Postales gardelianas

Por Gonzalo Reartes

Una vez hubo en este mundo un músico apodado Korneta, una banda llamada Los Gardelitos. Fue mucho lo que dejó en la escena del rock nacional y mucho de ello se refleja en Rock Sudaka, el libro de Juan Mendoza que establece una cronología el la vida de este hombre que dejó su legado en discos e historias de familia y amigos.

La vida de Korneta Suárez supone una travesía difícil de abordar si no se tiene bien en cuenta el contexto en el que se dio. Su infancia, la relación con su padre, su errabundeo por las calles de la otra Buenos Aires, la ciudad subterránea, poblada de gente que no puede o no quiere dormir, la coyuntura histórica, la vuelta de la democracia, la cultura del rock nacional que aflora, las drogas, la sal, pincharse, tomar, la estancia en el Borda, las voces en su cabeza, la guitarra con una cuerda, el amor, la necesidad de buscarse la vida, las casas tomadas, las órdenes de desalojo, el encierro en Caseros, la música como alquimia del verbo. Rock Sudaka le da un trasfondo a las anécdotas, un contexto que intenta abordar los andares de Korneta y Los Gardelitos.

Con su libro Rock Sudaka, Juan Mendoza hace una prolija cronología de los hechos a partir de los testimonios de familiares y amigos de Korneta, y mechando lo que él llama Postales Gardelianas, narraciones de su voz que sitúan al lector en el lugar de los hechos y reconstruyen su relación con Korneta, su familia y su vaivén musical. El poner palabras en las bocas de aquellos que estuvieron ahí, que vivieron de primera mano las anécdotas, el trayecto, las historias, le da un tinte de frescura al libro, más aún: le da un color real, como algo crudo, con luces, con sombras, con contradicciones, pero que engancha al lector en su frenesí.

Alguien preguntó si iba a nacer el sol…

El libro pareciera estar pensado para los oyentes y seguidores de Los Gardelitos que quieren adentrarse en los orígenes, en la esencia de la banda; esto es, en qué había detrás de las canciones, cómo empezó todo, y la necesidad de profundizar sobre la figura de Korneta. Porque, ¿quién era Korneta? Los seguidores de Los Gardeles (sobre todo los de la primer época, esto es, a partir del año 1996, cuando sale un poquito del espectro under, sin convertirse aun en una banda de un público masivo) vivenciaban a Korneta desde el escenario, portador de letras profundas pero palpables, que hablaban de cosas que él había vivido, como hombre de la calle, como alguien que iba en contra del sistema, como buceador de aguas desconocidas, un buscador del arte como herramienta de expresión liberadora, medio para alcanzar la libertad, siempre en libertad.

“Es hora de volver a rearmar el mundo para introducirnos en él”, dice el autor en la primera de las Postales Gardelianas, donde da testimonio de su llegada a un recital gratuito que sucedió en Villa Jardín, Lanús, el primero de mayo de 1998, donde se pregunta cómo llegó hasta allí y describe la imagen que irradiaba Korneta: “Lleva su pelo largo, ondulado y blanquecino, atado hacia atrás; unas gruesas patillas bordean un rostro de color aceitunado, en el que una nariz, grande y ancha, cae en punta sobre sus labios. Sus enormes ojos irradian un brillo triste y enigmático, y cuando sonríe los abre de tal manera que parecen salirse de sus órbitas. Una guitarra acústica de color blanco cuelga sobre su cuerpo de gigante que se yergue como un árbol ancho y fuerte en medio de los otros músicos, todos ellos muy jóvenes. Su voz me sorprende, en vez de un temible vozarrón, ronco y áspero, escucho un tono dulce y al mismo tiempo ardiente. Es la voz de un cantante que no necesita grabar sus canciones, solo deja que pasen a través de él… en su forma de cantar hay algo beatifico, pero también parece llevar implícito un desgarro, una especie de herida”.

Volvemos, ¿quién fue Korneta? El lector buscará esta respuesta y la encontrará en la historia de Los Gardelitos. Porque la historia de Los Gardelitos es la historia de Korneta Suárez. Hay un espacio, un periplo entre los inicios y Fiesta Sudaka. Hay una forma de vivenciar la realidad y escribirla y encontrar la melodía para expresarla en canciones que llegan al corazón. Entonces, hay un viaje muy personal, muy artístico pero del buen arte, el arte de los de abajo, el que obliga a hacer las cosas de corazón y no piensa en las poses; también hay una necesidad de trascender, de no quedarse eternamente tocando en los asados en la villa o en el barrio, que es algo esencial, algo muy importante, pero de hacer llegar las canciones a más personas, hacer rocanrol por el simple hecho de hacer rocanrol, sin pensarlo tanto.

