géneros artísticos; armas tan efectivas en el pasado para trazar fronteras, para proteger las identidades pretendidas esencias universales -no afectadas por los vínculos, que danzan alrededor y nos hacen bailar las melodías que no elegimos y sus contratiempos-. También otras épocas fueron tanto más florecientes en manifiestos: del comunista (1848), al surrealista (1924), pasando por el futurista (1909), suprematista (1915), De Stijl (1917), el dadaísta (1918), o tantos otros. Será que, por entonces, las fronteras humanas gozaban más de la ilusión de hallarse definidas por un material más firme que la ilusión humana. Pero Un manifiesto no renunciaría a ninguna época; desde allí se remontaría a su génesis y encontraría de qué está hecho el material de todo manifiesto: la ilusión, el vínculo, el colectivo humano anónimo, los excesos, los tabús, los excesos de nuevo y las intenciones de volver a empezar. Eso y los mundos inventados y por inventar, todo el más acá humano; pero no toda la verdad, apenas la historia.

Sería arduo, e innecesario, que mantenga las fronteras de la previsibilidad alguien que fuera a ver Un manifiesto creyendo que iba a encontrar la figura de Trotsky, de Frida o de Breton. No se puede decir que no estén, pero aparecen en otra sustancia: las trincheras y sus montañas de cuerpos en el medio; la sombra de la Medusa; la luz de un cuerpo distinto, que guiando el camino pone a su masa a girar en círculos y, al retirarse, la deja dando vueltas (tal como cuando sí estaba) hasta que alguien diga basta; el nuevo endiosamiento monstruoso para quien dijo basta; las búsquedas con nadie concreto como guía; los amontonamientos y las atomizaciones, de a uno al ritmo del colectivo, de a dos en una sinergia propia, con todo el grupo hasta fundirse como una nada, o un todo, y una vuelta a empezar. No se puede descubrir toda la verdad: es la historia.

Sin embargo, hay que decirlo, no sería necesario tener presente todo esto para Un manifiesto; ninguna frontera estuvo siempre ni se mantendrá tan duraderamente (basta con cambiar la escala del tiempo; las estrellas danzarían hasta provocar vértigo). Alcanzaría con entregarse con toda la percepción, con los sentidos que hacen de habitantes internos, con sus miedos fronterizos. Sería suficiente pero tristemente inevitable, sería asumirse contingente, finitx, que no se puede descubrir toda la verdad: es la historia.

Un Manifiesto estará todos los domingos de junio a las 20hs en el Galpón de Guevara, Guevara 326. Reservá tus entradas acá.