Yuderkys Espinosa: “No me interesa la academia como espacio fundamental para pensar el mundo”

Por Aluminé Cabrera desde San Cristóbal de las Casas / Fotos por Mateo Manfredo

Luego de dictar un seminario de cuatro días en el Centro de Estudios Superiores de México y Mesoamérica (Cesmeca), la teórica feminista Yuderkys Espinosa habló con Marcha sobre la contraposición entre el análisis académico y el trabajo en los territorios, reivindicó su proyecto de retornar a su comunidad y se definió también en relación a la política en Argentina.

En ese peregrinar constante que hace más de dos décadas la lleva de un rincón a otro de Nuestra América, Yuderkys Espinosa Miñoso ha podido posicionarse como una referente del feminismo antirracista y decolonial que hace su anclaje en nuestro continente. Afrodescendiente nacida en República Dominicana, vivió en Argentina y en Colombia, donde reside en la actualidad.

Integrante del Grupo Latinoamericano de Estudios, Formación y Acción feminista (GLEFAS), dialogó con Marcha luego de dictar un seminario durante cuatro días en San Cristóbal de las Casas, México, donde Espinosa se presentó como feminista antirracista y reivindicó el aprendizaje que obtuvo de su contacto con los movimientos sociales y en los territorios, luego de correrse de un feminismo que denomina “a secas” y que considera “asfixiante” porque sólo se mira a sí mismo.

Con la misma pasión con la que se desenvolvió en el seminario, contestó más preguntas.

-Comentaste durante el seminario que cada vez que viajas a un lugar intentas dialogar con otros grupos o colectivos fuera de los espacios que te llevan o te convocan, ¿con cuáles has podido dialogar aquí en México?

Pues la verdad es que a México las veces que he venido lo he hecho por muy poco tiempo. En una oportunidad anterior me trajeron las compañeras de Les Brujas, un grupo se formó hace unos dos o tres años, y que a partir de los cursos de formación que damos desde el GLEFAS, comienzan a nombrarse como lesbianas feministas y antirracistas. En un momento realizan las primeras jornadas que yo pueda recordar en América Latina en las que se hable de un lesbianismo feminista y antitirracista y es allí que conozco y converso con algunas cooperativas de compañeras feministas o mujeres indígenas que también están pensándose de manera compleja, desde un lugar de enunciación y de experiencia y desde un lugar dentro de la estructura de poder.

Esta vez fui a Puebla, al Congreso de Comunalidad que se llevó a cabo la semana pasada dentro de un ámbito universitario, con el interés puesto en ver cuáles son los debates que se están dando sobre lo común, lo comunitario, la comunalidad, pues parece que no todos estos conceptos son lo mismo aunque sí tienen una raíz común.

Además, en este viaje me propuse ver esa academia que comienza a pensar estos aprendizajes que vienen de espacios que no son académicos y qué traen el zapatismo y las comunidades indígenas cuando enuncian esto de la reproducción de lo común. Me llevo muchas impresiones sobre ese mundo que está pensando esto, pues para ver como se está tratando de hacer algo desde la academia.

-Justamente, este debate de la academia en contraposición con los territorios estuvo presente todo el tiempo en el seminario que dictaste aquí en Cesmeca. ¿Cuál crees que es el puente a tender entre la academia y los espacios populares?

Creo que no se trata de llevar la academia al espacio comunitario ni viceversa porque son dos mundos con lógicas distintas, con matrices de pensamiento diferentes y no se resuelve tan fácil como llevar el uno al otro a menos que en ese llevar y traer vayamos a transformar nuestros mundos o vayamos a decir que la academia debe transformarse por su lugar de poder en la producción de conocimiento y por ese orden instaurado por la modernidad colonialidad.

