Día del Trabajador: entre las políticas anticíclicas y la precarización laboral

Día del Trabajador: entre las políticas anticíclicas y la precarización laboral

Por Edgar Juncker y Francisco Longa. En vísperas de un nuevo 1º de mayo, el Gobierno nacional lanzó un programa que pretende crear 120 mil nuevos puestos de trabajo. Alcances y límites de la intentona “anticíclica” del kirchnerismo para un sector jaqueado por la precarización y la inflación.

 

En lo que refiere al sector productivo, el caballito de batalla que suele presentar el Gobierno nacional son los “cinco millones de nuevos puestos de trabajo” generados durante la última década. Esta recomposición del empleo, sumada a la reapertura de la negociación paritaria como el espacio natural donde trabajadores, empresarios y Estado dirimen las recomposiciones salariales, demuestran un tablero más equilibrado que aquel de finales de 2001 jaqueado por la desocupación y la falta de inversión.

Por otro lado, el aumento cuantitativo del trabajo no registrado, la dificultad por mantener el poder adquisitivo de los salarios en función de la alta tasa de inflación anual y las fluctuaciones en las contrataciones que presentan algunos sectores, muy sensibles al mercado internacional, matizan el escenario “positivo” para la clase trabajadora. 

En las siguientes líneas intentaremos clarificar la situación actual del sector asalariado a partir de los últimos acontecimientos nacionales, entre los cuales se destacan la conflictividad sindical en el marco de las paritarias de principio de año y las iniciativas del Gobierno nacional que vuelven a apuntar a las políticas “anticíclicas” en materia de empleo.

Dilemas del nuevo programa productivo

El programa que lanzó la Casa Rosada contempla acuerdos con diversas cámaras empresariales y tiene como objetivo la creación de 120 mil empleos hasta fines de 2015, además de incrementar las exportaciones en 1900 millones de dólares. Los sectores comprometidos en este acuerdo incluyen a alimentos, software, bienes de consumo, turismo, química de consumo, horticultura, avícola, insumos difundidos, línea blanca, apícolas y arroz.

El objetivo de este programa es sumar a estas doce “cadenas de valores”, otras 24 para lograr un total de 36, divididos en tres acuerdos. El Gobierno propuso una serie de incentivos al respecto, como el financiamiento a través del Fondo para el Desarrollo Económico Argentino (Fondear) y el Programa de Aumento y Diversificación de Exportaciones (Padex).

En el acto de lanzamiento estuvieron presentes, entre otros, Daniel Funes de Rioja, vicepresidente de la UIA; Gerardo Venuttolo, presidente de la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la Republica Argentina, y Oscar Ghezzi de la Cámara Argentina de Turismo. De parte del gabinete nacional, circularon varios ministros como Axel Kicillof, de Economía; Carlos Tomada, de Trabajo, y Débora Giorgi, de Industria.

Evidentemente, ante la caída en la productividad que demuestran algunos sectores, como el de las automotrices y el de la construcción, el Gobierno nacional reedita sus ya conocidas políticas “anticíclicas” que consisten en imprimir mayor inversión en la generación de puestos de trabajo que permitan mantener el consumo interno, fuente primordial de dinamización de la economía en la era k.

Lo que aparece como principal punto a dilucidar es si este tipo de medidas logran en definitiva constituirse en mejoras estables y duraderas para el sector asalariado, traduciéndose en puestos de trabajo de calidad y con proyección en el tiempo. Por el contrario, la capacidad de estos programas de traducirse en empleo estable y con modalidades no precarias de contratación se muestra como una tarea difícil. Esto cobra nitidez si consideramos que la estructura actual de la acumulación económica está orientada a la consolidación del país como potencia agroexportadora, apoyada en el monocultivo de la soja, dejando al sector en una situación vulnerable frente a las variaciones de los precios internacionales. A la vez, las iniciativas industrializadoras del kirchnerismo no pudieron superar la inserción de Argentina en una fase secundaria del proceso industrial, subordinada a la producción de las potencias regionales, como Brasil; a raíz de ello, no se ha desarrollado una industria de trabajo altamente calificado, capaz de  autosustentarse frente a los factores exógenos.

