“¡A vibrar, mi amor!”: sobre mujeres y orgasmos

“¡A vibrar, mi amor!”: sobre mujeres y orgasmos

Ilustración: "Orgasmo pop", por Paula Buffone.

Por Noelia Leiva. Ese instante en el que el cuerpo explota es el territorio de lucha de las mujeres y las identidades disidentes. A través de la historia, el placer fue conquista masculina y las que se animaron a apropiárselo fueron condenadas. Pero decidir durante el sexo y gozar lejos de los estereotipos es la consigna.

Desde la Antigüedad, ellas fueron consideradas brujas por buscar placer, seres capaces de asesinar a sus parejas varones en el coito por una supuesta fuerza extemporánea y animal. Hasta fueron acusadas de tener pequeños dientes en la vagina que mordían el pene cuando el deseo era tal que excedía el dominio racional de su cuerpo. Culposas, castas, fieles, monógamas, héteros; las mujeres atravesaron la historia de los estigmas para ser dueñas de su sexo. A días del Día del Orgasmo (¡sólo uno al año!), los cuerpos disidentes y antipatriarcales refuerzan la idea de la libertad: gozar sin que un dios, una ley o un jefe de comarca clausure el grito.

La vulva misteriosa

“El hombre viene y quiere que la casa esté limpia y la comida hecha. Encima después te quiere en la cama, y que le guste”, le cuenta una mujer que superó los 60 a su hija. No hay cuestionamiento en su sentencia, las cosas son así. “¿Y tu placer? ¿Siempre acostarte con papá fue una obligación?”, se pregunta la joven, pero prefiere callar. Ahí estaba esa mujer que la había parido, que había dedicado su vida a ser buena madre y esposa y que sentía el deber de responder en el sexo a quien se supone que la ama. “¿Habrá disfrutado del orgasmo? ¿Sabrá qué es?”, cavila. Gente ‘de familia’ que en la intimidad de la habitación legitima el poder del falo.

Porque un pene se sabe qué es: el órgano viril que penetra, que dice ‘este soy’ o se relaja tras la excusa de una jornada atareada, que ‘da vida’. La cultura heteropatriarcal lo vuelve sinónimo del poder en la cama, la familia y la comunidad. Detiene para dirigir los movimientos y entonces domina. Y, por lo tanto, debe gozar. ¿Pero la vagina? Esa cavidad que cambia de tamaño, de color, de olor, de textura. Esa que estuvo ahí a través de la historia pero que fue para muchas el mayor castigo. ¿Qué se dice de la vagina? A través del tiempo, la mayoría fueron condenas.

El mismísimo Aristóteles consideraba lo vinculado con la mujer como frágil e infecto, por eso recomendaba al hombre no “abusar de los placeres amorosos” porque entonces su semen se volvería “demasiado húmedo, debilitándose y femeneizándose en general”. Esa ‘llama creadora de vida’ se atenuaba con el uso ‘excesivo’, por lo que “con la pérdida de su calor interno, (el varón) se feminiza y, en último término, se corrompe” (1).

Un repaso a vuelo de pájaro sobre la teorización de la genitalidad de las mujeres aterriza en el mito de la “vagina dentada”, trabajado por Lévi-Strauss, que explica que los varones tuvieron que despojarlas de esas protuberancia en el origen de la civilización para que sus sucesoras puedan ser ‘penetrables’. En la tribu africana Masai, se asegura que es mejor tener relaciones sexuales cuando ellas están cansadas porque de lo contrario tendrían un poder tan grande que convertirían el semen en agua. Esa colectividad, ubicada mayormente en Kenia, tiene como práctica la mutilación genital de sus integrantes, a las que les quitan el clítoris en la adolescencia, para convertirse en mujeres ‘dignas’ para casarse.

La vagina y su necesaria conexión con lo que pasa en el cerebro tuvo que esperar años para liberarse de prejuicios, más aún para que quienes la poseen -cualquiera sea su identificación de género- se sepan libres de incentivarse o pedir roces o palabras clave. “La líbido es una fuerza de sentido viril”, aseguraba Gregorio Marañón, un sexólogo español que en el siglo XIX todavía aseguraba que, por lo tanto, las mujeres que lograban el orgasmo eran “viriloides” (2). La luchadora feminista Simone de Beauvoir cuestionó en el centenario siguiente a Sigmund Freud, fetiche de las terapias contemporáneas, por sostener que “la líbido, de manera constante y regular, es de esencia masculina, ya aparezca en el hombre o en la mujer”.

