“El mundo es una escenografía para nuestro deseo”

Por Leandro Frigoli

El autor repasa esta obra liteararia de Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno en donde la literatura erótica, el amor y la moral burguesa son protagonistas.  

Amor invertido de Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno comienza con una cita del escritor y novelista  inglés John Cleland: “Elevada así al máximo tono de intensidad de goce que puede tolerar la vida humana e incólume a todo exceso, toque el punto crítico”. Esta cita refleja la tonalidad, la voz poética y la búsqueda de palabras y definiciones. En consecuencia, esta novela configura que “lo erótico viene a sanar las agonías. Es el infinito dios de los sentidos, aquel que todo lo huele, lo humedece y toca”. También desbroza un rescate de lo carnal implicado en lo corporal, individual, social y establece un dialogo implícito, de manera interpelante, con una sociedad sujeta por la producción de contenidos sexuales, políticos y sociales.  

La novela describe una serie de situaciones, momentos, acciones, devenires y sueños referentes a las relaciones sexuales y por lo tanto, la define la configuración de la corporalidad en la segunda modernidad. En el libro aparecen diferentes experiencias sexuales que aluden a tres dimensiones: social,  literaria y corporal.

Desde lo literario, la carta aparece como recurso.  Tiene como objetivo comunicar una realidad coyuntural, es decir, describir, habitar, narrar las situaciones que tanto Fernand como Guilló expresan en sus cartas desesperadas de una pasión inagotable. Allí reside el amor, su obsesión sobre lo carnal y sexual, su capacidad de decirles que habitan y transitan tanto lo mundano como lo lírico o literario. Pero también una intangible aseveración de que para ellos el deseo, la libertad, lo religioso se define en función de la experiencia que habitan con sus manos, con sus cuerpos, con sus palabras.

El uso de la carta como recurso literario  remite al amor y complicidad, a la idea de secreto en el ámbito de lo privado. Alude sobre una discusión crucial en el uso de la palabra,  su disposición y corporalidad, es decir, como lo privado tiene un carácter lúdico, carnal y altamente sexual. Las huellas identitarias se encuentra en frases como: “El mundo es una escenografía para nuestro deseo/Excepto esos episodios ocasionales en que me entregué para facilitar el escape, le fui fiel. Es más, mientras cuatro marineros se entretenían conmigo, uno por delante, otro por detrás, un tercero entre mis senos y un cuarto con mi boca, yo pronunciaba su nombre para mis adentro”. Estas frases hacen surgir fantasías, imaginación y deseos que se expresan con una claridad meridiana. El hecho de utilizar la carta como dispositivo de comunicación entre dos personajes posibilita habilitar lo carnal, lúdico, visceral y pulsional en la dimensión sexual

El otro aspecto de la dimensión literaria remite a las citas de autores, escritores y/o poetas de la literatura universal. La idea es construir los espacios que ocupan las lecturas en lo cotidiano y privado. Las referencias tienen un anclaje en lo cultural, en lo sexual y en lo corporal.  Los autores hacen un juego muy divertido e interesante, ya que evocan a los referentes o referencias literarias ancladas en una corporalidad que expresa una continuidad en el transcurso discurrir de los hechos que componen la novela.

A modo de ejemplo, “qué razón tenía Jean Arthur, el joven bardo que supo escribir: Hombre necios que acusáis a la mujer sin razón.” También la referencia poética de Baudelaire no debe ser leído como un casualidad sino como un voz avezada para entender la frontera de los límites en el campo de la poesía y de esta en relación con el texto.

A su vez, la poesía de Fernand (personaje de la novela) es recurrente en todo el recorrido del libro y remite a lo visceral, con un prosa poética, diáfana, patente y precisa las intenciones comunicacionalmente sexuales: “Pija muerta, tus labios me asesinan/ Lívida llamada, te atiendo/ cruda estás si te penetro/ oh, ramera taciturna.

Aparecen en las lecturas que atraviesan a los personajes, como por ejemplo, Lamartine o Byron, Shakespeare, entre otros. Otra manera de referir a la poesía o literatura, es a través de infinitas definiciones que emergen del libro y que proponen discusiones e intercambio.