Te quiero amar despierto

El libro se adentra también en los aspectos de la trayectoria de la banda, navegando entre el rocanrol y los excesos, el contrato posterior con Sony, la dificultad para administrar el dinero, las deudas, la presión que comienza a afectar el funcionamiento de una banda que estaba también basada en la familia, la enfermedad de Bruno que termina en el alejamiento de la formación original y en su internación, el cansancio de Korneta. En palabras de Eli, “La vida bohemia era la que consumía nuestros días y nuestra energía y a nosotros mismos, era eso, una aventura. (…) queríamos escapar de la formalidad que había tenido Gardeliando, ya desde la foto, todo ese tradicionalismo, queríamos entrar en una idea más iconoclasta, de destruir íconos, romper con los mitos de alguna forma. Y paradójicamente sin querer estábamos entrando en otro mito: Los Gardelitos son una banda de locos. (…) Fue un momento bastante amargo el que vino después de la grabación de Fiesta Sudaka y Tierra de Sueños. Como pasa con todas las fiestas: al día siguiente hay que levantar todo lo que quedó en el suelo, y más allá de que tenés un recuerdo muy grato del momento que pasaste y que compartiste con amigos en esa fiesta, te encontrás con una realidad que es desoladora.”

Después está todo el alimento, que está en la calle, que es un espejo. Está el enganche de Korneta el lavacopas con las pastillas, el patear la Avenida Corrientes todas las noches, robar libros, picarse, leer a Artaud, a Whitman, a Gurdjieff, a Kerouac, picarse de nuevo, pasar semanas sin comer, sin dormir, la vorágine del final, el papel de esta noche, la pasta base, el no poder parar la moto. Están, también, el padre ausente, la pensión, el diagnóstico de esquizofrenia, el año de internación en el Borda, conocer a quien sería la madre de sus hijos y su compañera, la dictadura, las detenciones aleatorias, los tormentos, los meses preso en Caseros. El Korneta padre, la rotisería en La Paternal, alquilar casas para tocar en las “fiestas sudakas”, tocar los domingos en Parque Centenario gratis para los pibes de las esquinas que sólo tenían para costear la birra y el faso, los inicios de Los Gardelitos. La necesidad de transformar vivencia en canción, experiencia en arte, caminar sobre la cornisa de la locura, perder los miedos. Los testimonios se suceden con armonía, el autor los atraviesa con un hilo conductor invisible, que a simple vista no se deja ver, pero que está ahí y que le da sentido a toda esta historia.

La historia de Bruno toca de lleno el corazón del lector. Porque es como un llamado que no se sabe atender. Como un teléfono que suena y no se sabe descolgar. Su enfermedad golpea a la familia y a la banda con pareja intensidad. Es diagnosticado con esquizofrenia y comienza a ser un peligro para sí mismo. Korneta le confiesa en un momento del libro al autor: “Sabés que tuve que internar a Bruno… Pero es un lugar de donde ya no se va a poder ir. (…) Hace unos días, íbamos caminando por acá cerca y me dijo: ‘Mirá papá, las palomas, mirá qué bajo vuelan en la ciudad… las palomas no tendrían que vivir acá’. (…) Yo sé lo que quiso decir, Juan: ‘Y dicen que yo estoy enfermo… ¿Quién puede vivir en esta locura?’ Y tiene razón, alguien como el flaco tendría que estar en la montaña, corriendo, jugando… Esto que nos rodea… esa es la enfermedad”.

Volveré en tus ojos

No se escatima en remarcar que Korneta era padre de familia y líder de una banda que estaba compuesta por sus dos hijos, Eli en guitarra y Bruno en la batería, y la dificultad que ello conlleva. Tal como lo explica Eli: “Me parece que él no tenía dudas con su parte artística, lo que sí le preocupaba era el tema de responder como padre de familia, con lo que él sentía que sería su deber. Es toda una responsabilidad, ¿no?, el estar al frente de una banda y el estar al frente de una familia también. (…) Pero aun así después empezamos a llevar más gente, eso hizo que estemos mejor durante el 2003. Pero él era como que ya estaba desgastado. Tal vez percibía que quedaba mucho por hacer y sintió que ya hasta ahí no iba a llegar. De alguna forma un poco bajó los brazos, en el buen sentido, en el sentido de decir: “Listo, ya di lo que tenía para dar”. Puede haber percibido que se cumplió un ciclo, básicamente.”

El vértigo alcanza  a Korneta. Los excesos se ponen al día. Los pies parecen cansados. Poeta inmenso. Una sonrisa, como de paz. Como bien lo resalta el autor, queda ese mensaje que parecía dar con su mirada: “¡Viví! ¡Viví! Todo va a salir bien”.