Paraguay: cuando un sueño se vuelve delito

Por Lisa Buhl y Camila Parodi desde Asunción, Paraguay* Foto: Santiago Carmeri.

La historia de los seis campesinos presos primero en Argentina y luego en Paraguay desde hace 11 años, pone en evidencia la lógica de corrupción y criminalización de las organizaciones campesinas que hay en ambos países. Marcha estuvo en la Cárcel de Tacumbú en Asunción, aquí las voces de los campesinos presos.

Paraguay es un país muy verde, un verde que a primera vista resulta tentador. Sin embargo, estas impresiones engañan: se trata de un territorio invadido por el agronegocio. Allí los montes han sido y siguen siendo deforestados progresivamente para dar lugar a la producción ganadera a gran escala. Asimismo, hay grandes plantaciones de monocultivos de soja y maíz con uso de semillas transgénicas, al igual que la introducción de tecnología mecánica y la aplicación de agrotóxicos. En manos de unos pocos se concentra el 77% de las áreas productivas, en cambio, el 40% de los pequeños agricultores familiares e indígenas poseen tan solo el 1% de las tierras. Para dimensionar estos números, no es un dato menor saber que Paraguay es, con un 43%, el país con mayor población rural de América Latina.

Este modelo se profundizó a partir del golpe constitucional en 2012, mediante el cual se destituyó al presidente electo Fernando Lugo. En este marco, se produjo la masacre de Curuguaty, que consistió en un violento desalojo de tierras pertenecientes al Estado paraguayo, en la que murieron once campesinos y seis policías, además de un número indeterminado de personas heridas.

El poder oligárquico y terrateniente utilizó este hecho para impulsar el juicio político al presidente electo Fernando Lugo, acusándolo de mal empeño de sus funciones políticas, y, en especial, vinculándolo con la masacre como responsable político. Además, validó su política golpista al criminizalizar a los y las campesinas que sostuvieron la ocupación de las tierras fiscales de Marina Cué, condenándolos a una pena de prisión de hasta 35 años. Así, se generalizó el miedo en todo el territorio paraguayo y se retrocedió en la lucha por la tierra y la soberanía alimentaria, aunque la lucha de las organizaciones campesinas e indígenas y de los distintos movimientos sociales no ha cesado y se mantiene en pie.

Seis campesinos

Sin embargo, la criminalización del movimiento campesino data de mucho tiempo atrás. Es producto del avasallamiento de la soberanía del pueblo paraguayo, marcado por la guerra de la Triple Alianza, la dictadura de Stroessner con el Plan Cóndor y las políticas neoliberales e imperialistas. En este contexto, el caso de los seis campesinos da cuenta de dicho proceso.

En el 2006, tanto los seis líderes campesinos Basiliano Cardozo, Arístides Vera, Simeón Bordón, Gustavo Lezcano y Agustín Acosta del partido Patria Libre, como Roque Rodríguez Torales del Movimiento Agrario Paraguayo, fueron imputados por el secuestro y homicidio de Cecilia Cubas, hija del expresidente de Paraguay Raúl Cubas Grau. Este crimen, como muchos otros, son producto de la disputa entre las distintas fracciones del poder local, atravesada por la militarización norteamericana del país y la criminalización del movimiento popular y campesino en su conjunto. En el prólogo del libro de Agustín Acosta Reflexiones políticas desde la cárcel, Claudia Korol, integrante del Equipo de Educación Popular Pañuelos en Rebeldía, explica: “para la geopolítica de la hegemonía norteamericana, Paraguay es una pieza clave en el cono sur, un lugar para establecer bases militares para proteger sus acciones criminales y para amenazar a los pueblos de la región y a una perspectiva de integración latinoamericana”.

A pesar de haberse presentado en todas las instancias requeridas ante el juez Pedro Mayor Martínez, no se cambió de carátula la acusación, finalmente los detienen por “secuestro, homicidio doloso y asociación criminal”, la cual también es pedido por parte de la fiscalía y la querella quienes no tuvieron nunca pruebas para justificarlo. Para los campesinos perseguidos esa fue la señal de alarma para solicitar refugio por falta de garantías en la embajada argentina en Asunción. Su solicitud fue respondida favorablemente, no obstante, al notificarse en Argentina ante el organismo responsable del refugio, son procesados y detenidos por orden de la justicia paraguaya en lo que respecta a la causa Cubas.