Digna de diván es también la culpa, muy vinculada con la formación católica, que asumen algunas mujeres cuando los sentidos explotan en la cama. Algunas no saben que eso que las hace vibrar es un orgasmo. La falta de estimulación y de conexión con el propio cuerpo puede ausentar esa sensación del placer, en ocasiones por la educación que las atraviesa y les dice que es pecado. Llegan a no tocarse, por no mirarse, por no nombrarse.

De la A a la G

Aunque también se señaló el 8 de agosto como Día del Orgasmo, su ‘festejo’ internacional se fijó para el 31 de julio, promovido por una empresa británica de productos sexuales. Apropiada por los colectivos antipatriarcales, esa fecha es más que una oportunidad para visitar el sex shop: es cuando se puede hablar de esa sensación como un derecho de las mujeres, históricamente acallado y cuestionado. Una jornada para conocerse y recuperar el cuerpo como terreno de lucha.

En la cama, hay quienes aseguran haber visto el punto G, un tejido vaginal que se agita y dilata hasta provocar éxtasis. A veces le ponen un nombre: el clítoris. Algunas gozan al frotar otras zonas de su cuerpo -hasta un posible ‘punto A’- o al imaginarlo. “Es un momento de conexión máxima con mi cuerpo, segundos o minutos en los que se pueden experimentar sensaciones variadas e indescriptibles. Hay instantes de cosquilleos, vibraciones, mucha circulación de la energía, de los fluídos, y a niveles muy distintos que van desde zonas interiores del cuerpo hasta los poros de la piel”, definen para Marcha desde el colectivo Desobediencia y Felicidad. Así de desordenada y clara es la consigna: vivir lo que sea sin que esté obligatoriamente atado a lo que le pasa al otro o a la otra cuando una sorbe ese elixir.

“Orgasmo es alegría. Orgasmo para las mujeres, inmersas en una cultura patriarcal, es liberación del mandato de una sexualidad reproductiva y falocrática donde nuestro placer, en el mejor de los casos, es un efecto secundario”, enfatizan. En casa o en los textos científico-filosóficos, primero está el varón, definido en la cercanía con el instinto (macho que caza, macho que protege, macho que reproduce) para justificar que su necesidad de satisfacción es ineludible.

En la misma lógica del sexo al servicio -consciente o no- del hombre, también están asumidas por las mujeres imágenes cinematográficas de la intimidad, donde gemir y mirar como en Hollywood deberían ser parte del encuentro, aunque la realidad pase por otro lado. Por eso el desafío es saber qué le gusta a cada quien. “Existe un tipo de orgasmo uterino que inunda como oleadas de mar y conmueve lo más profundo de la tierra. Pero a no temer, porque las buenas vibras del orgasmo se expanden de útero a útero y generan un entorno de armonía para todos y todas. ¡A vibrar, mi amor!”, enfatizaron las ‘desobedientes’.

“El orgasmo pasa de ser un acto de ofrenda a una búsqueda individual, donde el placer completa las sensaciones que las mujeres postergamos durante años debido una construcción errónea y patriarcal”, defiende Norma Aguirre, artista y comunicadora popular feminista. Romper con lo ya determinado es también lograr que “el placer sea un gran significante que trascienda las relaciones exclusivamente heterosexuales, aunque las miradas llevan siglos de represiones y prejuicios”.

Hay que desandar. Masturbarse para conocerse, para disfrutar sola o mientras miran. Decidir cuándo acostarse con quién o quiénes y en qué lugar, con o sin amor romántico, con deseo. Porque reconocerse y saberse propia es la previa perfecta para gozar.

(1)  “Mitología y Mitos de la Historia Prerrománica I”, J. Bermejo Barrera.

(2)  “El segundo sexo”, Simone de Beauvoir.