A rey muerto, ¿rey puesto?

A rey muerto, ¿rey puesto?

Por Lucila Carzoglio. Contra los discursos simplificadores, Jacksonismo indaga las vinculaciones entre la estrella del pop, el capitalismo neoliberal y la sociedad del espectáculo. Raza, género, política y cultura se suman para abordar un fenómeno que es regla y excepción.

Esclavos de su ritmo, hay cuerpos que no se someten a las leyes del tiempo, aunque estén presos de su propia temporalidad. A cinco años de su muerte, Michael Jackson como suceso extra-ordinario sigue alterando las conjugaciones verbales y las líneas cronológicas, a pesar de que su biografía se escriba en pasado. Si en el video de “Thriller” supo ser un adolescente devenido en zombie, en mayo de este año su cadáver apareció vital y juvenil, proclamando que estaba más vivo que nunca. Cual fantasma desde el más allá, el holograma danzante que se vio en los premios Billboard vino para presentar un nuevo disco, pero sobre todo para cuestionar, una vez más, la misma noción de realidad. Ícono, símbolo o emblema, lo cierto es que su figura siempre estuvo emparentada con el mejor linaje de criaturas fantásticas. Esas que, como elementos disruptivos, seducen y perturban hasta resquebrajar cualquier percepción unificada y normalizante. 

                                  

Sus respuestas aniñadas, la fascinación por los maniquíes, su color sepulcral o las mascaradas macabras de su rostro socavan la razón lógica y enrarecen su escenario. No obstante, como presencia insólita, el Rey del Pop también fue el más brillante y genial. En este claroscuro, entre las lentejuelas y la mortaja, se publica Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma, un libro que recupera la polisemia de este ser excepcional, a la vez que devela que, en el campo de lo fantástico, nada hay ideológicamente inocente. Compilado por Mark Fisher y editado por Caja Negra, este conjunto de 20 ensayos se distancia con inteligencia de la hagiografía o la demonización para poner al hombre frente al espejo. Lo que se refracta, sin embargo, no son aserciones definitivas ni concluyentes, sino interpretaciones que se aproximan con fascinación, rechazo, perplejidad y curiosidad a esta estrella fuera de órbita.

Si bien los autores -críticos de rock, filósofos, historiadores, bloggers, teóricos o periodistas- abordan esta extrañeza desde diversas perspectivas, los textos se mancomunan bajo una intuición: Michael Jackson es signo y cifra de una época. Y no sólo porque con Off the Wall clausura la etapa disco para inaugurar el funk de los ochenta o porque con “Billie Jean” el pop haya llegado al máximo nivel estético y comercial; única e igualmente universal, su vida y su obra también traducen los logros y limitaciones de los proyectos de las décadas previas, así como la instauración del neoliberalismo y la cultura de masas (al punto que su muerte sella el fin de fiesta de 2008). Como plantea Fisher, el cantante encarna el rechazo a la política a través del mundo mágico de Disney, pero también es el resultado de los movimientos contraculturales, dado que sin los derechos civiles obtenidos él nunca habría llegado a la fama. No hay que olvidar: Michael era negro.

En sintonía, la identidad del artista más imitado del mundo, paradójicamente, quiebra todo molde. Poshumano, posracial, andrógino, niño-adulto o cyborg, son algunos de los epítetos que se desentrañan en los escritos; pero además, sin estar exentos de la excelencia ni del grotesco, su música, sus coreografías y sus videos dejan entrever un modelo. A partir de los distintos análisis, se establece un derrotero personal con trasfondo colectivo: el recorrido va de Gary -ciudad industrial, ciudad de origen- a la mercadotecnia de su mansión “Neverland”, un espacio desterritorializado, hipermercantilizado y atemporal; mientras que la banda sonora de este viaje se inicia con “Don’t stop until you get enough”, como canción comunitaria del ocio postrabajo, para terminar con “Scream”, un tema donde el espacio privatizado y el aislamiento priman. Al respecto, Jeremy Gilbert escribe: “Si había una figura que representara -globalmente- la cultura universal que estaba por llegar, era la figura eternamente joven, aparentemente inmortal y que desafiaba la gravedad, de ese Michael Jackson de la época Thriller-Bad-Pepsi. Fuera de la historia, fuera de cualquier categoría de raza, género o clase, Michael Jackson era el ‘todos’ y el ‘nadie’ del liberalismo; (…) el individuo liberado de todos los vínculos hacia la comunidad y la historia, libre para moverse por la Tierra como si se desplazara sobre la pantalla de un televisor”.

Como artefacto cultural, el Capitán EO y toda su maquinaria lunar sirven así, para iluminar los engranajes de la economía capitalista y las políticas del Imperio. El síntoma habla de traumas, pero al mismo tiempo, como también demuestra Jacksonismo, su excepcionalidad escapa a cualquier diagnóstico. Freaky entre los raros, solitario entre los solos, el Rey del Pop sigue bailando en la oscuridad.