Como se puede ver, se trata de un proceso judicial plagado de irregularidades que congenió mediante la complicidad de medios de comunicación, instituciones judiciales, fuerzas represivas y los poderes locales, para así criminalizar el movimiento campesino y debilitar a la alianza opositora encabezada en ese momento por Fernando Lugo.

Después de estar encarcelados durante dos años en el Complejo Penitenciario Federal Número 2 de Marcos Paz, son extraditados a Paraguay bajo la responsabilidad del gobierno de Cristina Fernandez de Kirchner quien niega el refugio político. Este es uno de los primeros casos de extradición de refugiados políticos en Argentina. A partir del 2008, se encuentran privados de su libertad en la cárcel federal Tacumbú de Asunción.

Las puertas de la escuela sí están abiertas

La cárcel de Tacumbú está ubicada a pocos kilómetros del centro de Asunción. En el marco de la Escuela de Formación Política Soledad Barrett participamos, junto a Petrona Villaesboa, integrante de la organización campesina e indígena CONAMURI (Coordinadora Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas), de una visita a los seis compañeros presos desde hace 11 años.

Al subir al colectivo que pasa por la cárcel, rápidamente identificamos a las mujeres que comparten el destino con nosotras: llevan pollera. Uno de los requisitos para poder ingresar al recinto es el uso de polleras y remeras que cubran los hombros para las mujeres, de hecho se alquilan en los aledaños a la cárcel.

La entrada a la cárcel propiamente dicha es repugnante. Pasar el primer portón no dista tanto de las cárceles argentinas que conocemos, pero ingresar al predio donde se encuentran los pabellones, no tiene punto de comparación. Allí, los presos están totalmente desamparados, dado que el servicio penitenciario no garantiza los insumos indispensables para cubrir las necesidades básicas de la vida. De esta manera, quien no cuenta con dinero o apoyo de su familia para acceder a ellos, no tiene otra alternativa que dormir tirado en los pasillos, comer de la basura que entran los camiones de recolección una vez al día y esperar la lluvia para poder bañarse. En este contexto inhumano, lo que sí circula es la droga, deteriorando aún más la vida de los aproximadamente 4000 presos, que en su mayoría son jóvenes.

Detrás del segundo portón se encuentran todos los pabellones, sin divisiones. Varios presos se ganan el día guiando a las visitas al lugar donde los esperan sus familiares o amigos, a cambio de algunas monedas, mientras que otros van a buscar allí a los propios. Entre ellos está Agustín, esperándonos expectante. Caminamos en silencio junto a él, y entre el barullo y las miradas de los otros presos, llegamos a su lugar. Recién ahí nos saludamos y comenzamos a hablar con él y Arístides que nos invita a sentarnos. Intercambiamos los primeros tererés y junto a ellos las primeras palabras mientras llegan Basiliano y Simeón. Para sumar a las contradicciones de esta cárcel, cerramos la puerta desde adentro para poder concentrarnos en la charla sin interrupciones.

Una de las primeras intervenciones proviene de Petrona, nuestra acompañante de CONAMURI y campesina de largo recorrido de lucha, como los seis: “Ustedes están en la cárcel chica, nosotras en la cárcel grande” . Con esta dura pero certera afirmación iniciamos el diálogo que más que una conversación, es una fraterna clase de formación y compromiso política entre militantes. El tereré comienza a circular para todas partes, y Petrona se presenta en guaraní. Mientras nosotras tratamos de identificar algunas de las palabras del guaraní, otras resuenan en castellano: revolucionaria, escuelita campesina, educación popular.