Cuando los conocimientos de la comunidad se traen a la academia pierden el sentido que tenían y pasan a ocupar un lugar dentro de la trama de construcción de conocimiento dentro de la modernidad, un lugar minoritario, un lugar de testimonio. Ya estamos cansadas de que nos digan que cuando hablamos y construimos conocimientos desde una manera distinta de la que plantea la academia o como lo rige el método científico, es testimonio y por lo tanto tiene que venir alguien que lo transforme en saber. Y también al revés: no podemos ser ingenuas de pensar que cuando llevamos saberes académicos a la comunidad, simplemente entablaremos un diálogo.

Entonces, si creemos que es válido seguir dentro de la universidad, para mí la pregunta sería cómo se deshacen esas tramas que responden al ethos moderno y a la producción de las ciencias y si es posible otra forma de construcción de conocimiento. Pero, bueno, a mí no me interesa la academia como espacio fundamental para pensar el mundo, para armar mi propia trayectoria, no quiero que sea el espacio donde se conforme el modelo de vida que quiero.

-¿Y qué espacio te interesa?

(Risas) Ah, qué lindo. Pues quiero retornar a la isla, a mi gente. Aura Cumes, en su trabajo “Algunas líneas de mi vida”, dice que no se considera extraordinaria, que lo único que quiere es ser parte de su gente. Eso que dice Aura me interpeló mucho, me vi retratada y me llevó a pensar que, claro, he estado 20 años de mi vida tratando de separarme de la comunidad, de construirme como un sujeto superador de mi gente. Cada vez que las lesbianas feministas radicales se paran y dicen que otros sean los normales y ese tipo de consignas, una puede ver ese desprecio por los lugares de los que venimos, de la gente sencilla, simple. De todos modos no digo que a esa gente haya que idealizarla porque también esta llena de contradicciones al igual que nosotras, al igual que el mundo.

Mi proyecto es volver a mi comunidad porque creo que este sueño que hemos tenido de unas comunidades especiales de gente especial que se arroga esa superioridad sobre el resto no nos ha servido mucho. Sobre todo aquellas en la que negábamos nuestras raíces. Esas comunidades de afecto entre mujeres, lesbianas, gays, trans, etcétera, las veo, las he sentido y vivido como una ficción que en realidad dejaba intacto el mundo que hay que cambiar. Si vamos a cambiar, vamos a cambiar no separando ni despreciando el mundo que está ahí afuera.

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-¿Te sigues considerando autónoma?

Reconozco muchas cosas de la autonomía aunque ya no me defino desde ahí y sí creo que muchas de las cuestiones que plantéabamos en ese momento y que seguimos manteniendo tienen todavía sentido. Por ejemplo, ser autónomas en el sentido de construir una política no centrada en el Estado.

En Argentina yo lo viví durante 13 años. Me tocó llegar en 2001 y fue fuerte, yo estaba feliz con la gente en la calle, los movimientos sociales y las asambleas comunitarias. Y tres años después comenzó ese proceso de coptación: remeras que decían Néstor vive en cada lesbiana. Y no niego que prefiero al kirchnerismo que a Menem, pero no quiero que me coloquen en ese lugar tan restringido de la política.

No planteo una política necesariamente anti estatal, puedo entender que hay procesos que hay que apoyar, que es preferible que nuestros movimientos se muevan en una base como la kirchnerista. Pero que no sea una política centrada en el Estado, ahí sigo defendiendo que tiene que mantenerse esa separación donde una es la lógica estatal y otra tiene que ser la lógica que viene de los movimientos.

Cuando esa lógicas se unen de una manera que no se puede ver cuál es cuál, estamos en un grave problema. Entonces no me reduzcan mi política a una cuestión de simplemente pedirle al Estado que me solucione las cosas que él mismo produce. Y fíjate que yo decía esto al final del seminario y mencionaba el racismo en este modelo.

El kirchnerismo se posiciona como una política nacional, popular, con slogans muy bonitos como “la patria es el otro” y yo pienso, ¿dónde aparecen los cuerpos sacrificados en este modelo para que se pueda construir esta idea de unidad nacional anti capitalista? ¡Oye! En los territorios siguen matando a los indígenas, se está muriendo en el Chaco la gente de hambre, ¿de qué me estás hablando?

 

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