A dos años de la media sanción del Aborto Legal: inmortalizar un tremendo pedazo de historia

El #13J quedó en las emociones de tantxs para siempre. En 2018, el acampe previo y la espera de la media sanción en Diputadxs del aborto seguro, legal y gratuito fue nuestro Mundial. El de las pibas. La fotógrafa salió a la calle y compartió esas horas inolvidables. Y las cuenta hoy extrañando esa multitud cálida en medio del frío otoñal.

Texto y fotos: Nadia Petrizzo

Abrí los ojos y ya lo sabía. Sí, era uno de esos días. Sí, de esos que quedan en la historia de todas las vidas. La ansiedad jugaba en la cabeza desde la noche anterior. La manija era poderosa y me atravesaba por toda red social a la que me asomaba. Confirmé que la cámara estuviese adentro de la mochila y salí a los piques.

El aire helado entró hasta mis pulmones, me sacudió el pecho, apreté mi pañuelo. Ya estaba en la estación Congreso. Estar cerca me dio tranquilidad. Las horas que faltaban fueron días, o meses, el tiempo parece ser más largo siempre en la espera. La plaza ya estaba vallada, dividida a la mitad. El frío de ese miércoles llegaba hasta los huesos, el sol no tenía fuerza, pero el calor lo daría el ambiente. La jornada arrancaría a media mañana, pero no se sabía cuándo llegaría el final. Se hablaba de vigilia y acampe, así que había que estar preparada con de todo y para todo.

Cepillo, pegamento y algunos registros volvían a la acción empapelando persianas y paredes de la calle Montevideo. Para calmar la ansiedad fotográfica y feminista, la pegatina, fue la primera actividad que emprendí con colegas fotógrafas. Pusimos pañuelos verdes en diosas paganas como Gilda y la Coca Sarli y las hicimos pósters. A paso lento y con su bastón en la mano, pasó Nina Brugo, la sonrisa de oreja a oreja y meta fotos en nuestra galería al aire libre. Sin duda iba a ser día de festejos.

Picadito feminista, música, charlas, feria, el brisho, los pañuelos, las pibas, el aguante. La avenida Rivadavia se iba vistiendo. Las actividades empezaban a rodar, las voces a cantar: “Si no hay aborto legal que quilombo que se va armar”. Las pibas se subían a las vallas, con sus uniformes de escuela y las mochilas colgando. Se trepaban bien arriba, los cuerpos como bandera y agitaban los puños: “Si el Papa fuera mujer, el aborto sería ley”. Canté, las fotografié y seguí caminando. La plaza ya era un acampe. Por todos lados se respiraba verde.

Y el fútbol siempre en mi vida. Las que somos futboleras dividimos los hechos de nuestra vida entre mundial y mundial. Hay anécdotas que sólo se recuerdan por haber sucedido en alguno de ellos. Las parejas se cuentan así: llevamos dos mundiales, un mundial, y así. Pero el día en que comenzó Rusia 2018, pasaría a la historia por un gol feminista.

Poder podeeeeer, Poder popular. Y ahora que estamos juntas. Y ahora que si nos ven. Abajo el patriarcado se va a caer, se va a caer. Arriba el feminismo que va a vencer, que va a vencer”. Me sumé a la ronda, fui al medio del círculo, al lado de la montaña de abrigos y cosas. Las pibas saltaban con los brazos hasta el cielo, no superaban los 16 años. Una gritó “será ley”, y brotó un aullido colectivo.

“Alertaaaa. Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha feminista por América Latina. Que tiemblen, que tiemblen, que tiemblen los machistas. América Latina va a ser toda feminista”. Al final de la tarde la avenida Rivadavia era una fiesta, donde brotaban las remeras, los pines y los pañuelos verdes. Los pañuelos como bandera, como escudo y protección. En el cuello, la muñeca, la mochila. Caminaba y era como zambullirse en el agua, me dejaba llevar por la fuerza de la marea.

De un momento a otro, la noche sorprendió y brotó su incomodidad. Bufanda, gorro, frazada, bolsa de dormir; todo empezó a jugar uno encima de otro. La piel quedaba grande, se arrugaba. Los dedos de mi mano no tenían movimiento y sin luz, la cámara dejaba de hacer foco. Mis pies bailaban en la zapatilla como si fuesen dos cubitos dentro de un recipiente, los deditos tiesos, que en algún momento dejé de sentir. Empezaban los fueguitos, las manos se refregaban, palmas con palmas, para sentir el calor del roce. Los cuerpos se iban amontonando en cada fogón. Beso a beso las gargantas se calaban con algún vinito o birra compartida. Se respiraba el humo de los fogones y de los puestos de hamburguesas; bondiolas y choripanes que parecían brotar de cada baldosa en cada esquina. De repente la vi: encontrarse en esa marea fue como sacarse la sortija a los 4 años. Y así fue  un abrazo interminable con mi hermana, un poco de vino, más fotos y a pasar la noche.

Los mates empezaron a bailar junto con los bizcochos que se compartían, antes que el sol. Las caras con el glitter desdibujado, entre bostezos y lagañas. Se asomaban cabezas desde algunas frazadas, salían pies desde las bolsas de dormir y algunas manos aplaudían en los últimos suspiros de las fogatas. Se pateaban botellas y restos de la noche. Era un mar de capuchas y gorros, una inmensa sentada frente a la pantalla gigante de la esquina de Callao y Rivadavia, que llegaba más allá de donde alcanzaba la mirada. Por mementos, me ponía en puntitas de pie, estiraba el cuello y mis ojos se perdían. En cada bocanada tragaba una sonrisa, una lágrima, una canción e intentaba encuadrar una foto.

Se esperaba. Y no se esperaba el comienzo del mundial, o ¿sí? Sí, se esperaba el inicio de nuestro mundial, el primer tiempo de nuestro partido por la vida, por el que veníamos jugando en manada, por el que estábamos copando las calles y las plazas. El mundial que queremos jugar todas en igualdad de condiciones, con maternidades deseadas e infancias libres, con la libertad de decidir sobre nuestros cuerpos, con derecho al goce, sin que nadie nos obligue a parir ni a obedecer.

Y entonces sucedió.

Adentro 129 fotos a favor, afuera el alma.

Gritos. Llanto. Abrazos. Saltos. Amor. Cantos. Banderas. Pañuelos en alto. Libertad.

Sólo la primera batalla ganada.

El corazón me latía en las manos. Esa sensación en los poros, en cada orificio. Nos sacudía la certeza de que empezábamos a hacer historia. Hay sensaciones que no tienen lugar en la carne. Como si la piel se estirara y pudiese vibrar con la masa, todas éramos al mismo tiempo. Se latía, se respiraba, el hedor, la adrenalina, el bailar de la sangre, el deseo cumplido. Los ojos gritaban, los oídos hablaban. El impulso desde las entrañas que estallaba de verde el corazón. Ese instante, esa vibración me habitará para siempre.

Mi cuerpo temblaba, pero la cámara en mi mano no. Entre abrazos, prestaba la mirada, palpaba cómo las raíces empezaban a levantar la tierra y sentía que inmortalizaba un tremendo pedazo de historia.

Brotaba un nuevo horizonte. Se va a caer y va a ser LEY.