Es así como la tensión entre las políticas que pretende instalar el Gobierno y la realidad de miles de trabajadoras y trabajadores, comienza a cristalizarse en un escenario complejo que contempla avances en la negociación paritaria, pero crecientes suspensiones, despidos y jubilaciones anticipadas, que acompañan y sustentan la precarización como narrativa común.

Decrecimiento industrial y escenario inflacionario

Lo cierto es que la radiografía de la clase trabajadora actual, tras diez años de una economía en crecimiento, muestra que, en consonancia con el discurso oficial del  “pleno empleo”, los niveles de conflictividad laboral han ido en aumento, teniendo a la precarización y a la pérdida de poder adquisitivo como principales problemáticas de la clase.

Mientras que el Indec y el Ministerio de Trabajo muestran a los cuatro vientos las estadísticas que sitúan la desocupación en niveles cercanos al 7 por ciento y de subempleo al 7.8, lo que en teoría económica se lee como pleno empleo ya que contempla el parate por rotación, no se difunden con tanto énfasis estadísticas como las elaboradas por la OIT, que ubican el porcentaje de trabajo precario cercano al 38 por ciento. La situación resulta aún más escabrosa si constatamos que el Estado continúa siendo uno de los principales contratadores “en negro”, teniendo cerca de una tercera parte de sus empleados en estas condiciones; otros rubros que comparten el triste podio en este sentido son la gastronomía, la construcción, el trabajo doméstico y el agro, registrándose en este último múltiples casos de esclavitud y servidumbre.

Además, la situación de los trabajadores precarios se vuelve sumamente delicada si se la combina con la oficialmente asumida inflación anual cercana al 40 por ciento. Esta elevada tasa inflacionaria fue una de las piedras fundamentales donde se asentaron los reclamos salariales de las paritarias de este año, al tiempo que el oficialismo buscaba que los acuerdos no superen los 30 puntos porcentuales. Si bien algunos sindicatos superaron el 30 por ciento en los acuerdos, como por ejemplo los trabajadores de las estaciones de servicio que cerraron en 36, el promedio estuvo por debajo de la “cifra mágica” del 30. Por caso, los docentes bonaerenses, luego de la resonada huelga de 17 días, apenas llegaron a un acuerdo que, en promedio, se instala en un 30.9.

Esta situación genera una creciente tensión social, fácil de prever ya que los aumentos salariales no cubren el piso inflacionario. No hace profundizar en la situación de los trabajadores precarizados, la cual es mucho más endeble al no contar éstos con herramientas institucionalizadas de reclamo y negociación, quedando a merced de la consideración del empleador.

En línea con esta conflictividad sindical, desde el lado de los empresarios también se comienzan a registrar movimientos en el tablero. Es así como por ejemplo la construcción, sector fundamental en la actividad económica de los últimos años, registra una caída interanual de 5.5 %, mientras que el sector automotriz muestra una disminución del 20 por ciento en lo que va del año, vinculado con la merma en la demanda de autos por parte del Brasil.

Este escenario se traduce en los recientes despidos, suspensiones y jubilaciones anticipadas en algunas de las automotrices más importantes.  Solamente las suspensiones recientes alcanzan a 3500 trabajadores del sector automotriz; siendo que Iveco suspendió a 500 operarios que volverán a trabajar recién el lunes 5 y martes 6 de mayo. La semana pasada también Renault suspendió a 500 trabajadores y, en la zona norte del conurbano bonaerense, Volkswagen está evaluando un plan para reducir en 720 sus puestos de trabajo, medida que combina jubilaciones anticipadas con despidos.

Así la “clase que vive de su trabajo” arriba a un 1º de mayo con luces y sombras en un escenario signado por la puja paritaria, la resistencia a las suspensiones y la necesidad de consolidar en perspectiva de largo plazo algunas conquistas de los últimos años, ante lo que aparece como un fin de ciclo político y económico.