En relación a lo corporal y el uso de esa corporalidad en la sociedad, se vislumbra el cuerpo objeto, el cuerpo que remite a la dimensión del placer y el goce; pero también el cuerpo interpretado como una pluralidad de sentidos, como síntesis de la historia social que configura a cada cuerpo, es decir, como se pronuncia en los personajes a través del olor, el tacto, la palabra, la escucha.

Por ejemplo: “Somos corazones sin sonido. Quién soy. Me siento en el cuerpo de los dos. Una parte de mí se concentra debajo de la piel de Usted y se enfría como céfiro de locura. Padre, qué somos. Qué busca en nosotros. ¿La camilla es el mundo? Nadie me escucha. Cada uno duerme su eternidad despacio./ Nuestras almas saben más de nuestros cuerpos que la razón./No encuentro la palabra que describa lo que sentí al verlo por primera vez, cuando ingresó a la clínica. Sus ojos en mis ojos, Usted en mis ojos, yo en  los suyos. Y bastó. Los ojos en los ojos, como los gatos. Instinto felino. Supe que estaba perdida.” El cuerpo es la experiencia que lo configura y esa experiencia permite el aprendizaje de la situación o hecho.

Desde la dimensión social, se refleja una posición sobre la condición sociocultural de nuestro país. Estas cartas están escritas por “dos cuerpos, dos siglos, dos géneros” que intercambian la belleza de lo mundano, de lo sórdido, de lo lujurioso, de lo audaz, de lo vivo.  La doble mirada femenina y masculina sobre los personajes que juegan los escritores es una insinuación y provocación que contiene una innovación literaria en la Argentina, de utilizar lo sexual – como eje discursivo – para conversar sobre temáticas como deseo, amor, sexo, literatura, sobre lo religioso y la evolución, por ejemplo:

“Nuestro deseo supera todo lo imaginado por la religión y la ciencia, superando los bestiarios medievales/ El deseo está más allá de lo físico. Tal vez porque el deseo no es otra cosa que alma. Y el alma no conoce el tiempo ni el espacio. El deseo surcó mares, tempestades, cedió a derivas en la marea de otros cuerpos, otras pijas, otras conchas y otros culos./ El pecado no tiene género. Somos libres.” Y lo hace desde una mirada provocativa porque interpreta que es la manera de generar una atención en una sociedad tan ligera, light como la nuestra. En consecuencia, es una manera lo suficientemente efectiva para criticar la moral burguesa.

Es un libro en el que se descubren pasiones enardecidas de principio a fin. En cierta medida se pregunta, a través del recurso de la carta,  sobre como la intimidad atraviesa los límites de la moral. Además, experimenta que solo en la privacidad se esparce lo mundano, lo lujurioso, lo sexual y las fantasías. En simultáneo, indica como la sociedad capitalista vacía de contenido social, ético y político todo lo referente al cuerpo. En la corporalidad, que desbroza el texto crítica sobre la impresión de cuerpos obedientes – como sostiene Weber: “obedecer, es esencial en toda relación auténtica de autoridad” – , dóciles ( según Foucault se entiende que un cuerpo dócil que puede ser sometido, utilizado, transformado y perfeccionado), capitalistas (Foucault lo define “aquel que sustituye la individualidad del hombre memorable por la del hombre calculable”) , entre otros. En síntesis, cuerpos productivos y sin capacidad de rebelión.

Este tipo de narrativa articula dimensiones disímiles con un solo recurso literario en el cual se describen las pasiones iniciáticas. Con una clara intención, de provocar, de sacudir, de trastocar la moral burguesa, la cual cercena las libertades auténticas y genuinas de los seres en comunidad. Propone una mirada griega de la sexualidad y de la corporalidad incitando a redimensionar la moral burguesa como propuesta cultural hegemónica.

Recomiendo que devore con fruición esta novela porque despertará sentidos y pasiones que aluden a la inefable belleza de experimentar y aprender en el inexorable paso del tiempo.