¡A mí no me llamen Chino! (II)

Por Osjanny Montero González*.

Víctor Valera Mora: el poeta venezolano que fundió caricia, fusil y hambre en un verso. En esta segunda entrega, su poesía.

Lautréamont  en Sabana Grande

Así como el supuesto montevideano Isidore Lucien Ducasse adoptó el seudónimo de “Conde de Lautrèamont” al momento de publicar sus Cantos de Maldoror, quizá como una suerte de guiñarle el ojo a la aristocracia parisina con los más oscuros, densos y perversos versos, el poeta venezolano junto con sus colegas literarios Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Pepe Barroeta y Caupolicán Ovalles se hicieron llamar la “Pandilla de Lautrèamont”, instalaron su bandera en el bulevar caraqueño de Sabana Grande y se bebieron todo el alcohol posible recorriendo sus pasadizos, callejuelas repletas de bares y cuanta taguara[1] les ofreciera cerveza barata y salsa erótica como sonido ambiente.

Si hay una característica estética que cruce tanto al conde como al pandillero andino es la sordidez explícita en cada verso. Ambos pueden causar ese malestar que pellizca a quienes evitan salir de su zona de confort para ver más allá de la aparente realidad. Los dos navegan las aguas turbias de la palabra para confrontar, despertar y alborotar a los corazones sedientos por refundar los territorios del hambre, el patetismo de la religión y el soborno permanente del consumismo. Pero, sin olvidar las similitudes, algo los distancia: los versos de Víctor salpican ese humor negro que tanta frescura provocan pero que también genera malestar en ideologías opuestas.

En su época de pandillero, Valera Mora publicó sus primeros versos en La canción del soldado justo (1961), libro nada ingenuo para ser su primogénito. Para críticos y políticos de su tiempo significó un manual de sueños revolucionarios, una bandera necesaria para la izquierda del momento. De este texto rescato fragmentos de dos poemas:

“Por qué diablos ponerse uno a llorar”

 (…) Jueves exactamente a una y cuarto de esta agonía

en “Los Núñez” el señor presidente

debe tener ya la barriga repleta.

 

 El cardenal en palacio con su barriga repleta.

Los socialcristianos ahítos de carne humana.

 

Banqueros empresarios gerentes usureros

con las barrigas rebosantes de plenitud

acariciando el orgullo del cigarrillo

 

(…) Pero no es solamente en mis asuntos

donde aletean voces hambrientas.

No soy yo solamente.

 

Somos miles y miles de desempleados,

millones de campesinos sin tierra,

los obreros recibiendo su salario de miseria

al final de cada jornal de muerte.

 

Entonces, digo aquí mismo.

-Por qué diablos ponerse uno a llorar,

si no estamos solos a una y cuarto exactamente.

 

Me pasa con Valera Mora que me olvido de las métricas y los lirismos, y le doy paso a la mirada del indígena que aún reclama su tierra o a la mujer que no tiene trabajo y en su casa la esperan dos o tres criaturas. Las palabras del poeta rondan los bordes de las miserias, la corrupción del poder y también la sabia introspección de colocarse en el lugar del otro. Toda crítica literaria o artística sería incapaz de hilvanar la sangre afiebrada del “que no quiere ser llamado Chino”, porque su palabra es parte de la realidad de ahora, la misma que en su tiempo lo hizo trazar cantos de esperanzas sin caer en cursilerías o panfletos maquillados.

Pero es el poema homónimo al libro el que más punza por su esperanza y su melodía casi de himno crepuscular. El último verso funcionó como augurio, pues en los últimos años los versos del indio han sido versionados por grupos venezolanos; por ejemplo, la fusión de reggae folclórico “La comparsa marabunta” promocionó en 2014 una versión del poema “La canción del soldado justo”.

 

(…) Si me tapan los oídos con que oigo
a mis hermanos pálidos y hambrientos,
hablaré seriamente con el aire
para que se abra paso hasta los sesos
Y si una bala loca se enamora
de mis sienes violentas,
(…) esperadme, os lo pido caminando,
que yo regresaré como los pueblos
cantando y más cantando y más cantando.

Diez años más tarde vendría el mítico Amanecí de bala que le costaría su salida del país debido a las amenazas de la Dirección de Inteligencia Militar, para quien los versos del poeta eran “más peligrosos que la poca guerrilla que existía en el país”.

Amanecí de bala

amanecí bien magníficamente bien todo arisco

hoy no cambio un segundo de mi vida por una bandera roja

mi vida toda la cambiaría por la cabellera de esa mujer

alta y rubia cuando vaya a la Facultad de Farmacia se lo diré

 

(…) llevo en la sangre la vida de cada día soy de este mundo

bueno como un niño implacable como un niño

guardo una fidelidad de hierro a los sueños de mi infancia

(…) hoy una morena de belleza agresiva me dijo pero si estás lindo

entonces yo le dije acaso no sucede cada dos mil años pierdo el hilo

día de advenimiento de locos combates de amor a altas temperaturas

desnudos nos hundimos en las agua del mismo río.[2]

Aquí vemos cómo la yuxtaposición, la rapidez de las palabras tienden un puente hacia la velocidad del pensamiento de quien escribe. ¿Acaso no lo imaginan vehemente y alocado escribiendo estos versos? Pues yo sí, hasta recreé las imágenes en mi cabeza, porque ese es otro de sus hitos: darle al poema un rasgo tan cinematográfico que al leer somos capaces de verlo ahí, tumbado y desnudo, con su barriga curtida y sus rubias estudiantes.

A este libro le seguirían Con un pie en el estribo (1972), escrito antes de partir a Italia. Ya en Roma fuer publicado 70 poemas estalinistas, premiado por el Consejo Nacional de Cultura[3] en 1980.

De este cuadernillo de cantos, rescato el siguiente verso que revela la situación de exilio que vivía el poeta:

Aún en medio de las más terribles tormentas

siempre he optado por defender

la dignidad de la poesía

Volverla a sus orígenes

A su deslumbrante cuchilla de muchos filos.

Estas palabras me regresan a los indígenas, a los orígenes de ese pueblo venezolano que hacía de barro sus casas, que se defendía con chuzos[4] del enemigo y que vivía en la humildad de la cosecha. Con dignidad y sin necesidad de bancos, papas fritas o gaseosas.

En la década de 1980, el pandillero regresaría a su bulevar; ya no a sus bares ni a sus camaraderías de otrora pero sí a las cafeterías y a las escuelas rurales donde amigaría a jóvenes y niños con la poesía. Años después de su muerte se publicarían poemas escritos entre 1979 y 1984, bajo el título de Del ridículo arte de componer poesía. Del mismo rescato el siguiente poema que da cuenta de una reflexión íntima de Valera Mora, a pocos años de partir de la realidad de la que nunca se escondió.

“El camino”

 Vecino a mis propósitos

La verdad puede discutirse

y es un material esencialmente polémico

Pero el error es implacable e invencible

y porque yerro es

en él vivo

He tomado el camino ancho como un cabello

y tal vez dé con mis huesos y mis sueños

en el fondo del abismo

Sé de muchas cosas y otras tantas ignoro

y también sé que el talento

no es una simple posesión

sino una responsabilidad

bastante peligrosa por cierto

Este es mi pensamiento

y lo digo

no importan las consecuencias

Hoy no tengo ni un clavo donde amarrar un gallo

y un fuego distinto a otras artes me sostiene.

[1] Sitio nocturno en donde se puede beber trago a precios muy económicos.

[2] Fragmento del poema original.

[3] Actual Ministerio del Poder Popular para la Cultura.

[4] Cuchillos de fabricación casera.