Petrona se identifica con la situación de los presos, sabiéndola parte de su propia cotidianidad. Nos comparte la historia de su familia, contando que tanto su hermano, como su hijo Silvino Talabera fueron asesinados por mano del Estado paraguayo (el primero, durante la dictadura de Stroessner). Al finalizar la presentación, Simeón, uno de los seis, pide la palabra. Emocionado por el relato de Petrona, expresa que gracias a estas palabras pudo identificar que ella es su tía segunda.

Entre llantos y risas nos explican en castellano lo acontecido. “Este encuentro es imposible de explicar con palabras” nos dice Agustín; “pone en evidencia a las víctimas de la persecución de un sistema que no para. Pero también nos enorgullece saber que hay personas que luchan contra la injusticia y la opresión en Paraguay. Sino fuera por la lucha, no estaríamos acá celebrando este encuentro”, reflexiona. “Estamos inmersos en un sistema que sigue teniendo al pueblo en una miseria feroz”. A partir de las palabras de Petrona, Arístides también reflexiona sobre el lugar de las mujeres en la lucha; “sin su protagonismo y una profunda equidad de género, no hay revolución posible”. Además aclara que “esto no lo aprendimos ni en la capilla ni en los partidos políticos, se aprende de la lucha”.

Continúa Arístides: “esta sociedad es como un naciente de agua, que corre y no encuentra el cause. Estamos insertos en una sociedad de opresión e imposición de un modelo, donde la convivencia comunitaria se rompió. Por eso, hoy tenemos el desafío de encontrar la receta para accionar contra eso, no alcanza con decir que está mal el sistema, eso ya lo sabemos y lo debemos cambiar”, concluye. Por su parte, Agustín agrega: “hay momentos de la historia que demuestran que se puede, las experiencias de Cuba, Rusia y de tantas comunidades como la gran Nación Guaraní, por ejemplo, donde funcionaban el reparto equitativo de recursos y el intercambio”. A lo que Arístides suma: “este es nuestro delito, se los compartimos -sonríe con complicidad-. Fue enseñarle a nuestras y nuestros pares campesinos que existieron sociedades distintas y que se pueden volver a construir”. Pero, sin titubear, manifiesta: “lo que nos ha enseñado este encierro, este maldito lugar, es que el sistema puede destruirnos físicamente, pero que no matará nuestras ideas. Nuestro compromiso y responsabilidad al saber todo esto, es demasiado grande, lo pagaremos con el encierro, el exilio o la vida, pero nunca desistiremos”.

Simeón interviene en guaraní -nos dice que puede expresarse mejor así y entonces Agustín se propone traducirnos-: “es a partir de estos espacios de encuentro, de educación popular, donde intercambiamos nuestros saberes, donde podemos multiplicar nuestras ideas. Para nosotros fueron en primer lugar las escuelitas campesinas”. Recordando la realidad del campo en Paraguay, explica: “la producción extensiva nos expulsa a los campesinos, y a veces este hecho se desconoce, por eso es importante formarnos”. En ese marco, Agustín agrega: “aquí, con la Escuela Soledad Barret, retomamos esa experiencia, aquí vienen compañeras y compañeros como ustedes que sueñan y viven como nosotros, con quienes compartimos que la opresión no es el camino para el ser humano”. Hace referencia a la carta de Soledad Barret a su madre cuando se va del Paraguay, y hace suyas sus palabras: “si nos quieren ayudar y no pueden venir a nuestra escuela, basta con ayudar a los desalojados, a los desprotegidos, a los indígenas, a los niños y niñas de las calles que ahí estaremos”. “Las puertas de esta escuela sí están abiertas” añade Agustín, haciendo alusión al encierro, concluyendo la charla.

Salimos nuevamente a los pasillos de la cárcel, dejamos la calidez de la charla para reencontrarnos nuevamente con la hostilidad del lugar. Los compañeros nos acompañan hasta la puerta, y mientras salimos, resuenan las palabras que nos dijeron antes de partir: “gracias a estos encuentros, nos vamos con ustedes, arrebatando este encierro que nos impuso el sistema, porque sabemos que ustedes nos llevan en la lucha cotidiana.”

*Integrantes del Equipo de Educación Popular Pañuelos en Rebeldía